sábado, 15 de mayo de 2010

Rosa Montero, Instrucciones para salvar el mundo


Del 2 al 10 de mayo leí esta obra de Rosa Montero. No había leído ninguna novela de esta madrileña, si acaso algún artículo. Hace algunos meses, digamos una tarde de enero, Homero Ventura me llevó el libro y me dijo que era “muy sencillo, de fácil lectura”.

Para comprobar su dicho comencé a recorrer sus 312 páginas y, en efecto, el ritmo apresurado y sin recovecos provoca una experiencia lectora apetecible.

Montero crea un microcosmos con la vida de cuatro personajes. Los hechos se sitúan en los suburbios sombríos de Madrid. No transitamos por las grandes avenidas ni entramos a las grandes edificaciones de la capital española. Nos quedamos en un espacio oscuro donde los personajes viven su cotidianidad.

La trama es muy sencilla: las coincidencias provocan que cuatro vidas totalmente diferentes confluyan a partir de los caminos que debe recorrer Matías, taxista, viudo reciente y protagonista de esta historia. Así, él nos lleva a compartir el duelo por la partida de su esposa, Rita; mujer trece años mayor que él y que con su cariño y cuidados le dio sentido a la existencia casi perdida de Matías. Su nueva condición humana lo acerca a una obsesión: un médico es culpable de la muerte de Rita, entonces aparece Daniel, adicto a los juegos y a las páginas eróticas de la red, mediocre galeno del hospital San Felipe.

Junto con ello, nos ubicamos en un lugar al que empieza a frecuentar Matías: el Oasis, bar que permanece abierto las 24 horas y en el que conoce a Cerebro, senil profesora retirada de quien también sabremos algunos de los pormenores de su vida. Para cerrar el cuadro de los personajes, encontramos a Fatma, prostituta nacida en Sierra Leona para quien la vida en un burdel madrileño, el Cachito, es mil veces mejor a las penurias que debió pasar para sobrevivir y, luego, salir de su país.

Como telón de fondo, la historia transcurre a la par de las acciones delictivas del asesino de la felicidad, sujeto que da muerte a ancianos, quienes presentan en sus rostros un rictus de alegría. El desgarramiento de esta atmósfera se da a la par de la conclusión del relato.

Estimado/a único/a lector/a, te invito a que nades por las aguas de estas instrucciones, que desde luego no salvarán al mundo, pero que nos sitúan en un contexto propio de la desesperanza, las bajezas y las amenazas de la sociedad globalizada.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
15 de mayo de 2010

sábado, 8 de mayo de 2010

Ildefonso Falcones, La mano de Fátima


A la memoria de Alejandro Julio Puente Munguía,
conocido en el bajo mundo de la familia como “Tane”,
que escogió el Día del Niño para separarse de este mundo
e iniciar sus aventuras en otro mejor.

Como lo señalé en la entrada anterior, no tenía la intención de leer esta obra. Sus 955 páginas me daban miedo, ejercían sobre mí una especie de desmotivación. Pero una tarde de marzo la maestra María de Jesús Gómez llegó con su hija Fátima a mi oficina en la UMA. Me regaló esta novela, junto con otra de Pamuk y una botella de tequila.

El 2 de abril, Viernes Santo, comencé esta lectura, misma que concluí la mañana del 1 de mayo en una capilla ardiente de la agencia J. García López, mientras esperaba el llamado para recibir la urna con las cenizas de mi cuñado Tane.

Pareciera que Ildefonso Falcones ha diseñado un modelo para escribir sus novelas. La estructura de La catedral del mar y La mano de Fátima son similares. El autor repite la receta: Establece y estudia un tiempo, en este caso va de 1568 a 1612. Nos sitúa en un espacio: parte de la historia transcurre en Granada y otro tanto en Córdoba. Diseña un protagonista (Hernando Ruiz o Ibn Hamid) y lo rodea de personajes que lo quieren y protegen y de otros que lo odian y desean su muerte. Echa a andar el relato y coloca al protagonista al filo del despeñadero, cuando parece que no hay escapatoria posible una circunstancia fortuita lo salva. Al final, la historia se cierra con otras múltiples coincidencias que le permiten al personaje principal concluir sus días en paz y tranquilidad.

