domingo, 10 de marzo de 2013

Lecturas de transición



I.

Este separador comenzó a ser escrito el 28 de julio de 2012. Se iba a titular Cinco lecturas, cinco. Abarcaba ese número de libros. Por alguna extraña razón se quedó durmiendo el sueño de los justos y no fue publicado. Los días pasaron y mis astros personales se dislocaron. Empezaron los acontecimientos inesperados. Ahora retomo lo que ya había escrito y relaciono las lecturas que se fueron sucediendo en el tiempo.

Sin duda, deberé cambiar la estrategia redactora, pues pareciera que cada vez tengo menos tiempo para llevar el registro pormenorizado de mis haceres lectores. Sin mayores pretensiones de análisis, solamente dejaré constancia de los libros leídos. Espero que mis lectores apoyen esta iniciativa.

II.

Esta tarde-noche, lluviosa, del 28 de julio de 2012 me he propuesto dejar encerrada la pereza y acabar con el clásico “mañana lo hago”. Quiero darme la satisfacción de escribirle a mis dos lectores. De volver a esta actividad de amanuense que me acerca a ustedes.

Ya pasaron las elecciones. Ahora nos encontramos en el tiempo poselectoral en el que lo único claro es que nuestro próximo presidente será un hombre alejado de la lectura, un ignorante de los placeres que produce el ir pasando la vista, poco a poco, por los surcos escritos. Octavio Paz decía que los políticos debían leer poesía para sensibilizarse y ser mejores personas. Hoy nos queda claro que no sólo poesía sino literatura en sus diversos géneros.

Como ustedes saben, yo prefiero la novela. Por ello, en esta ocasión les comparto brevemente mis últimas cinco experiencias. La primera es La edad de la punzada, de Xavier Velasco. La recorrí del 15 de abril al 21 de mayo. Se trata de un texto autobiográfico, Xavier nos cuenta en 406 páginas sus días de los 14 a los 17 años. Su desapego a la escuela, su vida de burgués empecinado en tener una moto (luego, un auto), sus mundos escolares y de barrio, sus enamoramientos y sus frustraciones amorosas.

Al protagonista, Xavier, el mundo le queda chico. Irse de pinta es una de sus mayores ambiciones, así como burlarse de todo lo que tenga que ver con la autoridad. Hacerse de lo material para presumirlo con sus compañeros y amigos es su máxima recompensa. El estudio le aburre, por ello escapa de él para tratar de conquistar a más de dos, o descubrir los placeres sexuales en revistas pornográficas, primero, y después en un cabaret.

Buena parte del relato es reiterativo, incluso previsible. Pero todo cambia cuando un suceso en la vida del padre de Xavier (quien tiene el mismo nombre) lleva al protagonista a darle un nuevo sentido a su existencia. Si bien su concepción del mundo no sufre grandes transformaciones, sí empieza a verse con otros ojos.

Esta es la primera lectura completa que hago de una obra de Velasco. El primer intento fue Diablo guardián, pero la abandoné por ahí del primer cuarto, aunque muchos me han dicho que sí vale la pena. Cuando acabe de leer las 486 obras que tengo pendientes, les aseguro que realizaré el segundo intento.

Del 22 de mayo a la madrugada del 2 de junio leí una novela de Jorge Alberto Gudiño Hernández: Con amor, tu hija. El autor es conductor, junto con su esposa Mayra González, del programa de análisis literario “La tertulia” (viernes, 9 de la noche, 1110 AM). Fue en ese espacio donde supe de la existencia de la obra. Interesante ejercicio del crítico (Alberto Gudiño) que deja de serlo para convertirse en objeto de crítica.

Con amor, tu hija, nos narra la relación incestuosa de un viejo escritor y su única hija. Él vive solo en una isla y cada año recibe la visita de Emily (su hija). Ella casi siempre lo ha visitado acompañado del novio en turno, nunca el mismo, pero en esta ocasión la acompaña Antonia, una amiga. El escritor se da cuenta de la relación lésbica de Emily y Antonia, y, aunque no deja de sorprenderle tal situación, trata de mantenerse al margen de ello.

Antonia llama la atención del escritor. Digamos que le gusta, pero poco a poco comienza a comparar a la propia Antonia con Emily, y llega a la conclusión que su hija es más bella, con mayores atractivos de mujer que la amiga. Por ello, él trata de alejarse de la pareja para no “caer en tentación”, busca continuar la escritura de su nueva novela, que por cierto su editor le exige cada vez con mayor urgencia. Pero la vida, destino, circunstancias le tienen deparada una sorpresa.

A la vez de ser testigos de esta historia central y “real”, leemos la novela más prestigiada del escritor: Bajo la sombra blanca del abedul, una ficción (que se desarrolla en Japón) que es, también, interesante. Aunque el propio escritor consigna que todos sus críticos coinciden en que se trata de una mala obra literaria.

Del 3 al 24 de junio le hinqué el diente a Canción de tumba, de Julián Herbert. Aquí también asistimos a un relato autobiográfico que tiene como centro la historia de Guadalupe Chávez, prostituta y madre del narrador.

Relato por demás sugestivo que registra los últimos días en la vida de Guadalupe, y que, al mismo tiempo, nos permite ver la vida del narrador: de niño a adulto. Sus carencias, temores, traumas, vicios, relaciones amorosas, lugares de residencia… que se tejen en función de las actividades y personalidad de su madre.

Novela más que recomendable ambientada en el México actual, dominado en gran medida por las pugnas del narcotráfico.

La tejedora de sombras, de mi amigo Jorge Volpi, la leí del 24 de junio al 10 de julio. Sólo quiero dejar consignado que la leí, que fui seducido por la historia de Christiana y sus rejuegos amorosos.

La novela de Pedro Ángel Palou: El impostor, la verdadera historia de San Pablo, el espía que se convirtió en apóstol,  fue recorrida en sus 372 páginas del 11 al 24 de julio. Más que interesante historia que nos sitúa en los inicios del cristianismo. Desde muy pequeño supe que el 29 de junio se celebra el día de san Pedro y san Pablo. Así es que supuse, durante muchos años, que Pedro y Pablo habían sido apóstoles de Jesús, grandes amigos que generaban ideas complementarias, ejemplos de trabajo en equipo.

Sin embargo, después de leer la novela de Palou, llego a la conclusión de que si por ellos fuera no tolerarían ser festejados el mismo día. Pablo, a diferencia de Pedro, no fue discípulo de Jesús. Más bien, fue perseguidor de los apóstoles de Jesús. Su propósito era exterminarlos y las circunstancias, poco a poco, lo fueron llevando a convertirse en un puntal de la naciente iglesia católica. El impostor es, sin duda, una de las mejores novelas que he leído en los últimos dos años.

III.

Del 24 de julio al 3 de agosto leí La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee. A ciencia cierta no sé la razón por la que leí este libro. Quizá porque se trata de una novela que tiene a los libros como uno de sus personales. Quizá me sedujo la información de la contraportada: “La librería de las nuevas oportunidades es a la vez una fábula romántica y un homenaje a la buena literatura, porque a menudo es ahí, en las páginas amarillentas de un libro olvidado, donde están las palabras que pueden cambiar nuestra vida”.

Antología de la crónica latinoamericana actual, Darío Jaramillo Agudelo, ed., leída del 15 de agosto a 24 de octubre. Este libro es de largo aliento. Reúne en sus 650 páginas una buena cantidad de crónicas actuales, de esas que no necesitan ser descritas porque su única magia está con la lectura. La importancia de este texto es que se trata de un ejemplar de transición personal: Lo inicié estando aparentemente sano y lo terminé acostado en la cama 19 de terapia intensiva, hospital de cardiología del Centro Médico.

Axilas y otras historias indecorosas, Rubem Fonseca, leído del 3 al 7 de septiembre. Estos cuentos nos permiten constatar, una vez más, la magia creativa y narradora de Fonseca.

Del 18 al 29 de septiembre mis ojos recorrieron Justicia, del ahora polémico abogado Gerardo Laveaga. Interesante novela basada en el funcionamiento del sistema de justicia mexicano. Los culpables andan sueltos.

El error de la luna, de Héctor Aguilar Camín, entretenida novela que leí del 30 de septiembre al 3 de octubre. No alcanza los rasgos de genialidad de Morir en el Golfo, pero nos permite inmiscuirnos en los secretos de la familia Gonzalbo.

La emoción de las cosas es un libro autobiográfico de Ángeles Mastretta, pero lo cuenta con tal genialidad que bien podemos creer que se trata de una novela de la que ella, Ángeles, es la protagonista. Lo inicié el 7 de octubre, y lo concluí el día 25 del mismo mes, cómodamente instalado en la cama 19 de terapia intensiva, hospital de cardiología del Centro Médico. Mis ojos leían mientras mi corazón se debatía entre latir o no.

Vivir, de Julio Scherer García, lo leí del 26 al 31 de octubre de 2012, recostado en la cama 327 del hospital de cardiología del CMNSXXI. En esos días aciagos de incertidumbre, estudios, medicinas, sueros, inyecciones, visitas, oraciones, mensajes, buenas vibras, esperanza… Nuevamente, la pluma mágica de Scherer recrea importantes momentos de la vida nacional de los que él fue testigo, así como anécdotas con personajes políticos y culturales de nuestro país. Fiel a su estilo, el escritor-periodista lanza certeros dardos que despiertan muchas preguntas y muchas posibles respuestas en la mente del lector.

Del 1 de noviembre al 15 diciembre de 2012 no tengo registro de algún libro iniciado y concluido. Seguramente leí alguno, pero la memoria me falla. Lo que sí recuerdo es que mis ojos leyeron algunas líneas o capítulos de Leo, luego escribo, de Mónica Lavín. De la misma autora: La casa Chica. Dos de Carlos Fuentes: La silla del águila y Federico en su balcón (novela póstuma). Fallas de origen, de Daniel Krauze. También dos libros de “recomendaciones” para escritores: Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa; y El novelista ingenuo y el sentimental, de Orhan Pamuk. Por alguna extraña razón no les di fin, pero les aseguro que poco a poco les contaré qué sucede en algunas de estas obras.

Brama, de Daniel Miklos, la leí el domingo 30 de diciembre mientras acompañaba a mi hija, Sofía, que se encontraba internada en un hospital de la colonia Roma. Una neumonía la tuvo enclaustrada los últimos días de 2012 y los primeros de 2013. Brama es un ejercicio literario más que sugerente. Sólo diré que me impactó leer esta muy buena historia narrada por siete voces.

