jueves, 10 de marzo de 2016

El maestro, Eduardo Galeano




"El maestro" es un breve y bello relato de Eduardo Galeano. Un homenaje a los docentes que transforman la vida de sus alumnos. Tomado de Bocas del tiempo, Ed. Siglo XXI. 2004

Dé clic aquí: EL MAESTRO

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CDMX
10 de marzo de 2016

miércoles, 9 de marzo de 2016

El amor, Eduardo Galeano

 
 


"El amor" es uno de los textos más reveladores y completos del autor uruguayo. Espero que usted, escucha, lo disfrute tanto como yo. Tomado de Memoria del fuego I. Los nacimientos. Ed. Siglo XXI.

Dé clic aquí: EL AMOR DE EDUARDO GALEANO

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CDMX
9 de marzo de 2016

domingo, 6 de marzo de 2016

GGM, 89 AÑOS

 
 
Retrato tipográfico de Gabriel García Márquez realizado por Laura Bonilla

Luisa, con veintiún años cumplidos, regresó a su Aracataca natal una mañana de febrero, sin su esposo, tras casi dieciocho meses de ausencia. Estaba embarazada de ocho meses y llegaba mareada del barco, tras otra travesía turbulenta de Ríohacha a Santa Marta. Unas semanas después, el domingo 6 de marzo de 1927, a las nueve de la mañana, en medio de una tormenta poco habitual para esa época del año, dio a luz a un niño, Gabriel José García Márquez. Luisa me contó que su padre había salido temprano a misa cuando las cosas "se ponían mal", pero cuando volvió a casa todo había acabado.

El niño nació con una vuelta de cordón alrededor del cuello --luego él mismo atribuiría su tendencia a la claustrofobia a aquel contratiempo temprano-- y pesó, según se dijo, cuatro kilos doscientos gramos. Su tía abuela, Francisca Cimodosea Mejía, propuso que lo frotaran con ron y le echaran agua bendita, por si había algún otro percance. De hecho, el niño no sería bautizado oficialmente hasta los tres años y medio, junto con su hermana Margot, quien para entonces vivía también apartada con los abuelos. (Gabito conservaría un nítido recuerdo de su bautismo. Fue oficiada por el padre Francisco Angarita en la iglesia de San José de Aracataca, el 27 de julio de 1930, y los padrinos fueron los dos testigos de boda de sus padres, su tío Juan de Dios y su tía abuela Francisca Cimodosea.)

El coronel Márquez celebró el nacimiento. su querida hija se había convertido en otra causa perdida, pero decidió considerar que incluso aquel revés no había sido más que una batalla, y tomó la determinación de ganar la guerra. La vida seguía, y a partir de entonces dedicaría todas sus energías, nada despreciables por entonces, al primogénito de su hija, a su nieto más reciente, a "mi Napoleoncito".

Fuente: Gerald Martín. Gabriel García Márquez. Una Vida. pp. 54-55. Ed. Debate, 2009.

Dé clic aquí: CIEN AÑOS, GGM

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José Antonio Galván Pastrana
6 de marzo de 2016
Colonia Condesa, CDMX

miércoles, 7 de enero de 2015

Hasta siempre, Don Julio




Ayer fui a la librería a comprar mi regalo del día de reyes. Me encontré con una joya recién publicada por el FCE: "Encuentro: Octavio Paz y Julio Scherer". Al leer el nombre de Don Julio vinieron a mi mente otros nombres: Vicente, José Emilio, Federico, Gabriel, Carlos, Miguel Ángel. Me dije: "De aquel equipo que fue capaz de transformar el periodismo mexicano ya sólo queda Scherer" (léase Los periodistas, de Vicente Leñero).
Hoy por la mañana, al trasladarme para reanudar mis labores en el IPN, Carmen Aristegui interrumpió una entrevista radiofónica para anunciar que el portal de la revista Proceso confirmaba la muerte de Julio Scherer. Inmediatamente me pensé en el ayer y una certeza me inundó: ya se fueron todos.
El periodismo de hoy sería impensable sin Julio Scherer. Pugnó por una nueva forma de hacer periodismo en el Excélsior que él dirigió de 1968 a 1976. Por eso el gobierno de Luis Echeverría fraguó una de las acciones más criminales en contra de la libertad de expresión: expulsó a Scherer de la cooperativa de Excélsior y con él se fue más de un centenar de periodistas. Gracias a ello nació una publicación que marcó una voz discordante en medio del autoritarismo: Proceso, dirigido por Scherer, aparecido veinte días antes de que Echeverría dejara la Presidencia de la República. También apareció la revista Vuelta, encabezada por Octavio Paz; el Uno más uno, de Manuel Becerra Acosta (1977); la revista Nexos (1978)... Tiempo después La Jornada (1984).

