domingo, 12 de marzo de 2017

Eduardo Sacheri, El secreto de sus ojos






Con cariño a Cinthya Sánchez Arreola
en su cumpleaños 112, según fb.

 
De la noche del 27 de febrero a la madrugada insomne del 10 de marzo leí El secreto de sus ojos, del argentino Eduardo Sacheri  (Alfaguara 2014, pp. 317). Hace algunos años había visto la película homónima dirigida por Juan José Campanella (ganadora del Oscar a la mejor película extranjera y del premio Goya a la mejor película iberoamericana, ambos en 2010), pero debo advertir que recuerdo muy poco de esa cinta, así que sus actores y sus escenas no contaminaron mi imaginación en el transcurso de la lectura. Tuve la oportunidad de construir mis propios personajes y locaciones, así es que hasta hoy cuento con mi propio Benjamín Chaparro, la jueza Irene, Ricardo Morales y su esposa Liliana Colotto, Báez, Sandoval, Pedro Romano y su ayudante Sicora, Isidoro Antonio Gómez…

Para esta entrada, voy a emplear un recurso que el propio Eduardo Sacheri me regaló en otra novela: La noche de la Usina:

A la gente del pueblo no le atraían del circo, ni los payasos ni los animales cansados. El que de verdad los cautivaba era el maestro de ceremonias. Arístides Lombardero se llamaba (…).

En la mitad de la función, después de los trapecistas, Arístides se sentaba en un banco de madera tan mustio como el resto de las instalaciones, bajo la luz más impiadosa del foco más poderoso. Abandonaba la entonación ampulosa de las presentaciones de los números y adoptaba un tono casi íntimo, cercano, y empezaba a contar una historia.

(…)

Como un jugador socarrón y desinteresado, arrojaba imágenes, frases, escenarios inconexos. No respetaba el orden cronológico ni causal de los sucesos. No. Disparaba personajes, climas, hechos trascendentes, detalles, metáforas que nadie entendía, en una enumeración que parecía caótica. Después se ponía a contar, y era su auditorio el encargado de encontrar un hilo, una razón, un desenlace.

Si Lombardero hubiese elegido una vez el cuento de Cenicienta, habría empezado mirándolos a los ojos y diciendo que en ese cuento hay una búsqueda, un deseo, un hechizo roto, una vieja malvada, dos jóvenes que se enamoran mientras bailan, una niñez en soledad, un zapato. Y después habría empezado a contar, pero no por el principio, sino por el lugar adonde lo introdujera su impulso, el azar o el escándalo de la concurrencia. (pp. 11-13)

Si Arístides Lombardero hubiera contado El secreto de sus ojos, su enumeración inicial diría más o menos así:

·         Unos ojos que miran otros ojos.
·         Unos ojos que preguntan.
·         La historia que se prolonga por treinta años.
·         Un Chaparro solidario.
·         Un amor callado que perdura en el tiempo.
·         La amistad que trasciende el tiempo y la distancia.
·         Una joven pareja destruida.
·         Un banquero vengador.
·         El triunfo de la paciencia.
·         La corrupción de los aparatos de justicia.
·         El último desayuno del 30 de mayo de 1968.
·         Un enamorado despechado.
·         Los grandes amigos del juzgado.
·         La experiencia que bien vale una novela.
·         Un abrupto cambio de vida.
·         Una confesión que no necesitó de la tortura.
·         Las estaciones de trenes.
·         Buenos Aires, Tucumán, Jujuy y Villegas.
·         El auto blanco.
·         Un terreno de gran extensión.
·         La carta del 21 de septiembre de 1996.
·         Los testigos que se callan.
·         La prolepsis como reina del relato.
·         Una voz que cuenta la historia del escritor.
·         La voz del escritor que cuenta la novela.
·         La novela como circo de dos pistas.
·         Dos venganzas.
·         Una jubilación.
·         La Remington del tiempo de María Castaña.
·         Las viejas fotografías que revelan el secreto.
·         Dos destinos sellados por la muerte.


La lectura nos hace libres y felices.

José Antonio Galván Pastrana
Café son - Los Uruguayos
Moderna - Condesa, CDMX
12 de marzo de 2017

 

domingo, 26 de febrero de 2017

Eduardo Sacheri, La noche de la Usina

 

A Sofía, porque mañana cumple un año más de vida
y uno más de hacerme un padre orgulloso y feliz.
Esta mañana, mientras esperaba mi desayuno, concluí la lectura de La noche de la Usina, ganadora en el 2016 del Premio Alfaguara de novela (362 pp.).
En los últimos años, Sacheri ha sido para este amanuense una gran revelación. La primera novela que leí de él fue Ser feliz era esto (2014), y me convenció la sencillez y la ternura de la historia. Luego, he leído de manera desordenada cuentos y artículos de ese escritor argentino que forman parte de sus libros Papeles en el viento (2011), La vida que pensamos (2014) y Las llaves del reino (2016).
Ahora reafirmo mis conceptos sobre este autor. La noche de la Usina es una historia que desde las primeras páginas nos anuncia su desarrollo y culminación. No por eso pierde su encanto. Sólo nos da a los lectores la comodidad de recorrerla con gusto y calma, para encontrar lentamente las claves que ya habían sido reveladas.
Dice el acta del jurado del XIX Premio Alfaguara de novela:
[…] se trata de una emocionante historia situada en un pequeño pueblo [O’Connor] provincia de Buenos Aires a principios de nuestro siglo, justo antes de que el gobierno de Fernando de la Rúa imponga el «Corralito» financiero y bloquee las cuentas bancarias. Un grupo de amigos —personajes inolvidables todos ellos—, que ha sido estafado, decide recuperar su dinero y su dignidad tomando la justicia por su mano. Es una novela coral, ágil y emotiva, con muchos ingredientes de lo mejor del thriller y el western.
Lo que no dice el acta es que los personajes no sólo son inolvidables sino entrañables. Incluso uno que aparece en el prólogo de la novela, Arístides Lombardero, que era un narrador genial para contar historias originales e irrepetibles en las presentaciones que el Circo de los Hermanos Lombardero hacía en O’Connor. Las historias eran precedidas por una prolepsis. Si Arístides hubiera contado La noche de la Usina:
Diría que en ella hay un villano, un accidente de autos y un gerente de banco que huye pero termina alcanzado por la muerte. Un tipo que sumerge una topadora en la parte más profunda de la laguna y un muchacho que escapa para siempre. Una chica enamorada, unos cables eléctricos enterrados a lo largo de kilómetros y un hombre que llora porque sabe que jamás será feliz. Un albañil rencoroso a punto de morir y una estación de servicio en el empalme de la ruta. (p.14)
En La noche de la Usina conocemos a Perlasi, un exfutbolista talentoso y triunfador esposo de Silvia y padre de Rodrigo, que al finalizar su carrera deportiva regresa a O’Connor y se convierte en una especie de líder de esta historia. A Lorgio y a su hijo Hernán, un muchacho rebelde que, sin duda, será el ganador en este affaire. A los hermanos López, José y Eladio. A los viejos Fontana, Medina y Belaúnde.
El papel de villanos lo jugarán Fortunato Manzi y Alvarado, quienes aprovecharán para sí la situación económica que vivió Argentina en el 2001 y que se conoce genéricamente como “el corralito”.
Si vemos a la novela desde una perspectiva de género, diremos que es una novela casi carente de mujeres. Sólo dos tienen acciones destacadas: Silvia, la esposa de Perlasi y Florencia, la secretaria de Manzi y de quien está enamorado Rodrigo. La participación de otras mujeres es apenas incidental.
Si vemos a la novela desde una perspectiva académica, diremos que alienta el trabajo en equipo. Los hombres “buenos” se convierten en cómplices y son capaces en llevar el proyecto hasta sus últimas consecuencias. Cada uno aporta sus conocimientos y sus talentos. Escuchan y siguen a su líder: Perlasi, que se convierte en el estratega de las diferentes acciones. Se gana la voluntad de sus colaboradores y cada uno cumple escrupulosamente el rol que le ha sido asignado.
Desde luego, la obra está preñada de excelsos párrafos, pero yo me quedo con uno que ahora comparto con mi único lector:
Rodrigo estira la mano y la apoya sobre el brazo de ella. Cada vez que la vio en la oficina, cada vez que conversó con ella, cada vez que la recordó estando lejos, hasta cuando la vio en el café conversando con el idiota del novio, se viene preguntando, una y otra vez, cómo será besar esos labios. Mientras adelanta el rostro hacia ella comprende que ese, precisamente ese, es el último segundo que va a vivir, en toda su vida, ignorando cómo es besar los labios de Florencia. (p. 358)
La lectura nos hace libres y felices.
José Antonio Galván Pastrana
“El Sencillito”
Colonia Narvarte, CDMX
26 de febrero de 2017.

