miércoles, 7 de enero de 2015

Hasta siempre, Don Julio




Ayer fui a la librería a comprar mi regalo del día de reyes. Me encontré con una joya recién publicada por el FCE: "Encuentro: Octavio Paz y Julio Scherer". Al leer el nombre de Don Julio vinieron a mi mente otros nombres: Vicente, José Emilio, Federico, Gabriel, Carlos, Miguel Ángel. Me dije: "De aquel equipo que fue capaz de transformar el periodismo mexicano ya sólo queda Scherer" (léase Los periodistas, de Vicente Leñero).
Hoy por la mañana, al trasladarme para reanudar mis labores en el IPN, Carmen Aristegui interrumpió una entrevista radiofónica para anunciar que el portal de la revista Proceso confirmaba la muerte de Julio Scherer. Inmediatamente me pensé en el ayer y una certeza me inundó: ya se fueron todos.
El periodismo de hoy sería impensable sin Julio Scherer. Pugnó por una nueva forma de hacer periodismo en el Excélsior que él dirigió de 1968 a 1976. Por eso el gobierno de Luis Echeverría fraguó una de las acciones más criminales en contra de la libertad de expresión: expulsó a Scherer de la cooperativa de Excélsior y con él se fue más de un centenar de periodistas. Gracias a ello nació una publicación que marcó una voz discordante en medio del autoritarismo: Proceso, dirigido por Scherer, aparecido veinte días antes de que Echeverría dejara la Presidencia de la República. También apareció la revista Vuelta, encabezada por Octavio Paz; el Uno más uno, de Manuel Becerra Acosta (1977); la revista Nexos (1978)... Tiempo después La Jornada (1984).

Si bien Scherer fue un personaje polémico por algunos de sus trabajos periodísticos (como entrevistar al subcomandante Marcos ante las cámaras del canal de las estrellas, o entrevistar al narcotraficante Ismael "Mayo" Zambada y hacer la crónica del viaje para encontrarse con él), ningún crítico podrá escatimarle la escuela que dejó gracias a sus haceres como reportero, entrevistador y director de publicaciones.

De igual manera, quizá de forma indirecta, Don Julio nos daba la interpretación certera de nuestro presente. Desde Gustavo Díaz Ordaz hasta Felipe Calderón, la pluma de Scherer fue ágil para denunciar el abuso, la corrupción, el autoritarismo, el tráfico de influencias, los conflictos de interés, el fraude y muchos otros vicios y características de nuestras autoridades políticas. También, narró la vida truculenta en las cárceles mexicanas o en las calles marginadas donde los niños se vuelven delincuentes.
Para entender nuestro presente y nuestro pasado reciente hay que leer a Scherer: Poder, historias de familia; Los presidentes, Estos años, Máxima seguridad, La terca memoria, La reina del Pacífico, La pareja, Niños en el crimen, Parte de guerra, Calderón de cuerpo entero, Salinas y su imperio, Secuestrados, Vivir... También dos sobre Chile: Allende en llamas y Pinochet, y otros muchos textos que narran pasajes de la vida de personajes como Siqueiros o García Márquez.

Que la prosa certera y lúcida de Scherer, y el aprendizaje que se puede obtener de sus textos sigan siendo una escuela para los jóvenes que ahora creen que un mejor periodismo es posible.

Hasta siempre, maestro.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
7 de enero de 2015



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Hasta siempre, Vicente.






La noticia llegó como llegan ahora: en alguna aplicación del celular. Sólo dos palabras escritas por Manuel Cerón ​fueron suficientes para que este corazón entristecido lo fuera aún más: Murió Vicente.

Al instante vinieron a mi megapantalla las imágenes reales y literarias que él me regaló a lo largo de los muchos años que lo leí. El inolvidable Fernando Benítez, que nos daba Periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas, nos dijo una tarde: "Todos los mexicanos tenemos la obligación de leer El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; y, si además de mexicanos queremos dedicarnos al periodismo, debemos leer Los periodistas, de Vicente Leñero".

Así, en 1979 leí ese libro recomendado por don Fernando y luego muchos más: Los albañiles, Redil de ovejas, El evangelio de Lucas Gavilán, El garabato, La gota de agua...

De su trabajo periodístico recuerdo Asesinato, un excelente reportaje sobre la tragedia de la familia Muñoz Izquierdo y una entrevista que Leñero le hizo a María Félix: "Yo soy mi casa". Muy conmovedor resultó para mí, lector principiante, su obra de teatro El martirio de Morelos.

Hoy Vicente se ha ido, justo en este año infausto en que muchos de nuestros escritores-referentes también lo han hecho. ¿Será que ante tanta injusticia, violencia, maldad e impunidad que Dios ve en la Tierra ha preferido llevárselos para que le cuenten historias imaginarias?

Vicente, no descanses en paz, mejor sigue vivo y alegre en cada una de las líneas que nos regalaste desde hace tanto tiempo y que ahora nos disponemos a releer.

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3 de diciembre de 2014Hoy Vicente se ha ido, justo en este año infausto en que muchos de nuestros escritores-referentes también lo han hecho. ¿Será que ante tanta injusticia, violencia, maldad e impunidad que Dios ve en la Tierra ha preferido llevárselos para que le cuenten historias imaginarias?



 

jueves, 17 de abril de 2014

Una rosa amarilla para el maestro



 
 
Muchos años después, frente a un libro de García Márquez, me di cuenta que cuando Gabo partiera estaba obligado a escribir unas líneas en las que estableciera mi agradecimiento a este escritor que letra a letra, línea a línea, capítulo a capítulo, obra a obra, se convirtió en mi autor favorito.

La historia empezó por allá de 1975, cuando yo tenía 14 años de edad. Una tarde cualquiera mi tío Trinidad Ortiz Mejía, marinero de oficio, me prestó un pequeño libro titulado Relato de un náufrago, que, por cierto, ya nunca le devolví. Esa misma tarde me eché bocabajo en mi cama y comencé a leer. Desde la primera línea quedé atrapado, hoy sé que no sólo de ese libro sino que de toda la obra de García Márquez.

En un mundo sin internet cada vez me interesaba saber más del colombiano. Por ello me enteré que su máxima obra era Cien años de soledad. Así es que en un acto casi suicida traté de leerla, pero no pude hincarle el diente. Me pareció muy compleja, lejana, impenetrable… Una voz, que a la distancia no puedo precisar de quién era, me sugirió comenzar con las obras anteriores a Cien años… Así, seguí la cronología literaria. La primera que leí fue La hojarasca, escrita en 1955 y que sólo adquirió relevancia cuando García Márquez cobró fama como escritor. Ahí encontré la primera mención de Macondo, ese pueblo mágico en el que todo sucede y nos sucede. Una especie de América Latina explotada por el imperialismo, territorio nutricio de narraciones increíbles que nos permiten sobrevivir. La historia es contada por tres voces. Me sorprendió cómo tres miradas pueden ver distinta la realidad que es una. Al terminar esta tarea, abrí las páginas de El coronel no tiene quien le escriba (1961). Me impactó su lenguaje directo, sin desperdicios ni tardanzas. Las situaciones suceden una a otra sin descripciones que retarden el relato.

