viernes, 10 de octubre de 2008

Carlos Ruiz Zafón, El juego del ángel


Para Antonio Valentín
en su 24 aniversario

De la mañana del 26 de septiembre a la madrugada del 9 de octubre leí esta novela, que es la más reciente del escritor español Carlos Ruiz Zafón. De él había leído La sombra del viento (ver entradas antiguas de este Separador).

El juego del ángel no es la continuación de La sombra del viento: es su antecedente. Se sitúa en Barcelona, entre 1900 y 1930, a partir de las acciones de su protagonista y narrador: David Martín, joven aprendiz de periodismo que da un salto para convertirse en escritor. Aquí empieza la historia cuando él se ve atrapado por su tutor, el empresario Pedro Vidal, escritor sin talento pero con abolengo, dinero e influencias; luego por los editores Barrido y Escobillas, que convierten a David en un explotado escritor a destajo; y, por último, el fantasma del editor Andreas Corelli, el ángel juguetón, que llevará a David Martín a correr graves riesgos para su vida como persona y como narrador.

Junto con su vocación de escritor, el protagonista nos cuenta el inmenso amor que siente por Cristina y cómo deja de considerar el enamoramiento que hacia él tiene Isabella, a quien conducirá poco a poco a unir su vida con el joven Sampere, hijo de su librero, amigo y protector: el señor Sampere.

Diversos personajes vivos y muertos entran en acción en esta novela. Muchos de sus pasajes son como una ficción dentro de la ficción, lo que le resta validez y credibilidad al relato. Por momentos el lector parece atrapado en una telaraña donde ciertos personajes se desdoblan (como el escritor Diego Marlasca y el investigador policiaco Ricardo Salvador) y las acciones de David en busca de una “verdad” que él se empeña en conocer al sentirse involucrado en una especie de “designio maléfico” (si es que tal expresión es válida) permiten ir conociendo a muchos otros personajes que algunos creían ya desaparecidos: el propio Diego Marlasca, Jaco, Roures e Irene Sabino, entre otros. Pero también algunas acciones que fueron tendidas como rieles quedan sin resolución en la historia.

En esta obra, como en La sombra del viento, entramos al laberinto oscuro, vetusto y elitista: el Cementerio de los Libros Olvidados. Aquí conoceremos de pasada a Isaac Monfort, que se convertirá en personaje nodal en esa obra (otro será el librero Gustavo Barceló o el hijo del librero Sampere).

Una de las virtudes narrativas de Carlos Ruiz Zafón es hacernos caminar, nuevamente, por las angostas calles de Barcelona, a veces sudorosos por el calor infernal y la falta de brisa, y otras muertos de frío, cubiertos de niebla y congelados hasta los huesos por la baja temperatura; o por hacernos escuchar nítidamente las campanas de la Catedral de Santa María del Mar.

El juego del ángel, a pesar de la opinión en contrario de su creador, es una novela de menor talante que La sombra del viento, por ello, y por el bien de la imagen del autor sería recomendable leerlas no por su orden de aparición en las librerías sino por la secuencia de la historia: donde acaba El juego inicia La sombra.

Aparador (o citas citables):

“―Todo es un cuento, Martín. Lo que creemos, lo que conocemos, lo que recordamos e incluso lo que soñamos. Todo es un cuento, una narración, una secuencia de sucesos y personajes que comunican un contenido emocional. Un acto de fe es un acto de aceptación, aceptación de una historia que se nos cuenta. Sólo aceptamos como verdadero aquello que puede ser narrado”. (p. 187)

“―Ah, intelectuales. Y usted quería que contratase a uno. ¿Por qué será que cuando menos tiene que decir alguien lo dice de la manera más pomposa y pedante posible? ―preguntó Corelli― ¿Será para engañar al mundo o a sí mismos?
“―Posiblemente las dos cosas”. (p. 289)

“―La inspiración acude cuando se pegan los codos a la mesa, el culo a la silla y se empieza a sudar. Elige un tema, una idea, y exprímete el cerebro hasta que te duela. Eso se llama inspiración”. (p. 296)

“―Este lugar [el Cementerio de los Libros Olvidados] es un misterio. Un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron en él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. En este lugar los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar a las manos de un nuevo lector, un nuevo espíritu…” (p. 653)

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
10 de octubre del 2008

jueves, 2 de octubre de 2008

¡2 de octubre, no se olvida!