Del 16 de diciembre de 2012 al 15 de enero de 2013 me deleité con la lectura de Yo, la peor, de Mónica Lavín. Novela sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz. Extraordinario relato que reconstruye los días de la Décima Musa y su lucha constante en un mundo de varones. Fue para mí una de esas historias que no quieres dejar de leer.

Termino este separador con Juegos de alcoba. Usos y costumbres eróticos, de Rocío Barrionuevo (leída del 22 de febrero al 10 de marzo). Interesante y muy bien documentado recorrido por la literatura erótica de todos los tiempos, actividad de escritura que, finalmente, refleja y reproduce lo que sucede en la vida social. Si leer es un placer, leer literatura erótica es un doble placer.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
10 de marzo de 2013


 

martes, 15 de mayo de 2012

Carlos Fuentes, después de ti ¿quién?




Hoy es un Día del Maestro totalmente diferente y triste: murió Carlos Fuentes, el más grande de los escritores mexicanos del Siglo XX y de lo que llevamos del XXI. En noviembre de 2009, cuando cumplió 80 años, rescaté del Anuario 1947 del Colegio Francés Morelos una reseña en la que el joven Fuentes (a sus 19 años) es protagonista. Esta evocación se publicó en la "Página blanca" de la revista eme-equis. Se las dejo como un homenaje a este mexicano universal, a quien desde hoy extrañamos porque era parte de nuestra conciencia.

¿Te acuerdas, Carlos?

por José Antonio Galván Pastrana

En 1947, hace apenas sesenta y un años, concluías tu formación como bachiller en el Colegio Francés Morelos, de los Hermanos Maristas.

Participaste en el concurso de Literatura (en prosa) y tus compañeros Melchor Ortega y otro identificado como E. L. P. escribieron esta pequeña nota que se publicó en el Anuario 1947 del CFM:

En prosa ocuparon los tres primeros lugares, respectivamente: “Rondalla del Sur”, “Senderos” y “Nueve más uno” que, bajo diferentes pseudónimos presentó el talentoso compañero Carlos Fuentes Macías. Su cultura extensa y variada, sus facultades literarias, su genuina y decidida vocación por las letras, auguran para él grandes triunfos literarios en un porvenir no muy lejano.

El estilo de Fuentes, a veces preciosista o exagerado, posee agilidad y sutileza capaces de engendrar obras de valor artístico. Su imaginación es deslumbrante. Las figuras que salen de su pluma son variadas y amenas. Sus conjuntos son armoniosos y brillantes. Sigue las corrientes modernas de Literatura. Podemos asegurar, sin pretender meternos a profetas, que Carlos figurará en breve en las letras mexicanas y que hoy es, sin ninguna duda, el mejor prosista que se ha revelado en las aulas forjadoras del Colegio Francés de Preparatoria.

El H. Jurado Calificador de este Concurso estuvo integrado por los Profesores: Dr. Salvador Mora Lomelí, Lic. José Palafox Águila y el Lic. J. Enrique Moreno Tagle.
 
La misma fuente registra que formabas parte del grupo de Bachillerato en Derecho y Letras y conserva un texto de tu autoría, que titulaste Algo de historia:

Comienza el curso 1946… A las aulas del Colegio Francés Morelos acuden, para formar el abigarrado conjunto de la clase de Abogados, la flor y nata (sic) de diversas secundarias de la Capital y de Provincia…

            Prosigamos la historia… El grupo de cohibidos jóvenes recibe la primera cátedra. Tras un escritorio surge el “dómine de la batuta” que a voz en cuello dice: “Hablando en plata, son unos mensitos…” Y se oye luego un rumor extraño, arcaico, cual si surgiera de las ruinas de Pompeya y Herculano: “Rosa, rosae… amo, amas, amavi, amatum, amare…” Apenas los alumnos se han repuesto del susto, escuchan estas saboreadas palabras: “Bsss… Me voy, ―dijo el mono―, a construir mis ciudades”… Tan hermosa peroración es interrumpida por la parisina voz de quien amablemente nos llama “¡bola de lépegos!”, hiriendo así nuestros más delicados sentimientos (¡ejem!). Después se oye un terrible maremagnun de voces confusas: “Esto me rrrrrepatea”… “ya ves, Riquelme, aquí ni un amigo”… No faltan acentos del Caribe: “oye chico… éto é etafá a su padre… ¡caballero!”. Y retiembla en sus centros la tierra…; aparece la gigantesca figura de un profesor de historia… A continuación, otro de los más conspicuos catedráticos de ciencias históricas suelta esta lapidaria frase: “¡Aquí huele a circo!” (¡Y aún no estaba entre nosotros el célebre Dunstano!)

            Llegamos al Año II de la Odisea… Somos despertados del profundo letargo que nos produjeron las bien merecidas (!) vacaciones, por una voz tenebrosa que anuncia: “¡Osiyá llegué, siño!”; un “forjador de generaciones estudiantiles” se enfrenta a un conglomerado de “hipocritones abominables, perversos, que ignoran que esto es un valle de lágrimas…”

            Alegre y movida fue esta vida de Segundo Año… Del grupo de futuros “buscapleitos” surgieron angelicales personajes: Agüero, Gasió… Pero oigamos la inusitada sinfonía (!) de ruidos y voces lejanas: Pulos abre las ventanas con gesto melodramático; el “Chato” Nassar transmigra a través de la clase al pujido de “Eeeeehaaaaa-jaaaaah”; Utrilla llora desconsolado en un apartado rincón: (“¿Pooorqué te hiiizoo el destinooo…?”); Morán, tímidamente (?) ríe; pasa cual estrella fugaz el “cometa” Pérez; Bermúdez de Castro, con parsimoniosa voz, destila palabras llenas de humildad: (un fuerte olor a violeta se expande en todos los ámbitos del salón); nuestra atención se vuelca sobre el “Monstruo” González Cossío (Díaz), quien buscan incansable a “la musa de la nueva verdad”; deambula entre las bancas el narcotizado “Zombi” Martínez; del techo se descuelga la furibunda mole del “Trucutú” Obregón. Descansemos de tantas y tan fuertes emociones: Veamos tranquilamente sentado al elegante compañero Mier, conservador del castizo idioma (“¡Hiya, baby!”), cerca de nosotros el flamenco Graff; aquí, los académicos Núñez y González Rebollo, tragando avorazados, gruesos y complicados volúmenes; en otro rincón, el incógnito Butrón… Por fin oigamos la voz chillona de Cortazar  reclamando sus derechos…

            Bien dice el dicho: “las apariencias engañan”… Tras la vana apariencia, tras la cortina del aparente “relajo”, este grupo de Abogados vislumbró, siquiera en lontananza, la gran labor que, como futuros depositarios del Derecho y de la Justicia, pesará sobre nuestras débiles espaldas… Aprendió a querer, sin distingos, a través del tamiz de la hilaridad, a todos los Profesores que hubieron de soportarnos… Hubo jocosidad; también mucho cariño: a nuestro Colegio, a nuestros maestros, a nuestra carrera, a nuestra Patria. ¡Que no se diga jamás que, los acaso alegres componentes del grupo de futuros abogados que hoy terminan su Bachillerato, carecieron de nobleza de sentimientos, de un corazón bien puesto! Para terminar, un recuerdo especial para los que fueron nuestros titulares: los Profesores López Parra y Santana.

En ese ciclo escolar, estimado Carlos, fuiste uno de los alumnos más premiados de tu grupo. Obtuviste el primer lugar en Aprovechamiento, el segundo en Moral y también el segundo en Conducta. Otros de tus compañeros, igualmente destacados, fueron Francisco Barba, Arturo González, Víctor Manuel Graff, Ricardo Nassar…

Integraste la última generación del Colegio Francés Morelos, ubicado en avenida Morelos # 30, que se trasladó a la colonia Del Valle como Centro Universitario México, ¿te acuerdas, Carlos?

Fuente: Colegio Francés de Preparatoria. Memoria y premios, número especial 1947.

José Antonio Galván Pastrana
Tláhuac
15 de mayo de 2012

jueves, 5 de abril de 2012

Regreso




A Sofía, que nos dio la alegría y el orgullo de ganar el PNJ 2011.

Estimades lectores,

Escribo “estimades” porque dicen que esa fórmula se impondrá en lugar de “estimadas” y “estimados” o del nefasto estimad@s. Para no decir como Fox: mexicanas y mexicanos, diremos y escribiremos “mexicanes”. Estoy muy apenado con ustedes porque pareciera que he abandonado este espacio. Debo confesarles que cada vez me cuesta más trabajo escribir. A veces el tiempo se hace muy corto y el cansancio muy largo. Hay voluntad pero no diligencia. Si a eso le agregamos que no hay disciplina, ya se pueden imaginar: mucho tiempo de silencio.


Mas este día (que en realidad fueron dos, porque esta entrada se parió el 19 de marzo y hoy) me he propuesto entrar en contacto con ustedes. No voy a reseñar libros, pues sus contenidos se me pierden en la memoria. Sólo dejaré constancia de los que he leído, hojeado y ojeado. Igual y a ustedes les sirvan estas pistas para desentrañarlas en el personal y mágico universo de la lectura.


Entre el 17 y 19 de julio del ya muy lejano 2011 leí Emaús, de Alessandro Baricco. Recuerdo que ese texto lo compré por esos días en una librería de Coyoacán. Supe de él por una recomendación que escuché en la radio: la tercera edición de "Hoy por hoy", con Salvador Camarena y su espacio de los martes “Leer y discutir”, con la maestra Gabriela Warkentin. Con seguridad esta novela tiene pasajes muy rescatables y una historia tan sugestiva que sólo tres días me bastaron para recorrerla, pero la memoria no me da para comentarles aspectos puntuales.


Del mismo 19 de julio y hasta el 20 del mismo mes, le hinqué el diente a Oscuro bosque oscuro, de Jorge Volpi. Una pequeña novela de 147 páginas que hace uso de los cuentos infantiles clásicos (Pulgarcito, Blanca Nieves, Caperucita roja…) para situarlos en los sucesos ocurridos en Europa en la Segunda Guerra Mundial. Lectura ligera, ágil y recomendable. Su eje es la formación del batallón 303 de la policía de reserva y, al término de la guerra, su extinción. Por demás interesante lo que ocurre en un oscuro bosque oscuro o cerca de él.