viernes, 10 de febrero de 2017

Arnoldo Kraus, Recordar a los difuntos.



2 de febrero de 2017.
Los poemas de la muerte
son un engaño.
La muerte es la muerte.
Toko

Doctor Arnoldo Kraus,

Tal y como usted me lo sugirió leí su libro Recordar a los difuntos (Conaculta – Sexto piso, 2015, 232pp). Fue una lectura de transición, pues empecé a recorrer el texto la tarde del 24 de diciembre de 2016 y lo concluí el 28 de enero de 2017. La transición no sólo incluye el paso de un año a otro sino también el término de la era Obama y el inicio de la tragedia Trump.

Esta experiencia lectora fue de esas que uno no quiere que concluyan. En especial porque estaba muy interesado en los pormenores de la vida de Helen, su señora madre, y también porque no quería llegar a línea en la que usted nos narrara que ella se había ido.

Cuando como lectores nos identificamos con el relato del autor, disfrutamos o padecemos la historia en dos vías: por un lado, la que el escritor nos cuenta, la que ha construido para nosotros y, por otro, la que como lectores recreamos a partir de nuestros propios personajes, de aquellas personas con las que transcurrimos parte de la existencia, los que son seres de carne y hueso que nos han regalado su tiempo, su palabra, sus ideales, sus dioses, sus gustos o sus penas.

Leer Recordar a los difuntos me permitió experimentar la tranquilidad ante la pérdida. Fue un bálsamo dulce que mitigó mi angustia y desazón por la no presencia de mi madre. Eso ya me había pasado, como usted lo sabe, con la lectura de Quizás en otro lugar. Pero ahora la vivencia compartida fue más cercana. Usted relata los últimos tiempos en la vida de Helen y, al leerlo, yo repaso la historia y los últimos días de Celia. Por ello, su texto para mí no es sólo un testimonio o un relato biográfico, es un instrumento terapéutico que le sirve al lector-doliente como una buena excusa de sanación.

Las vidas de su madre y de la mía fueron muy distintas por muchas razones, diametralmente opuestas. A pesar de ello, su libro me llevó a repensar y a repasar los días de mi madre, es decir, tocó fibras muy sensibles y línea a línea se fue convirtiendo en un texto íntimo, de esos que, como ya le dije, uno no quiere dejar de leer, no quiere que se acaben, así como usted no quería y no sabía si dejar de escribir o continuar.

Como usted, hace una decena de meses llegué a una conclusión: “Mi progenitora ha acumulado muchos años. Habitar la vida ya no le es posible” (p. 14). Mi madre a sus ochentayochocasiochentaynueve también había visto partir a la mayoría de las personas que la acompañaron en la niñez y la juventud. Fue hija única y no conoció a su padre. Vio partir a todos los de la generación anterior y a los de su generación, sólo le sobrevivió un primo hermano muy querido. Así es como los destinos de Helen y Celia se entrecruzan y se apartan.

Recordar a los difuntos me permitió conocer algunos aspectos de la vida de Helen: su origen polaco, sus padecimientos en la Segunda Guerra Mundial, la persecución de los suyos y su exterminio, su llegada a México, su adultez; su vejez cargada de imágenes del pasado que creía del presente; su deseo permanente de regresar a la escuela, su agenda que contenía los datos de localización de los muchos que ya se habían ido, los difuntos que la visitaban y el diálogo con los muertos, la muerte de Frida, su mejor amiga, las múltiples preguntas que formulaba y que eran también una forma de vida, lo gran lectora que era y el libro que dejó inconcluso: El cantar del fuego, de A. B. Yehoshua…

Al contarnos la historia de Helen, no puede, doctor Kraus, dejar de contarnos la historia de su familia, familia sui géneris que en México no podía relacionarse con otras familias del mismo tronco: el holocausto acabó con esa posibilidad. Mención aparte merece Moisés, su padre, uno de los muchos polacos que perdió a su familia en la guerra. Judío perseguido y expulsado de su tierra que vivió rodeado de los demonios (sus demonios) que lo acosaban a cada momento.

Su libro, doctor Kraus, me ha dejado muchas líneas para reflexionar sobre la vida y la muerte. Por eso le digo que tiene un componente terapéutico: nos invita a superar el dolor a partir de otras consideraciones, de otras perspectivas que antes no contemplábamos. Aquí señalo algunas:

«La primera palabra adquiere fuerza a través de la primera escucha. Esa interacción les confiere a las personas otros sentidos y nuevas responsabilidades. Cuando quien dice “mamá” es un bebé, la existencia se viste de algo que carece de nombre, de algo insustituible. El lenguaje es una metáfora […] viaja de una persona a otra, las une, las conjuga, las enfrenta» (p. 21).

Quisiera retomar completo el capítulo VI de la primera entrega de su libro, donde usted hace una apología de la palabra, pero como ello no es posible, sólo retomo algunos fragmentos:

«Las letras, al unirse, cuando se escribe a mano, a la vieja usanza, por medio de brazos, dedos, nudos, ojales, curvas, rectas o inflexiones, en cuadernos con rayas horizontales que demarcan espacios grandes o pequeños, diseñados ad hoc, dependiendo de la edad del escribiente, conforman un tejido distinto, único […]. Las huellas de las palabras son extensión y testimonios de los sentidos» (p. 31).

