sábado, 28 de febrero de 2009

José Manuel Villalpando y Alejandro Rosas, Muertes históricas


Pareciera que acudimos a un momento de reescritura de la historia nacional y de la vida de sus personajes. Pareciera que los historiadores y biógrafos no están convencidos de las versiones anteriores (unas oficiales y otras oficiosas) y por ello se empeñan en levantar las piedras bajo las que se esconden nuevos datos o se cubren de silencio pasajes nada agradables de la vida de nuestros héroes.

También asistimos a una especie de reivindicación de los villanos. Por ello un personaje histórico como Agustín de Iturbide es revalorado por los gobiernos panistas. De igual forma, la discusión y el debate sobre si los restos del dictador Porfirio Díaz debieran ser repatriados (como parte de los festejos del centenario de la Revolución) comienzan a cobrar fuerza.

En esta moda y en este contexto se inscribe esta obra de los historiadores (mediáticos, por cierto) Villalpando y Rosas: Muertes históricas. De Hidalgo a Trostky. Los últimos días de los personajes que marcaron el rumbo de México.

El relato de las últimas horas de vida de los personajes seleccionados nos permite, en algunos casos, comprender las mechas de su existencia personal que han sido guardadas para no dinamitar las estatuas labradas por el oficialismo. Por eso se nos presentan como hombres íntegros (las mujeres héroes son muy pocas) que ofrendaron lo mejor de sus ideas y sus haceres en beneficio de la Patria.

Estimado/a único/a lector/a de este gajo de blog, el libro de Villalpando y Rosas lo encontrarás divido en cuatro capítulos: Independencia (Miguel Hidalgo, José María Morelos, Agustín de Iturbide y Manuel Mier y Terán), Las sangrientas décadas del Siglo XIX (Daniel Thomas Egerton, los Niños Héroes, Leonardo Márquez, Arteaga y Salazar; Maximiliano, Miramón y Mejía, y Benito Juárez), Revolución (Porfirio Díaz, Madero y Pino Suárez, Emiliano Zapata, Felipe Ángeles, Venustiano Carranza, Pancho Villa, Francisco R. Serrano y Álvaro Obregón) e Intelectuales (Manuel Acuña, Antonieta Rivas Mercado y León Trostky).

Quizá concluyas, junto conmigo, que los sinos de nuestros héroes y nuestros villanos nacionales fueron marcados por esa afición tan propia de la naturaleza humana, en especial de los mexicanos que hemos hecho de ella un deporte: la traición.

El recorrido por las 203 páginas de esta obra, cuya primera edición se publicó en el 2008, lo inicié el 27 de enero y lo concluí el 8 de febrero, en dos escenarios: las ciudades de México y Tlaxcala. Esta lectura fue determinada por una sabrosa plática que tuve con el doctor Ernesto Filio en los pasillos de la UPIITA. En esa ocasión, él comentaba muy emocionado los pormenores de la obra, yo no pude resistirme a verificar cuánta razón le asistía.

Aparador (o citas citables)

Hidalgo

«Allende no compartía las ideas de Hidalgo de permitir que la plebe que los seguía saqueara y asesinara. Es más, quiso oponerse a él pero sin conseguirlo. En Guadalajara conspiró para envenenar al padre Hidalgo pero no pudo hacerlo porque la fanática guardia de indios que rodeaba siempre al cura, se lo impidió. Disgustado con el sacerdote caudillo, Allende no tuvo más remedio que rumiar su impotencia, contentándose con llamar a Hidalgo con su apodo: “El bribón del cura”. Sin embargo, la derrota de Puente de Calderón le daba la oportunidad de deshacerse de él. Decidió quitarle el mando, despojarlo de su autoridad. Contaba con el apoyo de varios de los generales insurgentes y así se atrevió a enfrentársele. Hidalgo mismo narró después los sucesos: “en dicha hacienda fue amenazado por el mismo Allende y algunos otros de su facción… de que se le quitaría la vida si no renunciaba al mando”. A partir de entonces, Hidalgo continuó con los insurgentes, pero en carácter de prisionero, porque Allende expidió la orden de que “se le matase si se separaba del ejército”.» (p. 14)

«El fiscal Abella comprendió que los múltiples asesinatos de españoles era el flanco vulnerable de Hidalgo, y lo atacó diciéndole que su mayor crimen eran los “alevosos asesinatos” de inocentes, preguntándole por qué no los sometió a juicio antes de condenarlos. Hidalgo respondió que no tenía caso porque, en efecto, eran inocentes. Aceptó su culpa de haber tolerado y hasta haber ordenado él mismo las matanzas, con la atenuante de que se vio obligado por el clamor de la muchedumbre y de que “el frenesí se había apoderado de él y que le nubló la vista”. Confesó entonces que se arrepentía. Pero sólo de eso, de las matanzas de inocentes y no de haber iniciado la revolución de independencia, cuya causa seguía considerando como justa y santa.» (p. 17)

Morelos

«[…] muy a pesar de las notables cualidades que el “siervo de la nación” tenía, a pesar de sus grandes virtudes como militar y como estadista, lo que perdió a Morelos fueron sus pasiones y sus defectos, que fueron aprovechados por sus enemigos para tenderle la trampa mortal que les permitió atraparlo. En efecto, tremendamente humano, Morelos era un hombre capaz de generar los más altos y visionarios conceptos políticos, era capaz de sembrar en la imaginación y en los anhelos de sus contemporáneos la esperanza de una patria más justa, era capaz de concebir los más atrevidos planes para la campaña militar exitosa, era capaz de elegir de entre los mejores a sus subordinados, la pléyade de insurgentes que él reclutó y que lo ayudaron a combatir con éxito a los realistas. Era capaz también de subordinar sus pocas ambiciones y su orgullo de caudillo a los mandatos del Congreso que él mismo había creado y a quien juro obediencia. De todo era capaz José María Morelos y Pavón, pero al mismo tiempo, era capaz de perderlo todo cuando estaba de por medio una mujer, pues en ese momento abandonaba su carácter de generalísimo de la insurgencia, de estadista, de “siervo de la nación” y hasta de sacerdote, con tal de conseguir los favores y caricias de aquella con la que se había encaprichado.» (pp. 21-22)

