martes, 27 de noviembre de 2018

Siete lustros sin Jorge

 

Letras en marcha (texto en construcción)
 
No me gusta escribir ni “de repente” ni “se me ocurre”, pero esta vez de repente se me ocurrió. Acabé de desayunar en Los Girasoles, en la Plaza Tolsá de la Ciudad de México y al escribir una entrada para mi muro de Facebook, leí algo que dijo el escritor y exfutbolista Jorge Valdano sobre la muerte de Eduardo Galeano: “cuando se fue me entró, como dice Sabina, una nostalgia por lo que nunca jamás sucedió”.
Llegó a mi mente una idea: hacer un texto, relato, historia… sobre los autores que leí mientras ellos estaban vivos, y cuál fue mi reacción, pensamiento, situación, reflexión… al saber que habían muerto.
Me di a la tarea de buscar con la ayuda del señor Google, que es un detective efectivo y solidario, y de la señorita Wikipedia, que tiene un memoria excepcional y que dice todo lo que sabe, las fechas de fallecimiento de escritores, poetas, ensayistas, cronistas, divulgadores, periodistas, que influyeron en mi formación como lector esporádico o cotidiano. Esporádico porque de ellos leía novelas o libros de cuentos, ensayos o poemas. Cotidiano, porque me acercaba a sus columnas o artículos en los diarios o revistas para los que trabajaban.
Así es que la experiencia fue rica en búsquedas. Primero en mi memoria para sacar del archivo a esos personajes. Algunos estaban a flor de piel, pero otros hubo que buscarlos en el recuerdo de largo plazo. Poco a poco fueron llegando, uno traía a otro. Aunque estoy consciente, como en todo recuento, que más de uno puede quedar fuera.
 
Jorge Ibargüengoitia murió trágicamente el domingo 27 de noviembre de 1983, en el aeropuerto de Barajas (Madrid, España). Asistía a un encuentro de escritores y el avión en el que viajaba se estrelló al aterrizar. Junto con él murieron Manuel Scorza, escritor peruano de quien había leído Redoble por Rancas y el crítico uruguayo Ángel Rama, de quien leía las críticas que publicaba en el suplemento Sábado del periódico Unomásuno.
En 1980 el maestro Francisco Blanco, que impartía Teoría Social en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, nos recomendó leer (no como parte de la clase sino lectura en vacaciones) Dos crímenes, de Jorge Ibargüengoitia, Redoble por Rancas, de Manuel Scorza y El evangelio de Lucas Gavilán, de Vicente Leñero. Yo le hice caso y leí la del primero. Fue una de las primeras novelas que recorrí con fruición y no sólo eso: me abrió la puerta para interesarme por la obra periodística y literaria de Ibargüengoitia. Después de esa novela leí Las muertas, Maten al León, Los relámpagos de agosto, Estas ruinas que ves, Los pasos de López, De viaje en la América ignota, La ley de Herodes, Sálvese quien pueda. Según mi memoria esos libros los leí antes de la muerte de JI, pero puedo estar equivocado y alguno de ellos pude haberlo leído después.
Cuando el 28 de noviembre de 1983, en su noticiero nocturno, Jacobo Zabludovsky informó que algunos escritores latinoamericanos que se dirigían al Encuentro Hispanoamericano de Cultura en Madrid habían perecido en un accidente aéreo, mencionó en primer lugar a Jorge Ibargüengoitia. Entonces me invadió una nube de tristeza porque seguramente muchas otras historias nos pudo haber regalado su pluma creativa, antisolemne, sorprendente, humorística.
Tiempo después fueron publicadas las recopilaciones de sus artículos que aparecieron semanalmente en el Excélsior (entre 1968 y 1976) y, luego mensualmente, en la revista Vuelta (de 1976 a 1983): Autopsias rápidas, Instrucciones para vivir en México, La casa de usted y otros viajes, Misterios de la vida diaria, Ideas en venta y ¿Olvida usted su equipaje? De igual manera, se publicó una recopilación de su faceta como dramaturgo.
A pesar de los años transcurridos desde su muerte, Ibargüengoitia sigue siendo frecuentado por sus viejos lectores, como este amanuense, y descubierto por jóvenes que se acercan por primera vez a sus novelas, sus obras de teatro o sus artículos.
 
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Del libro Autopsias rápidas (México, Ed. Vuelta, 1988. pp. 225-227) retomamos este artículo que guarda secretos sobre el destino fatal de su autor.
 