Entre el 21 de julio y el 15 de septiembre leí, pero no terminé, dos obras: Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos, de Jorge G. Castañeda y Hacia una teoría general sobre los hijos de puta, de Marcelino Cereijido. Si bien avancé mucho es estos ensayos llegó el momento en que los abandoné. Su lectura se me hizo pesada, recurrente; de planteamientos reiterados. Así es que sin más un día los cerré y no volví a abrirlos. Del ensayo de Cereijido me quedó una conclusión: hagamos lo que hagamos y dediquémonos a lo que nos dediquemos, en el fondo y en la superficie todos somos unos hijos de puta. Quizá por eso preferí cerrarlo, pues a nadie le gusta llegar a ese puerto.


Me voy del 16 al 26 de septiembre. En esos diez días leí El jefe máximo, de mi maestro universitario Ignacio Solares. Esta novela histórica recrea los últimos años de Plutarco Elías Calles. Su apego al espiritismo para obtener las claves de su propia vida. Varios personajes-espíritu, como Álvaro Obregón, lo visitan. Le hablan para reclamarle su egoísmo, su ansia de poder, sus decisiones políticas…


Como en otras de sus obras (novelas históricas donde se combina la ficción y la no ficción), Solares recurre a la investigación documental, a los archivos, para obtener los datos que le permitan construir a los personajes, su tiempo y sus circunstancias. El jefe máximo ya se había presentado años antes como obra de teatro, ahora la tenemos como novela. Estimades lectores, si disfrutan de los textos que rescatan a la historia y sus personajes, no dejen de leer esta obra.


Una tarde, mientras buscaba en la Gandhi algunos libros para comprar y leer (en especial Redentores, de Enrique Krauze, que, por cierto, aún no estaba a la venta), me topé con una extraordinaria sorpresa: un libro de pasta azul titulado Amores adúlteros… el final, de Beatriz Rivas y Federico Traeger. Es la continuación de un texto que ya reseñé en este blog (entrada del 21 de mayo de 2011). Si la primera parte de Amores adúlteros me pareció más que rescatable, esta segunda y última lo es aún más. Hay orden en la exposición y una secuencia que deriva en consecuencia. Se cierra la historia de estos amantes y se nos anuncia que no habrá más.


El libro lo leí entre el 6 y el 19 de octubre de 2011. La verdad, es de esas obras que no se quiere dejar. A cada rato volvía a releer lo que mi vista ya había escaneado, pues el texto combina una historia (la de Ella y Él), la lucha interna de los personajes, frases y párrafos contundentes, además de una buena dosis de creatividad editorial.


«Perdida. Esa noche se dio cuenta que estaba perdida: al acostarse con su marido, sintió que le estaba siendo infiel a su amante.» (p. 32)


«Ahí está. Delgado, alto, elegante y enigmático, entra a un edificio, a un teatro, a un restaurante, a un hotel, a un auto, al metro, a un avión, se interna en un parque, flota en un lago, penetra una cantina, camina hacia un cine, una cárcel, una comandancia, un confesionario, una casa, una panadería, un hospital, un estudio, un túnel… ¡ahí está!, le grita el reportero al fotógrafo sin tiempo de tomarle una foto. No tuvieron suerte a pesar de que fue una noche generosísima. El Orgasmo entró y salió y salió y entró en millones de zaguanes, puertas, ventanas, chimeneas, portezuelas, elevadores, callejones, bancas, catres, sillones, camas, escalones, mesas, albercas, tinas, clósets y cortinas, y la ciudad durmió… sonriente.» (p. 98)


«La palabra. Se reencuentran, hablan con la boca llena de primavera. Dialogan con las pupilas colmadas de arco iris. Ríen con los pulmones henchidos de felicidad. Gesticulan con las manos dadivosas de porvenir y, en una abrir y cerrar de sueños, la carne pide la palabra…» (p. 189)


«Orgasmo secuestrado. Él: Tengo secuestrado al Orgasmo. Es el más fuerte, hondo y estimulante que tendrás en tu existencia.
«Ella: ¿Cómo sabes que se trata de un orgasmo tan definitivito y definidor?
«Él: Porque estoy dispuesto a jugarme la vida para que lo sea.
«Ella: ¿Cuáles son las condiciones del rescate?
«Él: Una sola: que traigas en una valija tu tesoro más valioso.
«Ella: ¿Y ese cuál es?
«Él: La llave que abre los poros de tu piel y las compuertas de tu alma.
«Ella: Voy para allá.» (p. 210)


Luego siguieron otras dos lecturas inconclusas: La increíble hazaña de ser mexicano, de Heriberto Yépez, y Redentores. Ideas y poder en América Latina, de Enrique Krauze. Los medio leí entre finales de octubre y los últimos días de diciembre. Ahora que escribo esta entrada me doy cuenta que no soy bueno para leer ensayos. Casi ninguno concluyo. Cuando empiezan a ser reiterativos o a tejer sobre las mismas ideas, sin más les digo adiós. El libro de Yépez busca desentrañar el alma mexicana, su cultura y sus contextos. Sin embargo, habrá de pasar mucho tiempo y de escribirse muchos cientos de cuartillas para igualar El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, su Posdata, y su De vuelta al laberinto de la soledad.


Del libro de Krauze me quedé con los trabajos de tres de los doce redentores que presenta: Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Noté un problema ya detectado en este historiador: es bondadoso son un amigos y mordaz con quienes no lo son. Por ello me alejé del libro, pues sus sesgos, para bien y para mal, debilitan el análisis que hace sobre la vida y obra de estos personajes-redentores.


La mañana del 24 de diciembre de 2011 comencé a leer Beber un cáliz (lo concluí cuatro días después), del desaparecido Ricardo Garibay. En el viejo Canal 13 y luego en Imevisión, me gustaba ver y oír las reseñas literarias que don Ricardo hacía. Siempre parecía enojado, muy serio, para desentrañar los pormenores de las obras que comentaba. En alguna charla o conferencia o congreso, alguien aseguró que Beber un cáliz era la mejor novela de Garibay. Yo la tenía desde hace muchos años como parte de la colección "Narrativa mexicana actual", editada por Planeta y Conaculta, pero no la había leído. De hecho, es una obra que data de mediados de los sesenta (con notas que de actualización en 1979 y 1993). En ella, Garibay recrea los últimos días de vida de su padre, lo que le sirve de pretexto para contar (ese es el eje de la novela) los traumas que le causó al autoritarismo paterno.


El año viejo expiró mientras yo leía a un autor desconocido para mí: Guillermo Fadanelli. Entre el 28 de diciembre del 2011 y el 10 de enero de 2012 recorrí las 311 páginas de Lodo, novela que cuenta la historia de un profesor cincuentón de filosofía y de una jovencita veinteañera. La contraportada del libro nos da algunas claves de la historia:


«¿Cómo puede un hombre razonable, con estudios, prudente, dejarse guiar por las pasiones? Es ésta la pregunta que se hace a sí mismo Benito Torrentera, que a sus casi cincuenta años abandona su apacible vida de profesor universitario para proteger a una joven criminal. La pasión que despierta en Benito el cuerpo y la malicia de Flor Eduarda, lo lanza para vivir una aventura impropia para sus años.»


Del mismo Fadanelli, del 23 al 31 de enero, leí Educar a los topos. Historia de un niño a quien su padre obliga a estudiar la secundaria en una escuela militarizada. Para los que nacimos y conocimos la Ciudad de México de los años sesenta y principios de los setenta, esta obra tiene aspectos que nos hacen volver a ese tiempo y ese espacio:


«Sólo la música instrumental de 620 AM interrumpida de vez en cuando por una voz varonil que decía: “620, la música que llegó para quedarse”.» (p. 35)


«Jamás en mis once años de vida me había cortado tanto el cabello, pero en esta jodida escuela se me exigía que me rapara todavía más. “Tienes que raparte a cepillo, pídele al peluquero casquete corto a la brush”, me recomendaba el policía militar, un gordo de cachetes gelatinosos. Maldita sea, si a fin de cuentas el embrollo podía solucionarse con un poco de gomina. Los famosos fijadores de cabello para hombres Wildrot o Alberto VO 5 harían las cosas más simples sin necesidad de acudir a las tijeras o a la podadora.» (p. 42)


«[Mi padre] También nos permitía usar pantalones acampanados de varios colores y zapatos de plataforma que él mismo compraba en la tienda Milano, a un lado del metro Nativitas. El hecho de que deseara una disciplina acartonada para sus hijos no significaba que les negara los beneficios de la moda. Los padres siempre quieren lo peor para sus hijos, porque lo peor es lo único que dura.» (p. 43)


«Los hijos nos enterábamos de las francachelas nocturnas cuando descubríamos en las mañanas, enmarcadas en cartón, las fotografías de nuestros padres presidiendo una mesa donde jamás faltaba una botella de licor rodeada de vasos: brandy Presidente en los malos tiempos, whisky cuando la cartera estaba colmada. Mi madre era hermosa y sus vestidos siempre estaban por debajo de su belleza. Mi padre era feo, pero trataba de vestirse lo mejor posible, así que los sacos y las corbatas lo hacían verse más amigable. Al pie de las fotografías venía impreso el nombre del cabaret en el que éstas habían sido tomadas: El Capri, La Fuente o Prado Floresta eran los títulos más socorridos, aunque el centro nocturno que recuerdo con menos esfuerzo es uno donde las paredes simulaban la forma sinuosa de una caverna y los meseros aparecían sonrientes disfrazados de calaveras: las Catacumbas, en la calle Dolores, cerca de la Alameda Central.» (p. 64)


«Bienvenidos a la clase media, a sus refrigeradores Kelvinator, lavadoras automáticas Hoover, aspiradoras Koblens, licuadoras Osterizer y a sus modestos jardines. Si mi palabra tuviera algún valor yo habría elegido vivir sin jardines ni aspiradoras, pero jamás abandonar mi deambular por los alrededores del parque Centenario, ni las madrugadas jugando futbol mientras aguardaba mi turno para comprar la leche en los depósitos de la Conasupo. Un complicado vaso comunicante, un laberinto maligno unía el progreso de mi padre con mi destino.» (p. 66)


«Mudarse a Cuemanco significó señal de progreso para todos, menos para mí. […] No conforme, mi padre nos prohibió pegar banderines de Cruz Azul en las paredes porque podía arruinarse el papel tapiz, ¡nada menos que el jodido papel tapiz! Fue una discusión acalorada. Los hijos, en edad de discutir, no comprendíamos que progresar llevara consigo esconder los banderines de nuestro equipo en el armario. La silueta del Gato Marín lanzándose frente a la portería para detener un gol tendría que irse al carajo. La sonrisa de Horacio López Salgado desaparecería y el autógrafo de Fernando Bustos se perdería entre los cajones de la cómoda.» (pp. 138-139)


«Podía haber aceptado la invitación de Marco Polo e irnos juntos a un cine del Centro: Río, Savoy, Teresa, donde se proyectaban películas pornográficas desde las diez de la mañana y se permitía la entrada a menores de edad, o la propuesta de Palavicini para alquilar un bote y surcar las aguas verdosas del lago de Chapultepec, pero lo que hice fue irme a casa de la abuela, pasearme por mis antiguos territorios, vagar en el parque Centenario como si fuera un viejo que no puede dejar atrás sus recuerdos. Mi padre llenaba las paredes de papel tapiz, compraba ceniceros de cristal cortado, ponía marcos dorados a todos los retratos y su hijo volvía de nuevo al lodo, a la vida barriobajera y torva de la colonia Portales. Un cangrejo, nada menos que un obstinado cangrejo avanzando de espaldas al futuro. Un hijo para desandar los pasos, retroceder, volver al punto de partida.» (p. 152)


Has de pensar, lector/a, que me quiero plagiar la novela. Desde luego que no. Sólo ilustro con algunos pasajes que me parecieron familiares porque me remontaron a aquellos años: lugares que conocí, colonias, marcas, estaciones de radio… en fin. El poder de la literatura que evoca tiempos y espacios.


