lunes, 17 de marzo de 2008

Alejandro Almazán, Gumaro de Dios, el Caníbal

Del 2 al 13 de marzo del 2008 leí este trabajo periodístico de Alejandro Almazán (ganador en tres ocasiones del Premio Nacional de Periodismo en la modalidad de crónica).

El texto versa sobre un hecho macabro sucedido en una choza situada en el kilómetro 26 de la carretera Playa del Carmen–Cancún, en el estado de Quintana Roo, en diciembre del 2004: Gumaro de Dios Arias asesina a su pareja homosexual, “el Pelón”, y lo convierte en una especie de despensa al ir disponiendo, para comer, los trozos de la carne del occiso.

Un conocido de Gumaro da aviso a las autoridades policíacas y ahí empieza la historia pública y mediática de “el Caníbal”. El cronista Alejandro Almazán recrea el hecho y lo presenta en esta obra, cuyo valor periodístico está más allá del origen truculento que le da vida.

La crónica es reconstruida gracias a la entrevista (en diversas ocasiones) que el reportero realiza con Gumaro (en el penal de Playa del Carmen y en el Centro de Rehabilitación Psicosocial en el estado de Morelos); con Rosa, hermana de Gumaro; y con algunas personas que conocieron a éste antes o después del crimen. Además de la consulta del expediente del inculpado y de la observación que el reportero realiza sobre la persona de “el Caníbal” y los ambientes en los que él vive como preso y como enfermo mental.

Es muy difícil, tanto para el reportero como para el lector, encontrar los asideros de certeza en torno de la personalidad de Gumaro. ¿Qué de todo lo que cuenta sobre su persona es cierto y qué es producto de su fantasía? Hay un Gumaro “normal” como niño y joven que forma parte de una numerosa y humilde familia, y un Gumaro delincuente a partir de su ingreso y salida del ejército mexicano: experiencia que marca y cambia su vida.

En el relato, destaca la voz del periodista que desde la primera línea se asume como tal y que nos lleva de la mano, como lectores, a los momentos más importantes y significativos que permiten formarnos una idea personal de Gumaro de Dios hijo, hermano, drogadicto, violador, asesino, caníbal, enfermo mental, enfermo de sida.

J. Antonio Galván P.
Col. Doctores
17 de marzo del 2008

martes, 19 de febrero de 2008

Paulo Coelho, Once minutos

Estas líneas están dedicadas a la memoria de
Paco Munguía, fallecido el 10 de febrero del 2008.
Hasta siempre, mano, esta vez sí falló la torreta.


Del 24 de enero al 4 de febrero del 2008 leí esta obra de Paulo Coelho. Es la primera ―y muy probablemente la única― que leo de este autor, signado por el dedo mágico y bendito de la mercadotecnia y traducido a 63 lenguas en 150 países.

En Once minutos, Coelho desde la primera línea descubre la trama: “Érase una vez una prostituta llamada María”. Y así la puerta se abre para entrar al mundo y a la historia de esta mujer, primero adolescente y luego adulta, que por razones poco poderosas y coincidencias extremas (ésas que sólo puede acomodar la ficción vuelta literatura) decide convertirse, para decirlo eufemísticamente, en vendedora de placeres carnales.

Pero no es una prostituta cualquiera. Poco a poco se descubre como una sexoservidora intelectual, que además de escribir su diario (lo que nos permite como lectores inmiscuirnos en sus pensamientos y sentimientos más personales) es capaz de trazar la prospectiva de su vida y saber con certeza que su “ser ramera” es sólo una etapa de su vida. Así, con plena conciencia, su oficio se convierte en un medio para lograr lo que realmente desea: tener una apacible vida al lado de sus padres en una granja que ella comprará con sus ahorros.

Dos viajes marcan la existencia de María: uno a Copacabana y otro a Suiza. La parte más significativa de su historia transcurre, justamente, en este país. Ahí conoce a dos personas que jugarán un papel muy importante en su vida: Ralf y Terence. Con el primero conoce los rincones más sublimes del amor, mientras el segundo la lleva a los umbrales del sadomasoquismo.

