lunes, 17 de noviembre de 2008

Gabriel García Márquez, Vivir para contarla


A la memoria de Rosa Muñoz, fallecida la noche
del 12 de noviembre del 2008; personaje de novela,
piedra angular de una especie de dinastía macondiana.

Una historia personal

La mañana del sábado 12 de octubre del 2002 le comenté a Sofía, mi hija, que me urgía ir a la Gandhi a comprar el nuevo libro de García Márquez, su autobiografía titulada Vivir para contarla. Desde 1981, cuando apareció Crónica de una muerte anunciada, se me metió en la cabeza la obsesión de adquirir las primeras ediciones de los nuevos libros de GGM. De ahí la urgencia de tener cuanto antes un ejemplar. Ese día no pude ir a la Gandhi y una gran intranquilidad me invadió. Acomodé mis actividades del día siguiente para ir a la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo.

Sin embargo, al llegar a casa la misma noche de ese sábado encontré, solitario sobre mi mesa de trabajo, un ejemplar de Vivir para contarla. La intranquilidad se transformó en emoción. Tomé el libro y al abrirlo me topé con una dedicatoria: «Para mi papito. / Para que con cada hoja pienses que en un lugar existe una persona que te quiere y que siempre piensa en ti: La China. / Para que cada vez que leas este libro, te venga a la memoria que te admiro y te respeto muchísimo. / Para que cada vez que veas este libro, pienses sin más ni más en alguien que te debe lo que es. / ¡Te quiero con toda mi alma! / Y por favor, no sólo pienses en mí al leer este libro, ¡piensa siempre en mí! / La China / 12-octubre-02, 7:00 PM».

Quise empezar la lectura esa misma noche, pero algo sucedió: encontré un relato sumamente complicado con abundancia de lugares y personas, con retrocesos y adelantos en el tiempo, así es que decidí no leerlo. Por esas fechas preferí quedarme con los muchos artículos y reseñas que se escribieron sobre esta autobiografía, incluido un número especial de la revista Cambio (de Colombia) que daba cuenta de la obra, y que una tarde me encontré como material de lectura en el consultorio de un dentista y que es el último ejemplar y objeto que me he robado: miré a mi alrededor y al comprobar que estaba solo en esa sala de espera, cerré la revista y la guardé en mi mochila.

Y así pasaron muchos días, tantos que completaron seis años, hasta la mañana del 27 de octubre del 2008 cuando de nuevo tomé el libro y lo empecé a leer. Lo concluí a las 00:05 horas del domingo 16 de noviembre.

Desde luego que en todo ese recorrido, como en el de mi vida misma, pensé en mi hija, La China, que se encuentra a miles de kilómetros de la Ciudad de México, en la Universidad de Notre Dame; la imaginé congelándose a temperaturas promedio de 3 grados, pero gozando de la nieve que cae para decirle cuán bella es la naturaleza. También en este camino supe de la partida eterna de mi tía Rosa Muñoz, la casi hermana de mi madre. Me consuela saber que ya no tiene más dolores ni preocupaciones en la vida, que la artritis no hará más estragos en su cuerpo y que habrá de vivir muchos años más gracias a que será recordada por cada uno de los muchos integrantes de su vasta, vastísima, descendencia.

Vivir para contarla

Como ya lo he dicho y casi todos los lectores lo saben, ésta es la primera parte de la autobiografía de Gabriel García Márquez. A diferencia de mi primera impresión, engendrada en el 2002, el relato no tiene nada de complejo y sí mucho de ejemplar: presenta un orden tan detallado y perfecto que hasta parece una novela garciamarquiana.

A lo largo de sus 579 páginas acompañamos parte de la vida de García Márquez (en especial entre sus veinte y sus treinta años), aquella que lo engendra como escritor; sufrimos su pobreza familiar y personal, nos interesamos en su vocación de lector y escribiente, estamos con él en la soledad de la sala de redacción o del cuartucho en que vive; asistimos al nacimiento de sus primeros artículos periodísticos, sus primeros cuentos, sus primeros reportajes y su primera novela. Somos testigos del llamado “Bogotazo”, ocurrido el 9 de abril de 1948, cuando el líder opositor Jorge Eliécer Gaitán es asesinado a pleno día en el centro de Bogotá. Nos convertimos en amigos de sus amigos en Barranquilla, Cartagena y Bogotá, tomamos y fumamos con él y padecemos sus resacas, en fin, constatamos los que antes muchos de sus biógrafos nos han dicho.