Cambio de autor. De Óscar de la Borbolla había leído relatos cortos. Las vocales malditas me parece un buen hallazgo de creatividad y persistencia. Pero no había leído novelas, así es que en poco tiempo (del 10 al 22 de enero y del 1 al 26 de febrero) recorrí tres: El futuro no será de nadie, Nada es para tanto y Todo está permitido. Las tres comparten una sencillez extraordinaria. El leedor abre el libro y entra de lleno a la historia, el narrador la cuenta de corrido sin entretenerse en detalles menores. Todo es acción y avance. En el inicio, el medio y el final, un lenguaje vivo y atrayente inyectado, siempre, con ampolletas colmadas de lujuria.


Éntrale con fe, lector/a, a estas novelas. En El futuro no será de nadie serás testigo del encuentro casual (¡en el metro!) de Pablo y Lola, de cómo se va tejiendo una historia de amor que rompe con la vida cotidiana de él y nutre el universo de ella. Desde luego, hay un tercer personaje afectado. Descúbrelo.


En Nada es para tanto podrás acompañar la rebeldía de un joven, Gabriel, quien se niega a seguir la tradición laboral de su abuelo y de su padre: ser peluquero. Por eso tiene que alejarse de su familia y su ciudad para empezar a vivir una aventura cargada de encuentros, cinismo, placeres y decepción.


Todo está permitido te narra la vida de Gabriela, joven que crece al lado de su madre y de su abuela, pero que desde muy pequeña comprende que su cuerpo es lo único que puede salvarla. Así se entrega a los hombres lo mismo para conseguir azúcar que para obtener un ascenso en el empleo. En esta obra es de rescatar y destacar el papel del narrador, que se convierte no sólo en eso, sino en un testigo, cómplice y corrector de la propia historia que cuenta.


Cambio de escenario. Del 27 al 29 de febrero leí el más reciente libro del periodista Julio Scherer: Calderón de cuerpo entero. Pereciera que el único propósito del autor es demostrar, a partir de testimonios de personas otrora cercanas a Felipe Calderón, que éste tiene graves problemas con el consumo de alcohol. Así es que el texto bien pudo titularse: “Calderón de vaso entero” o “Ebrio en la primera magistratuta” o “Un borracho en los Pinos”…


Fiel a su estilo, Scherer no cuenta historias completas: las avienta con maestría para que el lector las retome, las sugiera, las reflexione, las interprete. Así continúa la saga en la que la pluma de don Julio pasa a la báscula al actual presidente de la República, como lo hizo con Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y De la Madrid (Los presidentes), con Salinas de Gotari (Estos años y Salinas y su imperio), y con Fox (La pareja).


Para construir su relato y retratar de cuerpo entero al personaje, Scherer recurre a la entrevista, su más depurada herramienta periodística. Conversa con Manuel Espino, presidente del CEN del PAN cuando Calderón ganó las elecciones de 2006; Gustavo Carvajal, viejo político priísta que fue compañero de FCH en la LV Legislatura; y Alfonso Durazo, secretario particular y vocero del expresidente Fox en los dos primeros tercios de ese sexenio. Este último pinta al actual mandatario de cuerpo entero:


«Sostengo una última conversación con Alfonso Durazo. Le pregunto de qué manera describiría al presidente Calderón. Me dice, entregado desde hace años a la reflexión y al ejercicio de la política:


«―La ilegitimidad de origen, traducida en debilidad política, fortaleció a los grupos de poder económico, al narco, a la oposición y a los intereses internacionales y transnacionales. El saldo es hoy un país sostenido con alfileres. Un gobierno humillado por el crimen organizado y diversos grupos de poder; 52 millones de pobres muriendo de hambre; más de 50 mil mexicanos muertos; violaciones sistemáticas a los derechos humanos; corrupción con niveles africanos. La víbora chillando. Y el país aún no toca fondo. No obstante, Calderón ha transformado su gesto en una sonrisa extraña que pareciera expresar la inverosímil satisfacción del deber cumplido.» (pp. 101-102)


Múltiples personajes de la vida pública, como es lógico, dan marco a ésta que puede ser una de las obras más significativas y críticas no sólo del sexenio calderonista sino de su personaje principal.


Por último, lector/a, no te quito más tiempo. Sólo te cuento que la semana del 2 al 9 de marzo leí un texto por demás entrañable, triste y revelador: Los muchachos perdidos. Relatos e historias de una generación entregada al crimen, del periodista Humberto Padgett y del reportero gráfico Eduardo Loza.


Aquí no estamos ante el relato que surge de la imaginación del escritor, sino ante la cruda realidad de los jóvenes (hombres y mujeres) menores de edad que han hecho del crimen su forma de vida y de muerte.


Padgett y Loza se meten a las entrañas de las llamadas "correccionales", en el Distrito Federal, para hurgar en la vida de sus personajes y fotografiarlos con imágenes y verbos. Relato descarnado de los propios jóvenes que cuentan parte de su historia, aquella que los llevó a consumir y distribuir droga, a convertirse en sicarios, a convivir en la colonia hostil donde sólo impera la ley del más fuerte… Desintegración familiar, abandono, carencia, falta de oportunidades (que ni siquiera conocen) son las cuerdas de la red en la que poco a poco quedan atrapados. Ante todo, indiferencia social que genera una aparente ausencia de sentimientos y valores que la propia sociedad les ha negado. Estrategias de readaptación condenadas al fracaso: ¿de qué se van a readaptar si nunca han estado adaptados?


Estos personajes reales se convierten en seres entrañables, no por las argucias del escritor que los crea sino por rudeza de la realidad que los engendra. Mención especial merece la historia de el Ligas, el que aparece en la foto de la foto que ilustra esta entrada. El fotógrafo original es Eduardo Loza, yo sólo la plagié con mi cámara y no le pedí permiso. Espero me disculpe.


Como habrán notado, estimades lectores, sin querer buena parte de los textos aquí presentados tiene un hilo conductor: la relación entre los padres y los hijos. Predomina la figura el padre autoritario y el daño que causa a sus vástagos. Desde luego que también hay historias de amor contrariado (como diría García Márquez), que van del encuentro a la cama y tienen una estación (o varias) en el orgasmo.


Gracias por su lectura y comentarios. Espero, en verdad, que me vean muy pronto.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
5 de abril de 2012


viernes, 14 de octubre de 2011

El adiós de Granados Chapa


Para Antonio Valentín por sus 27

Escribo esta entrada obligado por la prisa. En la edición de Reforma de hoy, 14 de octubre, la columna “Plaza Pública”, del maestro Miguel Ángel Granados Chapa, concluye con un renglón huérfano que dice: “Esta es la última vez que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”.

Granados Chapa, con su modestia y sencillez habituales, ni siquiera se dio el lujo de utilizar su espacio para anunciarnos los pormenores de su retiro. Fiel a su ausencia de protagonismo le bastaron trece palabras para decirnos que se va, que no estará más con nosotros, sus lectores asiduos o esporádicos. Eso muestra la grandeza del hombre, del periodista, del columnista y del maestro. El que hizo de su oficio la más importante razón de su existencia, sin mayores pretensiones que dar a sus miles de lectores un puntual análisis de los sucesos más relevantes de su presente que se prolongó por más de tres décadas.

Tras el asesinato de Manuel Buendía, la tarde del 30 de mayo de 1984, quedaba más que claro que el hueco que dejaba “Red Privada”, la columna que don Manuel escribía y que se publicaba en más de 30 diarios, poco a poco sería ocupado por la de su alumno y amigo Miguel Ángel. Y así fue.

La "Plaza Pública" que nació en Cine mundial, que luego pasó por Proceso, Uno más uno y La Jornada, y que desde hace tres lustros tuvo su lugar en Reforma, se convirtió en espacio obligado para tratar de entender las complejidades de la política, la economía, la cultura y la sociedad mexicanas. El pensamiento limpio y ordenado de Granados Chapa nos hizo transitar por los senderos más obscuros del acontecer nacional, para entender su significado y trascendencia. Para muchos de nuestros gobernantes de ayer y hoy es un periodista incómodo; para los ciudadanos de a pie, la pluma que les dio voz y cobijo para denunciar las injusticias y las impunidades que padecemos.

Mucho debieron batallar Silvia Cherem (Por la izquierda. Medio siglo de historias en el periodismo mexicano contadas por Granados Chapa) y Humberto Musacchio (Granados Chapa, un periodista en contexto) para lograr que Granados aceptara que ellos escribieran su biografía. Por eso en estos momentos se potencia la tarea de ambos periodistas para reconstruir la historia del columnista hidalguense.

En esas obras Granados Chapa afirma que cuando las fuerzas le falten y, a causa de su enfermedad, sienta que ya no puede analizar con rigor los sucesos de la actualidad nacional, determinará, junto con sus hijos, que es la hora de anunciar la retirada.

Pues bien, parece que ese momento ha llegado. Se anuncia con el estruendo de trece palabras, mismas que desde las primeras horas de hoy han sido replicadas en múltiples espacios radiofónicos y electrónicos.