El telón de fondo de esta novela es la lucha entre cristianos y moriscos. Cada quien pelea por su dios y, al hacerlo, incurre en violencia extrema para acabar con el enemigo. Por eso la sangre y la injusticia tiñen toda la historia. Esto le permite al lector mantenerse interesado en los hechos, que uno a uno van llegando sin dilación.

Hernando Ruiz desde pequeño tiene una vida atormentada por las circunstancias de su origen: su madre morisca, Aisha, es violada por un sacerdote cristiano. Fruto de esa violación nace él, también llamado el Nazareno, y por ello se debate entre su mitad morisca y su mitad cristiana. Algunos lo consideran morisco y, para otros, es un cristiano. En esa dualidad habrá de enfrentarse a su destino, a veces ni él mismo sabrá quién ni qué es.

La historia amorosa de Hernando quedará marcada por tres mujeres: Fátima, Isabel y Rafaela. Muchos personajes le perseguirán para hacerle daño, mientras otros tantos se empeñarán en protegerlo.

Querido/a único/a lector/a, te invito a inmiscuirte en esta propuesta de Falcones. En muchas ocasiones sentirás que la sangre te corre apresurada y serás testigo de una batalla entre seres humanos empeñados en defender al dios verdadero. Lo malo es que nunca se dieron cuenta (ni se han dado) que se trata del mismo.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
8 de mayo de 2010.

sábado, 17 de abril de 2010

Rabih Alameddine, El contador de historias


Escucha: había una vez un leedor que acostumbraba ir cada año a la librería, en especial a la Gandhi. Ahí se daba su autorregalo de navidad, año nuevo, reyes y cumpleaños. Un día, una tarde o una noche de diciembre recorría una y otra vez los estantes del establecimiento. Preguntaba por los más recientes libros de García Márquez y Fuentes y Saramago o Allende y Restrepo y Mastretta… veía títulos, autores, empastados, tamaños, tipografías, contraportadas.

En su visita del 2009 se encontró con dos nuevos títulos de Volpi (una novela y un libro de ensayos); los Papeles inesperados, de Cortázar; de Saramago, Caín; Adán en Edén, de Fuentes; Demasiados héroes, de Restrepo. Los echó en su canasta de compras y siguió su camino. Luego se topó con La mano de Fátima, de Falcones, pero dijo “no” por su gran tamaño: casi mil páginas de lectura. Llegó frente a El contador de historias y las primeras líneas de la cuarta de forros motivaron su compra: Escuchad. Dejad que os guíe en un viaje hacia los confines de la imaginación. Dejad que os cuente una historia

El 8 de enero de 2010, mientras Isabel Allende iniciaba la escritura de nueva novela, el leedor empezó a recorrer El contador de historias. Desde las primeras páginas creyó captar la estrategia del autor, Rabih Alameddine: montar un escenario en varias pistas. Una aparente historia real contada por Osama, nacido en Líbano en 1961. Este dato atrajo aún más la atención del leedor, pues él también nació en ese año, pero en México. Otra, la historia de Fátima, esclava de un emir y de la esposa de éste. Una tercera, la del esclavo que luego será libre, luego príncipe y luego rey: Baybars.

Y dentro de estos relatos muchos otros surgidos de la imaginación, la historia, la leyenda, la tradición (o todas ellas juntas) de los hakawati. «Un hakawati es un contador de historias, mitos y fábulas (hekayât). Un cuentista, un actor. Una especie de trovador, alguien que se gana la vida hechizando al público con relatos. Como la palabra hekayeh (“historia”, “fábula”, “noticia”), hakawati se deriva de la palabra libanesa haki, que significa “charla” o “conversación”, lo que supone que en libanés el mero acto de charlar ya supone narrar una historia». (pp. 53-54)

Por un momento el leedor tuvo la tentación de no leer el libro según el orden de las páginas sino según la aparición de los personajes. Supuso que ello le hubiera permitido una mejor comprensión de cada uno de los relatos. Pero no lo hizo, una voz le dijo que si lo hacía iba a perder el encuentro de los hilos narrativos. Y no se arrepintió, pues la magia de la estrategia del autor está justamente al final, cuando los cauces de los ríos confluyen, y de ese encuentro surge la redondez y complejidad de esta historia y de este tiempo que es a la vez muchas historias y muchos tiempos.

