lunes, 1 de mayo de 2017

Obras póstumas, Fuentes y Alberto






De mediados de marzo a mediados del abril recién terminado tuve la oportunidad de leer dos libros que recomiendo ampliamente: Aquiles o El guerrillero y el asesino, de Carlos Fuentes (Fondo de Cultura Económica-Alfaguara, 191 páginas), y La novela de mi padre, de Eliseo Alberto (Alfaguara, 147 páginas).

Los dos textos comparten una característica peculiar: son libros póstumos. El primero fue publicado en junio de 2016, y Fuentes murió en mayo de 2012; el segundo salió a la luz en marzo de 2017, y Eliseo Alberto (Lichi) falleció en junio de 2011. De igual manera, ambos son difíciles de encasillar en un género. Lo más fácil (pero lo más errátil) es decir que son novelas. Sin embargo, la riqueza de su circunstancia, su tratamiento y su composición los decanta en documentos “transgenéricos”. 

I

Aquiles o El guerrillero y el asesino es un texto histórico que combina la crónica con la novela. Según Silvia Lemus, su esposa:

Carlos Fuentes trabajó en el manuscrito […] durante los últimos veinte años de su vida. Se documentó exhaustivamente, escribió distintas versiones, reorganizó materiales, corrigió y reescribió partes completas de la obra y seguía haciéndolo cuando le llegó la muerte. No quiso entregar el manuscrito a sus editores mientras el conflicto armando en América Latina no llegara a su fin. La publicación de Aquiles coincide ahora con la que puede ser la última negociación entre la guerrilla y el gobierno colombiano: la hora de la verdad, el fin de las cuentas pendientes, el comienzo de la paz. (p. 7)

Aquiles, el personaje de esta obra, es Carlos Pizarro, máximo jefe del movimiento guerrillero colombiano M-19, que el 26 de abril de 1990, cuando era candidato a la Presidencia, fue asesinado en un avión que volaba de Bogotá a Barranquilla.

La magia de la pluma de Carlos Fuentes nos cuenta esta historia sin necesidad de recurrir al relato de situaciones contrastables con la realidad. Recurre a la ficción para echar a andar a sus personajes, ahí aparece la novela, mas no se agota en la imaginación pura, pues nos presenta a manera de crónica los retazos de una realidad asfixiante para Colombia: la combinación de la guerrilla y el narco, que convirtieron los días de ese país en momentos interminables preñados de incertidumbre y miedo. En medio, la pugna entre liberales y conservadores; a las orillas, un pueblo castigado por la pobreza y la desigualdad.

Además de Aquiles, otros personajes se vuelven entrañables: Cástor, Pelayo y Diomedes. (En opinión de Julio Ortega —editor de la obra— Aquiles es Carlos Pizarro; Cástor, Iván Marino Ospina; Pelayo, Álvaro Fayad; y Diomedes, Jaime Bateman. Todos ellos fundadores y dirigentes grupo guerrillero M-19, todos ellos asesinados (p.17)). Cada uno representa una región geográfica de Colombia y, también, el ideal amoroso: Cástor y Amalia, Pelayo y Agustina, Diomedes y las putas, Aquiles y Brígida.

Aquiles o El guerrillero y el asesino es una posibilidad de homenaje lector al más grande y encumbrado de los novelistas mexicanos del siglo XX.

II

La segunda obra de esta entrada es del desaparecido periodista y novelista cubano Eliseo Alberto (Lichi), La novela de mi padre, aunque tampoco podemos encasillarla en el género novela porque es una mezcla de ficción y sorpresa, descubrimiento y añoranza, relato intimista y revelación…

Resulta que en La Habana, Cuba, unos meses después de la muerte del poeta Eliseo Diego, su hija María Josefina de Diego (Fefé, cuata de Eliseo Alberto) encontró en un viejo mueble un manuscrito de lo que pretendía ser la primera novela de su padre (titulada Narración de domingo). Era un escrito de 1944 cuando el poeta tenía 24 años de edad. Fefé llamó a su hermano, quien radicaba en la Ciudad de México, para informarle del hallazgo. Luego Lichi se dio a la tarea de transcribir, completar y enriquecer con una especie de relato alterno esa obra de su padre. El resultado es este libro.

 Al comenzar la lectura supuse que me encontraría ante una historia novelada escrita por Diego y completada por su hijo Alberto. Pero no fue así, me topé con la narración de Diego y los apuntes, relatos, recuerdos, anécdotas, nostalgias, figuras, momentos de Lichi con su padre. Por eso es imposible encasillar y ponerle cercas a la obra. Si usted, lector/a, disfrutó de la variada producción de Eliseo Alberto, no puede perderse esta pieza entrañable, filial, reflexiva producto de la complicidad atemporal entre el poeta-padre y el escritor-hijo.