Hoy, 2 de octubre del 2008, se cumplen 40 años de la matanza de Tlatelolco. ¿Cuánto tiempo, papel, tinta y celuloide se ha ocupado para denunciar, analizar, protestar, esclarecer, descifrar, documentar o dar testimonio de los hechos nefastos que culminaron con la masacre de la Plaza de las Tres Culturas? Publicaciones especiales de diarios y revistas, libros, libros y más libros, antologías, simposios, obras de teatro, documentales, películas, comisiones de la verdad y fiscalías… y aún no sabemos ni siquiera lo más elemental: cuántos perecieron y cuál es la responsabilidad de cada uno de los culpables. Bien podríamos decir que, incluso, se ha generado algo así como “la industria del 68”.

Es muy común que cuando hablo con mis jóvenes alumnos de algún aspecto relacionado con este momento histórico, ellos me pregunten: “¿Usted participó en el movimiento?” Supongo que me imaginan boteando o participando en mítines o pintando camiones o gritando consignas contra el gobierno. Pero en esos años yo era un infante que iba en segundo de primaria (con la maestra Aurorita Arce Pintado), y sólo recuerdo que en los recreos o en la calle libre de autos jugaba con mis cuates o con mis primos a los policías contra los ladrones, y que en ese tiempo esos personajes cambiaron por los granaderos contra los estudiantes (por supuesto, yo me apuntaba en el bando de los segundos).

Años después sí me interesé en leer la historia de esos días y algunos de mis profesores (del CCH y de la Facultad de Ciencias Políticas) habían participado en el movimiento, una estuvo en Lecumberri: Tita Avendaño. La fuente más impactante era y es el libro de Elena Poniatowska La noche de Tlatelolco, con sus impresionantes testimonios orales y gráficos; leí en voz alta o declamé los versos de Memorial de Tlatelolco, de Rosario Castellanos:

¿Quiénes son los que
agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer
al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren
en el hospital?
¿Los que quedan mudos,
para siempre, de espanto?

No busques lo que no
hay: huellas, cadáveres,
que todo se lo han dado
como ofrenda a una diosa,
a la Devoradora
de Excrementos.
No hurgues en los
archivos pues nada
consta en actas.
Ay, la violencia
pide oscuridad
porque la oscuridad
engendra el sueño
y podemos dormir
soñando que soñamos.
Más he aquí que toco una
llaga; es mi memoria.
Duele, luego es verdad.
Sangra con sangre
y si la llamo mía
traiciono a todos.
Recuerdo, recordemos.
Esta es nuestra manera de
ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias
mancilladas,
sobre un texto iracundo,
sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado
tras la máscara.
Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia
se siente entre nosotros.

O el Yo acuso, de Leopoldo Ayala:

Yo acuso a mi siglo donde se baila.
Yo acuso a mi siglo donde se bebe.
Yo acuso a mi siglo donde se hace
el amor voraz en diez minutos.
Yo acuso a mi siglo donde se apila a los vivos
y se abren las esclusas que queman los párpados
y se grita a los muertos
y se mata y se derriba al hombre.

Sin embargo, ningún texto tan vital como el artículo “Algún día una lámpara votiva”, escrito por el periodista José Alvarado, publicado en la revista Siempre! (número 799, del 10 de octubre del 68), rescatado por Carlos Monsiváis en su libro A ustedes les consta, antología de la crónica en México (editorial Era). Espero que los herederos del maestro Alvarado no me acusen por reproducir este artículo completo, pues por más que lo busqué en la panza de Internet, con ayuda del señor Google, sólo encontré fragmentos.

“Recuerdo, recordemos, hasta que la justicia se siente entre nosotros”, porque cuatro décadas después los rostros siguen amparados tras las máscaras y la justicia sigue caminando sola.