El fuego y la sangre fría
Uno de los documentos fundamentales en mi desarrollo emocional fue el horóscopo que calculó hace cuarenta años un compañero de oficina de mi tía Emma, que era astrólogo en sus ratos de ocio. Después de hacer los cálculos escribió los resultados minuciosamente, a renglón seguido en un papel oficial. Por ser yo acuario nacido en domingo, a las doce del día en tal y tal fecha —decía la única parte que se me quedó grabada— estaba destinado a tener problemas con el agua y el fuego.
Aparte de que durante años viví obsesionado con el peligro que corría ante esos elementos, el horóscopo en sí pereció víctima de uno de ellos —en el calentador de agua— pero a mí todavía no se me olvida la predicción y de vez en cuando me pregunto si no estoy destinado a acabar mis días en una Coconut Grove del futuro [Coconut Grove: salón de baile donde murieron achicharradas cientos de parejas que bailaban alegremente big apple].
Mis experiencias con el agua no han sido hasta la fecha atroces. En realidad, las peores no han sido por abundancia sino por carencia. A este respecto puede consultarse mi bibliografía sobre plomeros.
En cambio, el fuego, son llegar a ser catastrófico —estoy tocando madera—, ha sido un tema recurrente.
El primer incendio que hubo en mi casa ocurrió unos cuantos meses después de confeccionado el horóscopo. Yo era un niño de ocho años que estaba jugando con sus soldaditos, cuando de repente el chofer de la casa de junto empezó a golpear la ventada como si quisiera romperla. Cuando abrimos para reclamarle nos anunció que nuestra casa se estaba incendiando. Debo advertir que la incredulidad ante el incendio es un tema persistente en mi vida como el incendio mismo. Mientras mi tía Emma, que estaba a punto de irse a misa con sombrero y guantes, iba a investigar si era cierto que había incendio, mi abuela se puso a rezar una oración especial para el caso y yo fui a pararme afuera de la puerta del baño, donde mi madre estaba tomando uno de tina.
—Mamá, se está quemando la casa.
Su respuesta todavía me asombra, por la lógica.
—Bueno, pues que llamen a los bomberos.
En ese momento mi tía Emma entró triunfal por el pasillo con los guantes carbonizados y una estela de criadas admiradas. Ella sola había arrancado cortinas en llamas y brincado sobre ellas. Cuando el chofer que había dado la alarma preguntó cómo nos había ido de incendio, ella contestó, entre el humo, que no había pasado nada.
Otro momento culminante ocurrió diez años después, la primera vez que estuve en Francia. Íbamos repleto de niños franceses vestidos de boy scouts, cuando notamos que la gente que estaba en las tabernas que había a orillas de la carretera se nos quedaba mirando como si tuviéramos animales en la cara. Era que el camión se estaba incendiando. Cuando las llamas empezaron a lamer el parabrisas, el chofer detuvo el vehículo y gritó en francés alque que debe haber sido “sálvese quien pueda”. Las escenas que siguieron fueron completamente ridículas. Los niños se dieron trompadas para llegar antes a la puerta, los maestro-scouts perdieron la serenidad y brincaron por las ventanas, hubo dos descalabrados, etc. Cuando el chofer logró apagar el fuego con el extintor, arriba del camión sólo quedamos dos, otro mexicano y yo, que no habíamos logrado ponernos de acuerdo en si sería mejor bajarse cada quien con su mochila o bajarse uno primero y el otro quedarse arriba para pasar las mochilas por la ventana. Gracias a que el incendio se apagó, quedamos como héroes, después de portarnos como idiotas.
El último incendio del que hay que informar hasta el momento —y sigo tocando madera— empezó como celebración de aniversario de bodas. Íbamos a cenar camarones a la borgoñona. Pusimos a calentar sobre la estufa un sartén de cobre lleno de aceite y nos fuimos a la sala a platicar. Nos dimos cuenta de que algo raro estaba pasando cuando empezaron a vibrar las vidrieras. Cuando entramaos a la cocina el sartén se había convertido en una lámpara de Aladino a lo bestia, el yeso del techo empezó a caerse en pedazos, las cortinas de cabeza de indio y cochambre ardían como yesca. Otra vez la serenidad se apoderó de mí. Me quedé en el incendio hasta que de un soplo como de Eolo apagué la última llama. Mi mujer dice que me porté como Steve McQueen.
 
José Antonio Galván Pastrana
Alcaldía Gustavo A. Madero
27 de noviembre de 2018
#LaLecturaNosHaceLibresyFelices
 

sábado, 11 de agosto de 2018

Alma Delia Murillo, El niño que fuimos




Del 18 de julio al 5 de agosto de 2018 leí la segunda novela de Alma Delia Murillo: El niño que fuimos (México, Alfaguara, 2018. pp. 302). Me enteré de esta novela en La Tertulia, un programa radiofónico que se transmite los domingos de 8:00 a 9:00 de la mañana en Radio Red FM (92.1 de la Ciudad de México). La entrevista que Mayra González y Jorge Alberto Gudiño, los conductores, tuvieron con Alma Delia, despertó mi interés por leer esta novela.

En verdad fue una experiencia gozosa y entretenida: cuando la historia parecía acabarse o perderse, la autora introducía una nueva situación, un nuevo conflicto, que rescataba no sólo esa parte de la historia sino a la novela misma.

A la usanza de Arístides Lombardero, personaje de @eduardosacheri en La noche de la Usina, les dejo algunas pistas de esta historia:

·           Dos niños y una niña se encuentran en un internado.
·           Uno ha perdido a sus padres; otro está a punto de perder a su madre; otro, dadas las carencias familiares y los muchos hijos, ha sido enviado a ese colegio.
·           Este trío genera algo más que un pacto de amistad pasajera.
·           Una biblioteca como lugar de encuentro y descubrimiento.
·           Un trapo se convierte en cómplice y compañero.
·           Travesuras y buling acompañan a los adolescentes.
·           Prácticas iniciáticas de adolescentes.
·           La prostitución como forma de sobrevivencia.
·           Un intento de suicidio une al trío y otro (viral) los vuelve a reunir.
·           La mediación de las redes sociodigitales.
·           Un triángulo amoroso encubierto.
·           Rasgos de fetichismo.
·           Un viaje por algunos sitios de la Ciudad de México.
·           Una mujer tocada por la infidelidad.
·           Dos amigos solidarios.
·           Un político en apuros.
·           Un diseñador de zapatos, un arquitecto y una actriz.
·           Una historia narrada por una voz inesperada.