La historia, aunque al final el autor nos asegura que está basada en un personaje de la vida real, resulta poco creíble. Demasiado rosa para comprender los haceres de María y las cuerdas que determinan su destino.

Quizá lo más rescatable sea el cálculo de que el hecho más significativo de nuestra vida erótico-sexual sólo dura once minutos, aunque Irving Wallace asegure que sólo siete.

J. Antonio Galván P.
19 de febrero del 2008
Tláhuac-Colonia Moderna

Ana Clavel, Cuerpo náufrago

La lectura de esta obra la realicé del 15 de febrero al 1 de marzo del 2008. Tenía previsto concluirla el 29 de febrero para celebrar, simbólicamente, y aprovechar este año bisiesto. Pero el cansancio y el sueño dieron al traste con esta pretensión.

Ana Clavel nos lleva por el mar agitado de una parte de la vida de Antonia (Antón) que inicia justo una mañana que ella se despierta y descubre que ha dejado de ser mujer y ahora su mente, su espíritu, su ser... habitan el cuerpo de un hombre.

Así, esta especie de Gregorio Samsa mexicano y posmoderno comienza a ajustar el rumbo de sus actividades y su vida para aprender a disfrutar su nueva realidad.

Los azares y las coincidencias de su tránsito en la búsqueda de sus nuevos asideros, llevan a Antonia a encontrar a un viejo amigo: Francisco, quien la acerca a otras personas que pasarán a formar parte de su microcosmos social: Carlos, Raimundo, Malva, Claudia, Paula...

Su reciente apariencia, sexo y personalidad la llevan a descubrir una especie de fetichismo externo y su obsesión por lo mingitorios, objetos que se convertirán en un hilo conductor que guiará los actos de Antón y sus amigas y amigos.

Terminé de leer esta obra mientras me transportaba (el sábado 1 de marzo) en un taxi. Iba leyendo con mucho interés las que sabía eran las últimas páginas cuando de repente la obra llegó al final, así, abruptamente, sin mediar explicaciones ni resoluciones ni estertores. Entonces me sentí como un lector náufrago.

Rescato, por último, dos enseñanzas de Ana Clavel:

1. La Quinta Ley de Newton: “Por más que te esfuerces siempre caerá una gota fuera de lugar”. (Aplica sólo para hombres).
2. En el reino del albur, todo tuerto tiene al menos dos ojos.

J. Antonio Galván P.
Tláhuac-Colonia Moderna
19 de febrero del 2008

jueves, 24 de enero de 2008

Ildefonso Falcones, La catedral del mar

El año 2007 lo terminé leyendo esta novela (20 de diciembre) y el 2008 lo inicié de la misma forma (24 de enero). En estos días hubo de todo: alegría por saber que Antonio y Sofía regresaban a casa, le emoción de las bodas de plata, los deseos de año nuevo, la tristeza por el regreso de Sofía a Washington, la celebración por las ocho décadas de vida de mi madre. En fin, todo aquello que forma parte de la vida misma.

No quiero escribir: “¡Qué novela!”, pero me veo obligado a expresarme de esta forma por la impactante historia surgida de la pluma, la investigación, el talento y la imaginación del abogado Falcones.

La catedral del mar se sitúa en Barcelona, del año 1320 a 1384. Casi trece lustros en los que compartimos las alegrías y los pesares de Arnau Estanyol, quien nace siervo de la tierra y que gracias a las circunstancias que marcan la vida de sus padres, Bernat y Francesca, logrará convertirse en ciudadano barcelonés, cataix (cargador), cambista y más tarde en noble.

El relato de la vida de Arnau corre a la par de la construcción de la llamada Catedral de Santa María del Mar. Recinto construido por y para el pueblo de Barcelona, especialmente para aquellos que tienen en el mar su centro de trabajo y de sostenimiento económico.