Si bien Scherer fue un personaje polémico por algunos de sus trabajos periodísticos (como entrevistar al subcomandante Marcos ante las cámaras del canal de las estrellas, o entrevistar al narcotraficante Ismael "Mayo" Zambada y hacer la crónica del viaje para encontrarse con él), ningún crítico podrá escatimarle la escuela que dejó gracias a sus haceres como reportero, entrevistador y director de publicaciones.

De igual manera, quizá de forma indirecta, Don Julio nos daba la interpretación certera de nuestro presente. Desde Gustavo Díaz Ordaz hasta Felipe Calderón, la pluma de Scherer fue ágil para denunciar el abuso, la corrupción, el autoritarismo, el tráfico de influencias, los conflictos de interés, el fraude y muchos otros vicios y características de nuestras autoridades políticas. También, narró la vida truculenta en las cárceles mexicanas o en las calles marginadas donde los niños se vuelven delincuentes.
Para entender nuestro presente y nuestro pasado reciente hay que leer a Scherer: Poder, historias de familia; Los presidentes, Estos años, Máxima seguridad, La terca memoria, La reina del Pacífico, La pareja, Niños en el crimen, Parte de guerra, Calderón de cuerpo entero, Salinas y su imperio, Secuestrados, Vivir... También dos sobre Chile: Allende en llamas y Pinochet, y otros muchos textos que narran pasajes de la vida de personajes como Siqueiros o García Márquez.

Que la prosa certera y lúcida de Scherer, y el aprendizaje que se puede obtener de sus textos sigan siendo una escuela para los jóvenes que ahora creen que un mejor periodismo es posible.

Hasta siempre, maestro.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
7 de enero de 2015



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Hasta siempre, Vicente.






La noticia llegó como llegan ahora: en alguna aplicación del celular. Sólo dos palabras escritas por Manuel Cerón ​fueron suficientes para que este corazón entristecido lo fuera aún más: Murió Vicente.

Al instante vinieron a mi megapantalla las imágenes reales y literarias que él me regaló a lo largo de los muchos años que lo leí. El inolvidable Fernando Benítez, que nos daba Periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas, nos dijo una tarde: "Todos los mexicanos tenemos la obligación de leer El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; y, si además de mexicanos queremos dedicarnos al periodismo, debemos leer Los periodistas, de Vicente Leñero".

Así, en 1979 leí ese libro recomendado por don Fernando y luego muchos más: Los albañiles, Redil de ovejas, El evangelio de Lucas Gavilán, El garabato, La gota de agua...

De su trabajo periodístico recuerdo Asesinato, un excelente reportaje sobre la tragedia de la familia Muñoz Izquierdo y una entrevista que Leñero le hizo a María Félix: "Yo soy mi casa". Muy conmovedor resultó para mí, lector principiante, su obra de teatro El martirio de Morelos.

Hoy Vicente se ha ido, justo en este año infausto en que muchos de nuestros escritores-referentes también lo han hecho. ¿Será que ante tanta injusticia, violencia, maldad e impunidad que Dios ve en la Tierra ha preferido llevárselos para que le cuenten historias imaginarias?

Vicente, no descanses en paz, mejor sigue vivo y alegre en cada una de las líneas que nos regalaste desde hace tanto tiempo y que ahora nos disponemos a releer.