Al terminar El coronel… seguí con Los funerales de la Mamá Grande, el primer libro de cuentos que leí de él. Años después, al recorrer la obra periodística de Gabo, descubrí que los hilos de estas historias se encontraban en la realidad colombiana, en sus personas vueltas personajes (como la marquesita de la Sierpe) y en sus leyendas colectivas.

Con mucha cautela, pues GGM había desautorizado una de sus ediciones, le entré a La mala hora (1962), una historia de chismes que trae grandes desventuras a los habitantes de un pueblo.

Hechas con pausas prolongadas estas lecturas, en 1982 empecé a leer Cien años de soledad. Para mí fue toda una experiencia irrepetible. En ese tiempo Margarita, mi esposa, estaba embarazada de mi hija Sofía. Así es que en las tardes-noches mientras ella descansaba recostada, yo abría mi libro de la edición Austral y poco a poco recorría esa magia que iba desgajándose línea a línea. Mi primera sorpresa fue internarme en el mundo de Macondo, y más aún toparme con los personajes mágicos que nos muestra: Úrsula y José Arcadio, y luego Aureliano y Arcadio Buendía; y esa estirpe que se va desgajando letra a letra. Melquiades de todas nuestras entrañas, Remedios la bella que se va al cielo envuelta en una sábana, Petra Cotes y sus encantos lujuriosos, el enamoramiento de Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas que lo siguen… Qué historia tan extraordinaria, entonces sí la pude entender, sí le pude llegar a las fibras de los personajes y de sus historias. Qué gran experiencia de lectura, eso que no sólo queda en el simple acto de leer sino que se transporta a nuestra vida cotidiana y la inunda de fuerza, de esperanza y de sonrisa.

Antes de entrarle a Cien años… en 1981 leí Crónica de una muerte anunciada, una historia que nada tenía que ver con el mundo macondino. Acababa de salir de la imprenta y era una derrota para el propio Gabo: él había dicho que no publicaría nada mientras Pinochet siguiera en el poder en Chile. Pero para bien de sus lectores, rompió su palabra. Una noche de ese año comencé con esa lectura y, para mi sorpresa, las horas transcurrieron una a una hasta que leí las últimas líneas. Creo que nunca me he desvelado tanto, pero también nunca he estado tan contento con una desvelada. Esa crónica se convirtió para mí en una especie de letra de cambio. Decenas de alumnos míos la han leído, primero con indiferencia y luego con gusto. Hoy algunos de ellos lo recuerdan y a mí me llega una sonrisa de satisfacción y de nostalgia. A partir de esta obra y de ese año (1981) me propuse una meta que siempre he cumplido: tener la primera edición de las obras de GGM.

En algún momento que no puedo precisar en este relato, leí El otoño del patriarca (1975). Al parecer esa obra se inscribía en una saga de dictadores: Asturias y El señor presidente, Carpentier y El reino de este mundo, Carlos Fuentes y La muerte de Artemio Cruz, y años después Vargas Llosa y La fiesta del chivo. Los escritores nos dieron las claves para entender esa parte de América Latina dominada por los militares.

Luego leí un libro de cuentos agrupados en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, y entonces pude darle una nueva fuerza no sólo a Cien años de soledad sino a todo lo que había leído de García Márquez.

En 1985 llegó El amor en los tiempos del cólera. Era la ruptura con el mundo literario anterior. Para muchos, esta obra es la máxima, la que sobrevivirá a los tiempos.

Un año después Gabo escribió una historia producto de una gran entrevista: La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, que se publicó en entregas en el periódico La Jornada, y luego en forma de libro. Por azares del destino tuve una a una de esas entregas, pero perdí el libro. Muchos años después, en 2007, lo encontré en una librería en Costa Rica, cuando fui a ese país a dejar a mi hija para una estancia en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

En 1989 leí El general en su laberinto, la narración sobre los últimos días de Simón Bolívar. Era una exquisita oportunidad para ver el relato de un hombre de carne y hueso, por encima de sus logros históricos. Un amanuense recorre sus hazañas y sus entrañas, y con él nos lleva a entender a un personaje clave de la historia de lo que José Martí llamó “Nuestra América”.

En 1992 llegó a nuestras manos el libro de Doce cuentos peregrinos. Lo leí como se leen los libros de cuentos: esperando encontrar en cada uno una historia diferente y extraordinaria. Y así fue: cada uno me deparó no sólo una vida digna de ser vivida sino una forma distinta de contar lo sucedido.

Dos años después, en 1994, en las librerías apareció Del amor y otros demonios, una historia ubicada en el Caribe y que encierra las desventuras de la vida de una mujer llamada Sierva María de Todos los Ángeles.

Y así nos vamos de dos en dos, en 1996 da a luz Noticia de un secuestro. Una historia que nos narra algunos de los hechos más siniestros de Pablo Escobar Gaviria, el más grande de los capos colombianos, al que se le recuerda con todas sus grandezas y sus más grandes miserias.

En el 2002 conocimos sólo una parte de su biografía. Vivir para contarla fue la primera entrega de tres que nos prometió. Pero sólo se quedó en una. Cuando supimos de sus males encapsulados en una demencia senil, nos dimos cuenta que no habría más. Que esa biografía había terminado.

Su última obra publicada fue Memoria de mis putas tristes, en mi opinión una obra menor pero no por ello menos intensa y llena de la magia del autor.

Y así terminamos esta reseña, cargada del dolor por la partida de Gabo. Pero también nos quedan muchas experiencias vueltas literatura que nos llevan al recorrido no sólo de la obra de García Márquez sino de muchas otras que quizá ni existieron pero que forman la narración de lo que somos y lo que aspiramos a ser.

En este tintero digital quedan muchas líneas por escribir. Por ejemplo, mi encuentro con el García Márquez periodista, el que se encuentra antologado en cinco tomos que contienen sus notas, crónicas, reportajes y críticas cinematográficas.

Mención aparte merecen sus artículos que, en México, se publicaban semana a semana en la revista Proceso de 1980 a 1984. A ellos acudía lunes a lunes para abrevar de su sabiduría, para sentirme contento, para decirme a mí mismo que la vida había valido la pena tan solo por el hecho de ser contemporáneo de Gabo.

Una mañana de octubre de 1982 García Márquez fue informado que había ganado el Premio Nobel de Literatura, justo treinta años después, el 21 de octubre de 2012, fui informado que un infarto estaba a punto de cortarme la vida. Entonces me arrepentí de no haber escrito estas líneas apresuradas sobre García Márquez. Cuando en terapia intensiva del Centro Médico el doctor Maya me dijo que en cualquier momento podía terminar mi existencia, sólo dos ideas me generaron una gran desazón: dejar sola a mi madre y morirme antes que Gabo, y sin haber tenido la oportunidad de escribir sobre ese niño que una vez se asombró por ir de la mano de su abuelo a conocer el hielo.
 
José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
17 de abril de 2014
 

domingo, 10 de marzo de 2013

Lecturas de transición



I.