Innumerables son los personajes que cruzan el camino de Anau. Destacan Bernat y Francesca, sus padres; Llorenç de Bellera, los integrantes de la familia Puig; Joan, su amigo de la infancia y que luego será una especie de hermano para el protagonista; Adelis y Mar, de quienes en distintas etapas de su vida Arnau se enamora; Elionor, gracias a y a pesar de quien Arnau logra convertirse en noble; la familia del judío Hasdai y del esclavo moro Sahat (quien ya libre y convertido al cristianismo será Guillem); y muchos otros que le acompañarán en ese recorrido de 64 años.

Las acciones de los personajes están marcadas por un contexto que va de la guerra contra otros principados a la Inquisición, pasando por la peste, el poder de los ricos, el papel de la mujer, el rol de la Iglesia con sus papas incluidos, la actividad comercial, agrícola y marítima; los nobles, los siervos, los esclavos y los ciudadanos, la host y el Via fora.

Si tienes oportunidad, no dejes de leer esta novela. Es cierto que abundan en ella acontecimientos pocos creíbles (sobre todo muchos de los que realiza Arnau, que se convierte en una especie de supermán medieval), pero también lo es que página a página los hechos se suceden rápidamente, uno tras otro, lo que permite que el lector no pierda el tiempo en descripciones innecesarias.

La tarde del jueves 24 de enero concluí la lectura y de inmediato me di a la tarea de escribir estas líneas.

J. Antonio Galván P.
Tláhuac
24 de enero del 2008

jueves, 20 de diciembre de 2007

Gustavo Bolívar Moreno, Sin tetas no hay paraíso

Catalina, la protagonista de esta historia, desde sus 13 años de vida se da cuenta que para poder conquistar el paraíso necesita dos cosas que la naturaleza le negó: tetas.

Carecer de ellas la excluye del mundo que otras mujeres de su edad sí pueden disfrutar: joyas, ropa, paseos, dinero, diversión, etc. Por ello, en medio de la pobreza en la que vive, el único sueño de Catalina es contar con dos tetas que le permitan conquistar y no ser despreciada por los hombres poderosos, los que tienen dinero en exceso gracias a su participación en el narcotráfico.

La historia se centra en la Colombia de la década de los 90, una vez que los grandes capos de la droga han muerto o han sido extraditados a los Estados Unidos, pero sus segundos o terceros comienzan a reorganizar el fructífero negocio.

Pareciera que el destino se empeñara en jugarle malas pasadas a la joven Catalina. Es traicionada por los seres en los que más confía: su madre, su novio Albeiro y su amiga-madrota Yésica, además de muchos otros con los que se va topando en la búsqueda de su sueño: convertirse en una prostituta reconocida en el círculo de los capos de la droga.

Interesante relato que viene a insertarse en esa temática que reproduce los pesares de la sociedad colombiana asolada por el narco. Una realidad en la que lo menos importante es la vida y donde las venganzas y el autoritarismo marcan la cotidianidad. La lectura de esta obra me hizo recordar la de otro colombiano, Fernando Vallejo y La virgen de los sicarios.

Dicen que Sin tetas no hay paraíso es una telenovela muy exitosa en Colombia y Venezuela. De hecho, su autor Gustavo Bolívar es un reconocido guionista. De ahí que la obra no se pierda en amplias descripciones sino que muestra imágenes en movimiento que van desarrollando rápidas escenas que te mantienen en constante interés. Lástima que la pésima edición del texto provoque un enojo tras otro en el lector.

Del 7 al 19 de diciembre del 2007 disfruté esta historia. Lo hice con la emoción de saber que mis hijos pronto llegarían a México. Sofía regresaría de Washington y Antonio, de San Francisco.

J. Antonio Galván P.
Tláhuac
20 de diciembre del 2007

jueves, 22 de noviembre de 2007

José Saramago, Las intermitencias de la muerte

Del 26 de octubre al día de hoy me di a la gustosa tarea de leer esta obra del autor portugués. Fue una tarea tan placentera que por eso la hice poco a poco, pedazo a pedazo; sin prisas ni adelantos. El libro llegó a mis manos gracias a la solidaridad de Bere-Nice, alumna y tutorada de la UPIITA.