Publicado en FB
3 de diciembre de 2014Hoy Vicente se ha ido, justo en este año infausto en que muchos de nuestros escritores-referentes también lo han hecho. ¿Será que ante tanta injusticia, violencia, maldad e impunidad que Dios ve en la Tierra ha preferido llevárselos para que le cuenten historias imaginarias?



 

jueves, 17 de abril de 2014

Una rosa amarilla para el maestro



 
 
Muchos años después, frente a un libro de García Márquez, me di cuenta que cuando Gabo partiera estaba obligado a escribir unas líneas en las que estableciera mi agradecimiento a este escritor que letra a letra, línea a línea, capítulo a capítulo, obra a obra, se convirtió en mi autor favorito.

La historia empezó por allá de 1975, cuando yo tenía 14 años de edad. Una tarde cualquiera mi tío Trinidad Ortiz Mejía, marinero de oficio, me prestó un pequeño libro titulado Relato de un náufrago, que, por cierto, ya nunca le devolví. Esa misma tarde me eché bocabajo en mi cama y comencé a leer. Desde la primera línea quedé atrapado, hoy sé que no sólo de ese libro sino que de toda la obra de García Márquez.

En un mundo sin internet cada vez me interesaba saber más del colombiano. Por ello me enteré que su máxima obra era Cien años de soledad. Así es que en un acto casi suicida traté de leerla, pero no pude hincarle el diente. Me pareció muy compleja, lejana, impenetrable… Una voz, que a la distancia no puedo precisar de quién era, me sugirió comenzar con las obras anteriores a Cien años… Así, seguí la cronología literaria. La primera que leí fue La hojarasca, escrita en 1955 y que sólo adquirió relevancia cuando García Márquez cobró fama como escritor. Ahí encontré la primera mención de Macondo, ese pueblo mágico en el que todo sucede y nos sucede. Una especie de América Latina explotada por el imperialismo, territorio nutricio de narraciones increíbles que nos permiten sobrevivir. La historia es contada por tres voces. Me sorprendió cómo tres miradas pueden ver distinta la realidad que es una. Al terminar esta tarea, abrí las páginas de El coronel no tiene quien le escriba (1961). Me impactó su lenguaje directo, sin desperdicios ni tardanzas. Las situaciones suceden una a otra sin descripciones que retarden el relato.

Al terminar El coronel… seguí con Los funerales de la Mamá Grande, el primer libro de cuentos que leí de él. Años después, al recorrer la obra periodística de Gabo, descubrí que los hilos de estas historias se encontraban en la realidad colombiana, en sus personas vueltas personajes (como la marquesita de la Sierpe) y en sus leyendas colectivas.

Con mucha cautela, pues GGM había desautorizado una de sus ediciones, le entré a La mala hora (1962), una historia de chismes que trae grandes desventuras a los habitantes de un pueblo.

Hechas con pausas prolongadas estas lecturas, en 1982 empecé a leer Cien años de soledad. Para mí fue toda una experiencia irrepetible. En ese tiempo Margarita, mi esposa, estaba embarazada de mi hija Sofía. Así es que en las tardes-noches mientras ella descansaba recostada, yo abría mi libro de la edición Austral y poco a poco recorría esa magia que iba desgajándose línea a línea. Mi primera sorpresa fue internarme en el mundo de Macondo, y más aún toparme con los personajes mágicos que nos muestra: Úrsula y José Arcadio, y luego Aureliano y Arcadio Buendía; y esa estirpe que se va desgajando letra a letra. Melquiades de todas nuestras entrañas, Remedios la bella que se va al cielo envuelta en una sábana, Petra Cotes y sus encantos lujuriosos, el enamoramiento de Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas que lo siguen… Qué historia tan extraordinaria, entonces sí la pude entender, sí le pude llegar a las fibras de los personajes y de sus historias. Qué gran experiencia de lectura, eso que no sólo queda en el simple acto de leer sino que se transporta a nuestra vida cotidiana y la inunda de fuerza, de esperanza y de sonrisa.