Agustín de Iturbide

«El propio don Agustín, desde su exilio en Liorna, Italia, vislumbró que el juicio de sus contemporáneos y de futuras generaciones podría ser tan adverso que concluyó sus memorias escribiendo: “Cuando instruyáis a vuestros hijos en historia de la Patria, inspiradles amor al primer jefe del ejército trigarante quien empleó el mejor tiempo de su vida en trabajar porque fuesen dichosos.» (p. 38)

Mier y Terán

«Todo mundo coincidía en que se trataba de un hombre brillante, excepcionalmente inteligente, talentoso, educado, culto, de buenos modales, en suma, el indicado para ocupar la Presidencia de la República y el único capacitado para sacar al país del atolladero político en que se encontraba. ¿Quién más que él?, pues su único rival en popularidad, el único que podía disputarle la silla presidencial era su antiguo compañero de armas, Antonio López de Santa Anna […]» (p. 39)

«Sin embargo, Mier y Terán también tenía defectos mayúsculos: era sumamente soberbio, intolerante, envidioso y pendenciero. Cuando la victoria en Tampico se debió a él y Santa Anna le había robado los reconocimientos, tuvo que soportar mordiéndose los labios la indiferencia del gobierno que no lo recompensó como se merecía. Pero esta fue la única ocasión en que controló su ira y su mal humor, porque otras veces las hacía estallar sin importarle las graves consecuencias de su bilioso proceder». (p. 42)

«En efecto, a la mañana siguiente, la del 3 de julio de 1832, muy temprano, al amanecer, Manuel Mier y Terán, después de asearse y vestirse, salió solo, sin acompañamiento, al lugar mismo donde estaba enterrado Iturbide. Por unos instantes miró la tumba del libertador y luego caminó unos pasos hacia donde estaba una pared. Enseguida desenfundó su espada y la colocó, encajándola por el puño, en una hendidura. Se puso de frente al filoso y puntiagudo acero y acercó su pecho a la punta, acomodándola a la altura de su corazón. Suspiró, quizá rezó alguna plegaria, y decidido se arrojó con fuerza sobre la espada. El metal penetró a través de sus costillas hasta el corazón. Los médicos que le hicieron la necropsia, encontraron el músculo cardiaco partido a la mitad. Sus ayudantes lo encontraron minutos después, impresionados por la tragedia y por la grotesca manera en que se había quitado la vida Manuel Mier y Terán.» (p. 45)

Maximiliano, Miramón y Mejía

«Después de un mes de cautiverio y varios días deliberando, el 16 de junio de 1867, el consejo de guerra condenó a muerte a Maximiliano, Miramón y Mejía y dispuso que la ejecución se llevara a cabo a las tres de la tarde. Los hombres se dispusieron a morir pero en el último instante se pospuso la ejecución para el día 19 por la mañana. La agonía se prolongó tres días más.

«Cerca de las 4 de la mañana del 19 de junio, los tres hombres se prepararon nuevamente para morir. Escucharon misa y con asombrosa tranquilidad desayunaron pollo, pan, café y media botella de vino tinto. Los tres hombres salieron de convento de Capuchinas donde se encontraba su prisión y subieron a los carruajes. Al salir, Maximiliano observó el cielo y exclamó: “¡En un día tan hermoso como éste quería morir!” Sin quererlo, Juárez se lo había concedido.» (pp. 87-88)

Benito Juárez

«De acuerdo con las crónicas de la época, ningún otro funeral conmovió tan profundamente a la sociedad capitalina como el de Benito Juárez. El cuerpo permaneció expuesto varios días en Palacio Nacional, miles de personas acudieron para darle el último adiós al hombre que había cincelado su propia memoria a lo largo de 14 años en la Presidencia.» (p. 100)

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
28 de febrero del 2009

miércoles, 21 de enero de 2009

Markus Zusak, La ladrona de libros

A la memoria de Jesús Pérez Castro.
piedra angular de mi niñez y juventud.
Contrario a la convicción que me impuse hace muchos años de no leer traducciones, salvo las de las obras de Saramago, mi primera lectura completa en este 2009, del 3 al 21 de enero, fue la novela del joven escritor australiano Markus Zusak: La ladrona de libros.

Cuánta razón tiene Juan Villoro al afirmar que los libros escogen a sus lectores. A finales del 2007 vi esta obra en las pilas de novedades de la librería Gandhi, y desde entonces la ladrona me lanzó un guiño. Escuché un susurro que me decía: “llévame”, pero me resistí por mucho tiempo. Un año debió pasar para que ese ejemplar de pasta oscura, con la fotografía de una adolescente de largas trenzas que lee recostada sobre una superficie de madera, me convenciera. En diciembre del 2008, al darme mi autorregalo de libros la voz de la ladrona fue estruendosa y, entonces, como buen mortal leedor, caí en sus páginas.

La ladrona de libros es una novela ex-tra-or-di-na-ria. Su principal atributo es la sencillez, aunada al ritmo constante en que Zusak presenta los acontecimientos, sin detenerse en detalles superfluos y, por el contrario, adelantando secesos que después serán desarrollados. Por eso, el acto de leer se vuelve gozoso y apetecible, sin enredos ni complicaciones.

