miércoles, 8 de noviembre de 2006

Mario Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala

Hacía muchos años que no leía una obra de este escritor peruano. Supuse que me encontraría con una estructura compleja y sesuda como la de La ciudad y los perros, La casa verde, Pantaleón y las visitadoras o La guerra del fin del mundo; o por lo menos una que jugara con el narrador como Los cachorros.

No fue así. Me encontré la narración unívoca de Ricardo (Ricardito, mejor dicho) y su mundo determinado por la mujer de muchos nombres, resumidos en «la niña mala». En este recorrido de Perú a París, a Tokio a Madrid, Llosa se convirtió en Rosa: escritor juvenil que resuelve de manera sencilla los lazos extendidos de la vida amorosa de los personajes.

Sin sobresaltos, fui lector por siete días (del 2 al 8 de noviembre) de esta historia que corre, capítulo a capítulo, apoyada de pocos personajes que se ajustan al objetivo literario del escritor: parir una novela de amor. Esto la convierte en un relato predecible, tranquilo, sin nudos ni tropiezos.

No estamos ante el mejor Vargas Llosa, que, al menos en esta novela, no se atrevió a superarse, ni siquiera a acercarse a su estatua de gran escritor, aunque es justo reconocerlo: tampoco la dinamitó.

J. Antonio Galván P.
8 de noviembre del 2006.
Tláhuac, D. F.

jueves, 2 de noviembre de 2006

Jorge Volpi, No será la Tierra

Ciudad de México, 2 de noviembre del 2006.

Estimado Jorge:

Desde el pasado 9 de octubre y hasta la tarde de hoy me di a la tarea de recorrer la historia que nos cuentas en tu novela más reciente No será la Tierra.

Fue un recorrido apacible gracias a que desde las primeras páginas nos adelantas la meta a la que habrán de llegar tus personajes. Entendemos el dolor que abrasa a dos de tus protagonistas: Irina y Jennifer y el final de una tercera: Éva; y cómo sus vidas se entrecruzan gracias al escritor en el que te mimetizaste, Yuri Mijáilovich, que prestó su mano para escribir tu novela. Pero al mismo tiempo pudimos ver, como lectores, la transformación que van sufriendo otros seres humano-literarios como Arkadi y Oksana, Allison y Jack...

Todas estas historias personales no se sitúan en un poblado perdido de la geografía universal sino que la abrazan completa (una especie de Macondo global): de Nueva York a Zaire, de Washington a Berlín, de Moscú a México, de Leningrado a Yenín... y cómo los destinos de los pueblos son dictados por las mentes brillantes del FMI o sus economías determinadas por los designios de Wall Street.

Chernóbil y la caída del Muro, el mundo comunista que se consume, el afianzamiento del capitalismo, las voces contrarias al neoliberalismo y las acciones que lo defienden y lo sustentan, son el contexto histórico e histriónico de lo que nos relatas: el mundo de fin de siglo y de milenio, determinado, también, por el avance de la ciencia y el desciframiento de los secretos del ser humano encapsulados en el genoma.

Y por si esto fuera poco, o mejor dicho, por si no fuera bastante, volvimos al mundo gobernado por las mentes a veces lúcidas pero más que nada enfermas de los Gorbachov y los Yeltsin, los Reagan, los Bush y los Clinton o por los actos lucrativos de las transnacionales y los insuficientes actos de rechazo de los globalifóbicos.

Qué recorrido. Repaso de un pasado reciente que en nuestro sueño aletargado aún no acabamos de percibir, y menos aún, de comprender. Ahí está el valor literario e histórico de No será la Tierra; ahí está la razón de sus innumerables personajes, reales y ficticios; ahí está la pluma de Jorge Volpi, hacedor de novelas.

Donde te encuentres, en el ombligo del mundo o en la ciudad tres veces santa, en el eje del cosmos o en una ciudad de anchas calles, en una isla rodeada de caníbales o en una dársena fantasma, recibe un abrazo afectuoso de tu lector y amigo:

J. Antonio Galván P.

sábado, 7 de octubre de 2006

Gerardo Laveaga, El sueño de Inocencio

¿Dónde termina la historia y dónde empieza la novela? ¿Cuál es el límite de la realidad y cuál la puerta por la que se cuela la ficción?