Antes de entrarle a Cien años… en 1981 leí Crónica de una muerte anunciada, una historia que nada tenía que ver con el mundo macondino. Acababa de salir de la imprenta y era una derrota para el propio Gabo: él había dicho que no publicaría nada mientras Pinochet siguiera en el poder en Chile. Pero para bien de sus lectores, rompió su palabra. Una noche de ese año comencé con esa lectura y, para mi sorpresa, las horas transcurrieron una a una hasta que leí las últimas líneas. Creo que nunca me he desvelado tanto, pero también nunca he estado tan contento con una desvelada. Esa crónica se convirtió para mí en una especie de letra de cambio. Decenas de alumnos míos la han leído, primero con indiferencia y luego con gusto. Hoy algunos de ellos lo recuerdan y a mí me llega una sonrisa de satisfacción y de nostalgia. A partir de esta obra y de ese año (1981) me propuse una meta que siempre he cumplido: tener la primera edición de las obras de GGM.

En algún momento que no puedo precisar en este relato, leí El otoño del patriarca (1975). Al parecer esa obra se inscribía en una saga de dictadores: Asturias y El señor presidente, Carpentier y El reino de este mundo, Carlos Fuentes y La muerte de Artemio Cruz, y años después Vargas Llosa y La fiesta del chivo. Los escritores nos dieron las claves para entender esa parte de América Latina dominada por los militares.

Luego leí un libro de cuentos agrupados en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, y entonces pude darle una nueva fuerza no sólo a Cien años de soledad sino a todo lo que había leído de García Márquez.

En 1985 llegó El amor en los tiempos del cólera. Era la ruptura con el mundo literario anterior. Para muchos, esta obra es la máxima, la que sobrevivirá a los tiempos.

Un año después Gabo escribió una historia producto de una gran entrevista: La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, que se publicó en entregas en el periódico La Jornada, y luego en forma de libro. Por azares del destino tuve una a una de esas entregas, pero perdí el libro. Muchos años después, en 2007, lo encontré en una librería en Costa Rica, cuando fui a ese país a dejar a mi hija para una estancia en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

En 1989 leí El general en su laberinto, la narración sobre los últimos días de Simón Bolívar. Era una exquisita oportunidad para ver el relato de un hombre de carne y hueso, por encima de sus logros históricos. Un amanuense recorre sus hazañas y sus entrañas, y con él nos lleva a entender a un personaje clave de la historia de lo que José Martí llamó “Nuestra América”.

En 1992 llegó a nuestras manos el libro de Doce cuentos peregrinos. Lo leí como se leen los libros de cuentos: esperando encontrar en cada uno una historia diferente y extraordinaria. Y así fue: cada uno me deparó no sólo una vida digna de ser vivida sino una forma distinta de contar lo sucedido.

Dos años después, en 1994, en las librerías apareció Del amor y otros demonios, una historia ubicada en el Caribe y que encierra las desventuras de la vida de una mujer llamada Sierva María de Todos los Ángeles.

Y así nos vamos de dos en dos, en 1996 da a luz Noticia de un secuestro. Una historia que nos narra algunos de los hechos más siniestros de Pablo Escobar Gaviria, el más grande de los capos colombianos, al que se le recuerda con todas sus grandezas y sus más grandes miserias.

En el 2002 conocimos sólo una parte de su biografía. Vivir para contarla fue la primera entrega de tres que nos prometió. Pero sólo se quedó en una. Cuando supimos de sus males encapsulados en una demencia senil, nos dimos cuenta que no habría más. Que esa biografía había terminado.

Su última obra publicada fue Memoria de mis putas tristes, en mi opinión una obra menor pero no por ello menos intensa y llena de la magia del autor.

Y así terminamos esta reseña, cargada del dolor por la partida de Gabo. Pero también nos quedan muchas experiencias vueltas literatura que nos llevan al recorrido no sólo de la obra de García Márquez sino de muchas otras que quizá ni existieron pero que forman la narración de lo que somos y lo que aspiramos a ser.

En este tintero digital quedan muchas líneas por escribir. Por ejemplo, mi encuentro con el García Márquez periodista, el que se encuentra antologado en cinco tomos que contienen sus notas, crónicas, reportajes y críticas cinematográficas.