Saramago construye con su imaginación un micromundo irreal: el primer día de un año reciente cualquiera, en un país sin nombre (sólo sabemos que tiene diez millones de habitantes) la muerte deja de cobrar vidas. Primera de muchas intermitencias.

El hecho provoca reacciones diversas pues exige el replanteamiento de un buen número de actividades humanas y, de tajo, da al traste con la razón de ser de la industria funeraria, de las compañías de seguros y de la iglesia. Asimismo, obliga a replantear las tareas del gobierno, de los asilos y de los hospitales públicos y privados. Y ante una realidad literaria tan cruel para unos, tan esperanzadora para otros y tan inusual para todos, no podía faltar el surgimiento de una maphia que ante una oportunidad sui géneris idea un negocio lucrativo: exportar agonizantes para que pasen a mejor vida dentro de las fronteras de otros países donde la muerte continúa trabajando.

De esta forma, Saramago comienza a desdoblar la alfombra de esta singular experiencia que dura siete meses, hasta que la muerte misma aparece con una carta que entrega al director del canal de televisión, en la que le indica que debe informar a toda la audiencia que en breve reanudará su labor.

Y tal como lo prometió, la muerte se hace presente el día anunciado llevándose a todos los que se encontraban en estado de “muerte suspendida”. Un evento tan abrupto y tan masivo provoca otra terrible crisis en la organización del imaginario país.

Ahora la alfombra se vuelve a enredar. La situación recobra la normalidad perdida pero genera, nuevamente, un reajuste en las actividades de las compañías de seguros, de las funerarias, de la iglesia, de los asilos, de los hospitales, etc.

Cuando todo parece volver a la normalidad, la muerte se convierte en personaje. Es ahora la amanuense que escribe y manda cartas color violeta a todos aquellos que en el término de una semana deberán entregar sus vidas, ya por enfermedad ya por accidente. Así, una nueva preocupación inunda a los habitantes del anónimo país: ninguno desea recibir la misiva que señala el límite.

Sólo una vez falla la muerte: su mensaje no es entregado al destinatario y ella no sabe por qué. Entonces, en su empeño por descubrir las causas, la parca deja de ser un personaje de niebla y hueso para convertirse en una mujer seductora de carne y hueso que conquistará el corazón del destinatario-violonchelista. ¿Qué sucederá? Léalo usted mismo para que se entere de los entretelones de lo que aquí se ha escrito a toda prisa y descubra qué pasó cuando “Al día siguiente no murió nadie”...

J. Antonio Galván P.
Zacatenco
22 de noviembre del 2007

jueves, 11 de octubre de 2007

Isabel Allende, La suma de los días

Ciudad de México, 11 de octubre del 2007.

Sofía y Antonio:

Todas las vidas pueden contarse como una novela,
cada uno de nosotros es el protagonista de su propia leyenda.
En este momento, al escribir estas páginas, tengo dudas.
¿Sucedieron los hechos tal como los recuerdo y los cuento?
Isabel Allende, La suma de los días, p. 25

Del 15 de septiembre al día de hoy me di a la lenta tarea, en ocasiones lentísima, de leer La suma de los días, la más reciente obra de la escritora chilena Isabel Allende (IA). Digo “obra” porque en verdad es muy difícil clasificarla dentro de un género literario. En esencia está resuelta como novela, pero no lo es. Parece una autobiografía, mas tampoco lo es, puesto que la narradora se asume como tal y no como el personaje protagónico; desde luego no es un libro de cuentos, aunque cada uno de sus apartados cobra una vida independiente y su final es a veces anecdótico, a veces profético, a veces basado en una frase sentenciosa. Bien puede ser un libro de memorias fundamentado en los recuerdos decantados y hechos historia por IA; sin embargo su tratamiento y su lenguaje sitúan a este libro más allá de la simple relación de sucesos encadenados por el tiempo y las circunstancias.