Algún día una lámpara votiva
José Alvarado

Iba a escribir acerca del acuerdo de las Academias de la Lengua Española sobre el uso de la X en la palabra México, por razones, según se dijo, de orden lingüístico, histórico y sentimental. Es un tema alegre y da ocasión para jugar un poco a costa de algún académico mexicano, con la mente fruncida y llena de telarañas, empeñado en escribir el nombre de nuestro país con J, al estilo de los tradicionalistas españoles y en justificar dicho empleo, sólo por mantener un modo grato a los más rancios conservadores, esos todavía partidarios de la Inquisición, de Iturbide y de Maximiliano y quienes sufren de cólicos cuando ven la efigie de Juárez o pasan por el Hemiciclo.

Iba a escribir sobre eso, con buen humor y el deseo de hacer unas cuantas travesuras con el estilo y buscar en el vocabulario algunas palabras parpadeantes. Pero a última hora sentí vergüenza ante los lectores, pues hoy, jueves 3 de octubre, a los cuarenta y un años, por cierto, de la muerte del general Serrano en Huitzilac, la tinta de los periódicos parece oler a sangre. Se alude a 24 civiles muertos anoche, durante un mitin estudiantil, en Nonoalco, más de 500 heridos y centenares de presos.

¿Qué pasa en México? ¿Se han desatado funestos males olvidados? ¿Vuelve nuestra historia a teñirse de rojo y llenarse de sombras ominosas? Abel Quezada, en su cartón de Excélsior, ofrece hoy sólo un cuadro negro y arriba una patética interrogación: ¿Por qué?

La expresiva, dramática niebla de Quezada parece ser una mezcla de confusión y de luto. Y eso, luto y confusión, es lo que flota hoy por la ciudad y, sin duda, por todos los ámbitos del país. A nadie impresiona, como hubiera ocurrido en otras circunstancias, el derrocamiento del presidente Belaúnde en el Perú por un grupo de militares. Todos somos presas del dolor y el desconcierto y a estas horas no se sabe todavía cuál será la suerte de los Juegos Olímpicos ni es posible advertir cómo será la situación nacional dentro de una semana, cuando este artículo aparezca en las páginas de Siempre!

En otros años, y en esta misma fecha, al señalar el aniversario de la matanza de Huitzilac, los comentaristas indicaban, satisfechos, la fortuna de que esos días de violencia, venganza y barbarie hubieran pasado para México y cada vez que se ha glosado un tumulto sangriento en alguna de las ciudades de la América Latina, se insistía en mostrar nuestra vida pacífica como un ejemplo en el continente y un beneficio derivado de largos y penosos sacrificios anteriores. Ahora todo ha cambiado y ya no sirven para nada las viejas palabras y las imágenes antiguas. En la Plaza de las Tres Culturas, orgullo de la nueva ciudad y muestra soberbia de nuestra historia, se ha derramado la sangre. Y es sangre de muchachos y de muchachas, de hombres y mujeres del pueblo. ¿Por qué?

La pregunta de Abel Quezada sigue sin respuesta, pues para encontrarla habría que esconder el dolor, apaciguar la ira, poner en claro el desconcierto. Y ello no es fácil en estas horas aciagas, cuando tantos cuerpos jóvenes yacen sobre planchas heladas y tantas madres con los ojos húmedos y en silencio de condena se disponen a encender velas humildes. Sólo queda, impotente, la protesta.

Había belleza y luz en las almas de esos muchachos muertos. Querían hacer de México la morada de la justicia y la verdad. Soñaron una hermosa República libre de la miseria y el engaño. Pretendieron la libertad, el pan y el alfabeto para los seres oprimidos y olvidados y fueron enemigos de los ojos tristes en los niños, la frustración en los adolescentes y el desencanto de los viejos. Acaso en algunos había la semilla de un sabio, de un maestro, de un artista, un ingeniero, un médico. Ahora sólo son fisiologías interrumpidas dentro de pieles ultrajadas. Su caída nos hiere a todos y deja una horrible cicatriz en la vida mexicana.

No son, ciertamente, páginas de gloria las escritas esa noche, pero no podrán ser olvidadas nunca por quienes, jóvenes hoy, harán mañana la crónica de estos días nefastos. Entonces, tal vez, será realidad el sueño de los muchachos muertos, de esa bella muchacha, estudiante de primer año de medicina y edecán de la Olimpiada, caída ante las balas, con los ojos inmóviles y el silencio en sus labios que hablaban cuatro idiomas. Algún día una lámpara votiva se levantará en la Plaza de las Tres Culturas en memoria de todos ellos. Otros jóvenes la conservarán encendida.