El título de la obra adquiere un doble significado: es la novela que escribió Eliseo Diego, pero también es el relato de su vida, las páginas donde Lichi nos cuenta lo vivido con su padre. Un párrafo ilustra la vida del poeta:

Divertimentos fue, creo no equivocarme, la tabla de salvación que le permitió a mi padre desentenderse sin rencores del infame solitario que había sido, al tiempo que le brindó la oportunidad de rendir tributo a sus lecturas y homenaje a sus maestros: por sus páginas se perciben ecos del anticuario Charles Dickens, la audaz Selma Lagerlöf, el eterno adolescente  Alain Fournier, el tímido Aloysius Bertrand, el pirata Robert Louis Stevenson, el fantástico Hans Christian Andersen, el viejo lobo de mar Joseph Conrad, el malencarado Charles Perrault, el imaginario Marcel Schwob, el perverso Lewis Carroll, la inigualable Virginia Woolf, ídolos a los que sería fiel la vida entera. Siempre los llamó “sus amigos”: lo eran. Ellos lo acompañarían en el adiós definitivo: papá falleció en su dormitorio, mientras leía Orlando entre los ahogos de una deficiencia pulmonar. El libro quedó abierto sobre su pecho, en un capítulo cualquiera. Me ilusiona pensar que Virginia acudió a la cita y lo enganchó con el garfio de un dedo, cielo arriba. ¡Ah!, ligero humo. (p. 71)

Tanto Aquiles o El guerrillero y el asesino como La novela de mi padre son resultado de ese acto extraordinario conocido como literatura: letra y voz que nos permite conocer la vida, los haceres, las pasiones, los ideales de personas vueltas personajes y de personajes vueltos leyendas.

La lectura nos hace libres y felices.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Narvarte, CDMX
1 de mayo de 2017



domingo, 23 de abril de 2017

De lecturas y vidas, Claudia Marcucetti Pascoli




Este 23 de abril, Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, recurro al texto de Claudia Marcucetti Pascoli: De lecturas y vidas. 80 entrevistas sobre el poder de los libros (México, Ediciones B, 2017, 209 páginas), para que usted, lector, vea cuáles son los libros trascendentes en la vida de esos personajes del mundo cultural de nuestro país y de algunos del extranjero.

La autora formuló dos preguntas a sus entrevistados: ¿Qué libro cambió tu vida? y ¿qué es la lectura para ti? De sus respuestas a la primera pregunta listamos los libros que incidieron en la existencia de esas personas. Así usted tendrá la posibilidad de contrastar estas respuestas con los libros que ha leído, también podrá entusiasmarse con la lectura o relectura de algunos de ellos.