A los lectores nos duele que Miguel Ángel abandone la plaza que él construyó, no para imponer su criterio ni su verdad sino para aglutinarnos en un espacio de denuncia, debate y diálogo. Ojalá que esta decisión abone a favor de su restablecimiento, para que en breve podamos seguir abrevando de la fuente que se encuentra justo en medio de esa plaza.

José Antonio Galván Pastrana
Tláhuac
14 de octubre de 2011




domingo, 25 de septiembre de 2011

Dos libros, un aviso




Esta entrada es para mi amigo Jael y su partida prematura.
Él nunca supo cuán importante era para este amanuense.
Ahora es un amigo eterno: mi amigo niño, que me regaló
muchas frases y palabras. Gracias a él seré para siempre
"Pofesón" y seguirá retumbando en mis oídos su frase célebre:
"¿Cómo estás, bizcochito?" y su pregunta: "¿Qué es bizcochito?"
Gracias, Jael, por todo lo me enseñaste, por tus planas inconclusas
y tus veinte pesos. Por los regalos que tú ni siquiera sabías que me dabas.
Gracias por llenar mi vida de tu ilusión infantil.
Ahora sé que sabías tu destino. Por eso hiciste las cosas sencillas,
sin complicaciones. Por eso para ti era más importante el hallazgo
que la letra bien hecha.
Sabías que tu tiempo era breve, y te encargaste de inundarnos
con tu presencia. Hoy te extrañamos, pero sabemos que eres un ángel.
El ángel que protege a su madre y a sus abuelos,
a sus padrinos y a Emilio y a su familia numerosa.
Danos tu luz y tu fuerza, tu sencillez y tu sonrisa. Danos tu gusto
por la vida para decir con el poeta Sabines: "Y por eso invento la muerte
para que la vida no tú ni yo la vida, sea para siempre".

Estimadas lectoras y estimados lectores, ¿cómo les va la vida?, ¿me han extrañado? Seguro poco a poco han dejado de pucharle al URL de este blog. Para qué, si casi siempre encuentran lo mismo. Han de decir: “Ese cuate ya ni escribe”. Y tienen razón. Por ello he tomado una seria decisión. Seguro están pensando: “Nos va a informar que este separador se cierra, que aquí se acaba”. No. De ninguna manera. Este separador continúa pero ahora tendrá un giro: no necesariamente escribiré sobre libros. Este changarro virtual, ciberespacial, digital o como se tenga que decir, se diversifica, se amplía, adquiere un nuevo respiro.

Lo he pensado mucho, tanto que me he tardado demasiado en hacérselos saber. Llegué a pensar en abrir otro blog, en imaginar otro título, en establecer otra temática. Pero decidí que no era conveniente. Si así con este espacio tengo pocas lectoras y pocos lectores, abrir una especie de sucursal perturbaría a las y los que aún me honran con el privilegio de su visita y su lectura.

Seguirá siendo el Separador, porque cuando abordamos un tema, llámese libro, situación, vivencia, experiencia, dolor, alegría, problema… lo separamos de eso que llamamos “la realidad”. Así es que cuando una idea me asalte o algo me acontezca lo comentaré con ustedes. Puede ser tema político, social, económico, futbolístico, artístico, filosófico, educativo, etc. No establezco ni impongo una periodicidad pues no quiero fallarles. Igual y les escribo a diario (poco probable) o cada semana o cada mes. Eso lo determinará el ritmo de los hechos que se presenten ante mí.

Para que sirva como puente entre el antes y el después, les comento mis últimas lecturas y no lecturas.

Del 16 al 30 de junio leí Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción, de Jorge Volpi. No voy a hacer la reseña de este ensayo, por demás interesante, complejo y, seguramente para muchos, polémico. Tiene como personaje central al cerebro humano y cómo ese “ente” nos ha permitido llegar a ser lo que somos: seres humanos llenos de grandezas y de miserias. Copio para ustedes algunos de sus pasajes que considero ilustrativos. Así, si aún no leen el libro, quizá logre despertar su interés y salgan corriendo a comprarlo. ¿Cómo ven?

«En su discurso tras recibir un importante premio literario, un célebre escritor estadounidense confesó que adoraba las novelas porque, a diferencia de casi cualquier otra cosa, no sirven para nada». (p. 13)

«El arte no es sólo una prueba de nuestra humanidad: somos humanos gracias al arte». (p. 15)

«… los mecanismos cerebrales por medio de los cuales nos acercamos a la realidad son básicamente idénticos a los que empleamos a la hora de crear o apreciar una ficción. Su suma nos ha convertido en lo que somos: organismos autoconscientes, bucles animados». (p. 16)

«Yo no soy sino una ficción de mi cerebro. O… mi yo es una fantasía de mi cerebro. Eso sí, la mayor y la más poderosa de las fantasías, pues se concibe capaz de generar y controlar a todas las demás. El yo me da orden y coherencia, estructura mi vida, me confiere una identidad más o menos nítida ―pero no existe ningún lugar preciso en el cerebro donde sea posible localizar a ese esquivo fantasma, a ese omnipresente y omnipotente animalillo que es el yo». (pp. 17-18)

«Los humanos somos rehenes de la ficción. Ni los más severos iconoclastas han logrado combatir nuestra debilidad y nuestra dependencia por las mentiras literarias, teatrales, audiovisuales, cibernéticas, pero ellas no nos deleitan, no nos abducen, no nos atormentan de forma adictiva por el hecho de ser mentiras, sino porque, pese a que reconozcamos su condición hechiza y chapucera, las vivimos en la misma pasión con la cual nos enfrentamos a lo real. Porque esas mentiras también pertenecen al dominio de lo real». (pp. 20-21)

«En una novela o en un cuento nunca vemos a los personajes, sino a un personaje ―o, más bien, las ideas que forman un personaje― nos invitan, primero, a identificarnos con él y, sólo después, a representarlo de manera visual. Al imaginar a un personaje contamos con una libertad inusitada, pues sus ideas se mezclan de maneras radicalmente distintas con las ideas (la experiencia) de cada lector particular. Todos vemos a míster Kane con el rostro iracundo y mofletudo de Orson Welles, mientras que cada lector inventa una Anna Karénina distinta sin que ello perturbe su esencia. A Kane lo miramos y sólo después nos metemos en su pellejo, a Anna Karénina le damos vida desde su interior aun antes de reconocer sus atributos». (p. 25)

«No quiero exagerar: leer cuentos y novelas no nos hace por fuerza mejores personas, pero estoy convencido de que quien no lee cuentos y novelas ―y quien no persigue distintas variedades de ficción― tiene menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a sí mismo. Leer ficciones complejas, habitadas por personajes profundos y contradictorios, como tú y como yo, como cada uno de nosotros, impregnadas de emoción y desconcierto, imprevisibles y desafiantes, se convierte en una de las mejores formas de aprender a ser humano». (p. 30)

«… la ficción surge también como un esfuerzo colectivo, un singular ejercicio de cooperación entre aficionados. Yo, lector, acepto tus mentiras siempre y cuando tú, contador de historias, me mantengas en vilo, me lleves a vivir experiencias, me conduzcas a sitios ignotos, me emociones, me sacudas o me exaltes. Éste es el pacto y, si alguno de los dos lo quebranta, el juego pierde sentido y concluye con el mismo desasosiego que nos embarga al ser bruscamente arrancados de un sueño». (p. 47)

«En resumen, la ficción literaria debe ser considerada como una adaptación evolutiva que, animada por un juego cooperativo, nos permita evaluar nuestra conducta en situaciones futuras, conservar la memoria individual y colectiva, comprender y ordenar los hechos a través de secuencias narrativas y, en última instancia, introducirnos en las vidas de los otros, anticipar sus reacciones y descifrar su voluntad y sus deseos». (p. 49-50)

«¿Qué diferencia nuestra conciencia, pues, de la de otros animales y, en especial, de nuestros parientes peludos? Según Donald, un atributo específico: la mímesis en su máxima expresión. Compartimos con los simios salvajes, y en mayor medida con los simios educados en nuestro entorno, la capacidad para monitorearnos y reconocernos, pero nosotros hemos perfeccionado una habilidad sin igual para imitarnos y “leer” las mentes de nuestros congéneres. Y, por encima de todo, el homo sapiens desarrolló la imaginación simbólica ―y con ello trastocó para siempre su propia estructura cerebral». (p. 59)

«Con el transcurso de los meses, la variedad de estímulos externos, sumada a las ideas que los padres se apresuran a compartir con los hijos ―y que éstos copian febrilmente―, provoca que las ideas del yo se multipliquen hasta que en cierto punto, ¡pum!, el niño de dos o tres años se vuelve consciente de sí mismo. Se me permita esta metáfora: el yo es una novela que escribimos, muy lentamente, en colaboración con los demás». (p. 72-73)

«La ficción no puede ser vista, pues, como un mero accidente en la evolución humana, un lindo e inútil artificio o una chispeante fuente de entretenimiento. Por el contrario, la ficción surge a partir del mismo proceso que nos permite construir el mundo y, en especial, concebir las ideas que tenemos de los demás y de nosotros mismos. Invento mi yo así como los yos de los demás, mediante un procedimiento análogo al que me permite concebir una narración en primera persona. Mal que nos pese, todos somos ficciones. Ficciones verdaderas. Si no fuese así, tendríamos que conformarnos con encarnar las palabras del poeta: polvo y sombra». (p. 74)

«Analicemos lo que sucede con un texto. Conforme avanzo en mi lectura de Los hermanos Karamázov, mi cerebro contrasta patrones y los actualiza a partir de las huellas dejadas por el autor ―a veces, una sola palabra basta para desatar una catarata de sentidos―. La asociación de ideas funciona justo así: un meme conduce a su vecino y éste al siguiente, en una cadena que en principio podría volverse interminable. Sea por similitud ―metáfora― o por proximidad ―metonimia―, las ideas se suceden unas a otras, crecen y se reproducen como si estuviesen animadas. Ideas virus, memes egoístas.
«Otro ejemplo. El novelista escribe: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”, todos los fusilamientos que he leído, escuchado o visto ―de Goya a Monet, pasando por decenas de novelas sobre la Guerra Civil española― comparecen de golpe en mi cabeza sin que los haya convocado. García Márquez no necesita describir escrupulosamente todo el ajusticiamiento ―quiéralo o no, el lector ya lo tiene delante―, sino apenas aquellos detalles que, a sus ojos, lo tornan especial e irrepetible». (p. 91)