Ayer parecía fácil escribir acerca de la X y la J. Hoy resulta imposible pues quedó enlutada la X de México.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
2 de octubre del 2008

domingo, 28 de septiembre de 2008

Almudena Grandes, El corazón helado


A Mateo, habitante reciente de este mundo,
orgullo del nepotismo de Olivia y Paco.

La lectura de esta novela fue por demás lenta, tardada. La inicié la madrugada del domingo 20 de julio en la sala de espera del aeropuerto José Martí, de La Habana, y la concluí la mañana del viernes 26 de septiembre. Muchos sucesos en ese ínter: la China pasó de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, en Washington, a la Universidad de Notre Dame, en Indiana, pero antes estuvo tres semanas en México; Calderón presentó, por escrito, su segundo informe de ¿gobierno?; el movimiento lopezobradorista acentuó su decadencia tanto como la economía en Estados Unidos; el 15 de septiembre, en la plaza Melchor Ocampo, de Morelia, Michoacán, la Patria parió a uno de sus hijos más indeseados: el terrorismo. Y en medio de esa batahola me encontraba metiéndole el diente a este libro que (el 17 de mayo) me regaló la maestra Regina León.

Al principio El corazón helado se me hizo una novela pesada y compleja, aún más si consideramos que cuenta con 933 páginas: pareciera que fuera testigo de hechos y personajes inconexos en el tiempo y en el espacio. Relato que va del presente al pasado y que a cada momento va marcando paréntesis para contar otra parte de la historia de los personajes, a fin de que el lector tenga todos los hilos. Sin embargo, el exceso de explicaciones y descripciones alarga y retrasa la lectura.

La novela se presenta en dos frentes: por un lado, la familia Carrión Otero y, por otro, la familia Fernández Muñoz. Se concentra en sus personajes principales: Álvaro Carrión Otero y Raquel Perea Fernández. Álvaro es el narrador de un trecho de la historia: el que corresponde a la vida de su padre, Julio Carrión González, que, curiosamente, inicia con el entierro de éste en el cementerio de Torrelodones. El otro trecho es relatado por un narrador objetivo que, a partir de la niñez de Raquel Perea Fernández nos inmiscuye en la vida de sus abuelos, sus tíos, sus padres.

Así, con estas dos vías, somos testigos de una traición: la de Julio Carrión González hacia los miembros de la familia Fernández Muñoz. Si bien la historia en general transcurre en casi un siglo, de 1911 a 2005, las acciones más significativas van de 1935 a 1947 en escenarios diversos: Madrid, París, Toulousse… y tienen como telón de fondo la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, así como la España gobernada por Franco y las secuelas de su muerte en noviembre de 1975.

El corazón helado es, antes y después de todo, una historia de amor: el que se da entre Álvaro y Raquel, primos lejanos, que son los encargados de reconstruir el pasado de sus familias y dar sentido a las coincidencias que los unen y al pasado que los separa. Pero también es un mosaico de las brutalidades del fascismo y de los excesos de la guerra, una llamada de atención a la memoria histórica de los españoles, en particular, y a la de los seres humanos, en general.

Interesante novela de Almudena Grandes, creadora de personajes entrañables, además de los protagonistas: los Mateo Fernández (abuelo, padre e hijo), Anita, los Ignacio (padre e hijo), Paloma, Casilda, María, Carlos y la muy querida profesora revolucionaria Teresa... Y por el lado de los Carrión: Julio el mago traidor, su suegra Mariana, su esposa Angélica y sus hijos Rafael, Julio, Angélica y Clara, así como Mai, esposa de Álvaro y su hijo Miguelito.

Ármate de valor y pasa tu vista por esta apasionante novela. Si ya visitaste Madrid recorrerás nuevamente sus calles, edificios y plazas. Si no, déjate llevar por esta historia para que conozcas no sólo la capital española sino una parte de su vida reciente.