Al final de ese capítulo escribe:

«Páginas atrás escribí sobre las palabras y su vitalidad. Ahora acuño otra idea, palabras, letras moribundas. El ser humano muere un poco conforme decae su escritura. Las letras moribundas retratan las fracturas de la vida, del tiempo. Las frases bien hechas, juntas, son como amantes, pernoctan abrazadas. Las frases mal construidas, se repelen, no se tocan» (p. 35).

Por último, me quedo con su idea: “Cuando los apenas muertos abandonan la Tierra se les llama difuntos” (p. 198). Eso son para nosotros nuestros muertos: difuntos. Quizás se fueron hace mucho tiempo, pero para sus deudos permanentes siempre existirán objetos, situaciones, olores, sabores, lecturas, música, palabras, personas… que los traigan de nuevo y los hagan presentes. Por eso su libro no se titula Recordar a los muertos sino Recordar a los difuntos, pues ese pequeño matiz idiomático nos permite mantener encendida la llama de la esperanza de la vida.
La lectura nos hace libres y felices

José Antonio Galván Pastrana
Ciudad de México
2 - 10 de febrero de 2017

viernes, 9 de diciembre de 2016

Jorge Volpi, Examen de mi padre

 
 



Estimado Jorge,
El pasado 10 de noviembre concluí la lectura de tu más reciente libro Examen de mi padre (Alfaguara, 2016, 289 pp.). Como te lo hice saber en un mensaje anterior, la publicación de esta obra (que me encontró en la Gandhi Mauricio Achar el 27 de agosto) coincidió con la muerte de mi madre (7 de septiembre). Con seguridad ese suceso tan personal en mi vida me permitió darle otro sentido a la lectura de tu texto.
 
Leía y tus letras repasaban y repensaban la vida y los haceres de tu padre, mientras mi mente imaginaba la vida y los haceres de mi madre, tan diferentes a los de tu progenitor. Ella y él sólo coincidieron en el tiempo y el macrolugar: fueron durante muchos años habitantes de la misma delegación en la Ciudad de México.
 
De tu obra Examen de mi padre, rescato y destaco tu inagotable manantial de creatividad que te lleva a trastocar, sin miedo ni rubor, diversos géneros: ¿en cuál la podemos encasillar?
 
Por momentos es un relato biográfico que tiene un personaje: el doctor Volpi, médico cirujano nacido en 1932 y fallecido en 2014, al que sometes al bisturí de tu análisis en dos ámbitos: el desempeño de su vocación profesional y el cumplimiento de su rol como esposo y padre.
 
A ese relato biográfico lo acompaña otro, uno autobiográfico: te haces presente en todo momento. Expones las múltiples influencias que tuvo tu padre sobre tu persona y tu educación. Rescato lo que llamas su mayor herencia: tu gusto por la música y una de tus más grandes frustraciones: no haberte podido dedicar a ese arte. Aunque también fue fundamental para disfrutar de la pintura y de la literatura y tu gozo por contar, entre muchas otras.
 
Para exponer ambos relatos, te vales de un recurso ampliamente creativo: retomas partes del cuerpo humano y las relacionas con las tareas de tu padre como médico. Nos presentas diez lecciones (y aquí es necesario anotar que incursionas en el terreno de la divulgación científica, pues explicas de manera clara y comprensible cómo es que funciona cada una de esas partes): el cuerpo humano y su anatomía, el cerebro, la mano, el corazón, el ojo, el oído, los genitales, la piel, las piernas y el hígado.

Por si eso no fuera suficiente, hilvanas la vida y los ideales de tu padre con su responsabilidad social y su amor a México (su vida de austeridad y su vocación de servicio, sujetas a su salario como médico en el sector público y a su trabajo vespertino como supervisor de higiene escolar). Esta es la puerta de acceso para entrar y tocar las llagas más abiertas de nuestro presente nacional: te vales del ensayo para acercarte al México podrido del que también fue testigo tu padre (y mi madre): los desaparecidos de Ayotzinapa; el narco instaurado como un poder de facto; la vuelta al pasado reciente y su repaso: el conflicto del 68, las polémicas elecciones del 88, los daños que Salinas de Gortari le causó al país; el caso de Rosa Verduzco “Mamá Rosa”, y su tarea “humanitaria” en Zamora, Michoacán (en este apartado te preguntas: “¿hasta dónde quien ama —el padre, la madre, el enamorado— permite que el otro sea eso, otro, y no una simple prolongación de su amor o su deseo? ¿Cómo se produce esa obsesión amorosa que lleva a creer que el amado depende de nosotros —y nosotros de él—, que sólo él o ella nos dan sentido y que necesitamos convertirlos en parte de nosotros negándoles cualquier autonomía?”); la exploración sobre la doble moral católica, coronada en uno de sus mayores resultados y, a la vez, una de sus máximas vergüenzas: Marcial Maciel; el caso de la guardería ABC y los 49 niños que perdieron la vida, además de las decenas de infantes que resultaron con lesiones de por vida; los cambios en la Ciudad de México, que en aras de hacerla más funcional y transitable se ha vuelto más congestionada en inmóvil…
 
Pues sí, Jorge, tu padre y mi madre caminaron sus vidas del México posrevolucionario de los años 30 del siglo pasado al México podrido (el adjetivo es tuyo) dominado por la corrupción y el narcotráfico de las primeras décadas del siglo XXI. Ahora ellos habitan el mundo de los muertos y nosotros seguimos en éste, el llamado de los vivos.
 
La lectura nos hace libres y felices.
José Antonio Galván Pastrana
Ciudad de México
24 noviembre - 8 diciembre 2016

 

domingo, 23 de octubre de 2016

Arnoldo Kraus, Quizás en otro lugar

 
 

Me voy a morir un poquito,
pero luego regreso.
Celia Pastrana

 
Estas líneas están dedicadas a celebrar la vida de Celia Pastrana Castro, mi madre. Esa mujer única e irrepetible que nació al mediodía del lunes 16 de enero del año bisiesto de 1928 y que partió de este mundo la tarde lluviosa del 7 de septiembre de 2016.

El recuento de sus 88 años de vida lo haré en otra ocasión. Por ahora sólo quiero dejar constancia de mi agradecimiento eterno a esa mujer que sólo asistió a la escuela cuatro años, que una tarde nublada de domingo me llevó a pasear a la Alameda. En el centro de ese parque estaba la librería de Cristal. Era una construcción de madera y techo de lámina. Me impactó ver tantos libros juntos. Desde luego, a esa edad (8 años), yo prefería los destinados a los niños. Pero mi madre era muy pobre, así que sólo me compró una cajita con cuatro pequeños libros ilustrados que si mal no recuerdo le costó diez pesos. Un ejemplar era de los Supersónicos, otro de Jocuberrijau, el tercero de Bonanza y el cuarto… bueno, eran cuatro. Uno de los eventos que más disfrutaba por aquellos años mozos era ir a esa librería. Ahí me compró mi madre mis libros de secundaria. A mediados de los setenta, cuando la Alameda central fue remodelada, dejó de existir la vieja librería de Cristal, misma que fue reubicada en un local de la calle 5 de mayo.