Sin duda, una recomendable novela salpicada de actualidad. Y más que eso, de las vivencias de tres personajes que no sólo se apoderan de la historia sino del corazón del lector.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Narvarte, CDMX
10 de agosto de 2018
#LaLecturaNosHaceLibresyFelices



jueves, 19 de julio de 2018

Laura Restrepo. Los Divinos





Se encuentra ya en la mesa de novedades de las librerías la más reciente novela de la colombiana Laura Restrepo, Los Divinos (México, Alfaguara, 2018. 248 páginas). En la mesa de la Gandhi Madero la descubrí el pasado 30 de junio. La leí como parte de mis vacaciones veraniegas del 12 al 17 de julio.

La autora tiene una tendencia natural para abordar historias truculentas, con personajes situados en los límites, lo que nos lleva como lectores a tratar de hurgar en las razones de la actuación extrema de los protagonistas. Así nos sucedió con Delirio, La isla de la pasión, Leopardo al sol, Dulce compañía, La novia oscura, La multitud errante, Demasiados héroes, Hot sur y Pecado, sus novelas anteriores.

Los Divinos es una historia contada en seis tiempos (capítulos). En cada uno de ellos se recrea a uno de los personajes. Los capítulos que atrapan más la atención son el uno y el cuatro. En el primero se presenta al Muñeco, protagonista que sirve de eje a la novela en su conjunto. En el cuarto, a La Niña, que se convierte en la víctima a partir de la cual se confrontan los sentimientos de amistad, de lealtad, de justicia, de reflexión, de ira…

Para muchos de nosotros, la escuela fue el lugar ideal para hacer amigos, mismos que nos acompañarán a los largo de los años, que compartirán nuestras alegrías y penas, que participarán de nuestras aventuras, aficiones, sueños y proyectos. Eso también sucede en Los Divinos. Se trata de un quinteto de compañeros bogotanos, de clase alta, que coinciden en el Liceo Quevedo. Una escuela para varones donde ellos sellan sus pactos de amistad. Lugar al que volverán continuamente para contarse la vida o planear nuevos acontecimientos extremos. Los cinco se autodenominan los Tutti Frutti: “[…] nuestra hermandad, la tenemos desde que somos compañeros de escuela y eternamente pelaos, chinos todavía pese a los años, ya superando la treintena y enfilando rapidito hacia lentos y blandos” (p. 18). El contenido de la novela nos lleva, como lectores, a recordar otras que han tenido a la escuela como punto de encuentro. Recordé Los Cachorros y La ciudad y los perros, de Vargas Llosa.

No sabemos los nombres de pila de los personajes, pero su apodo más famoso le da nombre a cinco de los seis capítulos: 1. Muñeco (alias Kent, Kento, Mi-lindo, Dolly-boy, Chucky). 2. El Duque (alias Nobleza, Dux, Kilberggan). 3. Tarabeo (alias Táraz, Taras Bulba, Dino-Rex, Rexona). 5. El Píldora (alias Pildo, Piludo, Piluli, Dora, Dorila, Gorila) y 6. (Hobbit (alias Hobbo, Bitto, Bobbi, Job). El 4, como ya quedó dicho, corresponde a La Niña.

El narrador de toda la historia es Hobbit. Él es un modesto traductor e intérprete. Vive solo pero enamorado de Alicia (Malicia, le llama), quien a su vez es novia del Duque. Por ello está prohibida para Hobbit. Ella desempeñará un papel muy importante en la historia. Como lector considero que bien habría valido la pena incluir un capítulo que se titulara “Malicia (Alicia)” para tener una explicación más amplia de la naturaleza de este personaje.

El Muñeco es un ser misterioso, huidizo, triunfador, desenfadado, patán. En la madrugada les habla por teléfono a sus amigos y les dice: “Los monicongos son dos y el más chiquitico se parece a vos”, y cuelga. Esa frase se usará a lo largo de la historia con algunas variantes y nos irá anticipando las acciones que vendrán y su funesto desenlace. “Dicharachero y afectuoso ese Muñeco, eso sí, pero también matón, patotero, putañero, atrabiliario, llevado por sus furietas. Pero cariñoso, valga la verdad, buena gente a ratos y amoroso él, o como se dice: tan querido ese Muñeco” (p. 17).

Conforme los amigos fueron creciendo —que no madurando— descubrieron, sobre todo el Muñeco y Tarabeo, su facilidad para conquistar mujeres. Los dos eran hombres bien parecidos y atléticos, que fácilmente se ganaban el cariño femenino y la envidia masculina. “Los llamaban los Divinos y resultaban irresistibles cuando se paseaban juntos como dos pavos reales bajo los magnolios del campus” (p. 39). A lo largo de la historia hay momentos en los que estos personajes dispensan un maltrato a las mujeres. Quizá por eso se diga que esta novela es una “perturbadora puesta en escena contra el feminicidio” (contraportada), aunque yo no me atrevería a llevarla hasta esas fronteras.