«Si el yo es un invento genial de nuestra especie, nuestra historia personal es nuestra primera ficción. Basta leer los cientos de memorias y autobiografías que nuestros congéneres han redactado desde el principio de los tiempos, de San Agustín a Rousseau al último político en turno: todas declaran su apego a los hechos y, tras un somero escrutinio con otras fuentes, todas demuestran, en mayor o menor medida, su falsedad. No se trata de simples inexactitudes o, en el otro extremo, de groseras mentiras, sino de la consecuencia ineludible de narrar a partir de un solo punto de vista ―la autobiografía es un género que, en las librería anglosajonas, jamás debería estar expuesto en el anaquel de la no-ficción». (p. 107)

«La imitación, mecanismo esencial para nuestra supervivencia, se halla en la base de ese extraño comportamiento, tantas veces vilipendiado o menospreciado, que conocemos como empatía. Me meto en tu pellejo para averiguar si eres amigo o enemigo, si me tenderás la mano o me clavarás un cuchillo en la espalda y, al hacerlo, te conozco mejor ―y de paso me conozco mejor a mí mismo. El inmenso poder de la ficción deriva de la actividad misma de las neuronas espejo ―y de ellas se desprende una idea todavía más amplia y generosa, la humanidad. ». (p.115)

«En las neuronas espejo, el yo y el otro se traslapan, se trenzan, se enmarañan ―por un instante dejamos de estar aislados en el recóndito interior de nuestros cráneos y creamos un vínculo virtual con los demás. Seré más drástico: de hecho, el yo sólo se modela a partir del contacto con los otros. Como demuestran las historias de los niños ferales, como el infeliz Kaspar Hauser, un bebé que crece en aislamiento es apenas humano. Por eso la soledad extrema conduce con frecuencia a la desesperación o a la locura ―o a la filosofía». (p. 118-119)

Cómo ves, lector/a, ¿interesante, no? Nuestra realidad y nuestro ser habitan nuestro cerebro. Por eso, al concluir la lectura le mandé un mensaje vía tweeter al autor: @jvolpi: Si Ortega y Gasset hubiera leído tu libro más reciente, su frase célebre sería: "Yo soy yo, mis circunstancias y mi cerebro". Espero que los párrafos reproducidos te abran el apetito para leer el libro.

Andaba enredado en esas letras, cuando la editorial Alfaguara dio a conocer y publicó la novela ganadora de su Premio 2011. Se titula El ruido de las cosas al caer, del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Año con año me mantengo atento a este premio de novela. Gracias a él, por ejemplo, en el 2004 descubrí a Laura Restrepo y su Delirio. Un año antes, Xavier Velasco adquirió notoriedad con Diablo guardián, que dos personas me regalaron y muchas más me recomendaron, pero la que nunca pude concluir. No sé por qué algo me alejó de la primera lectura. Tiempo después traté de entrarle, pero no pude. En el 2008, Antonio Orlando Rodríguez fue el ganador con Chiquita. Contrario a su título, una gran novela. En el 2009, compré El viajero del siglo, de Andrés Neuman, pero es uno de los muchos libros que me están esperando para que los lea. Por eso ese texto está acostado en el librero: para que no se canse de tanto esperar.

Del 1 al 11 de julio leí El ruido de las cosas al caer. Sin duda, uno de las mejores novelas premiadas por Alfaguara. Es una historia doble: la del narrador, de nombre Antonio, abogado y profesor; y la de Ricardo Laverde, joven aviador a quien el crecimiento del tráfico de drogas en Columbia, de los años 70 y 80, lo lleva a querer resolver su vida en un vuelo en el que transportaba cocaína y por el que ganaría dos millones de dólares. Pero el destino le jugó una mala pasada y Laverde no pudo cumplir su objetivo.

Pues bien, junto con esa dualidad de personajes protagónicos se da otra especie de desdoblamiento temporal. Antonio cuenta la historia en el 2009, muchos años después de que los hechos centrales concluyeron (1996), pero que desde muchos años antes se fueron hilvanando. Sin embargo, respecto del tiempo, el lector no tiene problemas ni se enfrenta a trampas. El narrador claramente lo va situando.

Como se trata de una obra más que digna de leerse. Sólo señalaré que sus pocos personajes se vuelven entrañables. Los vemos actuar con sus grandezas y sus miserias, con sus sueños y las sorpresas que les depara el destino. Desde luego, en primer lugar, Ricardo Laverde y su fugaz amigo Antonio Yammara; pero sin desmerecer en el desarrollo novelesco: Elaine (Elena) Fritts, Maya, Aura y la pequeña Leticia. ¿Qué relaciones hay entre ellos? Eso mejor descúbrelo tú, estimado/a lector/a.

El telón de fondo de la historia completa es la Colombia dominada por el narcotráfico, en especial su capital: Bogotá. Por ello, un personaje más que relevante es el capo Pablo Escobar, cuya sombra inunda el paisaje.

Cuando me encontraba metido en esta lectura, los escuchas de la tercera emisión del noticiero Hoy por hoy, de W Radio, que conduce Salvador Camarena, fuimos invitados por Gabriela Warkentin (encargada de la sección Leer y discutir) a leer El ruido de las cosas al caer y a enviar comentarios al twitter de Camarena. Así es que aproveche y envié los siguientes:

@SalCamarena "El ruido de las cosas al caer" es de los mejores premios Alfaguara. A la altura de "Chiquita", por encima de muchas otras.

@ "El ruido..." tiene un acomodo exacto de los sucesos, un hecho sucede después de otro, sin trampas ni trucos. Qué novela.

@ Gaby Warkentin quiere que leamos "El ruido de la cosas..." a partir de lo que vivimos los mexicanos, pero ello nos limita.

@ Qué personajes: Antonio, Ricardo Laverde, Elena, Maya... dignos de recordarse por mucho tiempo. Qué novelón. Escobar de fondo.

@ Entre la Colombia de los 80 y el México actual no hay similitudes, sólo hay dolores sociales que se comparten por su parecido.

@ "Le cambiaron al país" dijo Maya. Ella (Elena) llegó a un sitio y veinte años después ya no lo reconocía. [A nosotros, también].

@ Cientos de casos como éste. Eso es lo bueno de Colombia [y de México] que uno nunca está solo con su destino.

@ Ricardo quiso lo mejor para él y su familia. Pero se fue por el camino equivocado en el momento equivocado, con el amigo equivocado.

@ "Lo que importa en la vida no es cagarla, sino saber remediar la cagada": Ricardo a Antonio.

@ "Yo no veía los noticieros. Tardaría tiempo en soportarlos de nuevo, en admitir de nuevo que las noticias invadieran mi vida".

@ Cien años de soledad, exagerado, melodramático. Julio puso una uña larga sobre la E de la última palabra, que estaba al revés.

@ Cien años de Soledad le pareció aburrido a Elena: "El español es muy difícil y todo el mundo se llama igual". Ah qué García M.

@ Maya Laverde nació en julio de 1971, más o menos al mismo tiempo que Nixon utilizaba por primera vez "guerra contra las drogas".

@ Ricardo Laverde, sin saberlo, trastocó la vida de Antonio. Provocó que Antonio oyera el del ruido de las cosas cuando caen.

@ Aura se cansó de tratar de entender lo que pasaba con Antonio. Se llevó a la pequeña Leticia y, otra vez, cambió la vida de él.

@ "El ruido..." hay que leerla como es: una ficción de la Colombia de Escobar, poco parecida al México del Chapo, los Z y cía.

@ De los personajes, me quedo con Maya. Se vuelve entrañable por sus decisiones de vida. Hasta me dan ganas de ir a conocerla.

@ Ricardo seguro andaba otra vez en malos pasos. Eso le costó la vida, pero hizo posible "El ruido de las cosas..."

@ Oficio de críticos: empiezan las comparaciones entre Restrepo, Vallejo y Vásquez. Cada uno tiene su encanto en esa Colombia 80.

@ Un actual joven de Juárez, Matamoros o Monterrey escribirá dentro de 20 años la versión mexicana de "El ruido de las cosas al caer".

@ Elba Esther es más peligrosa y duradera que Pablo Escobar. Él controlaba las drogas; ella, la educación. Que la extraditen.

@ Elena Fritts sentó a Maya en sus rodillas y le dijo: "A papá se le acabaron los años" [A muchos mexicanos, también].

@ Maya a Antonio: Cientos de casos como éste, cientos de huérfanos ficticios, yo era un caso solamente...

@ Maya a Antonio: Eso es lo bueno de Colombia, que uno nunca está solo con su destino. [También es lo bueno de México].

Desde luego, siguieron otras lecturas. Estoy en las páginas finales de El jefe máximo, de Ignacio Solares. Igual y en breve puedo comentárselas. Pero antes de ésta hay muchas otras. Ya les platicaré.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
25 de septiembre de 2011

sábado, 21 de mayo de 2011

Re-cuento


A Isabel, mi hermana, por sus 15 x 4
A Toño López, con un abrazo fuerte y solidario

Estimados lectores, porque creo que ya son más de uno. A alguno de ustedes me los he encontrado en el camino y me han dicho, que no reclamado, que han buscado una entrada nueva en mi blog y no la han encontrado. Pues bien, aquí va.

No les escribía desde la década pasada. Así es que bienvenidos a este nuevo tiempo que, con seguridad, nos tendrá deparadas muchas nuevas sorpresas.

El 2010 (16 a 31 diciembre) lo terminé con la lectura de El sexenio de Televisa. Conjuras del poder mediático, de Jenaro Villamil. En este libro se documenta el inmenso poder que tiene esta televisora. Llamémosle poder “real”, que le permite no sólo mantenerse vigente como medio de comunicación, sino en influir en muchas decisiones de carácter político. Así, los televidentes, contados por millones, recibimos una versión de la “realidad”, en la que en nuestros días el aún gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, ocupa un lugar muy importante.

El último día del 2010 y hasta el 11 de febrero del 2011 leí dos novelas “negras” de Elmer Mendoza: Balas de plata y La prueba del ácido. De éstas sólo rescato las acciones del detective Édgar Mendieta, especie de clarividente cuya intuición le permite resolver casos difíciles. Al hacerlo, nos deja ver la complicidad de policías y narcotraficantes, el poco valor de la vida humana, las miserias de hombres y mujeres en un espacio sin ley. Es decir, a través de la ficción tenemos, como lectores, la posibilidad de acercarnos al tiempo que nos ha tocado vivir.