Maestra Regina León, cuando usted me regaló este libro anotó: “Con mucho cariño y esperando le guste tanto como a mí”. Gracias por su cariño y, desde luego que la disfrute tanto como usted.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderna
28 de septiembre del 2008

domingo, 31 de agosto de 2008

J. Antonio Galván P., Ojos (minificción)

A la memoria de Ramón Ortiz Mejía, que hoy domingo cumpliría años

El ojo que veía siempre se burlaba del postizo. “Tú no puedes ver lo que yo veo: ni los amaneceres ni las puestas de sol, ni las rosas amarillas ni los volcanes cubiertos de nieve, ni los árboles del bosque ni la inmensidad del mar…”. El ojo que no veía, además de ciego parecía mudo: nunca contestaba las sátiras, las ironías o las palabras ásperas de su disímil compañero. Su silencio tenía razones que sólo él era capaz de comprender, su voyeurismo era lo suficientemente fuerte como para soportar la humillación, la burla o el desdén.

Cuando llegaba la noche, la mujer se recostaba a ver en la tele de 27 pulgadas algún programa que se inmiscuía en el zaping. Antes de que el sueño la venciera se desnudaba por completo y colocaba al ojo postizo sobre el buró, enseguida se acostaba sin tapar. Ahí empezaba la vida del ojo. A través de la oscuridad veía esas enormes nalgas de su dueña y, minutos después, sus prominentes senos, sus muslos macizos y su exuberante sexo…

Al día siguiente, cuando la dama empezaba su día, el ojo que veía comenzaba su sermón al postizo, éste, muy callado, llevaba para sí la película repetida que noche tras noche le dotaba de la fuerza para continuar su silencio.

José Antonio Galván Pastrana
Colonia Moderma
31 de agosto del 2008

miércoles, 30 de julio de 2008

Alejandro Aura, Despedida


Hoy partió Alejandro Aura,

promotor cultural, promotor de la palabra que se dice y que se lee y que se canta, promotor de la amistad, promotor de la obra que se escribe y se dirige y se actúa, promotor de la vida y la ciudad.

Se fue sin reproches y sin rencores, aunque algo apenado porque no pudo cambiar el mundo que le tocó vivir.

Hoy sus aureolas lo echan de menos. Su obra queda escrita en poemas, artículos, ensayos y textos narrativos y teatrales. Cantó sus últimos boleros a la vida.

Reproduzco Despedida, su postrer poema.

Visita su página www.alejandroaura.net

DESPEDIDA
Alejandro Aura


Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,
pedir los abrigos y marcharnos,
aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo
y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;
se quedarán los demás, que cada vez son otros
y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,
también el hueco de nuestra imaginación se queda
para que entre todos se encarguen de llenarlo,
y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,
como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo
y luego, sin rencor, deja de estarlo.


¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres,
allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas
esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra,
eternamente? Así es el cielo al que aspiro. Un cielo
con mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas
en el que el tiempo se mueve tan despacio
que el agua tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua.
O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan
las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas
de arrebolados maquillajes. El cielo cruel de los pastos,
esperanzador y eterno como la existencia de los dioses.
O el cielo multifacético del vino que está siempre soñando
que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen.


Lo que queda no hubo manera de enmendarlo
por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo,
ya estaba medio mal desde el principio de las eras
y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse
a deshacer el apasionante intríngulis de la creación,
de modo que se queda como estaba, con sus millones,
billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano,
esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos
y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver.
Nos vamos. Hago una caravana a las personas
que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós.


viernes, 18 de julio de 2008

Antonio Orlando Rodríguez, Chiquita


Premio Alfaguara 2008

Los premios que obtienen ciertas obras se convierten en determinantes para que nosotros, lectores, decidamos recorrer sus páginas e interesarnos por las historias que nos tienen deparadas.

El nombre del autor, en este caso, no me decía nada. Después supe que se trata de un escritor cubano que ha publicado algunas novelas desconocidas totalmente para mí.

La historia de Chiquita es tan singular como el propio personaje. Está contada a tres voces y escrita a dos manos. Primero, el personaje Espiridiona Cenda “Chiquita” le dicta a Cándido Olazábal sus recuerdos; muchos años después, Cándido le sugiere a Antonio Orlando Rodríguez que escriba la versión final de esa biografía. El resultado es una novela, en partes tan cierta como que relata la vida de una persona que realmente existió, en partes inventada por la propia “Chiquita”, su primer amanuense y el autor de la obra.