Damián Alcázar: El llano en llamas, Juan Rulfo
Nicolás Alvarado: Lolita, Vladimir Nabocov
Homero Aridjis: El rey cuervo, Hernanos Grimm
Guillermo Arriaga: El sonido y la furia, William Faulkner
Miguel Barnet: Juan Pérez Jolote, biografía de un tzotzil, Ricardo Pozas Arciniega
Alberto Barrera Tyszka: El hacha de la guerra, Karl May
Sabina Berman: El origen de las especies, Charles Darwin
Héctor Bonilla: Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes
Carmen Boullosa: Frankenstein o el moderno Prometeo, Mary Shelley
Carlos Bracho: Kean, Jean Paul Sartre
Pino Cacucci: Bajo el volcán, Malcolm Lowry
Martín Caparrós: A la conquista del imperio, Emilio Salgari
Javier Cercas: San Manuel Bueno, mártir, Miguel de Unamuno
Alberto Chimal: Ficciones, Jorge Luis Borges
Ana Clavel: Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar
José de la Colina: 1984, George Orwell
Eric Elmosnino: Si esto es un hombre, Primo Levi
Bernardo Esquinca: El libro de la imaginación, Edmundo Valadés
Jorge Fernández Granados: Paradiso, José Lezama Lima
Diego Fonseca: Moby Dick, Herman Melville
Laura García: El mar de Ana, Claudia Legnazzi
Marisol Gasé: Primero sueño, Sor Juana Inés de la Cruz
Margo Glantz: Por breve herida, Margo Glantz
Sergio González Rodríguez: El retorno de los brujos, Louis Pauwels y Jacques Bergier
José Gordón: Rayuela, Julio Cortázar
Antonio Guadarrama Collado: La eternidad por fin comienza un lunes, Eliseo Alberto
Francisco Gerardo Haghenbeck: Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas
Jorge Fabricio Hernández: El principio del placer, José Emilio Pacheco
Francisco Hernández: Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda
Lorena Elizabeth Hernández: La insoportable levedad del ser, Milan Kunder
Mariana Hernández: El guardián entre el centeno, J. D. Salinger
Pilar Jiménez Trejo: Recuento de poemas, Jaime Sabines
Jaime Labastida: Discurso del método. René Descartes
David Lida: Notes of a native son, James Baldwin
Eduardo Limón: Función de medianoche, José Joaquín Blanco
Gilles Lipovetsky: La democracia en América, Alexis Tocqueville
Guadalupe Loaeza: Madame Bovary, Gustave Flaubert
Tedi López Mills: Retrato del artista adolescente, James Joyce
Sandra Lorenzano: Balún Canán, Rosario Castellanos
Antonio Malpica: Harry Potter y la piedra filosofal, J. K. Rowling
Javier Marín: La Divina Comedia, Dante Alighieri
Mónica Maristain: Los detectives salvajes, Roberto Bolaño
Francisco Martín Moreno: Trópico de Cáncer, Henry Miller
José Luis Martínez S.: Flor de leyendas, Alejandro Casona
Verónica Maza Bustamante: Drácula, Bram Stoker
Fabrizio Mejía Madrid: Bestiario, Julio Cortázar
Élmer Mendoza: La historia interminable, Michael Ende
Jean Meyer: La  Ilíada y La Odisea, Homero
Humberto Musacchio: La región más transparente, Carlos Fuentes
Guadalupe Nettel: El corazón delator, Edagar Allan Poe
Enrique Norten: Las ciudades invisibles, Italo Calvino
Michael Nyman: El gran lente, José Antonio Bustamante
Mark Osborne: El principito, Antoine de Saint-Exupéry
Alejando Páez Varela: El príncipe idiota, Fiódor Dostoievski
Julio Patán: El combate, Norman Mailer
Braulio Peralta: Estudia niño, poeta anónimo
Rigoberto Perezcano: La casa de las bellas durmientes, Yasunari Kawabata
Elena Poniatowska: La plaza del diamante, Mercè Rodoreda
Iván Ríos Gazcón: La conjura de los necios, John Kennedy Toole
Beatriz Rivas: Los alimentos terrenales y Los nuevos alimentos, André Gide
Fernando García Calderón: Sonetos de la procreación, Shakespeare
Ricardo Rocha: Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
Juan José Rodríguez: Las aventuras de Tom Sawer, Mark Twain
Evelio Rosero: Robinson Crusoe, Daniel Defoe
Eusebio Ruvalcaba: La impaciencia del corazón, Stefan Zweig
Alberto Ruy Sánchez: En el camino, Jack Kerouac
Hari Sama: ¡Escucha, pequeño hombrecito!, Wilhelm Reich
Enrique Serna: Corazón, diario de un niño, Edmundo de Amicis
Martín Solares: Literatura francesa
Jordi Soler: Ulises, James Joyce
Benito Taibo: Tú estás loco, papá, William Saroyan
Paco Ignacio Taibo II: Robin Hood, el proscrito, Alejandro Dumas
Paola Tinoco: La hierba de las noches, Patrick Modiano
José Trinidad Camacho: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Woody Allen
Ruth R. Troeller: La esperanza, André Malraux
Álvaro Uribe: Rayuela, Julio Cortázar
Armando Vega Gil: De cómo Guadalupe bajó a la montaña y todo lo demás, Ignacio Betancourt
Xavier Velasco: El hombre rebelde, Albert Camus
Juan Villoro: De perfil, José Agustín
Jorge Volpi: Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche

¿Cómo ve? Interesante, ¿verdad? Aquí tenemos un crisol de oportunidades de lectura. Desde luego no es una lista completa ni exhaustiva, faltan escritores y obras que, sin lugar a dudas, cambiaron la vida de muchos de sus lectores. Curioso pero ninguno de estos personajes mencionó La Biblia u otro libro sagrado, tampoco alguna obra de los Premios Nobel de Literatura Camilo José Cela, Octavio Paz, Miguel Ángel Asturias, Mario Vargas Llosa, Gabriela Mistral o del portugués José Saramago. Nosotros podemos hacer nuestra propia lista.

La lectura nos hace libres y felices

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna, CDMX
23 de abril de 2017

lunes, 17 de abril de 2017

1096 días con sus noches




Hoy, 17 de abril de 2017, se cumplen tres años de la muerte de Gabriel García Márquez. Sus herederos no nos han regalado la buena noticia de alguna publicación póstuma: quizá una novela completa o inconclusa que se haya quedado guardada en el disco duro de la computadora del escritor, o un texto mecanografiado invadido por las correcciones que solía hacer y que resultase un nuevo libro de cuentos, o quizá un pedazo de su autobiografía que, según GGM, estaría compuesta por tres tomos y sólo nos dejó uno (Vivir para contarla).

Por lo demás, sus leedores hemos vuelto a abrir sus textos y, llevados por la magia de la relectura, los encontramos tan frescos, creativos, mágicos y contundentes como la primera vez.