Este separador comenzó a ser escrito el 28 de julio de 2012. Se iba a titular Cinco lecturas, cinco. Abarcaba ese número de libros. Por alguna extraña razón se quedó durmiendo el sueño de los justos y no fue publicado. Los días pasaron y mis astros personales se dislocaron. Empezaron los acontecimientos inesperados. Ahora retomo lo que ya había escrito y relaciono las lecturas que se fueron sucediendo en el tiempo.

Sin duda, deberé cambiar la estrategia redactora, pues pareciera que cada vez tengo menos tiempo para llevar el registro pormenorizado de mis haceres lectores. Sin mayores pretensiones de análisis, solamente dejaré constancia de los libros leídos. Espero que mis lectores apoyen esta iniciativa.

II.

Esta tarde-noche, lluviosa, del 28 de julio de 2012 me he propuesto dejar encerrada la pereza y acabar con el clásico “mañana lo hago”. Quiero darme la satisfacción de escribirle a mis dos lectores. De volver a esta actividad de amanuense que me acerca a ustedes.

Ya pasaron las elecciones. Ahora nos encontramos en el tiempo poselectoral en el que lo único claro es que nuestro próximo presidente será un hombre alejado de la lectura, un ignorante de los placeres que produce el ir pasando la vista, poco a poco, por los surcos escritos. Octavio Paz decía que los políticos debían leer poesía para sensibilizarse y ser mejores personas. Hoy nos queda claro que no sólo poesía sino literatura en sus diversos géneros.

Como ustedes saben, yo prefiero la novela. Por ello, en esta ocasión les comparto brevemente mis últimas cinco experiencias. La primera es La edad de la punzada, de Xavier Velasco. La recorrí del 15 de abril al 21 de mayo. Se trata de un texto autobiográfico, Xavier nos cuenta en 406 páginas sus días de los 14 a los 17 años. Su desapego a la escuela, su vida de burgués empecinado en tener una moto (luego, un auto), sus mundos escolares y de barrio, sus enamoramientos y sus frustraciones amorosas.

Al protagonista, Xavier, el mundo le queda chico. Irse de pinta es una de sus mayores ambiciones, así como burlarse de todo lo que tenga que ver con la autoridad. Hacerse de lo material para presumirlo con sus compañeros y amigos es su máxima recompensa. El estudio le aburre, por ello escapa de él para tratar de conquistar a más de dos, o descubrir los placeres sexuales en revistas pornográficas, primero, y después en un cabaret.

Buena parte del relato es reiterativo, incluso previsible. Pero todo cambia cuando un suceso en la vida del padre de Xavier (quien tiene el mismo nombre) lleva al protagonista a darle un nuevo sentido a su existencia. Si bien su concepción del mundo no sufre grandes transformaciones, sí empieza a verse con otros ojos.

Esta es la primera lectura completa que hago de una obra de Velasco. El primer intento fue Diablo guardián, pero la abandoné por ahí del primer cuarto, aunque muchos me han dicho que sí vale la pena. Cuando acabe de leer las 486 obras que tengo pendientes, les aseguro que realizaré el segundo intento.

Del 22 de mayo a la madrugada del 2 de junio leí una novela de Jorge Alberto Gudiño Hernández: Con amor, tu hija. El autor es conductor, junto con su esposa Mayra González, del programa de análisis literario “La tertulia” (viernes, 9 de la noche, 1110 AM). Fue en ese espacio donde supe de la existencia de la obra. Interesante ejercicio del crítico (Alberto Gudiño) que deja de serlo para convertirse en objeto de crítica.

Con amor, tu hija, nos narra la relación incestuosa de un viejo escritor y su única hija. Él vive solo en una isla y cada año recibe la visita de Emily (su hija). Ella casi siempre lo ha visitado acompañado del novio en turno, nunca el mismo, pero en esta ocasión la acompaña Antonia, una amiga. El escritor se da cuenta de la relación lésbica de Emily y Antonia, y, aunque no deja de sorprenderle tal situación, trata de mantenerse al margen de ello.

Antonia llama la atención del escritor. Digamos que le gusta, pero poco a poco comienza a comparar a la propia Antonia con Emily, y llega a la conclusión que su hija es más bella, con mayores atractivos de mujer que la amiga. Por ello, él trata de alejarse de la pareja para no “caer en tentación”, busca continuar la escritura de su nueva novela, que por cierto su editor le exige cada vez con mayor urgencia. Pero la vida, destino, circunstancias le tienen deparada una sorpresa.

A la vez de ser testigos de esta historia central y “real”, leemos la novela más prestigiada del escritor: Bajo la sombra blanca del abedul, una ficción (que se desarrolla en Japón) que es, también, interesante. Aunque el propio escritor consigna que todos sus críticos coinciden en que se trata de una mala obra literaria.

Del 3 al 24 de junio le hinqué el diente a Canción de tumba, de Julián Herbert. Aquí también asistimos a un relato autobiográfico que tiene como centro la historia de Guadalupe Chávez, prostituta y madre del narrador.

Relato por demás sugestivo que registra los últimos días en la vida de Guadalupe, y que, al mismo tiempo, nos permite ver la vida del narrador: de niño a adulto. Sus carencias, temores, traumas, vicios, relaciones amorosas, lugares de residencia… que se tejen en función de las actividades y personalidad de su madre.

Novela más que recomendable ambientada en el México actual, dominado en gran medida por las pugnas del narcotráfico.

La tejedora de sombras, de mi amigo Jorge Volpi, la leí del 24 de junio al 10 de julio. Sólo quiero dejar consignado que la leí, que fui seducido por la historia de Christiana y sus rejuegos amorosos.

La novela de Pedro Ángel Palou: El impostor, la verdadera historia de San Pablo, el espía que se convirtió en apóstol,  fue recorrida en sus 372 páginas del 11 al 24 de julio. Más que interesante historia que nos sitúa en los inicios del cristianismo. Desde muy pequeño supe que el 29 de junio se celebra el día de san Pedro y san Pablo. Así es que supuse, durante muchos años, que Pedro y Pablo habían sido apóstoles de Jesús, grandes amigos que generaban ideas complementarias, ejemplos de trabajo en equipo.

Sin embargo, después de leer la novela de Palou, llego a la conclusión de que si por ellos fuera no tolerarían ser festejados el mismo día. Pablo, a diferencia de Pedro, no fue discípulo de Jesús. Más bien, fue perseguidor de los apóstoles de Jesús. Su propósito era exterminarlos y las circunstancias, poco a poco, lo fueron llevando a convertirse en un puntal de la naciente iglesia católica. El impostor es, sin duda, una de las mejores novelas que he leído en los últimos dos años.

III.

Del 24 de julio al 3 de agosto leí La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee. A ciencia cierta no sé la razón por la que leí este libro. Quizá porque se trata de una novela que tiene a los libros como uno de sus personales. Quizá me sedujo la información de la contraportada: “La librería de las nuevas oportunidades es a la vez una fábula romántica y un homenaje a la buena literatura, porque a menudo es ahí, en las páginas amarillentas de un libro olvidado, donde están las palabras que pueden cambiar nuestra vida”.