Espiridiona Cenda nació en Matanzas, Cuba, el 14 de diciembre de 1869, y de bebé a adulta sólo creció 26 pulgadas. No ganó ni perdió una: al morir el 11 de diciembre de 1945, tres días antes de cumplir 76 años, medía exactamente lo mismo.

Chiquita, como novela, nos cuenta la vida de esta diminuta persona, desde las preocupaciones de sus padres al ver que no crecía, su infancia y su adolescencia en la isla caribeña, hasta sus grandes éxitos artísticos en Estados Unidos y Europa.

A pesar de que en su país natal Espiridiona Cenda nunca fue conocida ni reconocida como artista, ella siempre se presentó y defendió su ser como cubana. Su vida coincide con parte de la lucha de ese país para lograr su independencia de España. Por eso la obra entrecruza dos hilos: la historia de “Chiquita” y la de Cuba antes de convertirse en república.

Espiridiona, desde niña, tendrá el don de caerle bien a la gente, por ello su paso por este mundo está lleno de coincidencias con otras muchas personas, la mayoría importantes (sobre todo en el ambiente artístico) que le permitirán descubrir y perfeccionar sus talentos, mismos que la llevarán a ser una gran artista que actuará en los mejores escenarios de su tiempo.

Lectura recomendable que nos permite recrear escenas documentadas por la historia y trozos imaginarios surgidos de la mente de Espiridiona, Cándido y Antonio.

La lectura de este río, a veces apacible a veces desatado, la inicié el domingo 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo, en la Ciudad de México; la continué en La Habana, Cuba, del 13 al 17 de julio; y la concluí la calurosa mañana del 18 de julio en la habitación 5404 del hotel Meliá Varadero.

José Antonio Galván Pastrana
Varadero, provincia de Matanzas, Cuba
18 de julio del 2008

viernes, 6 de junio de 2008

Elena Sevilla, De chica quería ser puta


A Homero Ventura,
por su más reciente logro académico

A Marianita Chav-exVirgen
por la Estrella que le guía

Una tarde de mayo Homero llegó a la oficina y me dijo: “¿Ya leyó este libro? Tiene cosas buenas”. Desde ese momento decidí suspender la odisea que, por exceso de actividades y falta de tiempo, representaba para mí la lectura de El corazón helado (más de 900 páginas).

El 22 de mayo, día de Santa Rita, empecé a hincarle el diente a esta pequeña novela (144 páginas), la primera de Elena Sevilla, joven escritora que empieza a recorrer su travesía como tal con el apoyo de Axial y su colección Tinta nueva. La concluí el 2 de junio.

El título, si bien sugerente, resulta engañoso. Al principio suponemos (como leedores) que en alguna parte de la historia la protagonista-narradora nos revelará parte de su vida secreta para confesarnos por qué de niña quería ser sexoservidora (valga el eufemismo); sin embargo, no es ella a la que corresponde tal impulso para vislumbrar la posibilidad de su oficio futuro sino a otro de los personajes.

Elena Sevilla crea literariamente el microcosmos en el que se desarrollarán las acciones: un edificio “en un pueblo llamado los Reyes, en pleno corazón de Coyoacán”. Aunque no se precisa el tiempo, sí podemos concluir que los hechos se suceden cuando está escenificándose “la lucha entre AMLO y Felipillo”.

Gracias al buen oído, a la curiosidad y a su facilidad para socializar de la protagonista-narradora (a la que podemos bautizar con cualquier nombre, pues ella nunca revela este dato), somos testigos de parte de la vida de Blanca y su madre Lidia; de Sara, su esposo Abel y los hijos de ambos; de la abogada y su hija Isolda; de Marisa, vecinos todos de la relatora. Por supuesto, ésta también nos cuenta su historia, su amor frustrado, las causas de su nacimiento, las penurias de su niñez, la soltería de su madre...

Sin lugar a dudas, el destino de Isolda le dará vida, sentido y un poco de emoción a la novela. Historias de mujeres que luchan por sobrevivir en la gran ciudad. Todas buscando amor o esperándolo, y perdiéndose en la vorágine provocada por un mundo altamente tecnologizado que paradójicamente condena a los seres a vivir en soledad.
J. Antonio Galván P.
Zacatenco
6 de junio del 2008