El leedor se quedó impresionado por la sencillez de los múltiples relatos. Desde luego hubo muchas situaciones que no entendió, pues su ignorancia sobre el mundo árabe es mayúscula. Por ello debió conformarse por medio entender la diversidad que confluye en Beirut, donde las razas, los pueblos, las tradiciones y los credos se mezclan para formar un mosaico de eso que hoy llaman multiculturalismo.

Al leedor le dijeron que esta obra es Las mil y una noches del siglo XXI. Quizá lo sea, aunque según lo declara el escritor su meta no es tal. Mal haría en reconocerlo. El tiempo y los lectores le darán o no a esta obra un lugar en la literatura.

Lo que el leedor no puede negar es que El contador de historias está lleno de magia y simbolismos, de realidad (tan cruda como la guerra civil en Líbano a mediados de la década de los setenta y que se prolongó por muchos años) y fantasía, misma que hace coincidir en la tierra a humanos con espíritus, a dioses con demonios.

El leedor encontró a muchos personajes entrañables cercanos a Osama: el abuelo, la madre y el tío Yihad. Trató de entender, aunque en realidad no lo consiguió, la dualidad literaria de las Layla y las Fátima. Pero sobre todo, fue presa de una especie de encantamiento, pues aunque dos veces interrumpió la lectura del texto, cuando volvió no tuvo ningún problema para atrapar de nuevo a la presa.

Y así, poco a poco, como deben leerse estas historias o tomarse un buen vino o hacer el amor, la mañana apacible y silenciosa del 1 de abril, Jueves Santo, el leedor puso fin a la lectura. Él le sugiere, querido/a único/a lector/a, que vaya a una librería, compre este libro y escuche…

José Antonio Galván Pastrana
Colonia moderna
1 de abril del 2010

miércoles, 31 de marzo de 2010

Ana Francis Mor, Manual de la buena lesbiana


A tres Brendas, Gaby, Vicky, Ale,
Diego y Víctor, por la nostalgia del egreso.
A los participantes en El Bohío, incluidos
un Camilo y una Estrellita.

Continúa pospuesta la lectura de El contador de historias. Concluí Ella y otras mujeres e inicié, el 5 de marzo, el recorrido por las venas de este libro que me consiguió en eme-equis Ale del Castillo.

Aunque pude concluirlo antes, me esperé para leer en El Bohío sus últimas páginas, lo que ocurrió hoy sábado 20 de marzo, frente al mar del Golfo de México, en espera de la llegada de un norte, rodeado de los jóvenes de comunicación de la Universidad Marista que con sus música estridente invaden mis oídos.

A la autora de este Manual de la buena lesbiana ya la había leído en alguna de sus columnas que quincenalmente publica en la revista eme-equis. Por eso, en cuanto supe que compilaría y publicaría en un libro algunas de esas colaboraciones, le pedí a la Jinta (Ale del Castillo) que me consiguiera un ejemplar.

Debo confesar que su lectura la hice casi a escondidas, pues muchas de mis amistades al verme leer me preguntan: “¿qué estás leyendo?”, e imaginé (simple prejuicio) que al decirles “el Manual de la buena lesbiana” se sorprenderían y formularían más preguntas. Para evitarlo, leía en lugares apartados y no mostraba la pasta del texto. Igual y si esto lo supiera la autora me mentaría la madre, me diría algo así como: “los lectores también deben salir del clóset”. Para lavar mi pecado, prometo que compraré otros ejemplares y se los regalaré a mis amigas habitantes de la isla de Lesbos.

El Manual consta de 40 lecciones, entre ellas: Nunca te enamores de una buga, ¿Clóset? Ni de caoba, No sólo de tortilla vive la lechuga, ¿Qué horóscopo sigue una buena lesbiana?, Cómo vive su calvario una buena lesbiana, Cómo marcha una buena lesbiana, ¿Qué edad tiene una buena lesbiana?, ¿Cómo desea una buena lesbiana?

En beneficio de la autora, y del mío propio, debo decir que desde que leí en la revista una de sus columnas, me atrapó su estilo mordaz, ágil, sabroso y cachondo. Inspiró en mí la confianza para dedicarle parte de mi vista, mi tiempo y mi cerebro, así como en el pasado lo hicieron conmigo como lector Jorge Ibargüengoitia y Germán Dehesa. Ana Francis posee un don muy especial para dominar la tecla (en el sentido literal de la frase) y atraparnos en las redes de sus relatos.