Mención aparte merecen sus artículos que, en México, se publicaban semana a semana en la revista Proceso de 1980 a 1984. A ellos acudía lunes a lunes para abrevar de su sabiduría, para sentirme contento, para decirme a mí mismo que la vida había valido la pena tan solo por el hecho de ser contemporáneo de Gabo.

Una mañana de octubre de 1982 García Márquez fue informado que había ganado el Premio Nobel de Literatura, justo treinta años después, el 21 de octubre de 2012, fui informado que un infarto estaba a punto de cortarme la vida. Entonces me arrepentí de no haber escrito estas líneas apresuradas sobre García Márquez. Cuando en terapia intensiva del Centro Médico el doctor Maya me dijo que en cualquier momento podía terminar mi existencia, sólo dos ideas me generaron una gran desazón: dejar sola a mi madre y morirme antes que Gabo, y sin haber tenido la oportunidad de escribir sobre ese niño que una vez se asombró por ir de la mano de su abuelo a conocer el hielo.
 
José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
17 de abril de 2014
 

domingo, 10 de marzo de 2013

Lecturas de transición



I.

Este separador comenzó a ser escrito el 28 de julio de 2012. Se iba a titular Cinco lecturas, cinco. Abarcaba ese número de libros. Por alguna extraña razón se quedó durmiendo el sueño de los justos y no fue publicado. Los días pasaron y mis astros personales se dislocaron. Empezaron los acontecimientos inesperados. Ahora retomo lo que ya había escrito y relaciono las lecturas que se fueron sucediendo en el tiempo.

Sin duda, deberé cambiar la estrategia redactora, pues pareciera que cada vez tengo menos tiempo para llevar el registro pormenorizado de mis haceres lectores. Sin mayores pretensiones de análisis, solamente dejaré constancia de los libros leídos. Espero que mis lectores apoyen esta iniciativa.

II.

Esta tarde-noche, lluviosa, del 28 de julio de 2012 me he propuesto dejar encerrada la pereza y acabar con el clásico “mañana lo hago”. Quiero darme la satisfacción de escribirle a mis dos lectores. De volver a esta actividad de amanuense que me acerca a ustedes.

Ya pasaron las elecciones. Ahora nos encontramos en el tiempo poselectoral en el que lo único claro es que nuestro próximo presidente será un hombre alejado de la lectura, un ignorante de los placeres que produce el ir pasando la vista, poco a poco, por los surcos escritos. Octavio Paz decía que los políticos debían leer poesía para sensibilizarse y ser mejores personas. Hoy nos queda claro que no sólo poesía sino literatura en sus diversos géneros.

Como ustedes saben, yo prefiero la novela. Por ello, en esta ocasión les comparto brevemente mis últimas cinco experiencias. La primera es La edad de la punzada, de Xavier Velasco. La recorrí del 15 de abril al 21 de mayo. Se trata de un texto autobiográfico, Xavier nos cuenta en 406 páginas sus días de los 14 a los 17 años. Su desapego a la escuela, su vida de burgués empecinado en tener una moto (luego, un auto), sus mundos escolares y de barrio, sus enamoramientos y sus frustraciones amorosas.

Al protagonista, Xavier, el mundo le queda chico. Irse de pinta es una de sus mayores ambiciones, así como burlarse de todo lo que tenga que ver con la autoridad. Hacerse de lo material para presumirlo con sus compañeros y amigos es su máxima recompensa. El estudio le aburre, por ello escapa de él para tratar de conquistar a más de dos, o descubrir los placeres sexuales en revistas pornográficas, primero, y después en un cabaret.

Buena parte del relato es reiterativo, incluso previsible. Pero todo cambia cuando un suceso en la vida del padre de Xavier (quien tiene el mismo nombre) lleva al protagonista a darle un nuevo sentido a su existencia. Si bien su concepción del mundo no sufre grandes transformaciones, sí empieza a verse con otros ojos.

Esta es la primera lectura completa que hago de una obra de Velasco. El primer intento fue Diablo guardián, pero la abandoné por ahí del primer cuarto, aunque muchos me han dicho que sí vale la pena. Cuando acabe de leer las 486 obras que tengo pendientes, les aseguro que realizaré el segundo intento.