Así es que para salir de este pequeño problema diré que La suma de los días es, antes y después de todo, una carta; sí, una extensa epístola ya nostálgica, ya crítica, ya emocionante, ya reveladora, ya mágica, ya reflexiva, pero sobre todo humana, que a lo largo de 361 páginas nos da a conocer un pedazo de la vida de la mujer-madre-escritora Isabel Allende. Es la misiva catártica que le escribe a su hija Paula, muerta en diciembre de 1992. A partir de este ejercicio de amanuense, la escritora le cuenta a Paula lo que ha pasado al interior y al exterior de su familia desde esa fecha y hasta 2006.

Los personajes, entonces, no son seres imaginarios surgidos del pensamiento de la autora; por el contrario, son personas de carne y hueso (seres de no-ficción) con las que ella ha convivido a lo largo de esos catorce años, pero que, desde luego, en su mayoría, conoce desde hace muchos más. Por ello, IA no tiene que buscar en los retazos de las personalidades ajenas ni remendarlos para dar vida a los actores de su historia. Los tiene cerca de ella, en la convivencia cotidiana y los conoce tanto como ellos la conocen. Pareciera, entonces, que su deseo es contarle a Paula cómo son y cómo viven esos seres con los que ella compartió durante los 28 años de su vida, y cómo llegan a este mundo aquéllos que no conoció porque aparecieron en la historia de su madre después de ese funesto 6 de diciembre de 1992 en el que ella, Paula, dejó de existir.

Mas la magia de la literatura, o para ser más exacto, la magia de la escritura, nos permite involucrarnos en los entretelones de la tribu Gordon-Allende. Entonces como lectores nos convertimos en los acompañantes de la lectura que hace Paula de esta historia contada para ella. Nos asomamos por las ventanas para ver qué pasa en ese pedazo de la vida de las personas-personajes.

Conocimos a Willie Gordon, amante de IA, su segunda pareja formal que es la vez su marido, su cómplice, su alumno (él se convierte en escritor), su sostén, su guía, su compañero de terapia y de viajes. Nos enteramos, aunque sólo un poco, de la vida de Paula y de su deceso provocado por el mal cuidado de su padecimiento (porfiria). Supimos de los últimos días de la existencia de Jennifer (hija de Willie y madre de la pequeña Sabrina), joven atacada, afectada y aniquilada por las drogas. Vimos cómo Sabrina, a pesar de haber nacido tan frágil y tan enferma a causa de la adicción de su progenitora, fue luchando por su vida gracias al cuidado de sus madres adoptivas Fu y Grace, quienes conformaban una pareja lésbica.

Gozamos de la familia integrada por Nico (hijo mayor de IA) y su esposa, la venezolana Celia, así como por sus hijos Alejandro, Andrea y Nicole. Cuando supusimos que la familia alcanzaba su estabilidad en California, nos enteramos por teléfono que Celia se descubría lesbiana y no sólo eso: decidía compartir su vida con Sally, novia de uno de los hijos de Willie. Así es que testificamos el divorcio de Nico y Celia, además de las penurias de éste para vérsela una semana sí y otra no al cuidado de sus tres hijos (la semana que no estaban con Nico, los niños vivían con su mamá y su “madrastra”: Sally). También fuimos cómplices de IA quien poco a poco fue metiéndole a su hijo ―por los ojos, los oídos y los poros― a Lori, con quien sufrimos por su imposibilidad para concebir hijos y a quien quisimos tanto como su suegra.

Compartimos la amistad de IA con Labra, empresaria primero exitosa y luego arruinada y después vuelta a levantar. Y también nos enteramos de los pormenores de la vida (a veces muy privada) de otras muchas personas.

Nos situamos en San Francisco, California, lugar de residencia de IA y su tribu, pero la acompañamos por diversos lugares del planeta, a veces a la presentación de alguno de sus libros y en ocasiones a sus viajes de descanso por Asia o África o Europa o América. De hecho, sólo nos faltó ir con ella a Oceanía. Quizá de estos viajes sobresalen sus estancias en la India y su paso por el Amazonas brasileño.