Durante mi etapa como estudiante mi madre financió mis libros. Jamás me negó el recurso para comprar tan importantes objetos que, de una u otra forma, acompañaron e ilustraron mi educación formal. Fue uno de los pilares en mi gusto por la lectura. Curiosa combinación: ella que no leía fue mi mayor cómplice para que yo me sumergiera en esta aventura de leer.

En una entrada para el Facebook, el 7 de septiembre de este 2016, escribí: «Hoy a las 15:20 horas mi mamá tocó las puertas del cielo. Se fue tranquila, liberada de sus dolores y colmada de oraciones y buenos deseos que hicieron más ligera su partida. Sus últimos dos días fue desconectándose poco a poco y en la película de su vida aparecieron aquellos muchos que la quisieron. Seguro les dedicó un danzón, una paloma y la pachanga que ahora para ella es eterna».
 
Gracias, Chelita, ahora que la muerte ha abandonado tu cuerpo ve tranquila a encontrarte con los seres a los que tanto quisiste y tanto te quisieron. Yo me quedo aquí para recordarte y para tener presente siempre que tú cambiaste tu vida por la mía.  

 
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Dice Juan Villoro que los libros nos encuentran, que nosotros no los buscamos ni podemos presumir que los encontramos. Esta sentencia la leí hace algunos años en El libro salvaje, obra para adolescentes que andan en busca de identidades, aficiones, amores, personalidades… Justo eso me ocurrió con Quizás en otro lugar.

Mi madre tenía seis días de haber tocado las puertas del cielo cuando la noche del 13 de septiembre el libro me encontró en la cafebrería El Péndulo de Álvaro Obregón. Ahí me estaba esperando, paciente y callado. Tenía muy poco de haber salido de la imprenta y reposaba en la sección de “novedades”. De pronto lo descubrí, mejor dicho, me descubrió.

Recordé que a Arnoldo Kraus lo había leído en algunas ocasiones en Uno más uno y, luego, en La Jornada. Sus artículos trataban temas relacionados con la muerte. Muchas veces se acercaba a eso que podemos llamar “tanatología”. Quizá por eso el libro me hizo “ojitos” y así fue como me encontró para acompañarme y ayudarme a vivir mi duelo.

A partir del 13 de septiembre de 2016 quise encontrar en ese libro las claves que me enseñaran a comprender las razones de la partida de mi madre; páginas y testimonios que me provocaran aprendizajes vueltos consuelo, consejos terapéuticos que me alejaran del sufrimiento y del sentimiento de soledad y abandono. Pero no encontré nada de eso. En su lugar se fueron decantando, una a una, historias preñadas de ficción y realidad. Por ello no podemos decir que Quizás en otro lugar sea un libro de cuentos. El autor en cada uno de sus relatos nos da la clave para negarlo.

Tal pareciera que en esta obra Kraus es el practicante de un nuevo género que combina realidad y ficción a partir de sus saberes y haceres como médico. Sus historias no sólo registran el relato personal, también establecen la prospectiva de la vida ajena que, de repente, gracias a la magia de la lectura, se vuelve personal, única, exclusiva.

Con el dolor del duelo más de una, dos, tres, veinte veces… me identifiqué, metamorfoseé, asumí… los hechos literarios y testimoniales como vivencias, secuencias, escenas de mi propia vida.

Fueron muchos los párrafos causantes de recuerdo-reflexión-propuesta, fueron muchas las historias y los personajes que parecían reflejar mi vida, en particular los pedazos de ese duelo iniciado la tarde triste, nublada y aciaga del miércoles 7 de septiembre del veinte dieciséis en que mi madre sin mi presencia y mi compañía y mi palabra y mi tristeza y mi lágrima decidió subir para tocar las nubes y marcharse envuelta en lo que le acompañó durante toda su existencia: la soledad.

Por eso, Quizás en otro lugar me encontró y poco a poco comencé a involucrarme en sus historias, sus ambientes, sus personajes.

Ésta es, Celia, la primera obra que leo completa después de tu partida. Quizás por eso hoy una idea me invade y me atormenta y me persigue: te veré y te podré hablar y acariciar y besar “quizás en otro lugar”.

Aparador (o citas citables)

«Esperanza es una palabra formidable. Enfermos y seres cercanos la repiten incontables veces, la necesitan. Algunos familiares de enfermos pobres, antes de sepultar sus esperanzas, empeñan sus vidas. Si a los enfermos se les apuntan las ilusiones la muerte penetra antes. Barre con todo. No se inmuta. La esperanza no detiene el final, sólo lo aparca un momento. Un momento, en ocasiones suficiente, para decir adiós. Despedirse, decir adiós, sirve. Le sirve a quien marcha y a quienes se quedan». pp. 11-12.

«Casi siempre ha sido fácil asesinar. Morir, en cambio, es más complejo. En las calles viejas se muere por medio de piedras o palos; en las calles modernas, con bombas; en la literatura, con palabras; en la poesía, con silencio; en el cine, entre actos; en la música, entre notas. Matar no es parte de la vida, es parte de la condición humana. Basta abrir la vieja Biblia, hojear los periódicos de ayer o los de hoy, leer novelas, viejas o nuevas. En infinidad de escritos, periodísticos o pertenecientes a la ficción, la muerte está presente. Nuestros ancestros y nosotros mismos nos hemos esmerado en buscar evidencias en el cuerpo del muerto para indicar al asesino o para conocer las razones por las cuales el escritor decidió acabar con su personaje. La curiosidad es ilimitada: mató al gato y alimenta al ser humano.» p. 15.

«La ficción, a diferencia de la ciencia, goza de inmunidad: casi nunca se equivoca. Afortunadamente, aunque Dios proscribió, desde antes de su creación, el libre albedrío, un grupo de seres humanos desoyó sus consejos y optó por la libertad. Esa libertad es infinita. A la ficción y a quien la escribe, le permite decir sí o decir no, cuando así lo determinen las circunstancias: todo es cuestión de gustos o de necesidad. La ficción nació con buena estrella. Es libre, es neutra, nunca inventa más de lo necesario, acomoda o desacomoda y escribe o describe. A diferencia de las dificultades que debe sortear la ciencia, ni la ficción ni la poesía tienen a quien rendirle cuentas, más que a los lectores.» p. 17

«—Emilio, el viento que ahora escuchas nace de los cipreses del panteón. Sopla con más rigor cuando se colma de aves. Pronto, en unos dos meses —le dijo Ramón—, oirás un canto diferente, un canto que recuerda la melancolía de los vivos. Seguramente entiendes pues llevas poco tiempo muerto. Intuyo tu tristeza, tu dolor por haber dejado el otro mundo. Pronto encontrarás paz. Pronto comprenderás: al igual que el viento, la muerte nunca finaliza. Ése será tu consuelo. Saber que tú no finalizas con la muerte. La muerte es eterna. No sabe del tiempo. Aquí nadie piensa en el infinito, todo es infinito.