Las obras de Mendoza me interesaron al escuchar una entrevista radiofónica que le hizo Javier Solórzano. Consideré que bien valía la pena echarme un clavado en esas páginas y lo hice con el gusto por descubrir algo nuevo. Y lo encontré, a pesar de que la crítica no es muy positiva para el autor.

Como elemento intercalado, ya entrado 2011, del 15 al 20 de enero, leí Amores adúlteros, de Beatriz Rivas y Federico Traeger. No voy a decirles de qué se trata, pues el título es más que sugestivo. Reproduzco unas cuantas líneas de la historia de Él y Ella:

«Amanece, todavía duerme. Él le susurra al oído: Espero que tus párpados, al separarse, reciban un día tan hermoso como el paisaje de tus pupilas.
«Después le da un beso acechante, suave, insistente, contundente y certero al clítoris de su razón.» (p. 23)

«Cada mail tuyo es un clímax mío. Estoy empezando a experimentar correos múltiples.» (p. 37)

«Ella:
«Dejó de funcionar mi cerebro… ¿y si deja de funcionar mi corazón?
«Él:
«Entonces te doy el mío, que ya es tuyo.» (p. 39)

«Ella está en salón de belleza. Saca su teléfono para marcarle: quiere preguntarle de qué color pintarse las uñas de los pies. En ese instante se da cuenta de que está profundamente enamorada.» (p.77)

«El culpable fue ese amanecer mágico, de volcanes lúdicos y orgullosos. O tal vez pasó desde antes, desde el inicio de los tiempos, desde que inventaron el mito del amor eterno. ¿No dicen, acaso, que el futuro está escrito en nuestra mirada?» (p. 108)

«―¿En dónde estás? ―se preguntó Él, a solas.
«También a solas se contestó:
«―Ya sé dónde, en mi torrente sanguíneo, en el fuelleo de mis pulmones, en mi sentido del ritmo, en la estrella que guía mis sueños, en la clarividencia del aire, en las texturas del deseo, en la hojarasca del lenguaje, en la polifonía del silencio, en los derrumbes de la ansiedad, en los escalones del tiempo, en la silueta del devenir, en los surcos de la certidumbre, en el iris del calendario.» (p. 119)

El programa radiofónico La Tertulia, que se transmite los viernes de 9 a 10 de la noche en el 1110 de AM, fue el culpable que del 6 al 23 de marzo leyera El último poeta del universo, de Orlando Cruzcamarillo. Una breve novela (135 páginas) que nos relata la relación amorosa de un poeta: Marco Aurelio y una joven funcionaria pública del municipio de Nezahualcóyotl: Agripina.

Lo interesante de la novela es que la cuentan dos voces, sus protagonistas: Marco Aurelio y Agripina. Por tanto, esa relación es vista, analizada y vivida a veces desde el uno y a veces desde la otra. Criterios que se cruzan, deseos que chocan contra la pared, competencia entre ambos, coincidencias que confluyen en encuentros… Interesante experimento de narración del que, sin duda, el autor sale bien librado.

El sábado 26 de marzo, en la tranquilidad de El Bohío, en Veracruz, echado en un camastro playero y refrescado por la brisa el mar, empecé a hincarle el diente a La profundidad de la piel, de Pedro Ángel Palou. Una historia triangular de amor integrada, como es lógico, por tres personajes: Él, un músico, narrador enamorado de Ella, una pintora (a quien Él llama “mi amiga del cuello largo”) y el pintor del mundo flotante, de quien Ella está enamorada.

Si bien en la cuarta de forros se califica a este libro como “luminoso” y se asegura que “Pedro Ángel Palou ha escrito su novela más límpida y ha logrado un clásico contemporáneo”, este amanuense no comparte esa opinión. Palou ha recurrido a un lenguaje estrictamente musical (el narrador es músico) por lo que precisa de un lector conocedor de ese lenguaje, supuesto que en este caso no se cumple. Terminé la lectura en la Ciudad de México el día séptimo del cuarto mes.

El 8 de abril inicié la lectura de la obra más reciente de Carlos Fuentes: Carolina Grau. La continué el 13 de ese mes en un vuelo con destino a Madrid, y la concluí el 14 en una habitación del hostal Luis XV, en el centro de esa ciudad, después de una visita por demás impactante al Museo del Prado, sus Meninas y sus Majas.

Fuentes reúne en esta obra ocho cuentos, situados en tiempos y lugares distintos, pero que tienen un personaje común: Carolina Grau. El libro, por tanto, puede leerse como lo que es: una especie de antología de cuentos con historias independientes, en un plano de microcosmos. Pero también puede integrarse en un todo, unido por esa figura enigmática de la protagonista. Desde esta segunda óptica podemos apreciar la magia creativa y narrativa del escritor.

Desde que en 2008 leí El corazón helado, de Almudena Grandes, me dieron ganas de echarle un ojo a la primera novela de esta autora: Las edades de Lulú. El libro lo busqué en las diversas visitas que hice a la Gandhi, pero nunca tuve suerte. “Está agotado”, me decía alguno de los empleados de ese lugar.

Antes de viajar a España, Jaime Castañeda me dijo: “No dejes de ir a la librería Fnac, está en el centro de Madrid, frente a El corte inglés”. En efecto, sin buscarlo, de repente me encontré frente a ese establecimiento. Ahí me acordé de mi búsqueda infructuosa de Las edades de Lulú. Así que pregunté por ese texto, la empleada de la librería buscó en el ordenador, dejó su asiento y me llevó al estante de literatura erótica. Ahí estaba Lulú, pareciera que me esperaba desde hacía mucho tiempo. Mi hijo pagó los 8.95 euros que costaba el libro y lo puso en mis manos.

La noche del 15 de abril, en la misma habitación del mismo hostal Luis XV, al regresar del tablao Las carboneras, comencé a recorrer la historia de Lulú y a inmiscuirme en sus edades. Copio para ustedes, lectores, parte de la contraportada del libro en la que se resume con precisión esta fascinante novela: “Sumida todavía en los temores de una infancia carente de afecto, Lulú, una niña de quince años, es seducida por Pablo, el amigo de su hermano mayor [Marcelo] por el que desde pequeña siente una rendida fascinación. Después de esta primera experiencia, Lulú, niña eterna, acepta el desafío de prolongar indefinidamente, en su peculiar relación sexual, el juego amoroso de la iniciación y el sometimiento. Pero el sortilegio se rompe cuando Lulú, ya con treinta años, se precipita, indefensa pero febrilmente, en el infierno de los deseos peligrosos”. Ni más ni menos. Ésa es la historia. Qué historia.

El libro me acompañó de Madrid a Lisboa y de Lisboa a Madrid. Lo terminé la madrugada del 23 de abril, incómodamente sentado, en el avión de Iberia que me regresó a la Ciudad de México.

Por último, las lecturas aquí consignadas tuvieron una especie de telón de fondo: otra lectura: El último brindis de Don Porfirio, de Rafael Tovar y de Teresa. Lo inicié el 11 de febrero y lo concluí tres meses después. Fue una actividad lectora que intercalé con la de otros libros. Se trata de una investigación básicamente hemerográfica en la que el autor nos presenta la fastuosidad de los festejos del Centenario de la Independencia, llevados a cabo en 1910.

Un México que en voz de sus gobernantes llegaba al siglo XX para afianzarse como país moderno, democrático, independiente, pacífico... Tres ilustres mexicanos habían hecho posible tal sueño: Hidalgo, Juárez y Díaz.

La obra es un recorrido pormenorizado de aquellos festejos: su organización, sus invitados, sus presupuestos, sus discursos… Mientras la élite celebraba, afuera del Palacio Nacional (valga la metáfora) se empezaba a prender la mecha de la Revolución de 1910.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
21 de mayo de 2011

lunes, 27 de diciembre de 2010

Confieso que he leído


Para Antonio Valentín
por su exitosa graduación
en la Universidad de Amsterdam.
Para Silvia y Beto, por la llegada
de Chilpa.

En días pasados uno de los pocos lectores de este blog me preguntó por qué he dejado de leer. Le respondí que su apreciación era errónea, que mi actividad lectora continúa igual que en otros tiempos. “Es que —me dijo— hace mucho que no veo una nueva entrada. La última, de Pamuk, ya la leí más de tres veces”.

Entonces me asaltó una sensación de arrepentimiento y culpa. El primero, por no haberme dado el tiempo para escribir las entradas sobre los libros leídos. La segunda, por el abandono de este espacio, por dejar solo a mi único lector.

Por ello me resultan admirables las personas que tienen la disciplina de la escritura. Disciplina que les permite publicar periódicamente reseñas o artículos o ensayos o crónicas. Personas que, suceda lo que suceda, escriben. Recuerdo que hace muchos años le preguntaron al escritor Luis Spota (ya fallecido) cómo le hacía para publicar una novela cada año. Él contestó que diariamente escribía dos cuartillas definitivas (es decir, podía escribir muchas más, pero al final dejaba dos), ésa era su primera actividad del día. Al término de un año tenía más de setecientas cuartillas dignas de ser publicadas, pero entonces empezaba un proceso de depuración para quedarse con 250 o 300 con las que conformaba su libro anual.

Estimado/a lector/a, este prolongado silencio no se debe a que no haya leído. Digamos que mi actividad lectora le ha ganado a mi actividad escritora. Eso es todo. A veces no hay tiempo para sentarse a puchar el teclado para escribir. Las obligaciones cotidianas se nos imponen implacables y, como bien decía la abuela: "primero está la obligación y luego la devoción". El trabajo se ha impuesto al gusto por compartir mis lecturas.

Hecha esta aclaración, te cuento que del 11 al 26 de mayo leí el libro más reciente de Laura Restrepo, Demasiados héroes. Una historia tranquila que nos cuenta la vida de una periodista colombiana y su hijo, el adolescente Mateo, producto de la relación de aquélla con un militante argentino (Ramón). La novela recrea algunos pasajes de la dictadura militar en Argentina de los años 70 y 80 del siglo pasado.

Los compromisos políticos y clandestinos de Ramón, sus huídas constantes para no ser atrapado por los militares, provocan que su mujer lo abandone, vuelva a Colombia y se lleve con ella, por supuesto, al pequeño Mateo.

Demasiados héroes nos muestra el reencuentro del padre con su hijo, o mejor dicho, la búsqueda que hace Mateo de su padre. La unión de dos vidas separadas en esa parte reciente de la historia argentina, que ahora se reconstruye poco a poco a partir de los ecos de las muchas voces que padecieron la persecución, la tortura y la injusticia.