Cada año los Tutti Fruttis se van a la finca del Duque “Príncipe burgués que paga el estilacho con money de papi, el Duque es legítimo heredero de otras varias haciendas en tierra fría, las productivas, que llama, donde cría ganado de carne y mantiene hato lechero, más cultivos de vainas alimenticias, trigo, cebada y así” (p. 52) para celebrar el “paseo del póker”, donde dan rienda suelta a sus anécdotas, remembranzas, y que siempre terminan con una terrible cruda los cinco días que dura el paseo.

El narrador dice de Tarabeo: “[…] impone su porte y su presencia. Todo lo sabe, y lo que no sabe lo inventa. Distinguido pillo de cuello blanco, a punta de trapisondas ha hecho millones que luego triplica en el mercado negro. Pero con sexapil y estilacho, y por todo lo alto” (p.57).

Del Píldora señala que es un tipo normal, el que lleva la memoria del grupo, el que siempre está dispuesto a agradar a sus amigos. Siempre atento y servicial. Le decían el Píldora porque él “[…] contrabandeaba del negocio de su mami los fármacos que tragábamos a manotadas para echar a volar: más simpáticos que nunca, locuaces como loros, entradores con las nenas, tolerantes con el género humano, orgullosos de nosotros mismos, alucinados” (p. 179). Seguidor y defensor a ultranza del poeta José Asunción Silva.

Hobbit, el narrador, es el eterno enamorado de Alicia (aunque él mismo reconoce que quizá ello sea una tapadera, insinúa su homosexualidad), sólo que se decepciona de ella cuando sabe que engaña al Duque con Tarabeo. Una puñalada que se clava en el corazón del Hobbit. Hombre solitario desde la infancia, reconstruye su relación son su madre: “[…] mi madre y yo nunca hemos sido propiamente uña y mugre, o tal vez sí, no sé, tal vez durante mis primeros años de vida, eso no lo recuerdo. Pero a raíz de la separación de mi padre, ella tomó la decisión —valiente, supongo— de vivir la vida como una mujer libre para gozar de su grupo de amigas, de su trabajo y su bridge, y eventualmente algún novio, o sea sacándole el jugo a toda la energía que aún llevaba por dentro. Y un par de hijos pequeños, tan extraños y huraños como yo y mi hermana Eugenia, no éramos piezas que encajaran en sus planes” (p. 239).

La Niña es la víctima de esta historia. Algo pasó en la mente del Muñeco que poco a poco se fue llenando de ideas oscuras “[…] nada marca tanto al hombre como el momento en que descubre cuál es su verdadera perversión” (p. 88). El Muñeco cometerá un infanticidio en contra de la Niña a quien el Hobbit no quiere ni siquiera mencionar por su nombre. Al hacerlo marcará no sólo su vida sino la de sus amigos, quienes de una u otra manera se verán involucrados y serán los monicongos anunciados por el Muñeco. La Niña, arrebatada de su humilde casa, secuestrada en la calle mientras jugaba con sus primos y sus vecinos, por mucho tiempo observada y seguida por el Muñeco. Su inmolación desatará la ira de los pobres, un clamor de justicia, la sed de venganza contra el plagiario-monstruo-asesino.

Los Divinos se inspiró en un suceso real en Colombia que marcó el corazón de la sociedad bogotana, pero el desvelo no es exclusivo de esa nación: abuso de menores, especialmente de niñas, que se extiende por todos los confines del mundo. Ni las sociedades más avanzadas están exentas de la atrocidad.

Laura Restrepo ha generado una ficción. Se ha valido de cinco hombres surgidos de su imaginación para explicar literariamente los hilos que se fueron uniendo para tratar de reconstruir y entender un delito. Cabe resaltar, por último, el desparpajo con el que la autora maneja el lenguaje y el ambiente de las complicidades masculinas: las pajas individuales o colectivas, los diálogos, las prácticas festivas, los consumos comunitarios de alcohol o psicotrópicos… Pero más allá de eso, nos regala una historia provocadora cuyo desenlace es tal gracias a la acción de una mujer.

“Los monicongos son cinco, y el más chiquitico se mata de un brinco.
“Los monicongos son cuatro, y al más chiquitico lo entierro y lo tapo” (p. 216).

#LaLecturaNosHaceLibresyFelices.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna, CDMX
19 de julio de 2018








sábado, 28 de abril de 2018

Jorge Volpi. Una novela criminal





El 1 de febrero pasado, la editorial Alfaguara anunció al ganador de su Premio de Novela 2018. En esta ocasión el galardonado fue el escritor mexicano Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) con su obra Una novela criminal.

Alfaguara informó que el libro estaría a la venta a mediados de marzo. Por eso el amanuense se mantuvo muy atento a las novedades en las librerías. En distintas ocasiones habló al teléfono de la Gandhi para preguntar si el bebé-libro ya había llegado al mundo profano de los lectores, pero la respuesta fue siempre negativa. El único disponible era la versión digital.