Antología de la crónica latinoamericana actual, Darío Jaramillo Agudelo, ed., leída del 15 de agosto a 24 de octubre. Este libro es de largo aliento. Reúne en sus 650 páginas una buena cantidad de crónicas actuales, de esas que no necesitan ser descritas porque su única magia está con la lectura. La importancia de este texto es que se trata de un ejemplar de transición personal: Lo inicié estando aparentemente sano y lo terminé acostado en la cama 19 de terapia intensiva, hospital de cardiología del Centro Médico.

Axilas y otras historias indecorosas, Rubem Fonseca, leído del 3 al 7 de septiembre. Estos cuentos nos permiten constatar, una vez más, la magia creativa y narradora de Fonseca.

Del 18 al 29 de septiembre mis ojos recorrieron Justicia, del ahora polémico abogado Gerardo Laveaga. Interesante novela basada en el funcionamiento del sistema de justicia mexicano. Los culpables andan sueltos.

El error de la luna, de Héctor Aguilar Camín, entretenida novela que leí del 30 de septiembre al 3 de octubre. No alcanza los rasgos de genialidad de Morir en el Golfo, pero nos permite inmiscuirnos en los secretos de la familia Gonzalbo.

La emoción de las cosas es un libro autobiográfico de Ángeles Mastretta, pero lo cuenta con tal genialidad que bien podemos creer que se trata de una novela de la que ella, Ángeles, es la protagonista. Lo inicié el 7 de octubre, y lo concluí el día 25 del mismo mes, cómodamente instalado en la cama 19 de terapia intensiva, hospital de cardiología del Centro Médico. Mis ojos leían mientras mi corazón se debatía entre latir o no.

Vivir, de Julio Scherer García, lo leí del 26 al 31 de octubre de 2012, recostado en la cama 327 del hospital de cardiología del CMNSXXI. En esos días aciagos de incertidumbre, estudios, medicinas, sueros, inyecciones, visitas, oraciones, mensajes, buenas vibras, esperanza… Nuevamente, la pluma mágica de Scherer recrea importantes momentos de la vida nacional de los que él fue testigo, así como anécdotas con personajes políticos y culturales de nuestro país. Fiel a su estilo, el escritor-periodista lanza certeros dardos que despiertan muchas preguntas y muchas posibles respuestas en la mente del lector.

Del 1 de noviembre al 15 diciembre de 2012 no tengo registro de algún libro iniciado y concluido. Seguramente leí alguno, pero la memoria me falla. Lo que sí recuerdo es que mis ojos leyeron algunas líneas o capítulos de Leo, luego escribo, de Mónica Lavín. De la misma autora: La casa Chica. Dos de Carlos Fuentes: La silla del águila y Federico en su balcón (novela póstuma). Fallas de origen, de Daniel Krauze. También dos libros de “recomendaciones” para escritores: Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa; y El novelista ingenuo y el sentimental, de Orhan Pamuk. Por alguna extraña razón no les di fin, pero les aseguro que poco a poco les contaré qué sucede en algunas de estas obras.

Brama, de Daniel Miklos, la leí el domingo 30 de diciembre mientras acompañaba a mi hija, Sofía, que se encontraba internada en un hospital de la colonia Roma. Una neumonía la tuvo enclaustrada los últimos días de 2012 y los primeros de 2013. Brama es un ejercicio literario más que sugerente. Sólo diré que me impactó leer esta muy buena historia narrada por siete voces.

Del 16 de diciembre de 2012 al 15 de enero de 2013 me deleité con la lectura de Yo, la peor, de Mónica Lavín. Novela sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz. Extraordinario relato que reconstruye los días de la Décima Musa y su lucha constante en un mundo de varones. Fue para mí una de esas historias que no quieres dejar de leer.

Termino este separador con Juegos de alcoba. Usos y costumbres eróticos, de Rocío Barrionuevo (leída del 22 de febrero al 10 de marzo). Interesante y muy bien documentado recorrido por la literatura erótica de todos los tiempos, actividad de escritura que, finalmente, refleja y reproduce lo que sucede en la vida social. Si leer es un placer, leer literatura erótica es un doble placer.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
10 de marzo de 2013


 

martes, 15 de mayo de 2012

Carlos Fuentes, después de ti ¿quién?




Hoy es un Día del Maestro totalmente diferente y triste: murió Carlos Fuentes, el más grande de los escritores mexicanos del Siglo XX y de lo que llevamos del XXI. En noviembre de 2009, cuando cumplió 80 años, rescaté del Anuario 1947 del Colegio Francés Morelos una reseña en la que el joven Fuentes (a sus 19 años) es protagonista. Esta evocación se publicó en la "Página blanca" de la revista eme-equis. Se las dejo como un homenaje a este mexicano universal, a quien desde hoy extrañamos porque era parte de nuestra conciencia.

¿Te acuerdas, Carlos?

por José Antonio Galván Pastrana

En 1947, hace apenas sesenta y un años, concluías tu formación como bachiller en el Colegio Francés Morelos, de los Hermanos Maristas.

Participaste en el concurso de Literatura (en prosa) y tus compañeros Melchor Ortega y otro identificado como E. L. P. escribieron esta pequeña nota que se publicó en el Anuario 1947 del CFM:

En prosa ocuparon los tres primeros lugares, respectivamente: “Rondalla del Sur”, “Senderos” y “Nueve más uno” que, bajo diferentes pseudónimos presentó el talentoso compañero Carlos Fuentes Macías. Su cultura extensa y variada, sus facultades literarias, su genuina y decidida vocación por las letras, auguran para él grandes triunfos literarios en un porvenir no muy lejano.

El estilo de Fuentes, a veces preciosista o exagerado, posee agilidad y sutileza capaces de engendrar obras de valor artístico. Su imaginación es deslumbrante. Las figuras que salen de su pluma son variadas y amenas. Sus conjuntos son armoniosos y brillantes. Sigue las corrientes modernas de Literatura. Podemos asegurar, sin pretender meternos a profetas, que Carlos figurará en breve en las letras mexicanas y que hoy es, sin ninguna duda, el mejor prosista que se ha revelado en las aulas forjadoras del Colegio Francés de Preparatoria.

El H. Jurado Calificador de este Concurso estuvo integrado por los Profesores: Dr. Salvador Mora Lomelí, Lic. José Palafox Águila y el Lic. J. Enrique Moreno Tagle.
 