Del Manual de la buena lesbiana resalta la dignidad de la escritora y su gusto, que no condena o destino o castigo, por vivir sin tapujos ni prejuicios su ser lésbico, su orientación sexual (que no preferencia).

Estimado/a único/a lector/a de esta entrada del blog: le invito a que disfrute estas lecciones a veces valientes, a veces reflexivas, a veces agresivas de Ana Francis Mor. Para motivarlo/a le dejo este aparador.

Aparador (o citas citables)

«La condición de heterosexualidad o la esencia buga está fundamentalmente opuesta al principio de indeterminación de Heisenberg, según el cual es imposible determinar la posición de la partícula subatómica mientras no estemos dispuestos a aceptar la incertidumbre absoluta respecto de su posición exacta». (pp. 26-27)

«Si la vida es una larga conversación, la sobremesa es el mejor lugar para vivir». (p. 54)

«Una vez rumbo a Ensenada dormité un poco y con el sonido de las olas y las playas —vendidas a los jubilados gringos— soñé. En mi sueño había letreros espectaculares de fondo azul con letras blancas que decían “Todo México es territorio lesbiano”, “Yo nací lesbiana porque soy mexicana” y así, letreros por todos lados, “Marota power” o “Lesbucks café”. No había problema, no nomás había dos estados en donde estabas medianamente reconocida en la ley, sino 32. Y cuando desperté, fresca como una lechuga, me di cuenta que si fuera celular tendría más derechos». (p. 63)

«Piensas que el mundo es un lugar extraño para vivir, que hay artículos de primera necesidad, como son los derechos humanos, que por más que pasan los meses, miles y millones de meses, no acabamos de pagarlos —y con un chingo de intereses—. Piensas que la justicia, la educación y la salud debieran ser gratis y no nomás los primeros dos meses, sino todos los meses de todos los años, porque hay que proteger a los tuyos. Piensas que los anuncios de la tiendas deberían dejar de poner a puras parejas heterosexuales y que deberían dejar de decir que la mujer o es mamá o no es mujer, porque resulta tremendamente indignante y ofensivo, y ahí te das cuenta que estás en un lugar que en cada rincón resalta la indignidad tan profunda en la que vivimos. Y mientras piensas cómo es que la humanidad llegó a este punto de organización tan absurda regresa tu mujer que andaba en Electrónica y te dice: “Okey, ya me convertí en mi mamá”». (p. 67)

«Sería lindo que desde que naces tuvieras la opción de que te gustaran los niños y las niñas… Sería un ahorro como del 76.5 por ciento del DIT (Dolor Innecesario a lao Tarugo). Sería lindo que la educación pública fuera consciente y respetuosa de la diversidad. Sería lindo que los libros donde está la madre patria en la portada dijeran que la diversidad es un valor que provee de riqueza a una sociedad, que un país entre más diverso más chipocles». (p. 83)

«¿En qué parte del cuerpo se encuentra la pasión? A veces en el pecho, a veces en los genitales, a veces en la boca, supe de unas brasileñas que la traían en los pies… en fin.
«Hay costumbres emocionales autodestructivas que están tan arraigadas, que sólo un tratamiento de choques artísticos podría desatorar. Es el caso de la tan católica costumbre de sentir culpa desde temprano en la mañana hasta tan tarde por la noche. Y el problema de la culpa es que es difícil de extirpar. A pesar de ser puro tejido muerto, necrosado, está como encarnado en diversas partes del cuerpo, así que la disección tiene que ser más bien con filos muy específicos, como el humor y el placer». (pp. 128-129)

«...Y así, tratando de sostener el edificio de deberes, mi deseo se fue yendo pa'la chingada. Como dice la célebre filósofa contemporánea argentina Laura Eiven, estamos tan ocupadas en ocultar lo que somos que el deseo se nos va escabullendo. ¿A dónde? Pues al paraíso de los deseos reprimidos: avenida Gastritis casi esquina con Esa-úlcera-ya-parece-balón, en la colonia Ojalá-no-sea-cáncer, provincia de Tan-enojada-estoy-que-te-pateo. O sea, de que se quedan, se quedan.«¿Cuál es el propósito de reprimir los deseos? ¿Qué podría haber más importante en el mundo que desear? ¿Cuál actividad es mejor que hacer el amor? ¿A quién se le ocurrió que había que controlar los deseos? ¿Para qué? ¿Para cumplir con quién? ¿Para lograr qué?«Enterrar el deseo es tan efectivo como el gel anticelulitis y las pastillas para adelgazar.«No se puede tapar el sol, ni el mar, ni el cielo, ni dejar de respirar. No se puede». (pp. 166-167)