»Ramón era uno de los cadáveres más viejos y sabios del panteón. Vivía en él desde hacía muchos lustros. Quizás ocho, quizás veinte, quizás quinientos. Su padre escribía cuentos para él mismo. Nunca los publicaba. En ocasiones se los leía a Ramón. Escribió acerca el aire: “Viajar en el aire y transformarse en viento. Soñar con sus ojos hasta mirar lo que él ve. Ser aire, ser como la muerte: infinito.»  pp. 36 y 37

«Los libros son grandes compañeros, siempre están disponibles, nunca reclaman, si los dejas arrumbados, aguardan, puedes abrirlos y cerrarlos cuando quieras, olvidarlos, perderlos, prestarlos, escribir en sus páginas. Nunca se enojan. Son antídotos contra la soledad. En ellos, entre ellos y con nosotros, cuando te conviertes en un párrafo, en una idea o en una página, el silencio pesa menos. Acompañan mi soledad. Es una pena que no hablen, que no respondan.» p. 191

«Dos semanas después de abandonar el hospital Marita falleció. No podía escribir pero sí dictar. Una de las enfermeras transcribió sus últimas palabras:

»Sin destinatario:

»El dolor es infinito. Ha sido mi sombra desde que enfermé. Mis padres no murieron por mi enfermedad pero sí murieron con ella. Con los males incurables, tarde o temprano, llega un momento del cual es imposible escapar. Llega cuando “después” es palabra inentendible. Asoma y empuja cuando la enfermedad ha demolido todo y sepultado la esperanza. Sin “después” y sin esperanza, ¿qué caso tiene seguir o preguntar?

»Con las enfermedades crónicas, incurables, dolorosas siempre hay un punto de inflexión, no de retorno. El mío llegó hace años. No fui capaz de soltar y dejar. Ahora entiendo que la vacuidad de mi vida es absoluta. El pozo no tiene fin. No puedo mirar a través de la ventana y no logro observar lo que quiero mirar.

»Me queda soltar y dejar. Eso haré.» p. 219

José Antonio Galván Pastrana
“Los Uruguayos”
Colonia Condesa,  CDMX
23 de octubre de 2016.

sábado, 23 de abril de 2016

23 de abril de 1616 – 23 de abril de 2016




Hoy es un día de múltiples conmemoraciones y celebraciones. Conmemoramos el cuarto centenario de la muerte de tres grandes escritores: Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare, justo los dos íconos de sus respectivas lenguas: el español y el inglés; y del Inca Garcilaso de la Vega, considerado uno de los primeros mestizos de América.

Este hecho coincidente y circunstancial fue la base para que la UNESCO declarara, en 1996, el 23 de abril como Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. Y lo celebramos, también, como una fecha simbólica para promover la lectura.

Por si eso no fuera suficiente, hoy el escritor mexicano Fernando del Paso recibe el Premio Cervantes 2015 (llamado el Premio Nobel de Literatura de la lengua castellana), otorgado por el Ministerio de Cultura de España, que lo instituyó desde 1976, y que a la fecha ha sido otorgado, además de Del Paso, a cinco autores mexicanos: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Elena Poniatowska. Con ese premio se reconoce “la labor creadora de escritores españoles e hispanoamericanos cuya obra haya contribuido a enriquecer de forma notable el patrimonio literario en lengua española”.

Fernando del Paso es reconocido, fundamentalmente, como novelista: José Trigo, Palinuro de México, Noticias del Imperio y Linda 67. Pero también es un excelente poeta y una especie de poeta humorístico. Aquí reproducimos el segundo de sus “Primeros sonetos marianos”:
 
Yo pecador, confieso que prefiero
al pozo virgen, la trillada noria,
que no te quiero pura y sin historia,
que sin altares y ángeles te espero.
 
Yo pecador, confieso que me esmero
en no rodearte de una eterna gloria:
yo te quiero mortal y transitoria,
transitoria y mortal: así te quiero.
 
Yo pecador, te quiero desflorada,
con sollozos y muslos y agonía,
con temblores y pechos, con espasmos.
 
Te quiero sólo así, virgen de nada,
así quiero quererte y que seas mía:
con histerias y risas, con orgasmos.

Da clic: Noticias del Imperio


José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna, CDMX
23 de abril de 2016

domingo, 17 de abril de 2016

Dos años de soledad


 

 
Este domingo caluroso se cumplen dos años de la partida de GGM. Según su acta de defunción, Gabriel José García Márquez (algunas fuentes señalan que su nombre completo era Gabriel José de la Concordia), originario de Aractaca [sic.], República de Colombia, de ocupación escritor, murió a las 12 horas con 4 minutos del día 17 de abril de 2014. El desenlace ocurrió en su domicilio de Fuego 144, Jardines del Pedregal, en la Ciudad de México. La causa de su muerte fue “neumonía adquirida en la comunidad, sepsis”. Fue cremado el mismo día en la funeraria J. García López Pedregal. El mismo documento consigna que estuvo casado con Mercedes Raquel Barcha Pardo.

Días después de ese suceso que enlutó las letras universales, se dio a conocer que García Márquez había dejado una novela inconclusa: En agosto nos vemos, misma que sería editada y publicada en breve. Han pasado dos años y los herederos de GGM no han informado si esa versión es cierta.

El pasado 14 de abril, la Biblioteca Nacional de Colombia informó la apertura de un espacio virtual llamado Gaboteca: http://www.bibliotecanacional.gov.co/gaboteca, que contendrá toda la obra narrativa, dramática y periodística del Nobel 1982, además de las toneladas de papel que contienen reseñas, artículos, ensayos, tesis, entrevistas… que se han producido en torno a la obra garciamarquecina. Documentos no sólo en español sino en casi 40 lenguas.

Si bien es un lugar común, el mejor homenaje para este autor de nuestro tiempo es leer o releer su obra.
 

En agosto nos vemos

Gabriel García Márquez

Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde. Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso y, como único equipaje, un maletín de playa. En la fila de taxis del muelle fue directo a un modelo antiguo carcomido por el salitre. El chófer la recibió con un saludo de antiguo conocido y la llevó dando tumbos a través del pueblo indigente, con casas de bahareque y techos de palma, y calles de arenas blancas frente a un mar ardiente. Tuvo que hacer cabriolas para sortear los cerdos impávidos y a los niños desnudos, que lo burlaban con pases de toreros. Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales, donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules. Por fin se detuvo en el hotel más viejo y desmerecido.