Este amanuense semana a semana (entre 1980 y 1984) esperaba con ansia la llegada del lunes para ir al quiosco por el ejemplar de la revista Proceso (ya suscrito la recibía el domingo). Lo primero que buscaba era, justamente, el artículo de García Márquez. Por lo regular lo leía cuando en el metro me transportaba a mi trabajo. Entonces me invadía una feliz sensación por haber recorrido esas líneas y gustado de la escritura diáfana e interesante de GGM. Cuando noté que esos materiales se dejaron de publicar en la revista, dudé si valía la pena seguir comprándola, pues me di cuenta que de muchos números sólo leí el artículo del colombiano.

García Márquez varias veces declaró que él escribía para hacer felices a sus amigos, para que lo quisieran más. Pero hoy nos queda claro que él tuvo muchos amigos (millones en todo el mundo) que no conoció, y que al leer sus novelas, sus cuentos, sus reportajes, sus crónicas, sus artículos, sus discursos… cada vez lo fueron queriendo más y más.

Enseguida reproduzco uno de esos artículos publicados en México por el semanario Proceso, pero que aparecían en decenas de diarios o revistas de habla hispana. Se publicó unas semanas antes de que su autor fuera galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

 
"Se necesita un escritor" 

Proceso, No. 0309 pág. 28    4 de octubre de 1982

Gabriel García Márquez

Me preguntan con frecuencia qué es lo que me hace más falta en la vida, y siempre contesto la verdad: "Un escritor". El chiste no es tan bobo como parece. Si alguna vez me encontrara con el compromiso ineludible de escribir un cuento de 15 cuartillas para esta noche, acudiría a mis incontables notas atrasadas y estoy seguro de que llegaría a tiempo a la imprenta. Tal vez sería un cuento muy malo, pero el compromiso quedaría cumplido, que al fin y al cabo es lo único que he querido decir con este ejemplo de pesadilla. En cambio, no sería capaz de escribir un telegrama de felicitación ni una carta de pésame sin reventarme el hígado durante una semana. Para estos deberes indeseables, como para tantos otros de la vida social, la mayoría de los escritores que conozco quisiera apelar a los buenos oficios de otro escritor.

Una buena prueba del sentido casi bárbaro del honor profesional lo es sin duda la nota que escribo todas las semanas, y que por estos días de octubre va a cumplir sus primeros dos años de soledad. Sólo una vez ha faltado en este rincón, y no fue por culpa mía, sino por una falla de última hora en los sistemas de transmisión. La escribo todos los viernes, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, con la misma voluntad, la misma conciencia, la misma alegría, y muchas veces con la misma inspiración con que tendría que escribir una obra maestra. Cuando no tengo el tema bien definido me acuesto mal la noche del jueves, pero la experiencia me ha enseñado que el drama se resolverá por si solo durante el sueño, y que empezará a fluir por la mañana desde el instante en que me siente ante la máquina de escribir. Sin embargo, casi siempre tengo varios temas pensados con anticipación, y poco a poco voy recogiendo y ordenando los datos de distintas fuentes y comprobándolos con mucho rigor, pues tengo la impresión de que los lectores no son tan indulgentes con mis metidas de pata como tal vez lo serían con el otro escritor que me hace falta. Mi primer propósito con estas notas es que cada semana le enseñen algo a los lectores comunes y corrientes, que son los que me interesan, aunque esas enseñanzas les parezcan obvias y tal vez pueriles a los sabios doctores que todo lo saben. El otro propósito –el más difícil– es que siempre estén tan bien escritas como yo sea capaz de hacerlo sin la ayuda del otro, pues siempre he creído que la buena escritura es la única felicidad que se basta de sí misma.

Esta servidumbre me la impuse porque sentía que entre una novela y otra me quedaba mucho tiempo sin escribir, y poco a poco –como los peloteros– iba perdiendo la calentura del brazo. Más tarde, esa decisión artesanal se convirtió en un compromiso con los lectores, y hoy es un laberinto de espejos del cual no consigo salir. A no ser que encontrara, por supuesto, al escritor providencial que saliera por mí. Pero temo que ya sea demasiado tarde, pues las tres únicas veces en que tomé la determinación de no escribir más estas notas, me lo impidió con su autoritarismo implacable el pequeño argentino que también yo llevo dentro.

La primera vez que lo decidí fue cuando traté de escribir la primera después de 20 años de no hacerlo, y necesité una semana de galeote para terminarla. La segunda vez fue hace más de un año, cuando pasaba unos días de descanso con el general Omar Torrijos en la base militar de Farallón, y estaba el día tan diáfano y tan pacífico el océano que daban más ganas de navegar que de escribir. "Le mando un telegrama al director diciendo que hoy no hay nota, y ya está", pensé, con un suspiro de alivio. Pero no pude almorzar por el peso de la mala conciencia, y a las seis de la tarde me encerré en el cuarto, escribí en una hora y media lo primero que se me ocurrió, y le entregué la nota a un edecán del general Torrijos para que la enviara por télex a Bogotá, con el ruego de que la mandaran desde allí a Madrid y a México. Sólo al día siguiente supe que el general Torrijos había tenido que ordenar el envío de un avión militar hasta el aeropuerto de Panamá y desde allí en helicóptero al palacio presidencial, desde donde me hicieron el favor de distribuir el texto por algún canal oficial.