La historia es vista, seguida, analizada, comentada y contada por una testigo muy especial: la muerte: Y ese recurso, a la vez original y creativo, permite que un relato cargado de dolor y tragedia, disminuya sus dimensiones de catástrofe:

Una pequeña verdad
No llevo ni hoz ni guadaña.
Sólo cuando hace frío visto un hábito negro sin capucha.
Y no tengo esos rasgos faciales de calavera que tanto parece que os gusta endilgarme, aunque a distancia. ¿Quieres saber qué aspecto tengo en realidad? Te ayudaré. Ve a buscar un espejo mientras sigo. (p. 308)

Lo cierto es que durante los años que duró la hegemonía de Hitler, nadie logró servir al Führer con mayor lealtad que yo. El corazón de los humanos no es como el mío. El de los humanos es una línea, mientras que el mío es un círculo y poseo la infinita habilidad de estar en el lugar apropiado en el momento oportuno. La consecuencia es que siempre encuentro humanos en su mejor y en su peor momento. Veo su fealdad y su belleza y me pregunto cómo ambas pueden ser lo mismo. Sin embargo, tienen algo que les envidio: al menos los humanos tienen el buen juicio de morir. (p. 478)

El espacio temporal de esta historia va de 1939 a 1943: casi toda la segunda guerra mundial; mientras que el físico, es un pequeño poblado de Alemania: Molching, y dentro de éste una calle: Himmelstrasse.

Panorámica de Himmelstrasse
Los edificios parecían soldados unos a otros, casitas y bloques de pisos de apariencia nerviosa.
Había nieve sucia en el suelo como si fuera una alfombra.
Había cemento, árboles parecidos a percheros vacíos y un aire gris. (p. 30)

La protagonista es la niña-adolescente (de 10 a 14 años) Liesel Meminger, la ladrona de libros (aunque en realidad es excesivo llamarla ladrona, es algo así como una rescatadora de obras). Su primer libro “robado” fue Manual del sepulturero (el 13 de enero de 1939), el segundo El hombre que se encogía de hombros (20 de abril de 1940), y el tercero Una canción en la oscuridad. Su aprendizaje y gusto por la lectura, en particular, y de las palabras, en general, la lleva a escribir su historia La ladrona de libros:

Página 1
«Intento hacer oídos sordos, pero sé que todo empezó con el tren y la nieve y la tos de mi hermano. Ese día robé el primer libro, un manual para cavar sepulturas. Me hice con él de camino a Himmelstrasse…» (p. 509)

Última línea
«He odiado las palabras y las he amado, y espero haber estado a su altura.» (p. 511)

Sería ocioso que aquí te reseñara los principales sucesos de la obra, sólo te cuento, posible lector/a, que en ésta encontrarás personajes que se vuelven entrañables, además de Liesel, a su hermano Werner, a sus padres de acogida (adoptivos) Hans y Rosa Hubermann, a su amigo Rudy Steiner, al judío Max Vandenburg, a la esposa del alcalde Ilsa Hermann, a su vecina la señora Holtzapfel y sus hijos combatientes en la guerra, entre otros. Aquí reproduzco las descripciones que de algunos de ellos hace la muerte narradora:

Algunos datos sobre Hans Hubermann
Le gustaba fumar.
Lo que más le apetecía era liar los cigarrillos.
Trabajaba de pintor y tocaba el acordeón. Les venía muy bien, sobre todo en el invierno, porque sacaba un poco de dinero extra tocando en los bares de Molching, en Knoller, por ejemplo.
Ya me la había jugado en una guerra mundial, y luego, en la otra, a la que lo enviaron (a modo de recompensa cruel), no sé cómo, se me volvió a escapar. (p. 36)

Unos cuantos datos significativos
En 1933 el noventa por ciento de los alemanes apoyaba a Adolfo Hitler sin reserva alguna.
Eso nos deja a un diez por ciento de detractores.
Hans Hubermann pertenecía a ese diez por ciento.
Existía una razón para ello. (p. 64)

Algunos datos sobre Rosa Hubermann
Medía un metro y cincuenta y cinco, y llevaba su liso pelo castaño grisáceo recogido en un moño.
Para complementar los ingresos de los Hubermann, hacía la colada y planchaba para cinco de las casas más acomodadas de Molching.
Cocinaba de pena.
Poseía una habilidad única para irritar a casi todos sus conocidos.
Pero quería a Liesel Meminger.
Sólo que su forma de demostrarlo era un tanto extraña.
Entre otras cosas, a menudo la agredía verbalmente y físicamente con una cuchara de madera. (p. 37)

Algunos datos sobre Rudy Steiner
Era ocho meses mayor que Liesel y tenía piernas esqueléticas, dientes afilados y el pelo de color limón.
Era uno de los seis Steiner, y tenía hambre a todas horas.
En Himmelstrasse se le consideraba un poco alocado.
Esto se debía a un suceso del que rara vez se hablaba, pero al que todo el mundo se refería como «el incidente Jesse Owens»; una noche se había pintado de negro carbón y había corrido los cien metros en el estadio local. (p. 51)

Max Vandenburg
En noviembre de 1940, cuando Max Vandenburg llegó a la cocina del número treinta y tres de Himmelstrasse, tenía veinticuatro años. Parecía que la ropa le pesara y su extenuación era tal que un pico habría podido partirlo en dos. Estremecido se quedó agitando la puerta. (p.188)

Visita guiada al sufrimiento
A su izquierda,
tal vez a su derecha,
incluso puede que al frente,
hay una pequeña habitación a oscuras.
Ahí espera sentado un judío.
Apesta.
Está famélico.
Está asustado.
Por favor, intenta no apartar la vista. (p. 141)

UNA LECTURA PERSONAL

Durante el recorrido de las 531 páginas de esta novela, mientras la voz de la muerte me narraba la historia de Liesel, la muerte verdadera se presentó el 9 de enero, a media tarde, junto a una cama del hospital del IMSS en Apizaco, Tlaxcala. Ahí mi padrino Jesús Pérez Castro recibió su llamado. Se resistió mucho tiempo, quizá repasando su propio libro de la vida y a las once de la noche cayó en los brazos de esa señora.