El conserje la esperaba con las llaves de la única habitación del segundo piso que daba a la laguna. Subió las escaleras con cuatro zancadas y entró en el cuarto pobre con un fuerte olor de insecticida y casi ocupado por completo con la enorme cama matrimonial. Sacó del maletín un neceser de cabritilla y un libro intenso que puso en la mesa de noche con una página marcada por el cortapapeles de marfil. Sacó una camisola de dormir de seda rosada y la puso debajo de la almohada. Sacó una pañoleta de seda con estampados de pájaros ecuatoriales, una camisa blanca de manga corta y unos zapatos de tenis muy usados, y los llevó al baño con el neceser.

Antes de arreglarse se quitó la camisa escocesa, el anillo de casada y el reloj de hombre que usaba en el brazo derecho, y se hizo abluciones rápidas en la cara para lavarse el polvo del viaje y espantar el sueño de la siesta. Cuando acabó de secarse sopesó en el espejo sus senos redondos y altivos a pesar de sus dos partos, y ya en las vísperas de la tercera edad. Se estiró las mejillas hacia atrás con los cantos de las manos para verse como había sido de joven, y vio su propia máscara con los ojos chinos, la nariz aplastada, los labios intensos. Pasó por alto las primeras arrugas del cuello, que no tenían remedio, y se mostró los dientes perfectos y bien cepillados después del almuerzo en el transbordador. Se frotó con el pomo del desodorante las axilas recién afeitadas y se puso la camisa de algodón fresco con las iniciales AMB bordadas a mano en el bolsillo. Se desenredó con el cepillo el cabello indio, largo hasta los hombros, y se hizo la cola de caballo con la pañoleta de pájaros. Para terminar, se suavizó los labios con el lápiz labial de vaselina simple, se humedeció los índices en la lengua para alisarse las cejas lineales, se dio un toque de su perfume amargo detrás de cada oreja y se enfrentó por fin al espejo con su rostro de madre otoñal. La piel, sin un rastro de cosméticos, se defendía con su color original, y los ojos de topacio no tenían edad en los oscuros párpados portugueses. Se trituró a fondo, se juzgó sin piedad y se encontró casi tan bien como se sentía. Sólo cuando se puso el anillo y el reloj se dio cuenta de su retraso: faltaban seis para las cinco. Pero se concedió un minuto de nostalgia para contemplar las garzas que planeaban inmóviles en el vapor ardiente de la laguna. Los nubarrones negros del lado del mar le aconsejaron la prudencia de llevar la sombrilla.

El taxi la esperaba bajo los platanales del portal. Se alejó por la avenida de palmeras hasta un claro de los hoteles donde había un mercado popular al aire libre, y se detuvo en un puesto de flores. Una negra grande que hacía la siesta en una silla de playa despertó sobresaltada, reconoció a la mujer en el asiento posterior del automóvil y le dio, entre risas y chácharas, el ramo de gladiolos que había encargado para ella desde la mañana. Unas cuadras más adelante el taxi torció por un sendero apenas transitable que subía por una cornisa de piedras afiladas. A través del aire enrarecido por el calor se veían los yates de placer alineados en la dársena del turismo, el trasbordador que se iba, el perfil remoto de la ciudad en la bruma del horizonte, el Caribe abierto.

En la cumbre de la colina estaba el cementerio triste de los pobres. Empujó sin esfuerzo el portón oxidado, y entró con el ramo de flores en el sendero de túmulos tragados por la maleza, con escombros de ataúdes y saldos de huesos calcinados por el sol. Las tumbas parecían iguales en el cementerio desamparado con una ceiba de grandes ramas en el centro. Las piedras afiladas hacían daño aun a través de las suelas de caucho recalentado, y el sol duro se filtraba por el raso de la sombrilla. Una iguana surgió de los matorrales, se detuvo en seco frente a ella, la miró un instante y escapó en estampida.

Había acabado de limpiar tres tumbas, y estaba exahusta y empapada de sudor cuando logró reconocer la lápida de mármol amarillento con el nombre de la madre y la fecha de su muerte, veintinueve años antes. Solía darle las noticias de la casa, la había informado con datos confidenciales para que la ayudara a decidir si se casaba, y a los pocos días creyó recibir su respuesta en un sueño que le pareció inequívoco y sabio. Algo semejante le había ocurrido cuando el hijo estuvo dos semanas entre la vida y la muerte por un accidente de tránsito, sólo que la respuesta no le llegó en sueños, sino por la conversación casual con una mujer que se le acercó en el mercado sin ningún motivo. No era supersticiosa, pero tenía la certeza racional de que la identificación perfecta con su madre continuaba después de su muerte. Así que le hizo las preguntas del año, puso las flores en la tumba, y se fue convencida de recibir las respuestas el día menos pensado.

Misión cumplida: había repetido aquel viaje por veintiocho años consecutivos cada 16 de agosto a la misma hora, en el mismo cuarto del mismo hotel, con el mismo taxi y la misma florista bajo el sol de fuego del mismo cementerio indigente, para poner un ramo de gladiolos frescos en la tumba de su madre. A partir de ese momento no tenía nada que hacer hasta las nueve de la mañana del día siguiente, cuando salía el transbordador de regreso.

Se llamaba Ana Magdalena Bach, había cumplido cincuenta y dos años de nacida y veintitrés de un matrimonio bien avenido con un hombre que la amaba, y con el cual se casó sin terminar la carrera de letras, todavía virgen y sin noviazgos anteriores. Su padre fue un maestro de música que seguía siendo director del Conservatorio Provincial a los ochenta y dos años, y su madre había sido una célebre maestra de primaria montesoriana que, a pesar de sus méritos, no quiso ser nada más hasta su último aliento.

Ana Magdalena heredó de ella la esbeltez de los ojos amarillos, la virtud de las pocas palabras y la inteligencia para disimular el temple de su carácter. La voluntad de ser enterrada en la isla la había expresado tres días antes de morir. Ana Magdalena quiso acompañarla, desde el primer viaje, pero a nadie le pareció prudente, porque ella misma no creyó que pudiera sobrevivir a su congoja. Al primer aniversario, sin embargo, su padre la llevó a la isla para poner la lápida de mármol que estaban debiéndole a la tumba. La asustó la travesía en una canoa con motor fuera de borda que demoró casi cuatro horas sin un instante de buena mar. Admiró las playas de harina dorada al borde mismo de la selva virgen, el alboroto atronador de los pájaros y el vuelo fantasmal de las garzas en el remanso de la laguna interior. Pero la deprimió la miseria de la aldea, donde tuvieron que dormir a la intemperie en una hamaca colgada entre dos cocoteros, y la cantidad de pescadores negros con el brazo mutilado por la explosión prematura de los tacos de dinamita. Por encima de todo, sin embargo, entendió la voluntad de su madre cuando vio el esplendor del mundo desde la cumbre del cementerio. Fue entonces cuando se impuso el deber de llevarle un ramo de flores todos los años mientras tuviera vida.