La misma fuente registra que formabas parte del grupo de Bachillerato en Derecho y Letras y conserva un texto de tu autoría, que titulaste Algo de historia:

Comienza el curso 1946… A las aulas del Colegio Francés Morelos acuden, para formar el abigarrado conjunto de la clase de Abogados, la flor y nata (sic) de diversas secundarias de la Capital y de Provincia…

            Prosigamos la historia… El grupo de cohibidos jóvenes recibe la primera cátedra. Tras un escritorio surge el “dómine de la batuta” que a voz en cuello dice: “Hablando en plata, son unos mensitos…” Y se oye luego un rumor extraño, arcaico, cual si surgiera de las ruinas de Pompeya y Herculano: “Rosa, rosae… amo, amas, amavi, amatum, amare…” Apenas los alumnos se han repuesto del susto, escuchan estas saboreadas palabras: “Bsss… Me voy, ―dijo el mono―, a construir mis ciudades”… Tan hermosa peroración es interrumpida por la parisina voz de quien amablemente nos llama “¡bola de lépegos!”, hiriendo así nuestros más delicados sentimientos (¡ejem!). Después se oye un terrible maremagnun de voces confusas: “Esto me rrrrrepatea”… “ya ves, Riquelme, aquí ni un amigo”… No faltan acentos del Caribe: “oye chico… éto é etafá a su padre… ¡caballero!”. Y retiembla en sus centros la tierra…; aparece la gigantesca figura de un profesor de historia… A continuación, otro de los más conspicuos catedráticos de ciencias históricas suelta esta lapidaria frase: “¡Aquí huele a circo!” (¡Y aún no estaba entre nosotros el célebre Dunstano!)

            Llegamos al Año II de la Odisea… Somos despertados del profundo letargo que nos produjeron las bien merecidas (!) vacaciones, por una voz tenebrosa que anuncia: “¡Osiyá llegué, siño!”; un “forjador de generaciones estudiantiles” se enfrenta a un conglomerado de “hipocritones abominables, perversos, que ignoran que esto es un valle de lágrimas…”

            Alegre y movida fue esta vida de Segundo Año… Del grupo de futuros “buscapleitos” surgieron angelicales personajes: Agüero, Gasió… Pero oigamos la inusitada sinfonía (!) de ruidos y voces lejanas: Pulos abre las ventanas con gesto melodramático; el “Chato” Nassar transmigra a través de la clase al pujido de “Eeeeehaaaaa-jaaaaah”; Utrilla llora desconsolado en un apartado rincón: (“¿Pooorqué te hiiizoo el destinooo…?”); Morán, tímidamente (?) ríe; pasa cual estrella fugaz el “cometa” Pérez; Bermúdez de Castro, con parsimoniosa voz, destila palabras llenas de humildad: (un fuerte olor a violeta se expande en todos los ámbitos del salón); nuestra atención se vuelca sobre el “Monstruo” González Cossío (Díaz), quien buscan incansable a “la musa de la nueva verdad”; deambula entre las bancas el narcotizado “Zombi” Martínez; del techo se descuelga la furibunda mole del “Trucutú” Obregón. Descansemos de tantas y tan fuertes emociones: Veamos tranquilamente sentado al elegante compañero Mier, conservador del castizo idioma (“¡Hiya, baby!”), cerca de nosotros el flamenco Graff; aquí, los académicos Núñez y González Rebollo, tragando avorazados, gruesos y complicados volúmenes; en otro rincón, el incógnito Butrón… Por fin oigamos la voz chillona de Cortazar  reclamando sus derechos…

            Bien dice el dicho: “las apariencias engañan”… Tras la vana apariencia, tras la cortina del aparente “relajo”, este grupo de Abogados vislumbró, siquiera en lontananza, la gran labor que, como futuros depositarios del Derecho y de la Justicia, pesará sobre nuestras débiles espaldas… Aprendió a querer, sin distingos, a través del tamiz de la hilaridad, a todos los Profesores que hubieron de soportarnos… Hubo jocosidad; también mucho cariño: a nuestro Colegio, a nuestros maestros, a nuestra carrera, a nuestra Patria. ¡Que no se diga jamás que, los acaso alegres componentes del grupo de futuros abogados que hoy terminan su Bachillerato, carecieron de nobleza de sentimientos, de un corazón bien puesto! Para terminar, un recuerdo especial para los que fueron nuestros titulares: los Profesores López Parra y Santana.

En ese ciclo escolar, estimado Carlos, fuiste uno de los alumnos más premiados de tu grupo. Obtuviste el primer lugar en Aprovechamiento, el segundo en Moral y también el segundo en Conducta. Otros de tus compañeros, igualmente destacados, fueron Francisco Barba, Arturo González, Víctor Manuel Graff, Ricardo Nassar…

Integraste la última generación del Colegio Francés Morelos, ubicado en avenida Morelos # 30, que se trasladó a la colonia Del Valle como Centro Universitario México, ¿te acuerdas, Carlos?

Fuente: Colegio Francés de Preparatoria. Memoria y premios, número especial 1947.

José Antonio Galván Pastrana
Tláhuac
15 de mayo de 2012

jueves, 5 de abril de 2012

Regreso




A Sofía, que nos dio la alegría y el orgullo de ganar el PNJ 2011.

Estimades lectores,

Escribo “estimades” porque dicen que esa fórmula se impondrá en lugar de “estimadas” y “estimados” o del nefasto estimad@s. Para no decir como Fox: mexicanas y mexicanos, diremos y escribiremos “mexicanes”. Estoy muy apenado con ustedes porque pareciera que he abandonado este espacio. Debo confesarles que cada vez me cuesta más trabajo escribir. A veces el tiempo se hace muy corto y el cansancio muy largo. Hay voluntad pero no diligencia. Si a eso le agregamos que no hay disciplina, ya se pueden imaginar: mucho tiempo de silencio.


Mas este día (que en realidad fueron dos, porque esta entrada se parió el 19 de marzo y hoy) me he propuesto entrar en contacto con ustedes. No voy a reseñar libros, pues sus contenidos se me pierden en la memoria. Sólo dejaré constancia de los que he leído, hojeado y ojeado. Igual y a ustedes les sirvan estas pistas para desentrañarlas en el personal y mágico universo de la lectura.


Entre el 17 y 19 de julio del ya muy lejano 2011 leí Emaús, de Alessandro Baricco. Recuerdo que ese texto lo compré por esos días en una librería de Coyoacán. Supe de él por una recomendación que escuché en la radio: la tercera edición de "Hoy por hoy", con Salvador Camarena y su espacio de los martes “Leer y discutir”, con la maestra Gabriela Warkentin. Con seguridad esta novela tiene pasajes muy rescatables y una historia tan sugestiva que sólo tres días me bastaron para recorrerla, pero la memoria no me da para comentarles aspectos puntuales.


Del mismo 19 de julio y hasta el 20 del mismo mes, le hinqué el diente a Oscuro bosque oscuro, de Jorge Volpi. Una pequeña novela de 147 páginas que hace uso de los cuentos infantiles clásicos (Pulgarcito, Blanca Nieves, Caperucita roja…) para situarlos en los sucesos ocurridos en Europa en la Segunda Guerra Mundial. Lectura ligera, ágil y recomendable. Su eje es la formación del batallón 303 de la policía de reserva y, al término de la guerra, su extinción. Por demás interesante lo que ocurre en un oscuro bosque oscuro o cerca de él.

Entre el 21 de julio y el 15 de septiembre leí, pero no terminé, dos obras: Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos, de Jorge G. Castañeda y Hacia una teoría general sobre los hijos de puta, de Marcelino Cereijido. Si bien avancé mucho es estos ensayos llegó el momento en que los abandoné. Su lectura se me hizo pesada, recurrente; de planteamientos reiterados. Así es que sin más un día los cerré y no volví a abrirlos. Del ensayo de Cereijido me quedó una conclusión: hagamos lo que hagamos y dediquémonos a lo que nos dediquemos, en el fondo y en la superficie todos somos unos hijos de puta. Quizá por eso preferí cerrarlo, pues a nadie le gusta llegar a ese puerto.