Gerardo Laveaga nos lleva por los caminos que recorrió Lotario y que lo condujeron hasta el trono de San Pedro para luchar, en una época convulsa y compleja, por imponer su idea de Iglesia.

¿Cuál es la virtud de esta obra? Que no se pierde en descripciones que retarden el relato. Pareciera que estamos, como lectores, ante una serie acelerada de sucesos. Las voces que nos cuentan la historia nos la presentan de golpe, por ello adquiere velocidad e interés.

Destaco las voces, ya como narradoras o dialogantes, ya como escribientes de cartas o formuladoras de monólogos, que llegan a los ojos-oídos del lector-escucha para que se entere de los sueños-realidades de Lotario de Segni-Inocencio III.

Las acciones de éste, protagonista de la novela-personaje histórico, sólo son comprensibles a la luz de las dualidades: Bruna-Ortolana, Ángelo-Ugolino, Clara-Francisco, Claricia Scotti-padre Alvar, además del despliegue de aquellas que corresponden a jerarcas de la Iglesia y de la tierra. ¡Qué novela!

Este libro llegó a mis manos de manera casual: Olga García Villegas se lo regaló a Margarita y Laveaga se lo dedicó.

Durante algunas semanas esperó sobre el buró de mi esposa, pero al no ser abierto por ella yo lo tomé el martes 12 de septiembre. Me acompañó al examen profesional de mi hija, mas esa noche no lo empecé. Un día después mis ojos empezaron a caminar por esas avenidas rápidas y tranquilas. Lo leí en mis pocos ratos libres, la mayoría de las veces robándole minutos y más minutos a mi sueño.

Lo cerré la tarde del sábado 7 de octubre en una habitación de un hotel en Oaxtepec, antes de asistir a una boda. Las últimas páginas las leí con el dolor inmenso de saber a mi amigo Héctor Rivas hospitalizado y muy enfermo. Y toda la travesía la recorrí con una mezcla de tristeza y satisfacción. La primera provocada por la partida del Viejo López y la segunda por la titulación exitosa de mi hija. ¡Qué cruenta vida: en un instante nos hace recorrer del alfa al omega y viceversa!

Por ello, esta lectura tiene triple dedicatoria: por el recuerdo del Viejo y el cumplimiento de sus utopías, por la salud de mi amigo Héctor y por el éxito profesional de mi hija Sofía.

J. Antonio Galván P.
Oaxtepec, Morelos
7 de octubre del 2006

lunes, 17 de julio de 2006

Carlos Ruiz Zafón, La sombra del viento

Esta obra me la prestó Mara Arellano y me aseguró que era una gran novela. Durante mucho tiempo, casi un año, estuve buscando el momento para leerla. Eso sucedió en mis vacaciones de julio del 2006. El martes 11 inicié su lectura. Ese día y el siguiente enfoqué mis esfuerzos en descubrir los hilos conductores. El jueves 13 salí, junto con Margarita rumbo a Tecolutla, Veracruz. El viaje, en autobús, de casi 7 horas me permitió avanzar notablemente. Viernes, sábado y domingo pude dedicarle muchas horas, ya en la habitación del hotel, ya en la playa. La mañana del lunes 17, leí las últimas líneas, invadido por una gran emoción, ésa que provocan las obras que nos llenan los ojos con las imágenes de las acciones de los personajes.

En La sombra del viento dos vidas aparentemente paralelas se tocan en el tiempo. Pareciera que el destino se empeñara en que Julián tendiera los lazos que hicieran posible la vida de Daniel, mientras que el hacer de éste permitiera rehacer la vida, solitaria y triste, del primero.

El señor Sampere y su esposa muerta, padres de Daniel, Barceló y su sobrina Clara, Nuria Monfort y su padre Isaac, Fermín Romero de Torres y la Bernarda, Beatriz Aguilar y su hermano Julián y Penélope, entre muchos otros, trabajan como personajes literarios y nos llevan por las calles y palacetes de Barcelona. Casi siete décadas del siglo XX que se concentran en una: de 1945 a 1955, pero que sólo se explican gracias a los hechos pasados y los que se proyectan al futuro.