IA nos hizo saber sus manías como escritora: que debe empezar una novela el 8 de enero, pues si no lo hace ese año no habrá libro; que escribe sola y rodeada de silencio; que investiga profusamente antes de iniciar la escritura de una obra, desde situaciones históricas hasta pormenores psicológicos de los personajes; que sus jornadas como literata son de por lo menos 10 horas diarias; que debe trabajar en un lugar limpio y en un escritorio pulcro; que su estudio está rodeado de fotografías de sus seres queridos de la actualidad y del pasado; que tiene un altar con tres velas siempre encendidas; que no le gustan los viajes ni los eventos para presentar sus libros, pero que lo debe hacer porque así se lo obligan sus compromisos editoriales.

Sin embargo, quizá lo más importante que conocimos de ella, es el diseño general que realiza para forjar una obra, seguido de su dificultad para comenzar a contar una historia y cómo ésta, se va nutriendo poco a poco gracias a sus experiencias de vida, a su conocimiento de personas reales o históricas, a los múltiples fantasmas que la acompañan, a sus espíritus protectores, a los viajes que realiza, a la interpretación de sus sueños y a su vasta imaginación.

Sofía y Antonio: A lo largo de todo el texto me acompañó una pregunta: ¿Qué derecho tiene un escritor, en este caso IA, de contar los pormenores de la vida de sus seres más cercanos? Si ella tiene una vida pública, ¿por qué hacer lo mismo de los días de los otros? Pero sin duda, esos otros estuvieron de acuerdo, pues IA apunta que dos hijos de Willie: Lindsay y Scott, no aceptaron aparecer en las páginas del libro (situación que ella respetó), luego entonces los que sí son expuestos le dieron su anuencia para que su pluma (mejor dicho, su teclado) los transformara en personajes.

Una vez terminada la lectura, concluyo que gracias a ésta no leería de IA la trilogía formada por La ciudad de las bestias, El bosque de los pigmeos y El reino del dragón de oro. Pero sí correría los cauces de Paula, Hija de la fortuna e Inés del alma mía. Dudaría de Mi país inventado, pues sólo parte de un sueño y un supuesto: ¿cómo hubiera sido la historia de Chile en caso de no haber sufrido el golpe militar de Pinochet en 1973?

Como ven, Sofía y Antonio, le copié a IA la fórmula ésta de escribir una carta para contarles mi experiencia lectora de La suma de los días. Si fueron observadores, este acto intelectovisual lo hice mientras tú, Sofía, vivías las semanas inclementes de tu llegada a Washington DC para integrarte a la OEA, buscabas departamento, esperabas a Ana Luisa y maldecías a medio mundo; y tú, Antonio, te aclimatabas a tu nueva familia en San Francisco en tu experiencia escolar y laboral en Berkeley. Por tanto, hijo, es muy probable que en tu camino por esa ciudad te encuentres a tu vecina Isabel Allende, dice que vive “…en el condado de Marin, al norte de San Francisco, a veinte minutos del puente del Golden Gate, entre cerros dorados en verano y color esmeralda en invierno, en la orilla oeste de la inmensa bahía. En un día claro podemos ver a lo lejos otros dos puentes, el perfil difuso de los puertos de Oakland y San Francisco”. ¿Ya te ubicaste?

Sin embargo, debo confesarle a ambos que en realidad estas cuartillas las he escrito con otro propósito. Su finalidad es didáctica: se las voy a leer a mis alumnos de la UPIITA, que cursan el tercer semestre, y se las enviaré por correo electrónico, como un ejemplo ―nada ejemplar, por cierto― de reseña crítica, para que ellos tengan un faro que los guíe y resuelvan con éxito el trabajo que deberán redactar como parte de su segundo examen departamental de su materia Técnicas de la comunicación. Igual y no leen un libro ni presentan una reseña crítica, pero por lo menos les darán ganas de elaborar una carta para su novia, para su novio o para su amante.
Gracias, Sofía y Antonio, por su complicidad.

J. Antonio Galván P.
Zacatenco y Tláhuac