Del 22 de mayo a la madrugada del 2 de junio leí una novela de Jorge Alberto Gudiño Hernández: Con amor, tu hija. El autor es conductor, junto con su esposa Mayra González, del programa de análisis literario “La tertulia” (viernes, 9 de la noche, 1110 AM). Fue en ese espacio donde supe de la existencia de la obra. Interesante ejercicio del crítico (Alberto Gudiño) que deja de serlo para convertirse en objeto de crítica.

Con amor, tu hija, nos narra la relación incestuosa de un viejo escritor y su única hija. Él vive solo en una isla y cada año recibe la visita de Emily (su hija). Ella casi siempre lo ha visitado acompañado del novio en turno, nunca el mismo, pero en esta ocasión la acompaña Antonia, una amiga. El escritor se da cuenta de la relación lésbica de Emily y Antonia, y, aunque no deja de sorprenderle tal situación, trata de mantenerse al margen de ello.

Antonia llama la atención del escritor. Digamos que le gusta, pero poco a poco comienza a comparar a la propia Antonia con Emily, y llega a la conclusión que su hija es más bella, con mayores atractivos de mujer que la amiga. Por ello, él trata de alejarse de la pareja para no “caer en tentación”, busca continuar la escritura de su nueva novela, que por cierto su editor le exige cada vez con mayor urgencia. Pero la vida, destino, circunstancias le tienen deparada una sorpresa.

A la vez de ser testigos de esta historia central y “real”, leemos la novela más prestigiada del escritor: Bajo la sombra blanca del abedul, una ficción (que se desarrolla en Japón) que es, también, interesante. Aunque el propio escritor consigna que todos sus críticos coinciden en que se trata de una mala obra literaria.

Del 3 al 24 de junio le hinqué el diente a Canción de tumba, de Julián Herbert. Aquí también asistimos a un relato autobiográfico que tiene como centro la historia de Guadalupe Chávez, prostituta y madre del narrador.

Relato por demás sugestivo que registra los últimos días en la vida de Guadalupe, y que, al mismo tiempo, nos permite ver la vida del narrador: de niño a adulto. Sus carencias, temores, traumas, vicios, relaciones amorosas, lugares de residencia… que se tejen en función de las actividades y personalidad de su madre.

Novela más que recomendable ambientada en el México actual, dominado en gran medida por las pugnas del narcotráfico.

La tejedora de sombras, de mi amigo Jorge Volpi, la leí del 24 de junio al 10 de julio. Sólo quiero dejar consignado que la leí, que fui seducido por la historia de Christiana y sus rejuegos amorosos.

La novela de Pedro Ángel Palou: El impostor, la verdadera historia de San Pablo, el espía que se convirtió en apóstol,  fue recorrida en sus 372 páginas del 11 al 24 de julio. Más que interesante historia que nos sitúa en los inicios del cristianismo. Desde muy pequeño supe que el 29 de junio se celebra el día de san Pedro y san Pablo. Así es que supuse, durante muchos años, que Pedro y Pablo habían sido apóstoles de Jesús, grandes amigos que generaban ideas complementarias, ejemplos de trabajo en equipo.

Sin embargo, después de leer la novela de Palou, llego a la conclusión de que si por ellos fuera no tolerarían ser festejados el mismo día. Pablo, a diferencia de Pedro, no fue discípulo de Jesús. Más bien, fue perseguidor de los apóstoles de Jesús. Su propósito era exterminarlos y las circunstancias, poco a poco, lo fueron llevando a convertirse en un puntal de la naciente iglesia católica. El impostor es, sin duda, una de las mejores novelas que he leído en los últimos dos años.

III.

Del 24 de julio al 3 de agosto leí La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee. A ciencia cierta no sé la razón por la que leí este libro. Quizá porque se trata de una novela que tiene a los libros como uno de sus personales. Quizá me sedujo la información de la contraportada: “La librería de las nuevas oportunidades es a la vez una fábula romántica y un homenaje a la buena literatura, porque a menudo es ahí, en las páginas amarillentas de un libro olvidado, donde están las palabras que pueden cambiar nuestra vida”.