Me voy del 16 al 26 de septiembre. En esos diez días leí El jefe máximo, de mi maestro universitario Ignacio Solares. Esta novela histórica recrea los últimos años de Plutarco Elías Calles. Su apego al espiritismo para obtener las claves de su propia vida. Varios personajes-espíritu, como Álvaro Obregón, lo visitan. Le hablan para reclamarle su egoísmo, su ansia de poder, sus decisiones políticas…


Como en otras de sus obras (novelas históricas donde se combina la ficción y la no ficción), Solares recurre a la investigación documental, a los archivos, para obtener los datos que le permitan construir a los personajes, su tiempo y sus circunstancias. El jefe máximo ya se había presentado años antes como obra de teatro, ahora la tenemos como novela. Estimades lectores, si disfrutan de los textos que rescatan a la historia y sus personajes, no dejen de leer esta obra.


Una tarde, mientras buscaba en la Gandhi algunos libros para comprar y leer (en especial Redentores, de Enrique Krauze, que, por cierto, aún no estaba a la venta), me topé con una extraordinaria sorpresa: un libro de pasta azul titulado Amores adúlteros… el final, de Beatriz Rivas y Federico Traeger. Es la continuación de un texto que ya reseñé en este blog (entrada del 21 de mayo de 2011). Si la primera parte de Amores adúlteros me pareció más que rescatable, esta segunda y última lo es aún más. Hay orden en la exposición y una secuencia que deriva en consecuencia. Se cierra la historia de estos amantes y se nos anuncia que no habrá más.


El libro lo leí entre el 6 y el 19 de octubre de 2011. La verdad, es de esas obras que no se quiere dejar. A cada rato volvía a releer lo que mi vista ya había escaneado, pues el texto combina una historia (la de Ella y Él), la lucha interna de los personajes, frases y párrafos contundentes, además de una buena dosis de creatividad editorial.


«Perdida. Esa noche se dio cuenta que estaba perdida: al acostarse con su marido, sintió que le estaba siendo infiel a su amante.» (p. 32)


«Ahí está. Delgado, alto, elegante y enigmático, entra a un edificio, a un teatro, a un restaurante, a un hotel, a un auto, al metro, a un avión, se interna en un parque, flota en un lago, penetra una cantina, camina hacia un cine, una cárcel, una comandancia, un confesionario, una casa, una panadería, un hospital, un estudio, un túnel… ¡ahí está!, le grita el reportero al fotógrafo sin tiempo de tomarle una foto. No tuvieron suerte a pesar de que fue una noche generosísima. El Orgasmo entró y salió y salió y entró en millones de zaguanes, puertas, ventanas, chimeneas, portezuelas, elevadores, callejones, bancas, catres, sillones, camas, escalones, mesas, albercas, tinas, clósets y cortinas, y la ciudad durmió… sonriente.» (p. 98)


«La palabra. Se reencuentran, hablan con la boca llena de primavera. Dialogan con las pupilas colmadas de arco iris. Ríen con los pulmones henchidos de felicidad. Gesticulan con las manos dadivosas de porvenir y, en una abrir y cerrar de sueños, la carne pide la palabra…» (p. 189)


«Orgasmo secuestrado. Él: Tengo secuestrado al Orgasmo. Es el más fuerte, hondo y estimulante que tendrás en tu existencia.
«Ella: ¿Cómo sabes que se trata de un orgasmo tan definitivito y definidor?
«Él: Porque estoy dispuesto a jugarme la vida para que lo sea.
«Ella: ¿Cuáles son las condiciones del rescate?
«Él: Una sola: que traigas en una valija tu tesoro más valioso.
«Ella: ¿Y ese cuál es?
«Él: La llave que abre los poros de tu piel y las compuertas de tu alma.
«Ella: Voy para allá.» (p. 210)


Luego siguieron otras dos lecturas inconclusas: La increíble hazaña de ser mexicano, de Heriberto Yépez, y Redentores. Ideas y poder en América Latina, de Enrique Krauze. Los medio leí entre finales de octubre y los últimos días de diciembre. Ahora que escribo esta entrada me doy cuenta que no soy bueno para leer ensayos. Casi ninguno concluyo. Cuando empiezan a ser reiterativos o a tejer sobre las mismas ideas, sin más les digo adiós. El libro de Yépez busca desentrañar el alma mexicana, su cultura y sus contextos. Sin embargo, habrá de pasar mucho tiempo y de escribirse muchos cientos de cuartillas para igualar El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, su Posdata, y su De vuelta al laberinto de la soledad.


Del libro de Krauze me quedé con los trabajos de tres de los doce redentores que presenta: Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Noté un problema ya detectado en este historiador: es bondadoso son un amigos y mordaz con quienes no lo son. Por ello me alejé del libro, pues sus sesgos, para bien y para mal, debilitan el análisis que hace sobre la vida y obra de estos personajes-redentores.


La mañana del 24 de diciembre de 2011 comencé a leer Beber un cáliz (lo concluí cuatro días después), del desaparecido Ricardo Garibay. En el viejo Canal 13 y luego en Imevisión, me gustaba ver y oír las reseñas literarias que don Ricardo hacía. Siempre parecía enojado, muy serio, para desentrañar los pormenores de las obras que comentaba. En alguna charla o conferencia o congreso, alguien aseguró que Beber un cáliz era la mejor novela de Garibay. Yo la tenía desde hace muchos años como parte de la colección "Narrativa mexicana actual", editada por Planeta y Conaculta, pero no la había leído. De hecho, es una obra que data de mediados de los sesenta (con notas que de actualización en 1979 y 1993). En ella, Garibay recrea los últimos días de vida de su padre, lo que le sirve de pretexto para contar (ese es el eje de la novela) los traumas que le causó al autoritarismo paterno.


El año viejo expiró mientras yo leía a un autor desconocido para mí: Guillermo Fadanelli. Entre el 28 de diciembre del 2011 y el 10 de enero de 2012 recorrí las 311 páginas de Lodo, novela que cuenta la historia de un profesor cincuentón de filosofía y de una jovencita veinteañera. La contraportada del libro nos da algunas claves de la historia:


«¿Cómo puede un hombre razonable, con estudios, prudente, dejarse guiar por las pasiones? Es ésta la pregunta que se hace a sí mismo Benito Torrentera, que a sus casi cincuenta años abandona su apacible vida de profesor universitario para proteger a una joven criminal. La pasión que despierta en Benito el cuerpo y la malicia de Flor Eduarda, lo lanza para vivir una aventura impropia para sus años.»