Agosto era el mes más caluroso del año y la estación de los aguaceros grandes, pero ella lo entendió como una obligación de su vida privada que debía cumplir sin falta y siempre sola. Fue la única condición que le impuso a su hombre antes de casarse, y él tuvo la inteligencia de admitir que era algo ajeno a su poder.

Así que Ana Magdalena había visto crecer año tras año los acantilados de cristal de los hoteles de turismo, había pasado de las canoas de indios a las lanchas de motor, y de éstas al transbordador, y creía tener motivos para sentirse como el nativo más antiguo de la aldea.

Aquella tarde, cuando volvió al hotel, se tendió en la cama sin más ropas que las bragas de encajes y reanudó la lectura del libro que había empezado durante el viaje. Era el Drácula original de Bram Stoker. Siempre fue una buena lectora. Había leído con rigor lo que más le gustaba, que eran las novelas cortas de cualquier género, como el Lazarillo de Tormes, El viejo y el mar, El extranjero. En los últimos años, al borde de los cincuenta, se había sumergido a fondo en las novelas sobrenaturales.

Drácula le había fascinado desde el principio, pero aquella tarde sucumbió al trueno continuo del ventilador colgado del cielo raso, y se quedó dormida con el libro en el pecho. Despertó dos horas después en las tinieblas, sudando a mares, de mal humor y sorda de hambre.

No era una excepción en su rutina de años. El bar del hotel estaba abierto hasta las diez de la noche, y varias veces había bajado a comer cualquier cosa antes de dormir. Notó que había más clientes que de costumbre a esa hora, y el mesero no le pareció el mismo de antes. Ordenó para no equivocarse un sánduiche de jamón y queso con pan tostado, y café con leche. Mientras se lo llevaban se dio cuenta de que estaba rodeada por los mismos clientes mayores de cuando el hotel era el único, o de escasos recursos, como ella. Una niña mulata cantaba boleros de moda, y el mismo Agustín Romero, ya viejo y ciego, la acompañaba bien y con amor en el mismo piano de media cola de la fiesta inaugural.

Terminó de prisa, abrumada por la humillación de comer sola, pero se sintió bien con la música, que era suave y tierna, y la niña sabía cantar. Cuando volvió en sí sólo quedaban tres parejas en mesas dispersas, y justo frente a ella, un hombre distinto que no había visto entrar. Vestía de lino blanco, como en los tiempos de su padre, con el cabello metálico y el bigote de mosquetero terminado en puntas. Tenía en la mesa una botella de aguardiente y una copa a la mitad, y parecía estar solo en el mundo.

El piano inició el Claro de Luna de Debussy en un buen arreglo para bolero, y la niña mulata la cantó con amor. Conmovida, Ana Magdalena pidió una ginebra con hielo y soda, el único alcohol que se permitía de vez en cuando, y lo sobrellevaba bien. Había aprendido a disfrutarlo a solas con su esposo, un alegre bebedor social que la trataba con la cortesía y la complicidad de un amante secreto.

El mundo cambió desde el primer sorbo. Se sintió bien, pícara, alegre, capaz de todo, y embellecida por la mezcla sagrada de la música con el alcohol. Pensaba que el hombre de la mesa de enfrente no la había mirado, pero cuando ella lo miró por segunda vez después del primer sorbo de ginebra, lo sorprendió mirándola. Él se ruborizó. Ella, en cambio, le sostuvo la mirada mientras él miró el reloj de leontina, lo guardó impaciente, miró hacia la puerta, se sirvió otro vaso, ofuscado, porque ya era consciente de que ella lo miraba sin clemencia. Entonces la miró de frente. Ella le sonrió sin reservas, y él la saludó con una leve inclinación de cabeza. Entonces ella se levantó, fue hasta su mesa y lo asaltó con una estocada de hombre.

—¿Puedo invitarlo a un trago?

El hombre se resquebrajó.

—Sería un honor —dijo.

—Me bastaría con que fuera un placer —dijo ella.

No había terminado cuando ya estaba sentada a la mesa, y sirvió un trago en la copa de él, y otro para ella. Lo hizo con tanta habilidad, y tan buen estilo, que él no acertó a quitarle la botella para impedir que se sirviera ella misma. Salud, dijo ella. Él se puso a tono, y ambos se tomaron la copa de un golpe. Él se atragantó, tosió con sobresaltos de todo el cuerpo y quedó bañado en lágrimas. Sacó el pañuelo intachable con un vaho de agua de lavanda, y la miró a través del llanto. Ambos guardaron un largo silencio hasta que él se secó con el pañuelo y recobró la voz. Ella se atrevió a sentar plaza con una pregunta:

—¿Está seguro que no vendrá nadie?

—No —dijo él sin ninguna lógica—. Era un asunto de negocios, pero ya no llegará.

Ella preguntó con una expresión de incredulidad calculada: ¿Negocios? Él le respondió como hombre para que no le creyera: Ya no estoy para nada más. Y ella, con una vulgaridad que no era suya, pero bien calculada, lo remató:

—Será en su casa.

Siguió pastoreándolo con su tacto fino. Jugó a adivinarle la edad, y se equivocó por un año de más: cuarenta y seis. Jugó a descubrir su país de origen por el acento, pero no acertó en tres tentativas. Probó a adivinar la profesión, pero él se apresuró a decirle que era ingeniero civil, y ella sospechó que era una artimaña para impedir que llegara a la verdad.

Hablaron sobre la audacia de convertir en bolero una pieza sagrada de Debussy, pero él no lo había advertido. Sin duda, se dio cuenta de que ella sabía de música y él no había pasado del Danubio azul. Ella le contó que estaba leyendo Drácula. Él sólo lo había leído de niño en una versión infantil, y seguía impresionado con la idea de que el conde desembarcara en Londres transformado en perro. En el segundo trago ella sintió que el aguardiente se había encontrado con la ginebra en alguna parte de su corazón, y tuvo que concentrarse para no perder la cabeza. La música se acabó a las once, y sólo esperaban que ellos se fueran para cerrar.

A esa hora ella lo conocía ya como si hubiera vivido con él desde siempre. Sabía que era aseado, impecable en el vestir, con unas manos mudas agravadas por el esmalte natural de las uñas. Se dio cuenta de que estaba cohibido por los grandes ojos amarillos que ella no apartó de los suyos, y que era un hombre bueno y cobarde. Se sintió con el dominio suficiente para dar el paso que no se le había ocurrido ni en sueños en toda su vida, y lo dio sin misterios:

—¿Subimos?

Él dijo con una humildad ambigua:

—No vivo aquí.

Pero ella no esperó siquiera que terminara de decirlo. Se levantó, sacudió apenas la cabeza para dominar el alcohol, y sus ojos radiantes resplandecieron.

—Yo subo primero mientras usted paga, le dijo. Segundo piso, número 203, a la derecha de la escalera. No toque, empuje nada más.