Los que somos seguidores asiduos de la vida y la obra de García Márquez, en realidad no encontramos datos nuevos. Por eso, Vivir para contarla es como un cuento repetido sobre el personaje, sólo que en esta ocasión, relatado por él en primera persona, de viva voz. Así, como para reafirmar que García Márquez es quizá el escritor del que más se sabe de su vida personal, incluso con algunos polvos de su vida privada. Y no podría ser de otra forma, porque al leer su autobiografía el lector se va encontrando con las escenas y los personajes que ha visto en los cuentos y las novelas de este autor. Como él señala, sus historias y sus actores surgen de las imágenes y de las personas que se va topando a su paso.

Por ello, en esta autobiografía nos encontramos con los motivos generadores de La hojarasca, la esperanza del general Nicolás Márquez (abuelo de Gabriel) por recibir la pensión que nunca llega y que es el germen de El coronel no tiene quien le escriba, los pasquines que acaban con los honores personales y familiares (suceso ocurrido en Sucre) que inspiran La mala hora, el asesinato (también en Sucre) de Cayetano Gentile que se vuelve drama literario en Crónica de una muerte anunciada. Los enigmas de la vida de un héroe latinoamericano, Simón Bolívar, que se plasmará en El general en su laberinto y, por supuesto, sus empeños y luchas personales por escribir La casa, que luego será Cien años de soledad.

Y junto con ello, las combinaciones de actitudes, costumbres, vestimentas, oficios, frases contundentes, que GM retoma de las personas “de carne y hueso” para conformar a sus propios personajes: la niña que come tierra, la tía que cose su mortaja, la abuela ciega, el abuelo que fabrica pescaditos de oro, el pueblo que se opone al entierro de un ateo que vive en concubinato, la explotación de la United Fruit Company, la huelga bananera y el asesinato de los jornaleros del banano, los tíos que llegan con su cruz de ceniza, la guerra de los Mil Días, la finca Macondo…

Vivir para contarla tiene, como telón de fondo, la lucha política entre conservadores y liberales en una Colombia premoderna que, ante la falta de acuerdos democráticos, debe conformarse con los golpes de Estado y el gobierno de los militares, sus excesos de violencia, sus acciones represivas y sus toques de queda.

Por último, debemos creer que todo lo escrito por García Márquez en Vivir para contarla es cierto, aunque como él lo apunta en el epígrafe: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».

Aparador (o citas citables)

«―Mira ―me dijo―. Ahí fue donde se acabó el mundo.
«Yo seguí la dirección de su índice y vi la estación: un edificio de maderas descascaradas, con techos de cinc de dos aguas y balcones corridos, y enfrente una plazoleta árida en la cual no podían caber más de doscientas personas. Fue allí, según me precisó mi madre aquel día, donde el ejército había matado en 1928 un número nunca establecido de jornaleros del banano. Yo conocía el episodio como si lo hubiera vivido, después de haberlo oído contado y mil veces repetido por mi abuelo desde que tuve memoria: el militar leyendo el decreto por el que los peones en huelga fueron declarados una partida de malhechores; los tres mil hombres, mujeres y niños inmóviles bajo el sol bárbaro después que el oficial les dio un plazo de cinco minutos para evacuar la plaza; la orden de fuego, el tableteo de las ráfagas de escupitajos incandescentes, la muchedumbre acorralada por el pánico mientras la iban disminuyendo palmo a palmo con las tijeras metódicas e insaciables de la metralla.» (pp. 22-23)

«Dentro del espíritu feudal de La Mojana, los señores de la tierra se complacían en estrenar a las vírgenes de sus feudos y después de unas cuantas noches de mal uso las dejaban a merced de su suerte. Había para escoger entre las que salían a cazarnos después de los bailes. Sin embargo, todavía en aquellas vacaciones me causaban el mismo miedo que el teléfono y las veía pasar como nubes en el agua. No tenía un instante de sosiego por la desolación que me dejó en el cuerpo mi primera aventura casual. Todavía hoy no creo que sea exagerado creer que esa fuera la causa del ríspido estado de ánimo con que regresé al colegio, y obnubilado por completo por un disparate genial del poeta bogotano don José Manuel Marroquín, que enloquecía al auditorio desde la primera estrofa:

«Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan,
ahora que albando la toca las altas suenas campanan;
y que los rebuznos burran y que los gorjeos pájaran,
y que los silbos serenan y que los gruños marranan,
y que la aurorada rosa los extensos doros campa,
perlando líquidas viertas cual yo lágrimo derramas
y friando de tirito si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos ventano de tus debajas.» (pp. 198-199)