Antología de la crónica latinoamericana actual, Darío Jaramillo Agudelo, ed., leída del 15 de agosto a 24 de octubre. Este libro es de largo aliento. Reúne en sus 650 páginas una buena cantidad de crónicas actuales, de esas que no necesitan ser descritas porque su única magia está con la lectura. La importancia de este texto es que se trata de un ejemplar de transición personal: Lo inicié estando aparentemente sano y lo terminé acostado en la cama 19 de terapia intensiva, hospital de cardiología del Centro Médico.

Axilas y otras historias indecorosas, Rubem Fonseca, leído del 3 al 7 de septiembre. Estos cuentos nos permiten constatar, una vez más, la magia creativa y narradora de Fonseca.

Del 18 al 29 de septiembre mis ojos recorrieron Justicia, del ahora polémico abogado Gerardo Laveaga. Interesante novela basada en el funcionamiento del sistema de justicia mexicano. Los culpables andan sueltos.

El error de la luna, de Héctor Aguilar Camín, entretenida novela que leí del 30 de septiembre al 3 de octubre. No alcanza los rasgos de genialidad de Morir en el Golfo, pero nos permite inmiscuirnos en los secretos de la familia Gonzalbo.

La emoción de las cosas es un libro autobiográfico de Ángeles Mastretta, pero lo cuenta con tal genialidad que bien podemos creer que se trata de una novela de la que ella, Ángeles, es la protagonista. Lo inicié el 7 de octubre, y lo concluí el día 25 del mismo mes, cómodamente instalado en la cama 19 de terapia intensiva, hospital de cardiología del Centro Médico. Mis ojos leían mientras mi corazón se debatía entre latir o no.

Vivir, de Julio Scherer García, lo leí del 26 al 31 de octubre de 2012, recostado en la cama 327 del hospital de cardiología del CMNSXXI. En esos días aciagos de incertidumbre, estudios, medicinas, sueros, inyecciones, visitas, oraciones, mensajes, buenas vibras, esperanza… Nuevamente, la pluma mágica de Scherer recrea importantes momentos de la vida nacional de los que él fue testigo, así como anécdotas con personajes políticos y culturales de nuestro país. Fiel a su estilo, el escritor-periodista lanza certeros dardos que despiertan muchas preguntas y muchas posibles respuestas en la mente del lector.

Del 1 de noviembre al 15 diciembre de 2012 no tengo registro de algún libro iniciado y concluido. Seguramente leí alguno, pero la memoria me falla. Lo que sí recuerdo es que mis ojos leyeron algunas líneas o capítulos de Leo, luego escribo, de Mónica Lavín. De la misma autora: La casa Chica. Dos de Carlos Fuentes: La silla del águila y Federico en su balcón (novela póstuma). Fallas de origen, de Daniel Krauze. También dos libros de “recomendaciones” para escritores: Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa; y El novelista ingenuo y el sentimental, de Orhan Pamuk. Por alguna extraña razón no les di fin, pero les aseguro que poco a poco les contaré qué sucede en algunas de estas obras.

Brama, de Daniel Miklos, la leí el domingo 30 de diciembre mientras acompañaba a mi hija, Sofía, que se encontraba internada en un hospital de la colonia Roma. Una neumonía la tuvo enclaustrada los últimos días de 2012 y los primeros de 2013. Brama es un ejercicio literario más que sugerente. Sólo diré que me impactó leer esta muy buena historia narrada por siete voces.

Del 16 de diciembre de 2012 al 15 de enero de 2013 me deleité con la lectura de Yo, la peor, de Mónica Lavín. Novela sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz. Extraordinario relato que reconstruye los días de la Décima Musa y su lucha constante en un mundo de varones. Fue para mí una de esas historias que no quieres dejar de leer.

Termino este separador con Juegos de alcoba. Usos y costumbres eróticos, de Rocío Barrionuevo (leída del 22 de febrero al 10 de marzo). Interesante y muy bien documentado recorrido por la literatura erótica de todos los tiempos, actividad de escritura que, finalmente, refleja y reproduce lo que sucede en la vida social. Si leer es un placer, leer literatura erótica es un doble placer.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
10 de marzo de 2013