J. Antonio Galván P.
Tecolutla, Veracruz
17 de julio del 2006

sábado, 15 de abril de 2006

Adriana Malvido, La reina roja

Mi interés por leer este libro surgió a partir de dos entrevistas radiofónicas a Adriana Malvido. Una en el programa de Germán Dehesa y otra en el de Ciro Gómez Leyva. Inicié su lectura la noche del martes 11 y la concluí el mediodía del viernes 14 de abril del 2006.

Corroboré lo que ya sabía: la capacidad narrativa de esta periodista que, en este libro, nos regala un excelente reportaje no sólo para entender y compartir con los lectores los secretos de la llamada Reina Roja sino la complejidad de los estudios pictográficos, antropológicos, etnográficos, arqueológicos, etc., que tratan de descifrar los misterios de los mayas, en general, y en particular de los mayas de Palenque.

Genial reconstrucción de los hechos pasados y presentes a partir de tres voces: la propia Reina Roja, la reportera Malvido y sus múltiples entrevistados. Así, la entrevista cobra significado y relieve, junto con la investigación documental y la observación directa, para darnos un fresco periodístico que linda con ese tipo de literatura llamado de “no ficción”.

De esta forma, pues, sigo fiel a mi tradición de hace muchos años: leer una obra en los apacibles días de la Semana Santa.

J. Antonio Galván P.
Col. Moderna
15 de abril del 2006

sábado, 16 de julio de 2005

Laura Restrepo, La isla de la pasión


El miércoles 13 de julio del 2005, la China me pidió que la llevara a Coyoacán. La llevé y entré al Sanborn’s. Ahí me encontré con este libro. Me interesó porque de Laura Restrepo ya había leído Delirio.

La tarde de ese miércoles empecé a leerlo y fui descubriendo aspectos por demás interesantes; por ejemplo, contrario a lo que creía, esta obra es anterior a Delirio, pues La isla de la pasión fue escrita en 1989, pero sólo hasta 2005 se editó por primera vez en México. Segundo, que el protagonista de esta historia es un antepasado de mi amigo Pablo Hernández Vignon. Tercero, algunos pasajes de esta historia se desarrollan en Orizaba, Veracruz, ciudad en la que trabajé muchos sábados (entre los años 2000 y 2003) como asesor de la maestría en educación.

La historia tiene una narración entre nostálgica y forzada. Creo que la realidad debió ser más cruda, pero la magia de la pluma de Restrepo la hace llevadera y predecible gracias a las prolepsis y las claves que nos da desde las primeras líneas. Por momentos tiene alpistes de periodismo. Es una buena historia, diría que una gran historia. Por eso, cuando la lean, espero que la disfruten tanto como yo.

La madrugada del sábado 16 de julio, a las 3:00 horas, cerré la cuarta de forros, me limpié lágrimas, pensé en mi hija que está junto a mí y en mi hijo a miles y miles de kilómetros; marqué la cuarta con mis tres cruces acostumbradas y la besé. Luego, me perdí en un profundo sueño.

J. Antonio Galván P.
16 de julio del 2005

sábado, 26 de marzo de 2005

Tomás Eloy Martínez, Santa Evita

Este libro lo vi hace unos meses en un estante de la librería Gandhi. Me dieron ganas de comprarlo, pero no lo hice. A mi hijo se lo dejaron leer para su materia de Periodismo, lo leyó y lo dejó por ahí, perdido entre muchos otros libros. La mañana del Miércoles Santo, 23 de marzo (aniversario número 11 del asesinato de Colosio), llegó a mis manos y comencé a leerlo.

Desde la primera línea el libro me atrapó, quizá porque a cada momento llegaban a mi mente las escenas de un documental y una película que vi sobre Eva Perón. También me sedujo porque a cada rato su autor, Tomás Eloy Martínez, nos hace saber sus impresiones sobre el propio personaje y nos devela sus propias incertidumbres sobre la historia y los retazos que va encontrando durante muchos años de búsqueda.

Ese contrapunto entre la realidad y la ficción hacen de esta novela una pieza mágica para el que la lee.

Así, de Miércoles a Sábado Santos, invertí parte de mi semana de vacaciones acompañado de un sentimiento encontrado: el placer de la lectura y el dolor de otras muchas cosas que se quedaron pendientes para otros días u otras vacaciones.

José Antonio Galván Pastrana
Col. Moderna
26 de marzo del 2005