La última vez hace ahora seis meses, cuando descubrí al despertar que ya tenía madura en el corazón la novela de amor que tanto había anhelado escribir desde hacía tantos años, y que no tenía otra alternativa que no escribirla nunca o sumergirme en ella de inmediato y de tiempo completo. Sin embargo, a la hora de la verdad no tuve suficientes riñones para renunciar a mi cautiverio semanal, y por primera vez estoy haciendo algo que siempre me pareció imposible: escribo la novela todos los días, letra por letra, con la misma paciencia y ojalá con la misma suerte con que picotean las gallinas en los patios, y oyendo cada día más cerca los pasos temibles de animal grande del próximo viernes. Pero aquí estamos otra vez, como siempre, y ojalá para siempre.

Ya sospechaba yo que no escaparía jamás de esta jaula, desde la tarde en que empecé a escribir esta nota en mi casa de Bogotá y la terminé al día siguiente bajo la protección diplomática de la embajada de México. Lo seguí sospechando en la oficina de telégrafos de la isla de Creta, un viertes del pasado julio, cuando logré entenderme con el empleado de turno para que transmitiera el texto en castellano. Lo seguí sospechando en Montreal, cuando tuve que comprar una máquina de escribir de emergencia porque el voltaje de la mía no era el mismo del hotel. Acabé de sospecharlo para siempre hace apenas dos meses en Cuba, cuando tuve que cambiar dos veces las máquinas de escribir porque se negaban a entenderse conmigo. Por último me llevaron una eléctrica de costumbres tan avanzadas, que terminé escribiendo de puño y letra y en un cuaderno de hojas cuadriculadas como en los tiempos remotos y felices de la escuela primaria de Aracataca. Cada vez que me ocurría uno de estos percances apelaba con más ansiedad de tener alguien que se hiciera cargo de mi buena suerte: un escritor.

Con todo, nunca he sentido esa necesidad de un modo tan intenso, como un día de hace muchos años en que llegué a la casa de Luis Alcoriza, en México, para trabajar con él en el guion de una película. Lo encontré consternado a las diez de la mañana, porque su cocinera le había pedido el favor de escribirle una carta para el director de Seguridad Social. Alcoriza, que es un escritor excelente con una práctica cotidiana de cajero de banco, que había sido el escritor más inteligente de los primeros guiones para Luis Buñuel y más tarde para sus propias películas, había pensado que la carta sería un asunto de media hora. Pero lo encontré loco de furia, en medio de un montón de papeles rotos, en los cuales no había mucho más que todas las variaciones concebibles de la fórmula inicial: por medio de la presente tengo el gusto de dirigirme a usted para. Traté de ayudarlo, y tres horas después seguíamos haciendo borradores y rompiendo papeles, ya medio borrachos de ginebra con vermouth y atiborrados de chorizos españoles, pero sin haber podido ir más allá de las primeras letras convencionales. Nunca olvidaré la cara de misericordia de la buena cocinera cuando volvió por su carta a las tres de la tarde y le dijimos sin pudor que no habíamos podido escribirla. "Pero si es muy fácil", nos dijo, con toda su humildad. "Mire usted". Y entonces empezó a improvisar la carta con tanta precisión y tanto dominio, que Luis Alcoriza se vio en apuros para copiarla en la máquina con la misma fluidez con que ella dictaba. Aquel día –como todavía hoy– me quedé pensando que tal vez aquella mujer que envejecía sin gloria en el limbo de la cocina, era tal vez el escritor secreto que me hacía falta en la vida para ser un hombre feliz.

La lectura nos hace libres y felices

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna, CDMX
17 de abril de 2017

 

 

domingo, 12 de marzo de 2017

Eduardo Sacheri, El secreto de sus ojos






Con cariño a Cinthya Sánchez Arreola
en su cumpleaños 112, según fb.

 
De la noche del 27 de febrero a la madrugada insomne del 10 de marzo leí El secreto de sus ojos, del argentino Eduardo Sacheri  (Alfaguara 2014, pp. 317). Hace algunos años había visto la película homónima dirigida por Juan José Campanella (ganadora del Oscar a la mejor película extranjera y del premio Goya a la mejor película iberoamericana, ambos en 2010), pero debo advertir que recuerdo muy poco de esa cinta, así que sus actores y sus escenas no contaminaron mi imaginación en el transcurso de la lectura. Tuve la oportunidad de construir mis propios personajes y locaciones, así es que hasta hoy cuento con mi propio Benjamín Chaparro, la jueza Irene, Ricardo Morales y su esposa Liliana Colotto, Báez, Sandoval, Pedro Romano y su ayudante Sicora, Isidoro Antonio Gómez…

Para esta entrada, voy a emplear un recurso que el propio Eduardo Sacheri me regaló en otra novela: La noche de la Usina:

A la gente del pueblo no le atraían del circo, ni los payasos ni los animales cansados. El que de verdad los cautivaba era el maestro de ceremonias. Arístides Lombardero se llamaba (…).