Al visitarlo en su velorio, recordé lo que me dio en mi niñez y mi juventud. Lo recuerdo cuando me llevaba a nadar y se desesperaba por mi incapacidad para flotar en la alberca. Lo recuerdo comprándome mi primer reloj (un Steelco extraplano) en diciembre de 1972 y regalándome mi segundo reloj (un Orient automático) cuando supo que me habían robado el primero. Lo recuerdo contando chistes y sus estruendosas carcajadas, o su seriedad aparente cuando las cosas no marchaban bien. Pero lo que más recuerdo y le agradezco es que me dio la oportunidad de sentir que yo, al igual que mis primos, mis amigos y mis compañeros, también tenía papá.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
21 de enero del 2009

domingo, 4 de enero de 2009

Sergio Pitol, El desfile del amor


A la memoria de Oralia Munguía Moctezuma,
la tía que nos dio con su palabra y su cariño
la posibilidad de sentirnos parte de una familia.
¡Hasta siempre, Yaya!


La lectura de El desfile del amor fue por demás accidentada. La inicié el 30 de noviembre del 2008 y la concluí la mañana del sábado 3 de enero del 2009. En ese ínterin muchas cosas sucedieron: que el fin del semestre, que la llegada de Sofía procedente de Notre Dame, que una fiesta más otra fiesta, más otra fiesta… hasta llegar a la tarde-noche del domingo 28 de diciembre cuando la tía Oralia decidió que era tiempo de partir. Por eso esta actividad lectora fue tortuosa, interrumpida y lenta.

Ello me provocó no hincarle bien el diente a esta historia. Es, quizá, una de las que más he querido concluir y al paso de las páginas parecía alargarse más y más hasta casi el infinito.

Sin embargo, me mantuve firme en la lectura pues nunca había leído una obra de Sergio Pitol; sí, único lector, aunque tú no lo creas esa oportunidad no me la di en el pasado, a pesar de saber que Pitol es uno de los más grandes escritores mexicanos vivos.

En El desfile del amor los hechos ocurren en torno a una fecha: el 14 de noviembre de 1942, cuando el joven Erich María Pistaeur es asesinado a las afueras del edificio Minerva, en la Ciudad de México. En ese hecho criminal, además, resultan heridos el hijo de Delfina Uribe y un periodista de apellido Balmorán.

En 1973, a su regreso a México, el historiador Miguel del Solar, se da a la tarea de reconstruir ese evento, con el propósito de escribir el libro El año 42, al que consideraba como clave para entender el presente de su país, pues, según el historiador, en el 42 habían confluido sucesos diversos que prefiguraban la vida política de México en el primer lustro de la década de los 70.

El interés de Del Solar está determinado porque él era un habitante del edificio Minerva cuando ocurrió el fatal suceso de noviembre del 42, sólo que era un niño de apenas 10 años, por lo que su memoria no podía registrar con exactitud a todos los actores y mucho menos los hilos que los movían a la acción.

Gracias a entrevistas, Del Solar busca entender y desmembrar los acontecimientos, así como identificar a los actores, pero las opiniones de éstos más que aclarar la historia la enredan, pues cada uno parece justificarse moral e históricamente manchando la imagen de los otros; todos están de acuerdo en el parteaguas que representó en su vida el 14 de noviembre de 1942, pero también pareciera que todos quisieran o bien olvidarlo o hacerlo aún más complejo.

Como lectores, escuchamos las versiones de Eduviges Briones, tía de Del Solar, del pintor Julio Escobedo y su esposa Ruth, del periodista (luego librero) Belmorán, de la hija de Ida Werfel y de la empresaria galerista Delfina Uribe. Todas ellas parecen contraponerse para llenar de humo el suceso-motivo de la novela. A Del Solar le corresponde preguntar, apuntar e ir atando los cabos para dar contexto y sentido a lo que sucedió en el edificio Minerva “[…] pues en él se habían alojado refugiados de distintas nacionalidades, corrientes y matices. Además de los extranjeros, en aquel edificio convivían, hacia los años cuarenta, familiares de revolucionarios mexicanos con gente ligada a la reacción más extrema”. (p. 75)

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
4 de enero del 2009

sábado, 29 de noviembre de 2008

Jorge Volpi, El jardín devastado


Tláhuac, D. F., 29 de noviembre del 2008

Estimado Jorge:

Disculpa, una vez más (y con seguridad no será la última) que te distraiga de tus múltiples ocupaciones como director del Canal 22, como organizador de homenaje nacional a Carlos Fuentes, como escritor, como presentador de libros propios y ajenos… pero lo hago para comentarte que durante la mañana y parte de la tarde del jueves pasado (27 de noviembre) leí tu obra más reciente: El jardín devastado.

Y digo “obra” porque en verdad me es muy difícil encasillarla en un género. Me explico: por el tema y las acciones de los personajes bien puede ser una novela; por su extensión y cierre, un cuento; por su tono y ritmo, una especie de poema. Así que bien la podemos calificar como novcuema.