Subió a la habitación arrastrada por un dulce desasosiego que no había vuelto a sentir desde su última noche de virgen. Encendió el ventilador del techo, pero no la luz; se desnudó en la oscuridad sin detenerse, y dejó el reguero de ropa en el suelo desde la puerta hasta el baño. Cuando encendió la lámpara del tocador tuvo que cerrar los ojos y aspirar hondo con un esfuerzo para regular la respiración y controlar el temblor de las manos. Se lavó a toda prisa: el sexo, las axilas, los dedos de los pies macerados por el caucho de los zapatos, pues, a pesar de los terribles sudores de la tarde, no había pensado bañarse hasta la hora de dormir. Sin tiempo de cepillarse los dientes, se puso en la lengua una pizca de pasta dentífrica, y volvió al cuarto, iluminado apenas por la luz oblicua del tocador.

No esperó a que su invitado empujara la puerta, sino que la abrió desde dentro cuando lo sintió llegar. Él se asustó: ¡Ay, mi madre! Pero ella no le dio tiempo de más en la oscuridad. Le quitó la chaqueta a zarpazos enérgicos, le quitó la corbata, la camisa, y fue tirando todo en el suelo por encima de su hombro. A medida que lo hacía, el aire se iba impregnando de un fuerte olor de agua de lavanda. Él trató de ayudarla al principio, pero ella se lo impidió con su audacia y su autoridad. Cuando lo tuvo desnudo hasta la cintura, lo sentó en la cama y se arrodilló para quitarle los zapatos y las medias. Él se soltó al mismo tiempo la hebilla del cinturón de modo que a ella le bastó con jalar los pantalones para quitárselos, sin que ninguno de los dos se preocupara por el reguero de llaves y el puñado de billetes y monedas que cayeron en el suelo. Por último, lo ayudó a sacarse el calzoncillo a lo largo de las piernas, y se dio cuenta de que no era tan bien servido como su esposo, que era el único que ella conocía, pero estaba sereno y enarbolado.

No le dejó ninguna iniciativa. Se acaballó sobre él hasta el alma y lo devoró para ella y sin pensar en él, hasta que ambos quedaron exhaustos en un caldo de sudor. Permaneció encima, luchando a solas contra las primeras dudas de su conciencia bajo el chorro caliente y el ruido sofocante del ventilador, hasta que se dio cuenta de que él no respiraba bien, abierto en cruz bajo el peso de su cuerpo. Entonces descabalgó y se tendió bocarriba a su lado. Él permaneció inmóvil hasta que pudo preguntar con el primer aliento:

—¿Por qué yo?

—Me pareció muy hombre —dijo ella.

—Viniendo de una mujer como usted —dijo él— es un honor.

—Ah —bromeó ella—. ¿No fue un placer?

Él no contestó y ambos yacieron pendientes de los ruidos de la noche. El cuarto era sedante en la penumbra de la laguna. Se oyó un aleteo cercano. Él preguntó: ¿Qué es eso? Ella le habló de los hábitos de las garzas en la noche. Al cabo de una hora larga de susurros banales, ella empezó a explorar con los dedos, muy despacio, desde el pecho hasta el bajo vientre. Lo exploró después con el tacto de sus pies a lo largo de las piernas, y comprobó que todo él estaba cubierto por un vello rizado y tierno que le recordó la hierba en abril. Luego empezó a provocarlo con besos tiernos en las orejas y en el cuello, y se besaron por primera vez en los labios. Entonces él se le reveló como un amante exquisito que la elevó sin prisa hasta el más alto grado de ebullición. Ella se sorprendió de que unas manos tan primarias fueran capaces de tanta ternura. Pero cuando él trató de inducirla al modo convencional del misionero, ella se resistió, temerosa de que se estropeara el prodigio de la primera vez. Sin embargo, él se le impuso con firmeza, la manejó a su gusto y manera, y la hizo feliz.

Habían dado las dos cuando la despertó un trueno que sacudió los estribos de la casa, y el viento forzó el pestillo de la ventana. Se apresuró a cerrarla, y en el mediodía instantáneo de otro relámpago vio la laguna encrespada, y a través de la lluvia vio la luna inmensa en el horizonte y las garzas azules aleteando sin aire en la borrasca.

De regreso a la cama se le enredaron los pies en la ropa de ambos. Dejó la suya en el suelo para recogerla después, y colgó la chaqueta de él en la silla, colgó encima la camisa y la corbata, dobló los pantalones con cuidado para no arrugarles la línea, y le puso encima las llaves, la navaja y el dinero que se le habían caído de los bolsillos. El aire del cuarto se refrescaba por la tormenta, así que se puso el camisón rosado de una seda tan pura que le erizó la piel. El hombre, dormido de costado y con las piernas encogidas, le pareció un huérfano enorme, y no pudo resistir una ráfaga de compasión. Se acostó a sus espaldas, lo abrazó por la cintura, y el vaho amoniacal de su cuerpo ensopado de sudor le llegó al alma. Él soltó un resuello áspero y empezó a roncar. Ella se adurmió apenas, y despertó en el vacío del ventilador eléctrico cuando se fue la luz y el cuarto quedó en la fosforescencia verde de la laguna. Él roncaba entonces con un silbido continuo. Ella empezó a teclear en sus espaldas con la punta de los dedos por simple travesura. Él dejó de roncar con un sobresalto abrupto y su animal exhausto empezó a revivir. Ella lo abandonó por un instante y se quitó de un tirón la camisa de noche. Pero cuando volvió a él fueron inútiles sus artes, pues se dio cuenta de que se hacía el dormido para no arriesgarse por tercera vez. Así que se apartó hasta el otro lado de la cama, volvió a ponerse la camisa y se durmió a fondo de espaldas al mundo.

Su horario natural la despertó al amanecer. Yació un instante divagando con los ojos cerrados, sin atreverse a admitir el latido de dolor de sus sienes ni el mal sabor de cobre en la boca, por el desasosiego de que algo ignoto la esperaba en la vida real. Por el ruido del ventilador se dio cuenta de que había vuelto la luz y la alcoba era ya visible por el alba de la laguna.

De pronto, como el rayo de la muerte, la fulminó la conciencia brutal de que había fornicado y dormido por la primera vez en su vida con un hombre que no era el suyo. Se volvió a mirarlo asustada por encima del hombro, y no estaba. Tampoco estaba en el baño. Encendió las luces generales y vio que no estaba la ropa de él, y en cambio la suya, que había tirado por el suelo, estaba doblada y puesta casi con amor en la silla. Hasta entonces no se había dado cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera el nombre, y lo único que le quedaba de su noche loca era un tenue olor de lavanda en el aire purificado por la borrasca. Sólo cuando cogió el libro de la mesa de noche para guardarlo en el maletín se dio cuenta de que él le había dejado entre sus páginas de horror un billete de a veinte dólares.

http://www.letralia.com/67/an02-067.htm
 
José Antonio Galván Pastrana
Colonia Modera CDMX
17 de abril de 2016
 

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