En la mitad de la función, después de los trapecistas, Arístides se sentaba en un banco de madera tan mustio como el resto de las instalaciones, bajo la luz más impiadosa del foco más poderoso. Abandonaba la entonación ampulosa de las presentaciones de los números y adoptaba un tono casi íntimo, cercano, y empezaba a contar una historia.

(…)

Como un jugador socarrón y desinteresado, arrojaba imágenes, frases, escenarios inconexos. No respetaba el orden cronológico ni causal de los sucesos. No. Disparaba personajes, climas, hechos trascendentes, detalles, metáforas que nadie entendía, en una enumeración que parecía caótica. Después se ponía a contar, y era su auditorio el encargado de encontrar un hilo, una razón, un desenlace.

Si Lombardero hubiese elegido una vez el cuento de Cenicienta, habría empezado mirándolos a los ojos y diciendo que en ese cuento hay una búsqueda, un deseo, un hechizo roto, una vieja malvada, dos jóvenes que se enamoran mientras bailan, una niñez en soledad, un zapato. Y después habría empezado a contar, pero no por el principio, sino por el lugar adonde lo introdujera su impulso, el azar o el escándalo de la concurrencia. (pp. 11-13)

Si Arístides Lombardero hubiera contado El secreto de sus ojos, su enumeración inicial diría más o menos así:

·         Unos ojos que miran otros ojos.
·         Unos ojos que preguntan.
·         La historia que se prolonga por treinta años.
·         Un Chaparro solidario.
·         Un amor callado que perdura en el tiempo.
·         La amistad que trasciende el tiempo y la distancia.
·         Una joven pareja destruida.
·         Un banquero vengador.
·         El triunfo de la paciencia.
·         La corrupción de los aparatos de justicia.
·         El último desayuno del 30 de mayo de 1968.
·         Un enamorado despechado.
·         Los grandes amigos del juzgado.
·         La experiencia que bien vale una novela.
·         Un abrupto cambio de vida.
·         Una confesión que no necesitó de la tortura.
·         Las estaciones de trenes.
·         Buenos Aires, Tucumán, Jujuy y Villegas.
·         El auto blanco.
·         Un terreno de gran extensión.
·         La carta del 21 de septiembre de 1996.
·         Los testigos que se callan.
·         La prolepsis como reina del relato.
·         Una voz que cuenta la historia del escritor.
·         La voz del escritor que cuenta la novela.
·         La novela como circo de dos pistas.
·         Dos venganzas.
·         Una jubilación.
·         La Remington del tiempo de María Castaña.
·         Las viejas fotografías que revelan el secreto.
·         Dos destinos sellados por la muerte.


La lectura nos hace libres y felices.

José Antonio Galván Pastrana
Café son - Los Uruguayos
Moderna - Condesa, CDMX
12 de marzo de 2017

 

domingo, 26 de febrero de 2017

Eduardo Sacheri, La noche de la Usina

 