Del mismo Fadanelli, del 23 al 31 de enero, leí Educar a los topos. Historia de un niño a quien su padre obliga a estudiar la secundaria en una escuela militarizada. Para los que nacimos y conocimos la Ciudad de México de los años sesenta y principios de los setenta, esta obra tiene aspectos que nos hacen volver a ese tiempo y ese espacio:


«Sólo la música instrumental de 620 AM interrumpida de vez en cuando por una voz varonil que decía: “620, la música que llegó para quedarse”.» (p. 35)


«Jamás en mis once años de vida me había cortado tanto el cabello, pero en esta jodida escuela se me exigía que me rapara todavía más. “Tienes que raparte a cepillo, pídele al peluquero casquete corto a la brush”, me recomendaba el policía militar, un gordo de cachetes gelatinosos. Maldita sea, si a fin de cuentas el embrollo podía solucionarse con un poco de gomina. Los famosos fijadores de cabello para hombres Wildrot o Alberto VO 5 harían las cosas más simples sin necesidad de acudir a las tijeras o a la podadora.» (p. 42)


«[Mi padre] También nos permitía usar pantalones acampanados de varios colores y zapatos de plataforma que él mismo compraba en la tienda Milano, a un lado del metro Nativitas. El hecho de que deseara una disciplina acartonada para sus hijos no significaba que les negara los beneficios de la moda. Los padres siempre quieren lo peor para sus hijos, porque lo peor es lo único que dura.» (p. 43)


«Los hijos nos enterábamos de las francachelas nocturnas cuando descubríamos en las mañanas, enmarcadas en cartón, las fotografías de nuestros padres presidiendo una mesa donde jamás faltaba una botella de licor rodeada de vasos: brandy Presidente en los malos tiempos, whisky cuando la cartera estaba colmada. Mi madre era hermosa y sus vestidos siempre estaban por debajo de su belleza. Mi padre era feo, pero trataba de vestirse lo mejor posible, así que los sacos y las corbatas lo hacían verse más amigable. Al pie de las fotografías venía impreso el nombre del cabaret en el que éstas habían sido tomadas: El Capri, La Fuente o Prado Floresta eran los títulos más socorridos, aunque el centro nocturno que recuerdo con menos esfuerzo es uno donde las paredes simulaban la forma sinuosa de una caverna y los meseros aparecían sonrientes disfrazados de calaveras: las Catacumbas, en la calle Dolores, cerca de la Alameda Central.» (p. 64)


«Bienvenidos a la clase media, a sus refrigeradores Kelvinator, lavadoras automáticas Hoover, aspiradoras Koblens, licuadoras Osterizer y a sus modestos jardines. Si mi palabra tuviera algún valor yo habría elegido vivir sin jardines ni aspiradoras, pero jamás abandonar mi deambular por los alrededores del parque Centenario, ni las madrugadas jugando futbol mientras aguardaba mi turno para comprar la leche en los depósitos de la Conasupo. Un complicado vaso comunicante, un laberinto maligno unía el progreso de mi padre con mi destino.» (p. 66)


«Mudarse a Cuemanco significó señal de progreso para todos, menos para mí. […] No conforme, mi padre nos prohibió pegar banderines de Cruz Azul en las paredes porque podía arruinarse el papel tapiz, ¡nada menos que el jodido papel tapiz! Fue una discusión acalorada. Los hijos, en edad de discutir, no comprendíamos que progresar llevara consigo esconder los banderines de nuestro equipo en el armario. La silueta del Gato Marín lanzándose frente a la portería para detener un gol tendría que irse al carajo. La sonrisa de Horacio López Salgado desaparecería y el autógrafo de Fernando Bustos se perdería entre los cajones de la cómoda.» (pp. 138-139)


«Podía haber aceptado la invitación de Marco Polo e irnos juntos a un cine del Centro: Río, Savoy, Teresa, donde se proyectaban películas pornográficas desde las diez de la mañana y se permitía la entrada a menores de edad, o la propuesta de Palavicini para alquilar un bote y surcar las aguas verdosas del lago de Chapultepec, pero lo que hice fue irme a casa de la abuela, pasearme por mis antiguos territorios, vagar en el parque Centenario como si fuera un viejo que no puede dejar atrás sus recuerdos. Mi padre llenaba las paredes de papel tapiz, compraba ceniceros de cristal cortado, ponía marcos dorados a todos los retratos y su hijo volvía de nuevo al lodo, a la vida barriobajera y torva de la colonia Portales. Un cangrejo, nada menos que un obstinado cangrejo avanzando de espaldas al futuro. Un hijo para desandar los pasos, retroceder, volver al punto de partida.» (p. 152)


Has de pensar, lector/a, que me quiero plagiar la novela. Desde luego que no. Sólo ilustro con algunos pasajes que me parecieron familiares porque me remontaron a aquellos años: lugares que conocí, colonias, marcas, estaciones de radio… en fin. El poder de la literatura que evoca tiempos y espacios.


Cambio de autor. De Óscar de la Borbolla había leído relatos cortos. Las vocales malditas me parece un buen hallazgo de creatividad y persistencia. Pero no había leído novelas, así es que en poco tiempo (del 10 al 22 de enero y del 1 al 26 de febrero) recorrí tres: El futuro no será de nadie, Nada es para tanto y Todo está permitido. Las tres comparten una sencillez extraordinaria. El leedor abre el libro y entra de lleno a la historia, el narrador la cuenta de corrido sin entretenerse en detalles menores. Todo es acción y avance. En el inicio, el medio y el final, un lenguaje vivo y atrayente inyectado, siempre, con ampolletas colmadas de lujuria.


Éntrale con fe, lector/a, a estas novelas. En El futuro no será de nadie serás testigo del encuentro casual (¡en el metro!) de Pablo y Lola, de cómo se va tejiendo una historia de amor que rompe con la vida cotidiana de él y nutre el universo de ella. Desde luego, hay un tercer personaje afectado. Descúbrelo.


En Nada es para tanto podrás acompañar la rebeldía de un joven, Gabriel, quien se niega a seguir la tradición laboral de su abuelo y de su padre: ser peluquero. Por eso tiene que alejarse de su familia y su ciudad para empezar a vivir una aventura cargada de encuentros, cinismo, placeres y decepción.


Todo está permitido te narra la vida de Gabriela, joven que crece al lado de su madre y de su abuela, pero que desde muy pequeña comprende que su cuerpo es lo único que puede salvarla. Así se entrega a los hombres lo mismo para conseguir azúcar que para obtener un ascenso en el empleo. En esta obra es de rescatar y destacar el papel del narrador, que se convierte no sólo en eso, sino en un testigo, cómplice y corrector de la propia historia que cuenta.


Cambio de escenario. Del 27 al 29 de febrero leí el más reciente libro del periodista Julio Scherer: Calderón de cuerpo entero. Pereciera que el único propósito del autor es demostrar, a partir de testimonios de personas otrora cercanas a Felipe Calderón, que éste tiene graves problemas con el consumo de alcohol. Así es que el texto bien pudo titularse: “Calderón de vaso entero” o “Ebrio en la primera magistratuta” o “Un borracho en los Pinos”…


Fiel a su estilo, Scherer no cuenta historias completas: las avienta con maestría para que el lector las retome, las sugiera, las reflexione, las interprete. Así continúa la saga en la que la pluma de don Julio pasa a la báscula al actual presidente de la República, como lo hizo con Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y De la Madrid (Los presidentes), con Salinas de Gotari (Estos años y Salinas y su imperio), y con Fox (La pareja).