Te vi disfrazado de narrador. A diferencia de tus otras novelas en las que te inventas un nombre muy parecido al tuyo o te asignas otro, en ésta eres un narrador anónimo. Pero es notorio que algunos (o muchos) de los pasajes de este relator coinciden con aspectos de tu vida personal, de tus amigos, de tus quehaceres profesionales y del tiempo que vives y has vivido.

Es por demás interesante el recurso que utilizas para trazar, a lo largo de estas 182 páginas de la obra, el contrapunto entre las vidas de Ana y Laila. La primera, en tu propia ciudad (en este México que nos tocó vivir); y, la segunda, a muchos kilómetros de aquí, en ese territorio que sólo conocemos (al menos la mayoría de tus mortales lectores) gracias a las imágenes de los diarios, las revistas o la televisión: Irak. Vidas que nunca se tocan (como sí lo hacen en No será la tierra) salvo porque coinciden en este tiempo que tú centras en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York.

Imagino a Ana como un ser agobiado por su circunstancia, su familia, su tiempo… a la que no le queda nada más que ajustarse, a pesar de su rebeldía interior, a ese mundo de apariencias que la sociedad le ofrece. De casi igual manera, Laila es una condenada a una vida que no eligió y de un destino del que no puede huir: el salvajismo de una venganza vuelta guerra y el castigo en contra de los culpables que padecen los inocentes. Y a un costado de esas vidas, por demás paralelas, una pluma que las une en la literatura, las presenta, las recrea y las determina, que es la tuya, pero que es manejada por un ser que no deja de rebelarse contra el destino que, paradójicamente, él mismo se ha formado, pero del que no tiene todos los hilos.

Caray, Jorge, en qué laberintos nos metes como lectores. Mas conste que no es un reclamo si no la alegría de verte como un escritor que, a pesar de múltiples y variadas responsabilidades, te das un tiempo de no sé donde para seguir urdiendo y tejiendo historias y para hacernos recordar nuestro pasado reciente nacional: el de los fraudes de 1988 y 2006, y el de este mundo que fue violentamente parido al nuevo siglo y al nuevo milenio aquella mañana del martes negro del 11 de septiembre del 2001.

Te doy un abrazo y mis mejores deseos para que nos sigas regalando tus mentiras verídicas en forma de novela o novcuema.

Tu amigo

José Antonio Galván Pastrana

jueves, 27 de noviembre de 2008

Juan Villoro, El libro salvaje


A Víctor Vallejo Verón, por las muchas generaciones
que aún deben saber de él, por él y con él los secretos
de las imágenes fotográficas y televisivas

La historia detrás del libro

Escribe Juan Villoro, en diversos pasajes de esta obra, que “los libros buscan a sus lectores”. Éste es el caso. El viernes 21 de noviembre fui a la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo a comprar la última novela de Jorge Volpi, El jardín devastado; ahí ya estaba agotada. Salí con cierto grado de tristeza pero con la esperanza de encontrarla en los estantes del Fondo de Cultura Económica. Al entrar me pareció oír la voz de Juan Villoro. Voltee y lo vi cómodamente sentado en un mullido sillón allí, en medio de los anaqueles, los aparadores y los muchos libros del Fondo. Conversaba con una jovencita. Luego me di cuenta que una cámara de tv apuntaba hacia ellos. “Es una entrevista”, me dije.

Recorrí los pasillos en busca de mi presa hasta que la encontré. Mientras, escuchaba de manera entrecortada que Villoro hablaba de un tal Juanito y su gusto infantil por los programas de televisión, y que si ya entrado en edad se había interesado en la lectura, y que si el libro, y que si la historia, y que si la ficción… Le pregunté a uno de los vendedores si Villoro se refería a una obra en especial. Me dijo que sí, que hablaba de su texto más reciente: El libro salvaje. Se lo pedí y vi que corresponde a la colección “A la orilla del viento (libros para niños)”, una obra, además, ilustrada por Gabriel Martínez Meave. Dudé en adquirirla, pero como de Juan Villoro no había leído novelas (sólo artículos y reseñas sobre futbol), decidí comprarla.

Así es que esa misma tarde empecé a leerla, con un cierto alejamiento e imaginando que el lector no era yo con mis cuarenta y algo de años sino un adolescente de esta época, habitante de un mundo global en crisis, temeroso de la violencia en las calles y alejado totalmente de la actividad lectora, consumidor de videojuegos, a quien le aburren los choros de sus profesores y realizar las inútiles tareas escolares. Traté de ser fiel a mi decisión hasta la tarde del 26 de noviembre, cuando emocionado como un adulto menor mis ojos transitaron por los últimos surcos de la página 237 de esta novela-río.

El libro salvaje

El texto nos relata los pormenores que llevaron al protagonista a convertirse en lector. La historia es muy sencilla: debido a la separación de sus padres, Juan a los trece años es llevado a pasar sus vacaciones (dos largos meses) al domicilio de su tío Tito, quien vive en una vieja casona de la Ciudad de México, rodeado de libros y más libros, sólo acompañado por tres gatos: “uno era negro y se llamaba Obsidiana; otro era blanco y se llamaba Marfil; el hijo de ambos, mi favorito, era blanco con manchas negras y se llamaba Dominó”. Los antepasados de Tito y, por tanto, los de Juan, fueron grandes lectores que le heredaron a aquél no sólo una enorme y laberíntica casa sino lo que ella contenía: gran cantidad de ejemplares de todos los tipos, temas y tamaños.

Los personajes que actúan en esta historia (que podríamos ubicar hacia los años setenta del siglo pasado) son Juan (narrador adulto que nos cuenta lo que vivió cuando era adolescente), sus padres (ella fumadora empedernida y siempre agobiada por dolores de cabeza; él, constructor de puentes), su hermana Carmen (niña poseedora de gran cantidad de muñecos de peluche), su tío Tito (cercano a la tercera edad, que vive solo en la casa de los libros), Eufrosia (asistente del tío en labores domésticas) y Catalina, quien ayuda a sus padres en el negocio familiar (una farmacia) y que se convertirá en un personaje trascendente en esas vacaciones de Juan y en su vida futura.