A Sofía, porque mañana cumple un año más de vida
y uno más de hacerme un padre orgulloso y feliz.
Esta mañana, mientras esperaba mi desayuno, concluí la lectura de La noche de la Usina, ganadora en el 2016 del Premio Alfaguara de novela (362 pp.).
En los últimos años, Sacheri ha sido para este amanuense una gran revelación. La primera novela que leí de él fue Ser feliz era esto (2014), y me convenció la sencillez y la ternura de la historia. Luego, he leído de manera desordenada cuentos y artículos de ese escritor argentino que forman parte de sus libros Papeles en el viento (2011), La vida que pensamos (2014) y Las llaves del reino (2016).
Ahora reafirmo mis conceptos sobre este autor. La noche de la Usina es una historia que desde las primeras páginas nos anuncia su desarrollo y culminación. No por eso pierde su encanto. Sólo nos da a los lectores la comodidad de recorrerla con gusto y calma, para encontrar lentamente las claves que ya habían sido reveladas.
Dice el acta del jurado del XIX Premio Alfaguara de novela:
[…] se trata de una emocionante historia situada en un pequeño pueblo [O’Connor] provincia de Buenos Aires a principios de nuestro siglo, justo antes de que el gobierno de Fernando de la Rúa imponga el «Corralito» financiero y bloquee las cuentas bancarias. Un grupo de amigos —personajes inolvidables todos ellos—, que ha sido estafado, decide recuperar su dinero y su dignidad tomando la justicia por su mano. Es una novela coral, ágil y emotiva, con muchos ingredientes de lo mejor del thriller y el western.
Lo que no dice el acta es que los personajes no sólo son inolvidables sino entrañables. Incluso uno que aparece en el prólogo de la novela, Arístides Lombardero, que era un narrador genial para contar historias originales e irrepetibles en las presentaciones que el Circo de los Hermanos Lombardero hacía en O’Connor. Las historias eran precedidas por una prolepsis. Si Arístides hubiera contado La noche de la Usina:
Diría que en ella hay un villano, un accidente de autos y un gerente de banco que huye pero termina alcanzado por la muerte. Un tipo que sumerge una topadora en la parte más profunda de la laguna y un muchacho que escapa para siempre. Una chica enamorada, unos cables eléctricos enterrados a lo largo de kilómetros y un hombre que llora porque sabe que jamás será feliz. Un albañil rencoroso a punto de morir y una estación de servicio en el empalme de la ruta. (p.14)
En La noche de la Usina conocemos a Perlasi, un exfutbolista talentoso y triunfador esposo de Silvia y padre de Rodrigo, que al finalizar su carrera deportiva regresa a O’Connor y se convierte en una especie de líder de esta historia. A Lorgio y a su hijo Hernán, un muchacho rebelde que, sin duda, será el ganador en este affaire. A los hermanos López, José y Eladio. A los viejos Fontana, Medina y Belaúnde.
El papel de villanos lo jugarán Fortunato Manzi y Alvarado, quienes aprovecharán para sí la situación económica que vivió Argentina en el 2001 y que se conoce genéricamente como “el corralito”.
Si vemos a la novela desde una perspectiva de género, diremos que es una novela casi carente de mujeres. Sólo dos tienen acciones destacadas: Silvia, la esposa de Perlasi y Florencia, la secretaria de Manzi y de quien está enamorado Rodrigo. La participación de otras mujeres es apenas incidental.
Si vemos a la novela desde una perspectiva académica, diremos que alienta el trabajo en equipo. Los hombres “buenos” se convierten en cómplices y son capaces en llevar el proyecto hasta sus últimas consecuencias. Cada uno aporta sus conocimientos y sus talentos. Escuchan y siguen a su líder: Perlasi, que se convierte en el estratega de las diferentes acciones. Se gana la voluntad de sus colaboradores y cada uno cumple escrupulosamente el rol que le ha sido asignado.
Desde luego, la obra está preñada de excelsos párrafos, pero yo me quedo con uno que ahora comparto con mi único lector:
Rodrigo estira la mano y la apoya sobre el brazo de ella. Cada vez que la vio en la oficina, cada vez que conversó con ella, cada vez que la recordó estando lejos, hasta cuando la vio en el café conversando con el idiota del novio, se viene preguntando, una y otra vez, cómo será besar esos labios. Mientras adelanta el rostro hacia ella comprende que ese, precisamente ese, es el último segundo que va a vivir, en toda su vida, ignorando cómo es besar los labios de Florencia. (p. 358)
La lectura nos hace libres y felices.
José Antonio Galván Pastrana
“El Sencillito”
Colonia Narvarte, CDMX
26 de febrero de 2017.

viernes, 10 de febrero de 2017

Arnoldo Kraus, Recordar a los difuntos.



2 de febrero de 2017.
Los poemas de la muerte
son un engaño.
La muerte es la muerte.
Toko

Doctor Arnoldo Kraus,

Tal y como usted me lo sugirió leí su libro Recordar a los difuntos (Conaculta – Sexto piso, 2015, 232pp). Fue una lectura de transición, pues empecé a recorrer el texto la tarde del 24 de diciembre de 2016 y lo concluí el 28 de enero de 2017. La transición no sólo incluye el paso de un año a otro sino también el término de la era Obama y el inicio de la tragedia Trump.

Esta experiencia lectora fue de esas que uno no quiere que concluyan. En especial porque estaba muy interesado en los pormenores de la vida de Helen, su señora madre, y también porque no quería llegar a línea en la que usted nos narrara que ella se había ido.

Cuando como lectores nos identificamos con el relato del autor, disfrutamos o padecemos la historia en dos vías: por un lado, la que el escritor nos cuenta, la que ha construido para nosotros y, por otro, la que como lectores recreamos a partir de nuestros propios personajes, de aquellas personas con las que transcurrimos parte de la existencia, los que son seres de carne y hueso que nos han regalado su tiempo, su palabra, sus ideales, sus dioses, sus gustos o sus penas.