Para construir su relato y retratar de cuerpo entero al personaje, Scherer recurre a la entrevista, su más depurada herramienta periodística. Conversa con Manuel Espino, presidente del CEN del PAN cuando Calderón ganó las elecciones de 2006; Gustavo Carvajal, viejo político priísta que fue compañero de FCH en la LV Legislatura; y Alfonso Durazo, secretario particular y vocero del expresidente Fox en los dos primeros tercios de ese sexenio. Este último pinta al actual mandatario de cuerpo entero:


«Sostengo una última conversación con Alfonso Durazo. Le pregunto de qué manera describiría al presidente Calderón. Me dice, entregado desde hace años a la reflexión y al ejercicio de la política:


«―La ilegitimidad de origen, traducida en debilidad política, fortaleció a los grupos de poder económico, al narco, a la oposición y a los intereses internacionales y transnacionales. El saldo es hoy un país sostenido con alfileres. Un gobierno humillado por el crimen organizado y diversos grupos de poder; 52 millones de pobres muriendo de hambre; más de 50 mil mexicanos muertos; violaciones sistemáticas a los derechos humanos; corrupción con niveles africanos. La víbora chillando. Y el país aún no toca fondo. No obstante, Calderón ha transformado su gesto en una sonrisa extraña que pareciera expresar la inverosímil satisfacción del deber cumplido.» (pp. 101-102)


Múltiples personajes de la vida pública, como es lógico, dan marco a ésta que puede ser una de las obras más significativas y críticas no sólo del sexenio calderonista sino de su personaje principal.


Por último, lector/a, no te quito más tiempo. Sólo te cuento que la semana del 2 al 9 de marzo leí un texto por demás entrañable, triste y revelador: Los muchachos perdidos. Relatos e historias de una generación entregada al crimen, del periodista Humberto Padgett y del reportero gráfico Eduardo Loza.


Aquí no estamos ante el relato que surge de la imaginación del escritor, sino ante la cruda realidad de los jóvenes (hombres y mujeres) menores de edad que han hecho del crimen su forma de vida y de muerte.


Padgett y Loza se meten a las entrañas de las llamadas "correccionales", en el Distrito Federal, para hurgar en la vida de sus personajes y fotografiarlos con imágenes y verbos. Relato descarnado de los propios jóvenes que cuentan parte de su historia, aquella que los llevó a consumir y distribuir droga, a convertirse en sicarios, a convivir en la colonia hostil donde sólo impera la ley del más fuerte… Desintegración familiar, abandono, carencia, falta de oportunidades (que ni siquiera conocen) son las cuerdas de la red en la que poco a poco quedan atrapados. Ante todo, indiferencia social que genera una aparente ausencia de sentimientos y valores que la propia sociedad les ha negado. Estrategias de readaptación condenadas al fracaso: ¿de qué se van a readaptar si nunca han estado adaptados?


Estos personajes reales se convierten en seres entrañables, no por las argucias del escritor que los crea sino por rudeza de la realidad que los engendra. Mención especial merece la historia de el Ligas, el que aparece en la foto de la foto que ilustra esta entrada. El fotógrafo original es Eduardo Loza, yo sólo la plagié con mi cámara y no le pedí permiso. Espero me disculpe.


Como habrán notado, estimades lectores, sin querer buena parte de los textos aquí presentados tiene un hilo conductor: la relación entre los padres y los hijos. Predomina la figura el padre autoritario y el daño que causa a sus vástagos. Desde luego que también hay historias de amor contrariado (como diría García Márquez), que van del encuentro a la cama y tienen una estación (o varias) en el orgasmo.


Gracias por su lectura y comentarios. Espero, en verdad, que me vean muy pronto.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
5 de abril de 2012


viernes, 14 de octubre de 2011

El adiós de Granados Chapa


Para Antonio Valentín por sus 27

Escribo esta entrada obligado por la prisa. En la edición de Reforma de hoy, 14 de octubre, la columna “Plaza Pública”, del maestro Miguel Ángel Granados Chapa, concluye con un renglón huérfano que dice: “Esta es la última vez que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”.

Granados Chapa, con su modestia y sencillez habituales, ni siquiera se dio el lujo de utilizar su espacio para anunciarnos los pormenores de su retiro. Fiel a su ausencia de protagonismo le bastaron trece palabras para decirnos que se va, que no estará más con nosotros, sus lectores asiduos o esporádicos. Eso muestra la grandeza del hombre, del periodista, del columnista y del maestro. El que hizo de su oficio la más importante razón de su existencia, sin mayores pretensiones que dar a sus miles de lectores un puntual análisis de los sucesos más relevantes de su presente que se prolongó por más de tres décadas.

Tras el asesinato de Manuel Buendía, la tarde del 30 de mayo de 1984, quedaba más que claro que el hueco que dejaba “Red Privada”, la columna que don Manuel escribía y que se publicaba en más de 30 diarios, poco a poco sería ocupado por la de su alumno y amigo Miguel Ángel. Y así fue.

La "Plaza Pública" que nació en Cine mundial, que luego pasó por Proceso, Uno más uno y La Jornada, y que desde hace tres lustros tuvo su lugar en Reforma, se convirtió en espacio obligado para tratar de entender las complejidades de la política, la economía, la cultura y la sociedad mexicanas. El pensamiento limpio y ordenado de Granados Chapa nos hizo transitar por los senderos más obscuros del acontecer nacional, para entender su significado y trascendencia. Para muchos de nuestros gobernantes de ayer y hoy es un periodista incómodo; para los ciudadanos de a pie, la pluma que les dio voz y cobijo para denunciar las injusticias y las impunidades que padecemos.

Mucho debieron batallar Silvia Cherem (Por la izquierda. Medio siglo de historias en el periodismo mexicano contadas por Granados Chapa) y Humberto Musacchio (Granados Chapa, un periodista en contexto) para lograr que Granados aceptara que ellos escribieran su biografía. Por eso en estos momentos se potencia la tarea de ambos periodistas para reconstruir la historia del columnista hidalguense.

En esas obras Granados Chapa afirma que cuando las fuerzas le falten y, a causa de su enfermedad, sienta que ya no puede analizar con rigor los sucesos de la actualidad nacional, determinará, junto con sus hijos, que es la hora de anunciar la retirada.

Pues bien, parece que ese momento ha llegado. Se anuncia con el estruendo de trece palabras, mismas que desde las primeras horas de hoy han sido replicadas en múltiples espacios radiofónicos y electrónicos.

A los lectores nos duele que Miguel Ángel abandone la plaza que él construyó, no para imponer su criterio ni su verdad sino para aglutinarnos en un espacio de denuncia, debate y diálogo. Ojalá que esta decisión abone a favor de su restablecimiento, para que en breve podamos seguir abrevando de la fuente que se encuentra justo en medio de esa plaza.

José Antonio Galván Pastrana
Tláhuac
14 de octubre de 2011