Sería ocioso, por respeto a un probable lector de El libro salvaje, desentrañar las acciones de estos personajes, baste decir que es una historia que combina la realidad y la ficción cuyo propósito es invitar (sin recursos baratos) a los adolescentes o a los jóvenes a que se acerquen a la lectura, que se descubran como lectores príncipes y que se sumerjan en la alberca de emociones propia de los buenos textos literarios, o que vean a los libros como herramientas para conocer e interpretar el mundo que les rodea.

La narración corre a cargo de Juan: “Voy a contar lo que ocurrió cuando yo tenía 13 años. Es algo que no he podido olvidar, como si la historia me tuviera tomado del cuello”. El mayor atributo del otro Juan (Villoro) es haber dotado a su personaje del lenguaje propio de un adolescente, con sus gustos, temores, capacidad solidaria y, muy importante, situarlo en el umbral del mundo mágico de los que, por primera vez, se descubren enamorados.

Le invito, amigo/a lector/a a experimentar la sensación de volverse parte del juego literario en el que lo/la atrapa, con gran maestría, el señor Villoro. Recorra como adolescente o adulto adolescente o adulto en plenitud adolescente la trama de esta historia y su cierre circular.

Aparador (o citas citables)

«―Justamente quería volver a ese tema ―dijo él [Tito] muy entusiasmado―. Hay dos formas de que el libro llegue a ti: la normal y la secreta. La normal es que lo compres, te lo presten o te lo regalen. La secreta es mucho más importante: en ese caso es el libro el que escoge a su lector. A veces las dos se confunden. Crees que tú decidiste comprar un libro, pero en realidad él se puso ahí para que lo vieras y te sintieras atraído. Los libros no quieren ser leídos por cualquier persona, quieren ser leídos por las mejores personas, por eso buscan a sus lectores.» pp. 47-48

«El hombre tiene toda clase de problemas [Tito le dice a Juan], pero hay uno que me interesa mucho: no sabe medirse a sí mismo. Un sastre te mide por fuera sin ningún problema, pero el hombre se complica las cosas para medirse por dentro. Nos hace falta un sastre interior ―se metió un lápiz en la oreja, se rascó con fuerza y siguió hablando―: las calificaciones son el menú en un restaurante. Las matemáticas se me antojan tan poco como el puré de zanahorias. Merezco un cero en el tema. Como ves, hay algunas cosas en que no estoy tan mal: sé mucho de mitos y leyendas, lo suficiente de historia y hablo doce lenguas, incluyendo las vivas, las muertas y las enfermas (como el dialecto lleno de maldiciones que usan los policías en esta ciudad). Pero eso no quiere decir mucho. Las verdaderas calificaciones de alguien inteligente deberían ser éstas:
«Capacidad de conectar una idea con otra: diez.
«Capacidad de resumir lo que se aprendió: diez.
«Capacidad de pensar por tu cuenta lo que otro sabe: diez.
«El tío se quedó esperando una respuesta. Como no dije nada, agregó:
«―La mente es una máquina de pensar. Lo más importante no es atiborrarla de datos, sino aprender a usarla. Cada cabeza es una máquina distinta, así que cada quien tiene que usar su propio método para pensar.» pp. 55-56

[Diálogo entre Juan y su tío Tito]
«―¿Es posible que un libro cambie cuando lo lee otra persona? ―le pregunté.
«Le conté lo que había pasado con Catalina, sin mencionarla por su nombre.
«―Lo que dices es interesante, muy interesante ―dijo el tío; abrió el termo y el aire se llenó de olor a pipa―. Cada libro es como un espejo: refleja lo que piensas. No es lo mismo que lo lea un héroe a que lo lea un villano. Los grandes lectores le agregan algo a los libros, los hacen mejores. Pero pocas veces ocurre lo que dices. Cuando alguien modifica un libro para ti y tú puedes distinguirlo, significa que has llegado a la lectura en forma de río. Ningún río se queda quieto, sobrino, sus aguas cambian.» p. 75

[Tito]
«―Hay gente que cree que entiende un libro sólo porque sabe leer. Ya te dije que los libros son como espejos: cada quien encuentra ahí lo que tiene en su cabeza. El problema es que sólo descubres que tienes eso dentro de ti cuando lees el libro correcto. Los libros son espejos indiscretos y arriesgados: hacen que las ideas más originales salgan de tu cabeza, provocan ocurrencias que no sabías que tenías. Cuando no lees, esas ideas se quedan encerradas en tu cabeza. No sirven de nada.» p. 96

«―¡Qué rico huele! ―fue lo primero que dijo Catalina cuando la puerta se cerró detrás de nosotros.
«―¿Te gustan los cronopios dulces o salados? ―preguntó el tío.
«―No los he probado.
«―No me extraña: los acabo de inventar.
«―¿Qué son los cronopios? ―preguntó Catalina.
«―Un nuevo tipo de galleta con forma de animal fantástico. Cronopio viene de Cronos, dios del tiempo. Los salados traen recuerdos de otras épocas y saben a lágrima; los dulces provocan ilusiones y saben al azúcar de los tiempos futuros.
«―¿De dónde sacaste la receta? ―le pregunté al tío.
«―De unos cuentos de Julio Cortázar, inventor argentino.» p. 160

«Desde niño imaginaba que tenía amigos invisibles que se reunían de noche, pero no imaginé que esos amigos pudieran ser libros. Ahora lo sabía. Todo libro está dormido hasta que lo despierta el lector. Dentro vive la sombra de la persona que lo escribió.» p. 208

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
27 de noviembre del 2008

lunes, 17 de noviembre de 2008

Gabriel García Márquez, Vivir para contarla


A la memoria de Rosa Muñoz, fallecida la noche
del 12 de noviembre del 2008; personaje de novela,
piedra angular de una especie de dinastía macondiana.