José Antonio Galván Pastrana
El Bohío, Tecolutla, Ver.
20 de marzo de 2010

viernes, 19 de marzo de 2010

Rubem Fonseca, Ella y otras mujeres

Para Sofía, por sus 27 años
y el inicio de su vida laboral


Me encontraba a la mitad de la lectura de El contador de historias, de Rabih Alameddine (325 de sus 660 páginas), cuando tuve que ir a las oficinas de la revista Nexos a renovar mi suscripción. Ahí me regalaron Ella y otras mujeres y sin pensarlo dos veces comencé a leer ese libro de cuentos. En mis pocos ratos libres lo caminé todito del 26 de febrero, día en que llegó a mis manos, al 4 de marzo. Eso implica que esta compilación se transita muy rápidamente.

Rubem Fonseca contaba con 81 años cuando publicó este libro (en 2006) cuyos personajes, usted lo adivinó querido/a lector/a, son mujeres. Además de Ella, que no aceptaba que al hacer amor se hablara de filosofía, conocemos las intimidades de la profesora Alice; de Belinha, Olívia y Xânia, las enviadas del Despachador; de Carlota, la que perdió la maleta; de Diana, la gustosa del sadismo; de la incansable e insaciable Elisa; de la incorregible Fátima Aparecida; de la autoviuda Francisca; de Guiomar, la que derrotó al machismo; de Helena, la periodista que acabó con la reputación de un empresario; de Heloisa la pecadora.

Ademas de las existencias de Jéssica, la engañadora; de Joana, la fea salvada por el amor; de la escritora Julie Lacroix; de Karin, la violentada; del trágico fin de Laurinha y Lavínia; de la traviesa Luíza; de la chateadora Marta; de Miriam, la que sentía un objeto extraño en la garganta; de la cleptómana Nora Rubí; de la trabajadora y sumisa Raimundinha; de Selma, la enfermera; de la anciana Teresa; y de Zezé, que en realidad se llamaba Josefa y que por un orgasmo mató a un hombre.

Historias breves producidas y reunidas por la pluma de Fonseca, en un tiempo cercano al nuestro: la Internet y los teléfonos celulares también forman parte del ambiente. Vemos el encuentro de hombres con mujeres que dan rienda suelta a sus instintos amatorios.

Con estilo ágil, atractivo, el autor nos seduce desde la primera línea y hasta la última gracias a nuestra debilidad lectora marcada por el morbo, que en términos literarios llamamos erotismo.

José Antonio Galván Pastrana
El Bohío, Tecolutla, Ver.
19 de marzo del 2010

domingo, 31 de enero de 2010

Alejandro Almazán, Entre perros


Este libro me lo regaló Alejandra del Castillo. Lo primero que vi, luego de la portada, fue la dedicatoria escrita por el autor:

Tío Galván:
Esta pequeña bulldog es cortesía de mi tocaya Ale del Castillo.
Según Élmer, tiene rabia.
Ya verás que por aquí ocurren tiros de gracia, rafagazos, amistades truncadas y tipos salidos del infierno.
Un abrazo.
Dic. 009
¡Fúmese después de leer!

Un día después de haberlo recibido comencé la lectura. Ésta abarcó del 9 de diciembre del 2009 al 7 de enero del 2010. Así es que tuvo como telón de fondo las fiestas navideñas y de año nuevo.

Entre perros es la primera novela del cronista Alejandro Almazán. Su estilo es ágil, sencillo y respetuoso de las formas propias del habla (y la escritura) de los personajes. Gira en torno a la amistad de tres sinaloenses nacidos en el poblado perdido de Diosmío: Diego, el periodista narrador; Carlos, el Rayo, empresario de box; y Ramón, el Bendito, sicario de diversos carteles del narco. Son unos cuantos días en los que se sitúa la historia, pero los retrocesos nos permiten ver y entender las acciones de los diversos personajes y los lugares geográficos dónde ésta se desarrolla.