«Recuerdo su nombre y apellidos, pero prefiero llamarla como entonces: Nigromanta. Iba a cumplir veinte años en Navidad, y tenía un perfil abisinio y una piel de cacao. Era de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados, y un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto. Desde el primer asalto nos volvimos locos en la cama. Su marido ―como Juan Breva― tenía cuerpo de gigante y voz de niña. Había sido oficial de orden público en el sur del país, y arrastraba la mala fama de matar liberales sólo por no perder la puntería. Vivían en un cuarto dividido por un cancel de cartón, con una puerta a la calle y otra hacia el cementerio. Los vecinos se quejaban de que ella perturbaba la paz de los muertos con sus aullidos de perra feliz, pero cuanto más fuerte aullaba más felices debían estar los muertos de ser perturbados por ella.
«En la primera semana tuve que escaparme del cuarto a las cuatro de la madrugada, porque nos equivocamos de fecha y el oficial podría llegar en cualquier momento. Salí por el portón del cementerio a través de los fuegos fatuos y los ladridos de los perros necrófilos. En el segundo puente del caño vi venir un bulto descomunal que no reconocí hasta que nos cruzamos. Era el sargento en persona, que me habría encontrado en su casa si me hubiera demorado cinco minutos más.
«―Buenos días, blanco ―me dijo con un tono cordial.
«Yo le contesté sin convicción:
«―Dios lo guarde, sargento.
«Entonces se detuvo para pedirme fuego. Se lo di, muy cerca de él, para proteger el fósforo del viento del amanecer. Cuando se apartó con el cigarrillo encendido, me dijo de buen talante:
«―Llevas un olor a puta que no puedes con él.» (pp. 260-261)

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
17 de noviembre del 2008

4 comentarios:

AGE dijo...

Estimado amiguito:
A ver si comprendo, quiere decir que lo que es no es?, o que lo que es, en verdad es lo que aparenta ser?.

Un abrazo amiguito!
Chispa

Armando dijo...

Ups! Me volviste a pillar en la falta de cumplimiento de la intención de visitarte más seguido. Regreso ahora a cumplirla y ahora además con el antojo de desempolvar el propio ejemplar de "vivir para contarla", leído recien su publicación, y ver ahora a la distancia que nueva impresión deja. Saludos
Raúl

La Baronesa Rampante dijo...

Vivir para contarlo, es el tercer libro que leí de Don Gabo, pero siempre me gusta pensar que fue el primero y espero que no sea el único.
Este libro me lo regaló mi mamá y me dieron muchas ganas de leerlo por una reseña que leí de El País, luego alguien me lo volvió a regalar y me atreví a cambiar ese segundo ejemplar por un libro caro de McLuhan.
A Don Gabo me lo llevé de viaje y fue increíble porque tuvo horas para contarme y contarme.
Lo llevé a la frontera entre Oaxaca y Veracruz a un lugar llamado Las Cumbres... de ahí me lo llevé a Tonalá, Chiapas. Y en Boca del Cielo me contó la historia de su madre enamorada que andaba a caballo o en burro (ya no recuerdo) abrazando una caja de galletas llena de cartas.
A Don Gabo lo llevé a nadar, a tomar el sol y lo dejé cuidando mis cosas en la arena. Todavía le tocó un descanso en hamaca y ver las estrellas.
Luego nos fuimos a Tapachula y se nos ocurrió cruzar a Guatemala, sin pasaporte ni nada...
Dejé a Don Gabo de guardián de la puerta de un hotel de mala muerte que parecía más una cárcel que un hotel.
El mismo Don Gabo me tapó la cara para esconderme de los molestos retenes cada 25 minutos en camino a Guatemala capital.
Guatemala capital no nos pareció un buen lugar para beber y nos largamos a Antigua. En el camino se nos ponchó una llanta y el surrealismo hizo que nuestros amigos los guates cambiaran la llanta con al menos 80 personas abordo.
De Antigua me llevé a Don Gabo a Panajachel, un lugar bien bonito.
Luego nos regresamos en guajoloteros a la frontera mexicana (a la cual nunca pensé volver) y viajamos en camiones con puro futuro mojado.
Le hicimos caso al consejo de su abuelo el coronel, no viajamos en primera clase (porque no había), en tercera tampoco... viajamos como en 4a clase y no en 5a...porque tampoco había.
Ahí no acabó la historia. Luego me lo llevé a Chiapas de nuevo a pasear por Tuxtla...San Cristóbal y en un ataque de locura...tomamos un camión a la costa de Oaxaca para que alguien conociera Mazunte. Estuvimos 6 horas en la playa y...nos regresamos a la Cd. de México. El viaje fue mortal. En ese viaje Don Gabo me contó esa historia, su historia. Nos divertimos montones. Y pues sí... ese fue un viaje de vivir para poder contarlo.

angeles y luz dijo...

Para los fieles de GGM era imposible no leer esta obra, que además es consoladora pues entendemos que el genio tenía sus debilidades