Una historia personal

La mañana del sábado 12 de octubre del 2002 le comenté a Sofía, mi hija, que me urgía ir a la Gandhi a comprar el nuevo libro de García Márquez, su autobiografía titulada Vivir para contarla. Desde 1981, cuando apareció Crónica de una muerte anunciada, se me metió en la cabeza la obsesión de adquirir las primeras ediciones de los nuevos libros de GGM. De ahí la urgencia de tener cuanto antes un ejemplar. Ese día no pude ir a la Gandhi y una gran intranquilidad me invadió. Acomodé mis actividades del día siguiente para ir a la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo.

Sin embargo, al llegar a casa la misma noche de ese sábado encontré, solitario sobre mi mesa de trabajo, un ejemplar de Vivir para contarla. La intranquilidad se transformó en emoción. Tomé el libro y al abrirlo me topé con una dedicatoria: «Para mi papito. / Para que con cada hoja pienses que en un lugar existe una persona que te quiere y que siempre piensa en ti: La China. / Para que cada vez que leas este libro, te venga a la memoria que te admiro y te respeto muchísimo. / Para que cada vez que veas este libro, pienses sin más ni más en alguien que te debe lo que es. / ¡Te quiero con toda mi alma! / Y por favor, no sólo pienses en mí al leer este libro, ¡piensa siempre en mí! / La China / 12-octubre-02, 7:00 PM».

Quise empezar la lectura esa misma noche, pero algo sucedió: encontré un relato sumamente complicado con abundancia de lugares y personas, con retrocesos y adelantos en el tiempo, así es que decidí no leerlo. Por esas fechas preferí quedarme con los muchos artículos y reseñas que se escribieron sobre esta autobiografía, incluido un número especial de la revista Cambio (de Colombia) que daba cuenta de la obra, y que una tarde me encontré como material de lectura en el consultorio de un dentista y que es el último ejemplar y objeto que me he robado: miré a mi alrededor y al comprobar que estaba solo en esa sala de espera, cerré la revista y la guardé en mi mochila.

Y así pasaron muchos días, tantos que completaron seis años, hasta la mañana del 27 de octubre del 2008 cuando de nuevo tomé el libro y lo empecé a leer. Lo concluí a las 00:05 horas del domingo 16 de noviembre.

Desde luego que en todo ese recorrido, como en el de mi vida misma, pensé en mi hija, La China, que se encuentra a miles de kilómetros de la Ciudad de México, en la Universidad de Notre Dame; la imaginé congelándose a temperaturas promedio de 3 grados, pero gozando de la nieve que cae para decirle cuán bella es la naturaleza. También en este camino supe de la partida eterna de mi tía Rosa Muñoz, la casi hermana de mi madre. Me consuela saber que ya no tiene más dolores ni preocupaciones en la vida, que la artritis no hará más estragos en su cuerpo y que habrá de vivir muchos años más gracias a que será recordada por cada uno de los muchos integrantes de su vasta, vastísima, descendencia.

Vivir para contarla

Como ya lo he dicho y casi todos los lectores lo saben, ésta es la primera parte de la autobiografía de Gabriel García Márquez. A diferencia de mi primera impresión, engendrada en el 2002, el relato no tiene nada de complejo y sí mucho de ejemplar: presenta un orden tan detallado y perfecto que hasta parece una novela garciamarquiana.

A lo largo de sus 579 páginas acompañamos parte de la vida de García Márquez (en especial entre sus veinte y sus treinta años), aquella que lo engendra como escritor; sufrimos su pobreza familiar y personal, nos interesamos en su vocación de lector y escribiente, estamos con él en la soledad de la sala de redacción o del cuartucho en que vive; asistimos al nacimiento de sus primeros artículos periodísticos, sus primeros cuentos, sus primeros reportajes y su primera novela. Somos testigos del llamado “Bogotazo”, ocurrido el 9 de abril de 1948, cuando el líder opositor Jorge Eliécer Gaitán es asesinado a pleno día en el centro de Bogotá. Nos convertimos en amigos de sus amigos en Barranquilla, Cartagena y Bogotá, tomamos y fumamos con él y padecemos sus resacas, en fin, constatamos los que antes muchos de sus biógrafos nos han dicho.

Los que somos seguidores asiduos de la vida y la obra de García Márquez, en realidad no encontramos datos nuevos. Por eso, Vivir para contarla es como un cuento repetido sobre el personaje, sólo que en esta ocasión, relatado por él en primera persona, de viva voz. Así, como para reafirmar que García Márquez es quizá el escritor del que más se sabe de su vida personal, incluso con algunos polvos de su vida privada. Y no podría ser de otra forma, porque al leer su autobiografía el lector se va encontrando con las escenas y los personajes que ha visto en los cuentos y las novelas de este autor. Como él señala, sus historias y sus actores surgen de las imágenes y de las personas que se va topando a su paso.

Por ello, en esta autobiografía nos encontramos con los motivos generadores de La hojarasca, la esperanza del general Nicolás Márquez (abuelo de Gabriel) por recibir la pensión que nunca llega y que es el germen de El coronel no tiene quien le escriba, los pasquines que acaban con los honores personales y familiares (suceso ocurrido en Sucre) que inspiran La mala hora, el asesinato (también en Sucre) de Cayetano Gentile que se vuelve drama literario en Crónica de una muerte anunciada. Los enigmas de la vida de un héroe latinoamericano, Simón Bolívar, que se plasmará en El general en su laberinto y, por supuesto, sus empeños y luchas personales por escribir La casa, que luego será Cien años de soledad.