La novela plantea el modus operandi de los capos del narcotráfico: sus relaciones políticas con personajes clave del gobierno, sus luchas intestinas por apoderarse de mercados, sus ejércitos de sicarios y sus prácticas de muerte, sus traiciones, en fin, todo aquello que nos llega a cuentagotas en los relatos periodísticos amarillistas que no nos explican una realidad sino que sólo nos muestran los retazos que de un tiempo a la fecha tiene consternada a la sociedad mexicana.

Almazán combina seres ficticios y los hace convivir con otros seres, construidos con pedazos de personas de carne y hueso, sobre todo de la vida política. Así, un personaje que aparece como la esposa del presidente, por los rasgos que muestra, nos hace pensar indudablemente en Marta Sahagún. Tal vez por ello el novelista se vea precisado a aclarar, en la página de agradecimientos, su deuda con la ficción: “Y gracias a la ficción; no importa que, a veces, la realidad la aplaste como quizá ocurra con esta novela que es eso: ficción”.

Le recomendamos, amigo/a lector/a que pase su vista por Entre perros. Tendrá, a lo largo de la lectura, el fondo que le da la información periodística del día a día: Que si el presidente declara que va ganando la guerra contra el narco, que si el narco efectúa seis ataques contra la policía federal en Michoacán y deja otros tantos muertos, que si en Chihuahua 27 personas fueron ejecutadas en dos días, que si ayer hubo 38 asesinatos ligados al narco, que si desaparece la mayoría de los testigos protegidos, que si en Morelia ocurren ataques con granadas y se dan tiroteos en distintas partes de la ciudad. Es más que sugestiva la combinación lectura de ficción-lectura de la vida real.

Finalmente, Entre perros nos recuerda nuestra propia realidad: vivimos amenazados por el autoritarismo gubernamental, omiso a veces, excesivo en otras; y el poder del narco que cada día domina más y más espacios de la vida pública.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
31 de enero de 2010

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Álex Grijelmo, El genio del idioma


Entre principios de octubre y mediados de diciembre leí, lenta muy lentamente, esta obra del español Álex Grijelmo. Con anterioridad le había echado un ojo a otro libro de este autor: La seducción de las palabras. Estamos, pues, ante un periodista interesado en el análisis de ésta que es nuestra lengua española, y ello queda de manifiesto en cada una de las líneas de las 252 páginas que componen El genio del idioma.

Muchos hechos sucedieron mientras leía el texto. El más doloroso en lo familiar fue la partida prematura de Carlos Peralta, primo hermano de Margarita, mi pareja. Carlos fue una piedra angular de esa especie de tribu conformada por los Munguía y sus ramificaciones en las que me encuentro atrapado. A veces El genio del idioma me sirvió para salirme de los pensamientos recurrentes con los que nos inunda el duelo. Ni hablar, así es la vida, que con la muerte nos recuerda que por eso es vida.

La idea central de este trabajo es que el idioma español está gobernado por una especie de genio, como el que surge al frotar una lámpara maravillosa. A él debemos no sólo la belleza de nuestra lengua y sus posibilidades expresivas sino la sencillez para su uso, su lógica y su coherencia.

Sobre ello argumenta Grijelmo a lo largo de los 16 capítulos de la obra. Asegura que el genio del idioma tiene un reloj, es lento, es analógico, es ordenado, es conservacionista, es melancólico, es sencillo, es preciso, es tacaño, es caprichoso, tiene mucho oído, es pacifista, es genial, está de vuelta, es —simplemente— el genio del idioma.

Lectura recomendada para todos los que desean saber más sobre el español, sus orígenes y su evolución. A veces un poco repetitiva, pero ello se compensa con datos y aspectos relevantes de este recurso social que hace posible nuestra comunicación cotidiana.