La mañana del jueves 22 de marzo el amanuense lo vio por primera vez en la librería Porrúa de Parque Lindavista. Entonces le inundó una especie de felicidad. Tomó un ejemplar en sus manos y en silencio lo llevó a su pecho y lo besó. Por fin había llegado. Formaba parte de unas pilas de gran tamaño a la espera de sus compradores.

Esa misma tarde comenzó la aventura lectora, misma que concluyó el viernes 13 de abril en la clínica Narvarte del ISSSTE, mientras esperaba pasar con su médico familiar.

Una novela criminal fue el repaso literario de una historia escuchada y vista desde hacía muchos años: la actuación de un grupo de secuestradores comandados por un tal Israel Vallarta y su novia francesa, Florence Cassez.

Para este separador, el amanuense recurre a las lecciones dictadas por ese personaje entrañable Arístides Lombardero, surgido de la imaginación y la pluma de Eduardo Sacheri en su novela La noche de la Usina (Premio Alfaguara 2016).

Si Lombardero tuviera que dar las claves de esta historia, diría:

·      Una joven secuestrada el 31 de agosto de 2005 y liberada unos días después.
·      Un volvo blanco que cambiará de color.
·      Una denuncia atendida por la PGR.
·      Una casualidad poco creíble para ubicar a los secuestradores.
·      Una aprehensión realizada el 8 de diciembre de 2005.
·      Un montaje transmitido el 9 de diciembre de 2005 en los noticieros matutinos de Televisa y TV Azteca.
·      Un empresario judío que parece tomar venganza.
·      Un rancho usado como casa de seguridad.
·      Un ingeniero director de la AFI que luego será secretario de Seguridad Pública.
·      Una familia que conforma una banda de secuestradores.
·      Unos secuestradores descuidados.
·      Unas torturas documentadas.
·      Un expediente judicial plagado de inconsistencias y contradicciones.
·      Un carteo entre presidentes.
·      Un presidente francés que visita México y presiona a su homólogo mexicano.
·      Un presidente mexicano que muestra y demuestra su enojo.
·      Un Año de México en Francia, cancelado.
·      Una ministra astuta.
·      Una decisión dividida en la Corte.
·      Una francesa liberada.
·      Un debido proceso vulnerado.
·      Una posverdad cargada de mentiras (¿posmentiras?)
·      Un presunto secuestrador (con nombre de país y apellido de puerto) que a más de una década de reclusión en un Cefereso de alta seguridad no ha recibido sentencia penal de primera instancia.
·      Un escritor que se convierte en narrador omnisciente, entrevistador, reportero, relator, lector, literato… que entrega a sus lectores, letra a letra, una novela de no ficción.

Al escanear con los ojos Una novela criminal, el leedor convertido en amanuense no puede olvidar otras obras de «no ficción»: A sangre fría, de Truman Capote; Los periodistas y Asesinato, de Vicente Leñero; Noticia de un secuestro, de Gabriel García Márquez; Cabeza de turco, de Günter Wallraff… Asunto por demás polémico pues pareciera que la literatura sólo se sustenta en un acto de imaginación (ficción), y que la «no ficción» corresponde al periodismo o a la historia.

A lo largo de su obra, Volpi va guiando los avances del leedor, lo previene a cada rato para que no olvide algún dato relevante o la acción de un personaje. En muchos momentos toma partido por una causa (lo que no sucede con Capote, por ejemplo) y se indigna por el trato inhumano y contrario a sus derechos que reciben los presuntos secuestradores.

En la página 11 de Una novela criminal, su autor escribe una advertencia: «Lector, estás por adentrarte en una novela documental o novela sin ficción. Ello significa que, si bien he intentado conferirle una forma literaria al caos de la realidad, todo lo que aquí se cuenta se basa en el expediente de la causa criminal contra Israel Vallarta y Florence Cassez, en investigaciones periodísticas previas o en las declaraciones y entrevistas concedidas por los protagonistas del caso. Si bien me esforcé por contrastar y confirmar los testimonios contradictorios, muchas veces no me quedó otra salida que decantarme por la versión que juzgué más verosímil. Para llenar los incontables vacíos y lagunas, en ocasiones me arriesgué a conjeturar —a imaginar— escenas o situaciones que carecen de sustento en documentos, pruebas o testimonios oficiales: cuando así ocurre, lo asiento de manera explícita para evitar que una ficción elaborada por mí pudiera ser confundida con las ficciones tramadas por las autoridades». La realidad siempre supera a la ficción.

Fuente:

Jorge Volpi (2018) Una novela criminal. México, Alfaguara, pp. 493.

#LaLecturaNosHaceLibresyFelices

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna, CDMX
28 de abril de 2018.


domingo, 16 de julio de 2017

Mario Bellatin, Carta sobre los ciegos para uso de los que ven




Una noche dominical lo encontré en la mesa novedades de la librería Rosario Castellanos. Lo primero que llamó mi atención fue su largo y contradictorio título: un escrito sobre los ciegos destinado a los que ven. Tomé un ejemplar y me llevé una segunda sorpresa: se trata de un libro muy delgado, apenas 90 páginas. El sábado siguiente, el libro más reciente de Mario Bellatin: Carta sobre los ciegos para uso de los que ven (Alfaguara, 2017) ya estaba sobre mi buró esperando que lo empezara a leer.