Y junto con ello, las combinaciones de actitudes, costumbres, vestimentas, oficios, frases contundentes, que GM retoma de las personas “de carne y hueso” para conformar a sus propios personajes: la niña que come tierra, la tía que cose su mortaja, la abuela ciega, el abuelo que fabrica pescaditos de oro, el pueblo que se opone al entierro de un ateo que vive en concubinato, la explotación de la United Fruit Company, la huelga bananera y el asesinato de los jornaleros del banano, los tíos que llegan con su cruz de ceniza, la guerra de los Mil Días, la finca Macondo…

Vivir para contarla tiene, como telón de fondo, la lucha política entre conservadores y liberales en una Colombia premoderna que, ante la falta de acuerdos democráticos, debe conformarse con los golpes de Estado y el gobierno de los militares, sus excesos de violencia, sus acciones represivas y sus toques de queda.

Por último, debemos creer que todo lo escrito por García Márquez en Vivir para contarla es cierto, aunque como él lo apunta en el epígrafe: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».

Aparador (o citas citables)

«―Mira ―me dijo―. Ahí fue donde se acabó el mundo.
«Yo seguí la dirección de su índice y vi la estación: un edificio de maderas descascaradas, con techos de cinc de dos aguas y balcones corridos, y enfrente una plazoleta árida en la cual no podían caber más de doscientas personas. Fue allí, según me precisó mi madre aquel día, donde el ejército había matado en 1928 un número nunca establecido de jornaleros del banano. Yo conocía el episodio como si lo hubiera vivido, después de haberlo oído contado y mil veces repetido por mi abuelo desde que tuve memoria: el militar leyendo el decreto por el que los peones en huelga fueron declarados una partida de malhechores; los tres mil hombres, mujeres y niños inmóviles bajo el sol bárbaro después que el oficial les dio un plazo de cinco minutos para evacuar la plaza; la orden de fuego, el tableteo de las ráfagas de escupitajos incandescentes, la muchedumbre acorralada por el pánico mientras la iban disminuyendo palmo a palmo con las tijeras metódicas e insaciables de la metralla.» (pp. 22-23)

«Dentro del espíritu feudal de La Mojana, los señores de la tierra se complacían en estrenar a las vírgenes de sus feudos y después de unas cuantas noches de mal uso las dejaban a merced de su suerte. Había para escoger entre las que salían a cazarnos después de los bailes. Sin embargo, todavía en aquellas vacaciones me causaban el mismo miedo que el teléfono y las veía pasar como nubes en el agua. No tenía un instante de sosiego por la desolación que me dejó en el cuerpo mi primera aventura casual. Todavía hoy no creo que sea exagerado creer que esa fuera la causa del ríspido estado de ánimo con que regresé al colegio, y obnubilado por completo por un disparate genial del poeta bogotano don José Manuel Marroquín, que enloquecía al auditorio desde la primera estrofa:

«Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan,
ahora que albando la toca las altas suenas campanan;
y que los rebuznos burran y que los gorjeos pájaran,
y que los silbos serenan y que los gruños marranan,
y que la aurorada rosa los extensos doros campa,
perlando líquidas viertas cual yo lágrimo derramas
y friando de tirito si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos ventano de tus debajas.» (pp. 198-199)

«Recuerdo su nombre y apellidos, pero prefiero llamarla como entonces: Nigromanta. Iba a cumplir veinte años en Navidad, y tenía un perfil abisinio y una piel de cacao. Era de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados, y un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto. Desde el primer asalto nos volvimos locos en la cama. Su marido ―como Juan Breva― tenía cuerpo de gigante y voz de niña. Había sido oficial de orden público en el sur del país, y arrastraba la mala fama de matar liberales sólo por no perder la puntería. Vivían en un cuarto dividido por un cancel de cartón, con una puerta a la calle y otra hacia el cementerio. Los vecinos se quejaban de que ella perturbaba la paz de los muertos con sus aullidos de perra feliz, pero cuanto más fuerte aullaba más felices debían estar los muertos de ser perturbados por ella.
«En la primera semana tuve que escaparme del cuarto a las cuatro de la madrugada, porque nos equivocamos de fecha y el oficial podría llegar en cualquier momento. Salí por el portón del cementerio a través de los fuegos fatuos y los ladridos de los perros necrófilos. En el segundo puente del caño vi venir un bulto descomunal que no reconocí hasta que nos cruzamos. Era el sargento en persona, que me habría encontrado en su casa si me hubiera demorado cinco minutos más.
«―Buenos días, blanco ―me dijo con un tono cordial.
«Yo le contesté sin convicción:
«―Dios lo guarde, sargento.
«Entonces se detuvo para pedirme fuego. Se lo di, muy cerca de él, para proteger el fósforo del viento del amanecer. Cuando se apartó con el cigarrillo encendido, me dijo de buen talante:
«―Llevas un olor a puta que no puedes con él.» (pp. 260-261)

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
17 de noviembre del 2008

lunes, 10 de noviembre de 2008

J. Antonio Galván P., Génesis según Pastrana (minificción)


Dios dijo que nos amásemos y nos amasemos.

Una interpretación:
El paraíso era en realidad una mujer, y el árbol de la Ciencia del Bien y el Mal en verdad, en verdad os digo, no era un árbol: estaba en el centro del paraíso y provocaba tentaciones.

Conclusión:
La manzana no era manzana y la serpiente no era serpiente.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
10 de noviembre del 2008