Aparador (o citas citables)

«El genio del idioma español organizó las concordancias, previó la sintaxis, se valió de los sufijos… Calentó las palabras árabes para que las usemos en nuestras expresiones más cálidas, enfrió los términos griegos para que definan las ciencias, acarició las voces indígenas que fue descubriendo y las hizo suyas, dio valor a las voces más antiguas para que las sintiésemos interiores y placenteras… Aceptó injertos de otros árboles cuyos frutos cían cerca, los regó y los asimiló para que no produjeran rechazo, y así le gustaron el “fútbol”, el “rugby”, el “tenis”, “Internet”, el “mamey”, la “yuca”, la “butaca”, el “jamón” el olor de “jardín” (que tomó del francés), la “acequia” y la “aceituna”; incorporó también la fuerza del “huracán” y de muchas otras palabras prestadas, como las vecinas “capicúa” o “kiosco”, “peseta” y “akelarre”, “cobla” y “morriña”… Y llegó un día en que se sintió satisfecho de su obra y cambió de actitud. Entonces se mostró ya muy estricto». (p. 18)

«Nuestro genio sabrá defenderse, y hará valer por sí mismo la riqueza de todo el pensamiento que anida en el diccionario. Sólo necesita tiempo. Porque se trata, no lo olvidemos, de un genio eterno. Por eso aún decimos “coche” o “carro” aunque no se inventaran con motores; por eso “colgamos” el teléfono, que ya no está en la pared sino sólo en la palma de la mano; por eso “tiramos” o “jalamos” de la cadena al pulsar el botón que la cisterna nos ofrece; por eso “embarcamos” en un avión o “navegamos” en la Red para buscar una “página”; por eso “corremos” en nuestro auto aunque estemos sentados en él (¡kur, kur!). Las palabras perduran por los siglos de los siglos, aunque nuestra vida sea ya tan distinta». (pp. 20-21)

«El español concentra ahora, pues, toda la actividad en -ar para formar verbos a partir de sustantivos. Y uno de los hechos que demuestran la longevidad del genio de la lengua hasta nuestros días —el mismo genio de entonces— nos lo aporta la curiosa circunstancia de que esta norma se mantiene igual en la actualidad que hace mil años.

«A esa primera conjugación se adscriben ahora neologismos radiantes como “esponsorizar”, “atachear”, “chatear”, “linkar”, “liderar”, o el atroz “emailear”; pero también palabras legítimas creadas con los propios genes del español y que el genio bendice, como “ningunear”, “piratear”, “sambear”, “salsear”, “mensajear”, “telefonear” o “televisar”. Cualquier hablante que se proponga crear un verbo acudirá a esta desinencia, siguiendo inconscientemente los deseos seculares de nuestro amigo el genio. A nadie se le habría ocurrido decir por primera vez —ni por segunda ni tercera— “emaileír”, “esponsoricer”, “piratecer” o “telefoneír”. Porque eso iría contra el genio del idioma». (pp. 27-28)

«Segmentado el tiempo de otra forma, y centrándonos en los documentos escritos, podemos comenzar con la época preliteraria (siglos VII a XII), en que el castellano se va alejando del latín vulgar, toma helenismos por el contacto comercial del Mediterráneo y se manifiesta ya por escrito en las Glosas Silenses y las Glosas Emilianenses (siglo X). Después nos adentramos en la época de la iniciación literaria (siglos XII y XIII), con la aparición del Poema de Mío Cid (en torno a 1140) y el fuerte impulso y exaltación del idioma a cargo del rey Alfonso X el Sabio. La época preclásica (siglos XIV, XV y principios del XVI) nos ofrece ya un castellano que comienza a ser fijado en la literatura, con don Juan Manuel, el Arcipreste de Hita, el Marqués de Santillana, Juan de Mena… Y le sigue la época clásica y barroca (siglos XVI y XVII): Santa Teresa de Jesús, fray Luis de León, Quevedo… y Cervantes. Más tarde llegaría la época academicista (siglo XVII), donde predomina la reflexión frente a la creación, se establecen las normas sobre el idioma y llegan muchos galicismos que se acaban adaptando al genio del castellano. En 1713 se crea la Academia Española; en 1726 aparece su primer diccionario, denominado Diccionario de Autoridades. Y en 1871 nace la primera academia de Hispanoamérica, la Academia Colombiana de la Lengua». (p. 50)

«El genio del idioma español es ordenado. Sin duda consideró enseguida que el orden en las palabras determina el orden en el pensamiento, y por eso ha establecido una coherencia en la sucesión de los términos y una relación entre los tiempos verbales. Incluso la persona más caótica en vida particular o profesional suele ser ordenada con la sintaxis, poseída por el espíritu interno de la lengua». (p. 79)