A diferencia de lo que casi siempre me sucede cuando empiezo un libro, en esta ocasión no sentí eso que Daniel Pennac llama bovarismo:

El bovarismo es esa satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones: la imaginación se inflama, los nervios vibran, el corazón se acelera, la adrenalina salta, la identificación opera en todas direcciones, y el cerebro confunde (por un momento) el gato de lo cotidiano con la liebre de lo novelesco…

Las primeras líneas de Carta sobre los ciegos… tendieron la oscuridad que me acompañó durante toda la travesía: «Habitamos, Isaías, en la Colonia de los Alienados Etchepare. Ahí mismo donde los recluidos convivimos con jaurías de perros salvajes imposibles de erradicar.» Esas 23 palabras son el relato recurrente y reiterativo de esta obra. De manera previa el editor nos da la primera señal de alarma: «En la tradición japonesa existe un tipo de relato denominado Moroa Monogatari. Se trata de textos cuyos protagonistas son siempre discapacitados. Este tipo de narración se puso de moda en la isla tras los sucesos de Hiroshima».

Las otras señales se van desgajando poco a poco en el desarrollo de la novela. Los protagonistas: Ella, una narradora anónima, mujer ciega que, además, por un tiempo fue sorda. Sólo que recuperó parte de su audición gracias a un implante cloquear. Isaías, hermano de la narradora. Él sí es ciego y sordo. Su única percepción del mundo es lo que le cuenta su hermana, vía un equipo electrónico. Las acciones se desarrollan, como ya quedó anotado, en la Colonia de los Alienados Etchepare.

La historia arranca cuando a la Colonia llega un maestro-escritor, con el propósito de que los habitantes aprendan a redactar y sean capaces de escribir sus propios libros. Pero el maestro, a decir de la narradora, es un escritor fracasado incapaz de enseñar a escribir a los ciegos. Un ser egocentrista que lo único que hace, en un primer momento, es contar su propia historia, luego se empeña en enseñar cine y fotografía ¡a los ciegos!

La narradora y su hermano, Isaías, fueron dejados en la Colonia por su madre. Ese abandono es el causante de todos los traumas de Isaías, quien rechaza que su hermana le “hable” de su madre.

El relato se vuelve reiterativo, monótono. A pesar de su brevedad, el lector debe hacer un esfuerzo considerable para terminar la obra. A cada rato escuchaba la voz de Pennac respecto de que uno de los derechos del lector es dejar los libros inconclusos:

Hay treinta y seis mil razones para abandonar una novela antes del final: la sensación de que ya la hemos leído, una historia que no nos agarra, nuestra desaprobación total de las tesis del autor, un estilo que nos eriza el cabello, o por el contrario una ausencia de escritura a la que ninguna otra razón compensa para que justifique ir más lejos… Inútil enumerar las otras 35,995, entre las cuales sin embargo hay que colocar una caries dental, las persecuciones de nuestro jefe de departamento o un cataclismo del corazón que petrifica nuestra cabeza.

Pero el lector se arma de valor y continúa. Entonces aparecen ante sus ojos otros posibles supuestos sobre la “verdad” de la historia: la narradora e Isaías no son hermanos: ella lo encontró como parte de los habitantes de la Colonia, y, gracias a su generosidad y a su sentido altamente solidario lo “adoptó” como si en verdad fuera su hermano. La narradora no es una mujer, es un hombre y tiene sesiones de sexo homosexual con Isaías. Las acciones no se llevan a cabo en la Colonia sino en un buque, en el que la hermana-narradora debe cumplir con las tareas más pesadas a fin de que ella e Isaías puedan continuar en el barco…

Sea como fuere, Carta sobre los ciegos para uso de los que ven nos permite involucrarnos en el mundo oscuro de los que no ven. La magia se completa porque gracias a la lectura (que requiere de la vista) habitamos ese cuerpo ciego y sordo de Isaías y escuchamos las palabras de la narradora, que nos transmite en la voz alta de la lectura silenciosa lo que a Isaías le cuenta a través de un teclado. Experimento narrativo más que complejo que nos regala Mario Bellatin.

Fuentes:
Bellatin, Mario (2017) Carta sobre los ciegos para uso de los que ven. México, Alfaguara, pp. 90.
Pennac, Daniel (2001) Como una novela. Barcelona, Anagrama, pp. 156.

La lectura nos hace libres y felices

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna, CDMX
16 de julio de 2017

 

martes, 30 de mayo de 2017

Cien años de soledad, cinco décadas

 




La tarde-noche del martes 30 de mayo de 1967, en los talleres de la Editorial Sudamericana en Buenos Aires, Argentina, se terminó la impresión de los primeros ocho mil ejemplares de la más sorprendente novela de Gabriel García Márquez: Cien años de soledad.

Esos ejemplares fueron puestos a la venta el lunes 5 de junio de ese año y en tan solo dos semanas el tiraje se había agotado. Así es que la editorial debió imprimir con la mayor rapidez otros diez mil ejemplares, al tiempo que otras empresas editoras buscaban afanosamente conseguir los derechos para traducir la obra a cuantos idiomas fuera posible.