Leer Recordar a los difuntos me permitió experimentar la tranquilidad ante la pérdida. Fue un bálsamo dulce que mitigó mi angustia y desazón por la no presencia de mi madre. Eso ya me había pasado, como usted lo sabe, con la lectura de Quizás en otro lugar. Pero ahora la vivencia compartida fue más cercana. Usted relata los últimos tiempos en la vida de Helen y, al leerlo, yo repaso la historia y los últimos días de Celia. Por ello, su texto para mí no es sólo un testimonio o un relato biográfico, es un instrumento terapéutico que le sirve al lector-doliente como una buena excusa de sanación.

Las vidas de su madre y de la mía fueron muy distintas por muchas razones, diametralmente opuestas. A pesar de ello, su libro me llevó a repensar y a repasar los días de mi madre, es decir, tocó fibras muy sensibles y línea a línea se fue convirtiendo en un texto íntimo, de esos que, como ya le dije, uno no quiere dejar de leer, no quiere que se acaben, así como usted no quería y no sabía si dejar de escribir o continuar.

Como usted, hace una decena de meses llegué a una conclusión: “Mi progenitora ha acumulado muchos años. Habitar la vida ya no le es posible” (p. 14). Mi madre a sus ochentayochocasiochentaynueve también había visto partir a la mayoría de las personas que la acompañaron en la niñez y la juventud. Fue hija única y no conoció a su padre. Vio partir a todos los de la generación anterior y a los de su generación, sólo le sobrevivió un primo hermano muy querido. Así es como los destinos de Helen y Celia se entrecruzan y se apartan.

Recordar a los difuntos me permitió conocer algunos aspectos de la vida de Helen: su origen polaco, sus padecimientos en la Segunda Guerra Mundial, la persecución de los suyos y su exterminio, su llegada a México, su adultez; su vejez cargada de imágenes del pasado que creía del presente; su deseo permanente de regresar a la escuela, su agenda que contenía los datos de localización de los muchos que ya se habían ido, los difuntos que la visitaban y el diálogo con los muertos, la muerte de Frida, su mejor amiga, las múltiples preguntas que formulaba y que eran también una forma de vida, lo gran lectora que era y el libro que dejó inconcluso: El cantar del fuego, de A. B. Yehoshua…

Al contarnos la historia de Helen, no puede, doctor Kraus, dejar de contarnos la historia de su familia, familia sui géneris que en México no podía relacionarse con otras familias del mismo tronco: el holocausto acabó con esa posibilidad. Mención aparte merece Moisés, su padre, uno de los muchos polacos que perdió a su familia en la guerra. Judío perseguido y expulsado de su tierra que vivió rodeado de los demonios (sus demonios) que lo acosaban a cada momento.

Su libro, doctor Kraus, me ha dejado muchas líneas para reflexionar sobre la vida y la muerte. Por eso le digo que tiene un componente terapéutico: nos invita a superar el dolor a partir de otras consideraciones, de otras perspectivas que antes no contemplábamos. Aquí señalo algunas:

«La primera palabra adquiere fuerza a través de la primera escucha. Esa interacción les confiere a las personas otros sentidos y nuevas responsabilidades. Cuando quien dice “mamá” es un bebé, la existencia se viste de algo que carece de nombre, de algo insustituible. El lenguaje es una metáfora […] viaja de una persona a otra, las une, las conjuga, las enfrenta» (p. 21).

Quisiera retomar completo el capítulo VI de la primera entrega de su libro, donde usted hace una apología de la palabra, pero como ello no es posible, sólo retomo algunos fragmentos:

«Las letras, al unirse, cuando se escribe a mano, a la vieja usanza, por medio de brazos, dedos, nudos, ojales, curvas, rectas o inflexiones, en cuadernos con rayas horizontales que demarcan espacios grandes o pequeños, diseñados ad hoc, dependiendo de la edad del escribiente, conforman un tejido distinto, único […]. Las huellas de las palabras son extensión y testimonios de los sentidos» (p. 31).

Al final de ese capítulo escribe:

«Páginas atrás escribí sobre las palabras y su vitalidad. Ahora acuño otra idea, palabras, letras moribundas. El ser humano muere un poco conforme decae su escritura. Las letras moribundas retratan las fracturas de la vida, del tiempo. Las frases bien hechas, juntas, son como amantes, pernoctan abrazadas. Las frases mal construidas, se repelen, no se tocan» (p. 35).

Por último, me quedo con su idea: “Cuando los apenas muertos abandonan la Tierra se les llama difuntos” (p. 198). Eso son para nosotros nuestros muertos: difuntos. Quizás se fueron hace mucho tiempo, pero para sus deudos permanentes siempre existirán objetos, situaciones, olores, sabores, lecturas, música, palabras, personas… que los traigan de nuevo y los hagan presentes. Por eso su libro no se titula Recordar a los muertos sino Recordar a los difuntos, pues ese pequeño matiz idiomático nos permite mantener encendida la llama de la esperanza de la vida.
La lectura nos hace libres y felices

José Antonio Galván Pastrana
Ciudad de México
2 - 10 de febrero de 2017