«Hace muchos siglos que el genio intenta implantar un orden. Por eso estableció las concordancias de género y de número. Y las correspondencias sintácticas (“si el equipo ganase, se clasificaría primero”; “si el equipo gana, se clasificará primero”). Fue acomodando todas las terminaciones y dotándoles de cierta lógica. “La cuchar” y “las cuchares”, como se decía antiguamente, se convierten en “la cuchara” y “las cucharas”; “la infante” pasa a ser “la infanta”…

«Y vemos de nuevo que el genio sigue vivo ahora —y que es el mismo—, porque median muchos siglos entre el cambio de “la infante” por “la infanta” y los más recientes que nos conducen ya a decir “la gerenta”, “la parienta”, “la presidenta”… Y, aunque las diferencias de formación entre aquélla y éstas sean evidentes, el hablante percibe la posibilidad de cambio, y ésta le llevará quizás a pronunciar algún día “la almiranta” cuando así lo necesite, entre otras razones porque ya existe “giganta”, por ejemplo. Cambios que se registran conforme el genio entiende que la palabra recibe más la fuerza del sustantivo que del participio presente». (pp. 86-87)

«En la actualidad, Internet y todo el mundo nuevo de la informática están imponiendo, es cierto, un vocabulario especializado. Sin embargo, nos encontramos ante una situación que el genio ya conocía y sobre la que había tomado decisiones en tiempos lejanos. Si analizamos aquéllas, podemos imaginar qué sucederá con éstas.

[…]

«Pues bien, en el caso de la informática “mensaje” es anterior a mail; “enlace” precede a link; y “conectar” y “enchufar” se conocen antes que plugin. Y, por supuesto, el prefijo griego cíber- cumple con ventaja (y con más antigüedad) el papel de la raquítica e que en inglés (menos rico que el español en la creación de palabras mediante prefijos, infijos y sufijos) sirve para abreviar el concepto “electrónico”. Por eso podemos decir “cibermensaje”, “cibercorreo”, “ciberdirección”, “ciberbuzón” (términos estos que un norteamericano común no sabría diferenciar, pues en todos los casos diría e-mail), o “cibercafé”, “ciberforo” y “cibercharla”. El genio del idioma conoce bien esos recursos para la formación de palabras». (pp. 107-109)

«La tendencia natural del idioma es la palabra llana, que no en vano se llama así. De las 92.000 entradas del diccionario, son las llanas o graves (acento tónico en la penúltima sílaba) 72.500 (el 71 por ciento). “Casa”, “mesa”, “silla”, “circo”, “campo”, “bosque”, “árbol”… El léxico del español está inundado de palabras sencillas y llanas. Las palabras agudas son sólo el 19 por ciento (“avión”, “color”, “querer”, “motor”…).

«El sonido de nuestro idioma invita a hablar con llaneza. Las esdrújulas son muy escasas (“último”, “índice”, “pérgola”, “águila”…), y no digamos las sobresdrújulas (“rápidamente”, “acapáraselo”, “déjanoslo”…). Y no se puede defender que esdrújulas y sobresdrújulas desagraden al genio, pero sí podemos deducir que no las tiene como preferidas, porque hay menos esdrújulas entre las palabras patrimoniales que entre los compuestos griegos y los cultismos latinos». (pp. 141-142)

«…Tiene que haber un genio del idioma, pero no un ser único con fisonomía individual. ¿Quién es el genio del idioma? El genio del idioma lo formamos todos los hablantes de nuestra lengua que hemos pisado la Tierra desde que este idioma nació, y aún recibimos la herencia de cuantas culturas nos cobijaron y nos agrandaron, y nos dieron la amplitud de miras necesaria para seguir creciendo con aportaciones nuevas que se irán amoldando a nuestro carácter, a la forma de ser que nos ha dado la historia como hispanohablantes, por encima de razas y de naciones pero apegada a una cultura que nos ha formado. Una cultura mestiza y auténtica a la vez, respetuosa de sus vecinos y dispuesta a relacionarse con ellos y a aprender de sus adelantos sin ser ellos ni sentirse inferior a ellos». (p. 250)

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
30 de diciembre del 2009