Cinco décadas después son muchas las conclusiones a las que se puede llegar sobre esta peculiar historia, aquí sólo anotamos algunas:

·     Al autor, un desconocido hasta entonces a pesar de tener publicados algunos cuentos y tres novelas, la fama le llegó de repente. Y cada día fue en aumento hasta la tarde del Jueves Santo de 2014 (17 de abril) en que la muerte lo atrapó para convertirlo en leyenda.

·     Cien años de soledad es una de las novelas más emblemáticas de América Latina, para empezar: escrita por un colombiano, encerrado a piedra y lodo mientras la escribía en su casa de la Ciudad de México y editada por primera vez en Argentina.

·     Del contenido de sus 351 páginas se han escrito miles de críticas (favorables y desfavorables), miles de ensayos y de artículos, cientos de tesis de licenciatura, maestría y doctorado (dentro de estas últimas destaca la del escritor peruano Mario Vargas Llosa: García Márquez: historia de un deicidio, que data de 1971).

·     Las interpretaciones son múltiples, no sólo en función de la disciplina literaria. Hay estudios psicológicos, antropológicos, sociológicos, lingüísticos, biográficos…

·     Macondo, el lugar en el que se lleva a cabo la acción de la novela se convirtió en un espacio mítico, sobre el que también se han escrito las diversos supuestos. Para muchos es la descripción de Aracataca, el pueblo colombiano en el García Márquez pasó los primeros años de su vida en casa de sus abuelos maternos; para otros es la metáfora que encierra a todos los pueblos de Latinoamérica; para los demás, un lugar imaginario creado por la mente del autor.

·     La otra maravilla son sus personajes y las relaciones entre éstos, desde que la dinastía es fundada por los primos y esposos José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán; sus hijos José Arcadio, Aureliano (el coronel) y Amaranta; luego, la combinación de nombres de los hijos de José Arcadio y Aureliano, por ejemplo, los 17 Aurelianos, Arcadio, José Arcadio II… en fin. Las mujeres que aparecen también se vuelven entrañables: Rebeca Montiel, Remedios Mascote, Santa Sofía de la Piedad, Remedios la Bella, Petra Cotes, Fernanda de Carpio, Amaranta Úrsula. No podemos dejar de mencionar a otros dos personajes señeros: Melquiades y Mauricio Babilonia.

·     De Cien años de soledad abundan anécdotas, los testigos dicen que algunas son ciertas y otras producto de la imaginación del propio García Márquez o de sus amigos. El 9 enero de 2012 (Reforma), unos meses antes de su muerte, Carlos Fuentes escribía: “Cien años de felicidad. Yo me fui a vivir una larga temporada a París y Gabo se encerró a escribir Cien años de soledad. Mercedes cerró las puertas de la casa, cortó las líneas de teléfono y abasteció el refrigerador. Un año más tarde, me llegaron las primeras cincuenta páginas de Cien años de soledad. Las leí con emoción, asombro y sobre todo gratitud por tener un amigo de tan inmenso talento y de tan inmensa generosidad. Porque esta era una novela generosa. En muchos sentidos. No sólo daba y se daba. No sólo poseía ese don de reconocimiento —la anagnórisis que da título a un hermoso libro de Tomás Segovia, gran poeta de nuestra generación—. No sólo reunía en un haz las grandes tradiciones de la literatura hispanoamericana —mito de fundación, épica de destrucción, historia de recreación— sino que, magistral, generosamente, demostraba la compatibilidad de los géneros en una época de sequía literaria determinada por la dictadura del nouveau roman francés, empeñado en convertir la literatura en desierto”. Como ésta, podemos reproducir muchas otras.

Hoy, 30 de mayo de 2017, muchos diarios de América Latina hicieron la efeméride de estos primeros 50 años de vida de Cien años de soledad. Con seguridad el ejercicio se repetirá en los diarios digitales el lunes 30 de mayo de 2067 cuando los lectores de entonces sigan siendo cautivados por las mágicas 28 palabras del inicio: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

La lectura nos hace libres y felices.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna, CDMX
30 de mayo de 2017

 

 

lunes, 1 de mayo de 2017

Obras póstumas, Fuentes y Alberto






De mediados de marzo a mediados del abril recién terminado tuve la oportunidad de leer dos libros que recomiendo ampliamente: Aquiles o El guerrillero y el asesino, de Carlos Fuentes (Fondo de Cultura Económica-Alfaguara, 191 páginas), y La novela de mi padre, de Eliseo Alberto (Alfaguara, 147 páginas).

Los dos textos comparten una característica peculiar: son libros póstumos. El primero fue publicado en junio de 2016, y Fuentes murió en mayo de 2012; el segundo salió a la luz en marzo de 2017, y Eliseo Alberto (Lichi) falleció en junio de 2011. De igual manera, ambos son difíciles de encasillar en un género. Lo más fácil (pero lo más errátil) es decir que son novelas. Sin embargo, la riqueza de su circunstancia, su tratamiento y su composición los decanta en documentos “transgenéricos”. 