Del 7 al 16 de junio mis ojos recorrieron las letras que conforman Adán en Edén, una pequeña novela de Carlos Fuentes, que presenta la vida de Adán Gorozpe, buscador de poder político que, para lograrlo, contrae matrimonio con Priscila Holguín, hija de un hombre poderoso: Celestino Holguín, el “Rey del bizcocho”. El desamor hacia su esposa lleva al protagonista a involucrarse sentimentalmente con otra mujer: Ele. Adán en Edén es el relato de esa doble vida del protagonista.

Con seguridad, esta novela no formará parte de los grandes libros de Carlos Fuentes. Pareciera que su gran imaginación y magia literaria le han abandonado en los últimos años y no nos ha regalado nada digno del recuerdo permanente.

La semana del 19 al 26 de julio, este lector-amanuense se enteró de las penurias de Porfirio Díaz en sus últimos años de vida, una vez que fue desterrado a causa de la Revolución Mexicana de 1910.

Pobre patria mía, de Pedro Ángel Palou, nos lleva de mayo de 1911 a abril de 1915 para acompañar al expresidente Díaz en sus momentos de reflexión, tristeza y soledad; alejado de la patria y los amigos, e imposibilitado a cambiar las condiciones de México, condiciones adversas que él mismo provocó.

La lectura de esta obra la inicié en la playa de Varadero, Cuba, teniendo frente a mí las apacibles aguas de su mar y disfrutando de su clima paradisíaco. La concluí la noche del 26 de julio, recostado en mi cama, en mi domicilio de la colonia Moderna de la Ciudad de México.

Del 27 de julio al 19 de septiembre, en una lectura lenta pero interesante, recorrí las páginas de Arrebatos carnales, de Francisco Martín Moreno. La obra nos presenta algunos pasajes de la vida amorosa de ciertos personajes de nuestra historia nacional: Maximiliano, Porfirio Díaz, Morelos, José Vasconcelos, Pancho Villa y Sor Juana Inés de la Cruz.

Estos personajes son presentados como seres humanos, es decir, desprovistos de esa versión oficial que los hace héroes o antihéroes. Nuestro morbo lector provoca que nos enteremos de los hilos que determinaron su vida afectiva, sus preferencias y sus orientaciones sexuales…

Entrado en la moda provocada por este año de Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución, me di a la tarea de leer del 19 al 26 de septiembre la novela de Celia del Palacio, Leona, que recrea la vida y la obra de Leona Vicario, heroína de la Independencia. La historia abarca de 1808 a 1842 y nos muestra los pasajes y personajes más significativos de la guerra de Independencia: ideales y sueños, móviles políticos, traiciones, encuentros y desencuentros, pugnas… en fin, todo aquello que permitió la formación de una nueva vida para el México recién nacido. Concluí esta lectura en la ciudad de Bogotá, Colombia, a la que asistí al X Congreso de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación.

Leona es una excelente novela que presenta las motivaciones de la joven burguesa, Leona Vicario, que la orillan a tomar una decisión crucial en su vida: involucrarse en la preparación de un movimiento armado de 1810. Un hecho significativo para ella fue enamorarse del joven abogado, Andrés Quintana Roo, quien de igual manera era uno de los subversivos que buscaba cambiar las condiciones políticas y económicas de hace dos siglos.

Ésta es una buena oportunidad lectora para formarnos una idea por demás completa de esta heroína un poco olvidada de nuestra historia oficial.

Si bien hubo otros libros, como se verá líneas abajo, me adelanto para comentar otro texto que complementa a Leona. Su título es La insurgenta, de Carlos Pascual, y que también recrea la vida y aportaciones de la Vicario a la Independencia nacional. Pero esta recreación se hace a partir de la muerte de Leona, el 21 de agosto de 1842. Obedece a una convocatoria del Ayuntamiento de la Ciudad de México para opinar sobre dos cosas: discutir si los funerales de Leona Vicario serán de Estado o de ciudadano ilustre, y determinar si a la fallecida se le dará el título de “Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria”.

Acuden al Ayuntamiento diversos ciudadanos y personajes políticos para dar sus opiniones y, al hacerlo, como lectores nos vamos enterando de los pormenores de la vida de doña Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador de Quintana Roo.

Si bien la obra no nos presenta el conteo final, se colige que la mayoría vota a favor de los funerales de Estado, que finalmente recibió, y en nombrarla “Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria”. Lo que nunca sabemos en qué momento y por qué artes perdió tal consideración, toda vez que sólo tenemos un Padre (soltero) de la Patria, pero no una progenitora nacional.

Omito aspectos puntuales de estas dos obras, pero sí recomiendo la lectura de ambas. Sin querer son textos que se complementan y nos proporcionan una amplísima visión sobre la vida de esta mujer que supo luchar y defender sus ideales políticos, contrarios a su propia posición económica y a su fortuna personal.

Para continuar con esta decisión de leer obras relacionadas con el Bicentenario, retomo El misterio del águila, de Juan Miguel Zunzunegui. De entrada, lector/a, te diré que no te la recomiendo. Se trata de esas novelas cuyos hechos son forzados para llegar a un final feliz. Parece más un argumento de mala telenovela que una historia que recree sucesos de la vida nacional (en este caso, prenacional). Lo peor es que el autor nos amenaza diciendo que ésta es la primera parte de una "Trilogía de la Independencia".

Por lo dicho, no vale la pena consignar ni personajes ni situaciones ni escenarios. Sólo te comento que la inicié el 17 de octubre en Amsterdam, la continué del 19 al 21 en París, la retomé el 22 en Bruselas y la terminé a la 1:35 del 24 de octubre en la casa del Chino en Amstardam. Así que lo rescatable de la lectura no fue la historia en sí, sino la experiencia de vida que me regaló mi hijo en esos días inolvidables en el llamado viejo mundo: conocer esas ciudades; apreciar el arte de Van Gogh y saber de su vida caótica y azarosa; llegar al ático de Ana Frank; sentir el frío europeo; entrar al Museo de Louvre y estar frente a la Victoria de Samotracia, visitar en su casa a la Gioconda y ver que tiene más admiradores que las prostitutas de las vitrinas de Amsterdam; abrazar con la mirada a la Venus de Milo; pasear por el jardín de las Tullerías; subir a la Torre Eiffel; cenar en París; ver el recorrido apacible de las aguas del Sena; admirar las construcciones de esos lugares; llegar a Notre Dame y fotografiar sus gárgolas y oír el disparo que le quitó la vida a Antonieta Rivas Marcado… qué días me regaló la vida, lástima que no haya tenido ante mis ojos la gran lectura que acompañara y potenciara esa aventura. Desde luego, lo más importante de todo ello (y razón de esa visita) fue la graduación de mi hijo, Antonio Valentín, como maestro en negocios y mercadotecnia.

Justo el 17 de octubre, mientras volaba de México a Amstardam, concluí la lectura de libro de Humberto Musacchio, Granados Chapa, un periodista en contexto, mismo que había iniciado el 9 de octubre. Se trata de un recorrido por la vida del columnista más importante de este país desde 1984 y hasta nuestros días.

El 30 de mayo del 84, cuando fue asesinado Manuel Buendía, nadie como Granados Chapa para ocupar el lugar que había quedado vacante. Día tras día a través de su Plaza Pública, el maestro Granados lo ha confirmado.

En este libro, Musacchio nos lleva a conocer los pormenores de esta historia viva del periodismo que, curiosamente, está involucrada en los sucesos más significativos de la prensa nacional de las últimas cuatro décadas: los esplendorosos tiempos del Excélsior dirigido por Julio Scherer, el golpe orquestado por Echeverría en contra de ese periódico, el nacimiento de Proceso, la etapa de oro del Unomásuno, el surgimiento de La Jornada y la última casa de Granados Chapa en el diario Reforma. Hacer periodístico que no puede ser ajeno ni a los sucesos nacionales ni a los avatares propios de la vida personal y al desempeño profesional.

Todo ello es lo que se nos relata en este libro que, por sí mismo, constituye una excelente lección para todos aquellos que son o pretenden ser periodistas.

Como complemento perfecto de esta obra, a los pocos días apareció en los estantes de las librerías otra que reconstruye la vida del periodista: Por la izquierda. Medio siglo de historias en el periodismo mexicano contadas por Granados Chapa. Su autora: Silvia Cherem S. Este libro lo comencé a recorrer el 25 de octubre y lo concluí el 3 de noviembre.

El texto de Cherem presenta, también, la historia de este periodista con base en una serie de entrevistas de la autora con el columnista.

Estimado/a lector/a, ambos libros son más que recomendables. Representan un homenaje a la vida de Granados Chapa, vida dedicada al periodismo, encarnada en un profesional de él que letra a letra y párrafo a párrafo nos muestra diariamente, a lo largo de los últimos cuarenta años, lo difícil que es ser congruente cuando una pluma y una inteligencia desnudan las prácticas de los efímeros poderosos.

Por último, en este recuento re-cuento, sólo me queda comentarte que del 28 de septiembre al 10 de octubre le hinqué el diente a una novela de Gonzalo Celorio: Y retiemble en sus centros la tierra, misma que me recomendó y regaló mi amigo Jaime Castañeda Iturbide.

Se trata de la historia del doctor Juan Manuel Barrientos, profesor alcohólico que hacía recorridos con sus alumnos por diferentes cantinas del Centro Histórico de la Ciudad de México. Así como el doctor Castañeda me la recomendó, yo también te la recomiendo. Lástima que no la podamos recrear cantina a cantina pues una muy significativa de ellas ya no existe.

Pero deja que la conciencia del protagonista te cuente esta historia tal y como me la contó. Lee sus catorce capítulos acompañado/a de tu bebida favorita, puede ser desde un agua de horchata hasta un güisqui en las rocas o una cuba libre o una paloma o un brandy con sidral… También puedes hacer el recorrido por Casa Pedro, La Ópera, el Bar Alfonso, La Puerta del Sol, La Casa de las Sirenas, El Nivel (aquí no porque ya despareció) y La Potosina, tal y como lo hizo el doctor Barrientos. Igual y aunque no leas te pones una guarapeta sabrosa y llegas a la conclusión del protagonista: “…la cruda puede curarse pero es imposible disfrazarla”.

¿Te das cuenta, estimado/a único/a lector/a, que sí he leído? Sólo me faltaba un poco de tiempo para poder decírtelo. Espero, como siempre, tu comentario.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
23 de diciembre de 2010