I

Aquiles o El guerrillero y el asesino es un texto histórico que combina la crónica con la novela. Según Silvia Lemus, su esposa:

Carlos Fuentes trabajó en el manuscrito […] durante los últimos veinte años de su vida. Se documentó exhaustivamente, escribió distintas versiones, reorganizó materiales, corrigió y reescribió partes completas de la obra y seguía haciéndolo cuando le llegó la muerte. No quiso entregar el manuscrito a sus editores mientras el conflicto armando en América Latina no llegara a su fin. La publicación de Aquiles coincide ahora con la que puede ser la última negociación entre la guerrilla y el gobierno colombiano: la hora de la verdad, el fin de las cuentas pendientes, el comienzo de la paz. (p. 7)

Aquiles, el personaje de esta obra, es Carlos Pizarro, máximo jefe del movimiento guerrillero colombiano M-19, que el 26 de abril de 1990, cuando era candidato a la Presidencia, fue asesinado en un avión que volaba de Bogotá a Barranquilla.

La magia de la pluma de Carlos Fuentes nos cuenta esta historia sin necesidad de recurrir al relato de situaciones contrastables con la realidad. Recurre a la ficción para echar a andar a sus personajes, ahí aparece la novela, mas no se agota en la imaginación pura, pues nos presenta a manera de crónica los retazos de una realidad asfixiante para Colombia: la combinación de la guerrilla y el narco, que convirtieron los días de ese país en momentos interminables preñados de incertidumbre y miedo. En medio, la pugna entre liberales y conservadores; a las orillas, un pueblo castigado por la pobreza y la desigualdad.

Además de Aquiles, otros personajes se vuelven entrañables: Cástor, Pelayo y Diomedes. (En opinión de Julio Ortega —editor de la obra— Aquiles es Carlos Pizarro; Cástor, Iván Marino Ospina; Pelayo, Álvaro Fayad; y Diomedes, Jaime Bateman. Todos ellos fundadores y dirigentes grupo guerrillero M-19, todos ellos asesinados (p.17)). Cada uno representa una región geográfica de Colombia y, también, el ideal amoroso: Cástor y Amalia, Pelayo y Agustina, Diomedes y las putas, Aquiles y Brígida.

Aquiles o El guerrillero y el asesino es una posibilidad de homenaje lector al más grande y encumbrado de los novelistas mexicanos del siglo XX.

II

La segunda obra de esta entrada es del desaparecido periodista y novelista cubano Eliseo Alberto (Lichi), La novela de mi padre, aunque tampoco podemos encasillarla en el género novela porque es una mezcla de ficción y sorpresa, descubrimiento y añoranza, relato intimista y revelación…

Resulta que en La Habana, Cuba, unos meses después de la muerte del poeta Eliseo Diego, su hija María Josefina de Diego (Fefé, cuata de Eliseo Alberto) encontró en un viejo mueble un manuscrito de lo que pretendía ser la primera novela de su padre (titulada Narración de domingo). Era un escrito de 1944 cuando el poeta tenía 24 años de edad. Fefé llamó a su hermano, quien radicaba en la Ciudad de México, para informarle del hallazgo. Luego Lichi se dio a la tarea de transcribir, completar y enriquecer con una especie de relato alterno esa obra de su padre. El resultado es este libro.

 Al comenzar la lectura supuse que me encontraría ante una historia novelada escrita por Diego y completada por su hijo Alberto. Pero no fue así, me topé con la narración de Diego y los apuntes, relatos, recuerdos, anécdotas, nostalgias, figuras, momentos de Lichi con su padre. Por eso es imposible encasillar y ponerle cercas a la obra. Si usted, lector/a, disfrutó de la variada producción de Eliseo Alberto, no puede perderse esta pieza entrañable, filial, reflexiva producto de la complicidad atemporal entre el poeta-padre y el escritor-hijo.

El título de la obra adquiere un doble significado: es la novela que escribió Eliseo Diego, pero también es el relato de su vida, las páginas donde Lichi nos cuenta lo vivido con su padre. Un párrafo ilustra la vida del poeta:

Divertimentos fue, creo no equivocarme, la tabla de salvación que le permitió a mi padre desentenderse sin rencores del infame solitario que había sido, al tiempo que le brindó la oportunidad de rendir tributo a sus lecturas y homenaje a sus maestros: por sus páginas se perciben ecos del anticuario Charles Dickens, la audaz Selma Lagerlöf, el eterno adolescente  Alain Fournier, el tímido Aloysius Bertrand, el pirata Robert Louis Stevenson, el fantástico Hans Christian Andersen, el viejo lobo de mar Joseph Conrad, el malencarado Charles Perrault, el imaginario Marcel Schwob, el perverso Lewis Carroll, la inigualable Virginia Woolf, ídolos a los que sería fiel la vida entera. Siempre los llamó “sus amigos”: lo eran. Ellos lo acompañarían en el adiós definitivo: papá falleció en su dormitorio, mientras leía Orlando entre los ahogos de una deficiencia pulmonar. El libro quedó abierto sobre su pecho, en un capítulo cualquiera. Me ilusiona pensar que Virginia acudió a la cita y lo enganchó con el garfio de un dedo, cielo arriba. ¡Ah!, ligero humo. (p. 71)

Tanto Aquiles o El guerrillero y el asesino como La novela de mi padre son resultado de ese acto extraordinario conocido como literatura: letra y voz que nos permite conocer la vida, los haceres, las pasiones, los ideales de personas vueltas personajes y de personajes vueltos leyendas.

La lectura nos hace libres y felices.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Narvarte, CDMX
1 de mayo de 2017